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Todo apunta hacia ti
Por Fran
La mañana de navidad Candy despertó y encontró todo mejor que como lo dejó anoche, cuando llegó muy cansada porque su turno se alargó debido las típicas emergencias de los días festivos, accidentes de pirotecnia, intoxicaciones alimentarias y alcohólicas, descompensaciones médicas por los excesos de las abundantes comidas y las enfermedades del invierno que, tanto el doctor Martín como ella, atendieron hasta que no quedó ningún paciente.
Con lentitud pasó la mirada por la habitación. La chimenea encendida, su ropa ordenada, el desayuno servido, las medias apenas abultadas conteniendo los regalos que acordaron intercambiar, pero faltaba algo importante, mejor dicho, alguien: Albert. Se suponía que abrirían los regalos juntos.
Entonces recordó que Albert le dijo que iban a aprovechar el día de navidad para hacer una limpieza a fondo de los espacios de los animales de la agencia zoológica, lo que le permitiría dormir a ella hasta tarde. Sin embargo había descansado bien y estaba ansiosa por compartir un día completo con Albert, por ello se había levantado temprano.
En navidades pasadas había mucho alboroto, muchos problemas, muchos pendientes, muchas tristezas, pero en esta ocasión la presencia de Albert la tranquilizaba, la hacía sentir que todo estaba bien, que juntos superarían cualquier cosa. ¡Qué mejor motivo para querer empezar el día desde temprano! Si la dulce sonrisa de Albert le daba los buenos días cada mañana.
Con un dejo de travesura echó un vistazo a la media sobre la chimenea que tenía su nombre. En el interior había una pequeña bolsita de terciopelo. Esperaba que Albert regresara pronto para saber su contenido.
Tomó el desayuno servido en la mesa para que no se enfriara. Aunque Albert había tomado todas las precauciones haciendo un envoltorio térmico para que el calor se conservara el mayor tiempo posible.
Al terminar sus deliciosos alimentos, Candy levantó el plato para llevarlo al fregadero, en el mantel donde estaba el plato encontró una flecha apuntando hacia la puerta del departamento.
Era solo un papel grueso de color rojo, su color favorito, no tenía nada escrito en él, así que en lugar de levantar la mesa se encaminó hacia donde indicaba la flecha.
Abrió la puerta esperando ver a Albert del otro lado, pero lo que encontró fue un sobre pegado bajo el número de su departamento, que le prometía una sorpresa navideña si era capaz de encontrarla siguiendo el rastro que había dejado.
Así que debía salir a la calle, dedujo y estaba por volver a su recamara para buscar su abrigo pero en el perchero junto al marco de la puerta estaba todo lo que podría necesitar, sus botas, sus guantes, una bufanda, una boina, su gabardina y su cartera. No perdió tiempo, se abrigo y salió al pasillo para dirigirse a las escaleras.
En la planta baja estaba la casera, que no dejo de dar quejas de su Albert antes de desearle Feliz Navidad.
Al pasar por la puerta de la calle descubrió otra de las flechas apuntando hacia la izquierda. Con mucha alegría, Candy caminó hacia la esquina y antes de preguntarse si debía doblar, cruzar la calle o seguir de frente vio a un hombre rubio y alto, del brazo de una chica, caminando al otro lado de la calle de donde ella estaba. No se contuvo de perseguirlo gritándole ¡Albert!. Cuando él se volvió, se dio cuenta que no era Albert, ni tan guapo como él. Se sintió avergonzada de actuar así frente a un desconocido. Con una ligera inclinación se disculpó y la pareja siguió su camino desconcertada.
Aún no era medio día, pero ya había muchas personas en la calle, disfrutando del paseo en familia y los niños estrenando sus juguetes, todos llenos de risas y alegrías.
Hizo lo posible por olvidar ese pequeño desliz y volvió sus pasos a la esquina donde estaba antes de perseguir esa imitación de Albert.
Mientras buscaba otra de las flechas sonó la campanilla del hombre del helado. El carrito se aproximó y Candy sacó una moneda perdida en su abrigo para comprar un cono de helado. Al acercarse vio que en el costado del carrito de helados había otra flecha, así que Candy siguió al hombre de los helados mientras disfrutaba de su golosina.
Caminaron por el parque, por los escaparates de las tiendas, por el frente de un barrio donde las casas se parecían a las que se hacen con pan de jengibre, con luces estratégicamente colocadas en los tejados y los marcos de puertas y ventanas, hasta que el hombre de los helados se estacionó al costado de una iglesia.
La torre con vitrales multicolor le recordaba a la capilla del Hogar de Pony.
Algunas personas entraban y prendían una veladora para iluminar sus deseos de navidad y Candy siguió el ejemplo. Pidió por su trabajo, por sus amigos, por la gente que estaba en la guerra, por Albert y por supuesto por su familia en el Hogar de Pony.
La misa empezaría pronto, pero como Albert no se presentaba no tenía sentido para Candy escuchar la ceremonia religiosa. Lo arrastraría más tarde, cuando lo encontrara, le prometió a la figura religiosa que tenía más cerca.
En el patio de la iglesia había un puesto de postales donde se detuvo en su camino a la calle para mirar las imágenes impresas, eran tan bonitas que antes de terminar de ver todas las opciones ya estaba eligiendo un par que sabía que les encantarían a los niños del Hogar de Pony, con pequeños cachorritos corriendo en la nieve alrededor de un nacimiento, escribió sus saludos a las maestras y la depositó en el buzón contiguo. Se alejó preguntándose dónde sería el lugar más adecuado para buscar la siguiente flecha.
En la parada de transporte público cercana a la iglesia le pareció distinguir al doctor Martín, Candy corrió para saludarlo. Tuvieron su habitual conversación llena de bromas sobre el exceso de confianza de Candy y la imagen incorrecta que da el doctor Martín. Al despedirse, su jefe, le reiteró las instrucciones para el cuidado de la amnesia de Albert y le dió los rompecabezas de anillos que traía en su bolsillo haciéndolos sonar como un villancico.
Mientras trataba de repetir la melodía, con poco éxito, un tranvía hizo su parada y la persona detrás de Candy la empujo en su camino hacia la puerta del transporte lo que la hizo mirar hacía el vehículo y ver que se trataba del vagón especial que hacía un recorrido turístico por los puntos de interés de Chicago que, en está época visitaba los lugares con mejores decorados navideños. Tampoco se le pasó de largo la flecha que estaba bajo la primera ventana.
Guardó los anillos en su bolsa de mano y sacó el monto necesario para cubrir su pasaje. Fue un viaje más divertido de lo esperado, un grupo de niños no dejaban de llamar la atención los unos a los otros cuando reconocían un personaje o veían un decorado muy extravagante. El guía tenía todo tipo de anécdotas de la historia de los edificios o las instituciones relacionadas con sus actividades navideñas, las cenas, los bailes, las donaciones y los espectáculos de la temporada.
En el momento en que el tranvía pasó frente al banco Andrew, Candy dejó de escuchar en cuanto distinguió el emblema de la casa Andrew. Aprovechó la parada para bajar del transporte para tener la oportunidad de ver en detalle el edificio que pertenece a la familia que la adoptó y tiene alguna conexión con su adorado Príncipe de la Colina, aunque debido al día festivo está cerrado no deja la pasar la oportunidad de acercarse al emblema de la familia. Algún día le gustaría tomarse una foto ahí. Con sorpresa descubrió que justo bajo el águila había otra flecha apuntando hacia la derecha.
Avanzó por la acera pasando unos dos o tres locales que también estaban cerrados, cuando escuchó que la llaman por su nombre. El imponente auto de la familia Ardlay estaba deteniéndose en la acera, junto a ella, y el infalible Georges abrió la puerta en cuanto se detuvo el vehículo. Intercambiaron los saludos y felicitaciones de cortesía antes de que la mano derecha del tío abuelo William se ofreciera a llevarla a donde quiera que fuera. Con una risita nerviosa intentando no revelar el juego con el que Albert la estaba llevando por la ciudad, le dijo que solo estaba de paseo y rechazó su generoso ofrecimiento. Antes de volver a abordar el auto, Georges se llevó la mano al bolso interior del abrigo y sacó un sobre con la insignia Andrew muy vistosa y le dijo que era un obsequio del tío abuelo William. Candy tomó el sobre y le agradeció a Georges con un beso en la mejilla asegurándole que le escribirá una extensa carta al patriarca de los Andrew por todas las bondades que suele tener para ella.
Después de despedirse, Candy observó el coche que llevaba a Georges perderse en el tráfico y prestó atención al sobre que contenía una buena cantidad de dinero y una pequeña nota de un mensaje escrito por Georges que le comunicaba los mejores deseos del tío abuelo William. Con un gesto de contrariedad tuvo que aceptar lo difícil que es conseguir tener un contacto directo con William A. Andrew.
Volviendo a recurrir a su optimismo permanente, se acordó que tiene un rastro que seguir y trató de dar un vistazo a su alrededor para encontrar la siguiente flecha, pero al no hallar ninguna siguió caminando a la derecha, dio vuelta a la esquina y al llegar al otro extremo de la cuadra giró también a la derecha, pasó por enfrente del restaurante donde Albert trabajó alguna vez.
Se iluminó pensando que Albert podría haber pasado a saludar a sus antiguos compañeros o esconder una flecha ahí, así que cruzó la calle y entró al establecimiento.
Sus amigos, Patty, Annie, Archie estaban ahí tomando café. Tras varias rondas de saludos, abrazos y felicitaciones le entregaron sus regalos, todos pequeños, un juego de esencias, lazos para el cabello, un reloj de muñeca y una miniatura de la torre Eiffel que mandó Stear de Francia, que cabían en su bolso de mano.
Tan pronto como surgió la duda sobre si esto había sido una casualidad o si Albert y sus flechas lo habían arreglado de ese modo, intentó interrogar a sus amigos, pero no fue capaz de explicar y solo causó confusión entre ellos. De todos modos estaba encantada de saludarlos a pesar de que no habían hecho planes para encontrarse en un buen tiempo y disfruto del menú de aperitivos y postres navideños que ofrecía el restaurante.
Cuando los chicos se despidieron para ir a la reunión familiar navideña, Candy envió sus saludos a la tía abuela Elroy que, aunque uno simpatizaran, no estaba de más hacerle saber que le deseaba lo mejor.
Mientras Archie esperaba la cuenta, Candy se despidió de él y de sus amigas y se marchó, un mesero la alcanzó en la puerta y le entregó su pedido en una caja de cartón aunque ella no había pedido nada para llevar.
Lo entendió todo al ver que el empaque tenía la típica flecha, que había estado siguiendo a lo largo de la tarde, apuntando a una magnolia dibujada a mano. Eso no podía ser otra cosa que su señal para volver a su casa.
Una sensación vehemente y emotiva desbordó su corazón. Se volvió a sus amigos que esbozaban una sonrisa de complicidad. Realmente Albert estuvo detrás de todo, de algunos de estos encuentros. No creía que fuera capaz de conseguir coordinar que Georges o el doctor Martín estuvieran en el momento y lugar precisos. Sin embargo, dadas sus experiencias anteriores, parecía tener un don para ello.
Les envió besos con las manos a sus amigos y agradeció su pedido al mesero y se encaminó al departamento magnolia prácticamente dando brinquitos de felicidad.
Con los días más cortos y la inseguridad que reinaba en algunas zonas de Chicago, su vida social se había reducido. Son cosas que había expresado tenía deseos de hacer, visitar la iglesia, saludar a las maestras y los niños del Hogar de Pony, tomar un café con sus amigos, hacer el recorrido por las decoraciones, comer un helado por la calle, pero no le alcanzaba el tiempo. Tantas veces que lo conversó con Albert que, como siempre, prestaba atención.
Ahora en una pequeña travesura estaba resolviendo las cosas, como si Albert estuviera con ella y la acompañara, sin importar que no estuviera físicamente, su presencia era capaz de filtrarse en todas partes. La felicidad llena su pecho, no solo por contar en su vida con alguien como Albert, sino porque aunque sus recuerdos aún no hayan regresado, muchas cosas del Albert anterior están aflorando a la superficie. Sin importar lo que pase, esto le ha demostrado que Albert nunca deja de ser Albert.
Al llegar al edificio, con la mirada puesta en la ventana iluminada de su departamento, ya casi estaba corriendo, por lo que fue fácil subir las escaleras a toda prisa y entrar como un vendaval a su vivienda llamando a su compañero de casa varias veces.
¡Albert! ¡Albert! ¡Albert!
Allí, con la mesa puesta para una gran ocasión y una guía de luces de colores, que hacían que su rostro fuera más luminoso, estaba Albert recibiéndola con una cálida sonrisa.
El siempre amable Albert, tomó el paquete de sus manos y lo dejó en la mesa antes de envolverla en un abrazo que hizo que toda esa excitación, que la había embargado desde el restaurante, se anclara y se permitiera saborear el vigorizante rumor bajo su piel.
Cuando Albert suelta a Candy, la ayuda con el abrigo y las demás prendas que usó para soportar el frío de la calle. En casa ya no son necesarias, está la chimenea y el calor de Albert a su disposición.
Sin esperar más, mientras Albert sirve la comida, Candy da vueltas de un lado a otro del departamento; se va a lavar las manos, se asoma por la ventana esperando que ya hayan caído algunos copos de nieve, comprueba que los regalos sigan en las medias, recuerda los que acaba de recibir y los va a buscar en su cartera y abrigo; al tiempo que pone al día a Albert de todo lo que hizo. Al llegar el momento en que se dio cuenta que el recorrido eran sus planes pendientes que le había comentado a Albert, se acerca a él y le da un golpe suave con el puño en el hombro.
— Debiste ir conmigo. Fue maravilloso.
— Eran muchos detalles que arreglar.
— Lo sé. Pensé en ti todo el tiempo, esperaba verte en cada esquina. Hasta te confundí con otro hombre. ¿Te imaginas si él no se hubiera volteado antes de que me abalanzara para abrazarlo?
— Que una chica linda te abrace no es un regalo navideño que surja a menudo.
— ¡Oye! Mis abrazos no son para cualquiera.
— Me siento muy halagado de ser uno de los favorecidos de tus abrazos. También estuviste en mi mente todo el tiempo.
— Y vaya que has puesto mucho pensamiento en ello.
— Ahora tenemos todo el tiempo solo para nosotros dos. Sin distracciones.
— Es mi celebración soñada. — La mirada de Candy vaga por todos los adornos y las luces que dan a la habitación el toque navideño. — Albert, olvidaste el muérdago
— El acebo también es lindo ¿no?
— Pero… Entonces ¿cómo te voy a besar?.
— No necesitas un muérdago para eso. - El rubor en las mejillas y el destello en los ojos azules de Albert le indican a Candy que no está bromeando.
Los ojos de Candy se posaron automáticamente en la boca de Albert antes de volver a mirarlo a los ojos con decisión. Le echó los brazos al cuello y se puso de puntitas instándole a agacharse para acercarse. Dijo “Feliz Navidad” con la voz un poco ronca y junto sus labios a los de él.
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