martes 18 de enero de 2011
El Silencio de los Inocentes
http://www.eduardocallaey.blogspot.com/
¿Por qué la Masonería permanece en silencio ante el ataque
indiscriminado de cristianos en Oriente?
Quien es visitante habitual de Temas de Masonería sabe que el
contenido de este blog es de mi exclusiva responsabilidad y no
compromete a ninguna Obediencia Masónica. Vale aclarar esta cuestión
dado el asunto delicado que, esta vez, quiero llevar a consideración
del público lector, en particular de los masones, cualquiera sea su
condición u obediencia.
La pregunta que intenta responder este artículo es simple: ¿Cómo es
posible que frente al alarmante crecimiento de los ataques perpetrados
contra comunidades cristianas en medio Oriente y África, la Masonería
permanezca en silencio? ¿Cómo es posible que la mayoría de los masones
europeos estén más preocupados por las procesiones religiosas en la
vía pública o el ruido molesto de las campanas de las Iglesias que por
las matanzas de inocentes en Gaza, Irak, Siria, Egipto, Sudan, Somalía
etc.? ¿Cómo es posible que la Masonería liberal, siempre preocupada
por la laicidad y el derecho de cada individuo a vivir en su propia fe
no haya dicho una sola palabra de estos crímenes? Y lo que es aun más
inexplicable, ¿Cómo es posible que tampoco se pronuncie la Masonería
Cristiana?
Desde hace muchos años mantengo una especial preocupación respecto del
avance del fundamentalismo islámico en Occidente. Oportunamente
publiqué un ensayo que bajo el título La paradoja del Santo y del
Sultán,[1] expresaba mi opinión respecto del conflicto de Oriente
Medio, la cuestión Palestina y los esfuerzos llevados a cabo por la
masonería en pos de la Paz. Esfuerzos que costaron la vida a dos
ilustres masones de ambos campos, como es el caso del presidente
egipcio Anwuar el Sadat, como consecuencia de los Acuerdos de Camp
David y del premier Olof Palme, esta vez a causa de su fundamental
participación en los denominados Acuerdos de Oslo.
En el mismo artículo mencionaba las posiciones radicales que los
grupos fundamentalistas islámicos tienen acerca de la masonería,
posiciones que han pasado a los hechos en diversas oportunidades, como
el ataque contra la sede de la Gran Logia de Turquía.
Los recientes actos hostiles perpetrados contra comunidades
cristianas, que se han exacerbado en estos primeros días del año 2011,
hacen que mi preocupación exceda ya el marco de la penetración del
fundamentalismo islámico en Occidente y agregue otra más urgente: La
voluntad manifiesta de muchos grupos radicales de aniquilar dichas
comunidades. En otras palabras, limpiar el Islam de cristianos. Esto
parece estar sucediendo y esto dicen, taxativamente, numerosos
clérigos vinculados a los grupos más violentos del ala radical del
Islam. Sin embargo, se ha creado tal tabú en torno de las cuestiones
islámicas, resulta tan políticamente incorrecto mencionar las
trapisondas de los moros, que nadie se atreve a decir palabra por
temor a una fatua o a que se lo tilden de fascista.
En lo que va del año 2011, apenas unos días, la prensa comienza a
hacerse eco, tímidamente, de esta cuestión.
Algunos datos históricos:
El encuentro de San Francisco de Asís con el sultán Al Kamil
En agosto de 1219, Francisco de Asís desembarcó en Egipto
a pocos kilómetros de la desembocadura del Nilo. En la víspera, el
ejército cristiano de la quinta cruzada –comandada por el cardenal
Pelagio y Juan de Brienne, rey sin trono de Jerusalén- había intentado
una vez más, y sin éxito, doblegar la fortaleza mameluca de Damieta,
en poder del sultán Al Kamil, hijo y heredero del todopoderoso sultán
de El Cairo, Al Adil.
Se encontró con el escenario de una inmensa tragedia. El
campamento cristiano –o lo que quedaba de él- mostraba las huellas de
un sin número de calamidades. Primero, una brutal inundación como
consecuencia de la irrupción de la estación de las lluvias; luego la
peste y el hostigamiento de los mamelucos. Apenas unas horas atrás, en
un nuevo y desesperado intento por vencer aquellas murallas, casi cien
de los mejores guerreros de la Orden del Temple y del Hospital habían
dejado su vida bajo los pendones desafiantes de Al Kamil.
La noticia de la llegada de Francisco causó una profunda
conmoción en el diezmado campamento. La moral de aquellos miles de
miserables soldados, aturdidos por la guerra y la peste no podían
recibir un bálsamo mejor: Uno de los hombres más santos de la
cristiandad, un icono de la paz y la piedad llegaba al centro de la
llaga cruel en la que se consumían musulmanes y cristianos.
Tal era el grado de aquella calamidad, que hasta el duque
Leopoldo de Austria –uno de los grandes campeones de la cruzada-
hastiado de tanta muerte como no había visto en toda su vida, había
decidido regresar a Europa con sus tropas, debilitando aún más al
ejercito de Pelagio.
Pero este otro hombre venido de Asís no traía consigo
refuerzos ni víveres para estas tropas hambrientas. Su aspecto tampoco
se diferenciaba mucho del de los sorprendidos cruzados que se
apretujaban a su alrededor para escuchar al monje más famoso de la
cristiandad.
Francisco no podía comprender esta guerra que ya llevaba
más de un siglo y que se devoraba lo mejor de ambas culturas.
Permítaseme citar aquí una irónica y sombría reflexión del
historiador: “Había venido a oriente creyendo, como otras tantas
personas buenas e ingenuas habían creído, antes y después de él, que
una misión humanitaria podría conducir a la paz”[2]
El primer problema se presentó con el legado papal. El
cardenal Pelagio sentía una gran preocupación acerca de cómo podría
afectar a su autoridad la presencia de un hombre tan virtuoso y
respetado. Pero lo que lo dejó estupefacto fue que Francisco le
demandara una inmediata autorización para reunirse con Al Kamil.
Los hombres del sultán tampoco estaban muy seguros de la
conveniencia de tal petición, pero la mayoría de los historiadores
coincide en que finalmente concluyeron en que un hombre tan sencillo,
piadoso y extremadamente sucio –por decisión propia- debía estar
completamente loco.
El cardenal Pelagio, a su vez, quería continuar su guerra
lo antes posible, por lo que decidió despacharlo con embajada y
bandera blanca a la corte de Al Kamil lo antes posible. El sultán
recibió al monje y lo escuchó atentamente; estaba íntimamente
convencido –al igual que su huésped- de que la paz era necesaria,
convicción esta de la que daría muestras en el futuro. Pero el
principal escollo para esa ansiada paz era Jerusalén.
Al Kamil y Francisco mantuvieron extensas conversaciones.
A Francisco le impresionaba que un hombre sabio y refinado como el
sultán repudiase, por considerarlo una herejía, al dogma trinitario;
mientras que Al Kamil, subyugado por el carisma de su iluminado
visitante, lidiaba por tolerar su maloliente suciedad. Cuando las
posiciones se tornaron inclaudicables, Francisco propuso al sultán
someterse a una ordalía de fuego para demostrar la verdad de
Jesucristo. Pero Al Kamil, encantado con su amigo cristiano, se negó a
permitir semejante acto de fe, convencido del daño que esto le
causaría al monje. Algunos historiadores afirman que la amabilidad del
sultán fue la que el Islam impone a sus fieles para con los locos.
Otros creen que, a sus ojos, Francisco era una suerte de “derviche”
considerado un hombre santo en el mundo musulmán.
El destino y la trascendencia de estos dos hombres –
paradójicamente unidos por sus anhelos de paz en medio de un mundo
violento- siguió por senderos muy diferentes. Francisco regresó a
Italia, predicó hasta su muerte -acaecida en 1226- y fue elevado a los
altares en 1228 para ser venerado entre los grandes santos de
Occidente. Solo un año después, en 1229, Al Kamil firmaba el tratado
de Jaffa con Federico II, comandante de la sexta cruzada, y reconocía
por diez años la soberanía de los francos sobre Jerusalén. Esta acción
le valió la condena de todo el Islam por traición.
El líder egipcio Anwar el-Sadat sufrió –antes de ser asesinado mas de
siete siglos después- el escarnio de ser comparado con Al Kamil,
cuando selló la paz con Israel. Amin Maalouf en su obra sobre el punto
de vista árabe de las cruzadas expresa: “Es cierto que las similitudes
son perturbadoras. ¿Cómo dejar de pensar en el presidente Sadat al
escuchar a Sibt Ibn al Jawazi denunciando, ante el pueblo de Damasco,
la traición del señor de El Cairo, Al-Kamil, que tuvo la osadía de
reconocer la soberanía del enemigo en la Ciudad Santa?[3]
De una forma u otra, la originalidad del encuentro entre
el santo y el sultán nos habla de una inmensa ausencia de diálogo
entre ambas culturas que se combaten la una a la otra –con diferente
suerte- desde que comenzó, hace catorce siglos, la expansión del
Islam. Sin embargo, Maalouf coloca en el centro de la disputa al eje
del conflicto: La soberanía sobre la Ciudad Santa, el control sobre
sus santuarios, particularmente el antiguo emplazamiento del Templo de
Jerusalén, que es el símbolo máximo de la alegoría masónica y razón de
ser de la Orden de los Caballeros Templarios.
Paradójicamente, pesa sobre los templarios la sospecha de
haber estrechado vínculos con el Islam tan intensos como sus combates.
Huston Smith- quizá el más grande de todos los
especialistas en religiones comparadas del siglo XX- ha dicho: “...De
todas las religiones no occidentales, el islamismo es la más próxima a
Occidente; más próxima por su ubicación geográfica, pero también por
su ideología, ya que desde el punto de vista religioso pertenece a la
familia abrahamista, mientras que el filosófico descansa en los
griegos... Pero pese a esta proximidad mental y espacial, el islamismo
es la religión que más cuesta entenderse en Occidente...”[4] Esta
dificultad ha sido admitida por muchos americanos. Hace algunos años –
mucho antes que los asesores del Pentágono imaginaran una bienvenida
de música y flores para las tropas invasoras de Irak- Meg Greenfield
escribía en Newsweek “...Ninguna otra parte del mundo es incomprendida
por nosotros de forma tan desesperante, sistemática y tozuda que esa
estructura religiosa, cultural, y geográfica conocida como
Islam...”[5]
La misma incomprensión invade al mundo islámico frente al
fenómeno que, para ellos, ha representado siempre el Occidente
cristiano. La realidad histórica pareciera confirmar la preeminencia
de una relación de confrontación con el Islam por sobre una relación
de comprensión e intercambio.
La civilización que se desarrolló en Europa, y que dio
nacimiento a lo que llamamos Occidente, ha tenido en la base de su
fenómeno histórico al cristianismo triunfante y a una sólida, metódica
y permanente vocación expansionista. La francmasonería no sólo ha
acompañado ese proceso sino que ha contribuido notoriamente a su
construcción. El Islam, por su parte, constituye uno de los procesos
expansivos más interesantes de la historia.
Philip Hitti, en su “Historia de los árabes” escribe: “...Alrededor
del nombre de los árabes brilla ese hálito que pertenece a los
conquistadores del mundo. No transcurrido un siglo desde que
surgieron, se hicieron amos de un imperio que se extendía desde las
costas del Atlántico hasta los confines de China, un imperio más
grande que el de Roma en su apogeo. En este período de expansión sin
precedentes, integraron en su credo, su idioma, y hasta su tipo
físico, más seres extraños a ellos que lo que hasta entonces, y desde
entonces ha logrado ninguna otra raza, incluidas la helénica, la
romana, la anglosajona y la rusa...”[6]
Cuando Francisco de Asís y Al Kamil se reunieron en
Egipto, estas dos culturas, con tiempos y desarrollos diferentes, ya
manifestaban similitudes más inquietantes que sus diferencias. Ambas
provenían del tronco abrahámico, en ambas existía una revelación
excluyente, compartían la inclinación a la guerra y la conquista y
ambas, antes y después intentarían expandir sus fronteras y su fe
sobre la otra. Y si analizamos la relación de confrontación entre
Occidente y el Islam, veremos que el mundo islámico no ha sido sólo el
más próximo a Occidente sino su frontera misma, y que esta ha sido
hostil durante toda su existencia.
La guerra de los 1400 años.
El Islam constituyó un frente militar para el cristianismo
desde su mismo nacimiento. La ciudad de Jerusalén permanecía en poder
de los romanos desde los tiempos de Adriano que la había ocupado en el
año 135 rebautizándola Aelia Capitolia, erigiendo sobre las ruinas del
antiguo Templo dos estatuas: la de Júpiter y la suya propia. En el año
324 el emperador Constantino, con el entusiasta apoyo de su madre, le
devolvió a la ciudad su nombre y mando construir la Basílica del Santo
Sepulcro y la iglesia de Eleona en el Monte de los Olivos. A partir de
entonces la ciudad se convirtió en centro de peregrinación del
cristianismo y desarrolló un perfil fuertemente cristiano. La
ocupación Bizantina continuó los siguientes tres siglos, lapso en el
cual se construyeron numerosas iglesias. Sólo entre el 614 y el 629 la
ciudad pasó a control de los persas que la ocuparon con un ejército
comandado por el general Razmis.
El emperador Heraclio la recuperó para Bizancio, pero en
el 638 se produciría un hecho que modificaría radicalmente la historia
de Medio Oriente. Omar ben al Jattab, segundo califa después de
Mahoma, conquistó para el Islam la Ciudad Santa luego de la batalla de
Karmuk inaugurando una era que –justo es decirlo- contempló cierta
tolerancia hacia cristianos y judíos que pudieron mantener algunos
templos. Pero poco después, en el 661, la dinastía de los Omeyas, con
capital en Damasco, anexó Palestina a sus territorios y nombró como
gobernador al califa Muawiya. En los años siguientes se produjo un
hecho que escandalizó a los cristianos y sentó las bases de un
conflicto sangriento: En 668, el sucesor de Mawiya, el califa Abd el
Melik inició la construcción de la Mezquita de la Cúpula de la Roca;
años más tarde, y sobre el mismo predio del antiguo Templo de Salomón,
su hijo Walid construyó la Mezquita de Al Aksa.
Mientras esto sucedía en Medio Oriente, otro frente árabe se abría
contra el Occidente cristiano. El conflicto se inició en 711, cuando
el gobernador árabe del norte de Africa, Musa ben Nusayr, envió a su
lugarteniente, el general berebere Tarik ben Ziyad, a la península
ibérica a conquistar Al Andaluz. Luego de conquistar España cruzaron
los Pirineos dispuestos a expandir sus fronteras en Europa Occidental.
Al mando de Abd al-Rahman ben Abd Allah al Gafidi invadieron Aquitania
en 730. Allí, en las llanuras de Poitiers, en una dramática batalla,
Carlos Martel detuvo la invasión. La reconquista del occidente europeo
demandaría casi ochocientos años.
Hacia fines del siglo XI, los herederos del imperio fundado por
Carlos Martel, convertidos en cruzados, se lanzaron contra la frontera
oriental. Invadieron el Asia Menor –en manos de los turcos
islamizados- sometieron Antioquía, asolaron los estados árabes del
cordón sirio-palestino y pusieron asedio sobre Jerusalén.
El 14 de julio de 1099, bajo los estandartes cristianos del duque
Godofredo de Bouillón y el conde Raimundo de Tolosa, Jerusalén cayó en
manos de los francos. “...Cuando ya no quedaban musulmanes que matar –
dice Runciman- los príncipes de la cruzada fueron en solemne fausto
por el barrio desolado para dar gracias a Dios en la Iglesia del Santo
Sepulcro…”
Los ejércitos musulmanes tardarían doscientos años de guerra constante
en recuperar su antigua frontera. Los últimos cruzados abandonaron la
fortaleza templaria de Castel Pellegrin el 14 de agosto de 1291. Ese
día, el historiador árabe Abu l’Fida escribía “...Con estas
conquistas, todos los territorios de la costa fueron devueltos a los
musulmanes... Así fueron los francos expulsados de toda Siria y de las
zonas costeras. ¡Quiera Alá que nunca vuelvan a poner un pie
allí!...”
Pero la frontera oriental no se pacificaría. Una nueva y sangrienta
expansión islámica llegaría con los ejércitos de los sultanes
otomanos. Constantinopla sería arrasada. Solimán el Magnífico haría
temblar el oriente europeo y llegaría a sitiar la ciudad de Viena en
1529. El poderío de los sultanes turcos les valdría, hasta 1924, el
título de califas del mundo musulmán sunni y “jefes de los creyentes”.
La reconquista y liberación de Hungría, Macedonia, Bulgaria, Grecia y
Albania demandó un esfuerzo de siglos. Ni hablar de la de España.
En aquel lejano agosto de 1219, Al Kamil le confesó a Francisco de
Asís que estaba dispuesto a firmar la paz con los francos, y hasta
ceder algunos puertos y bases en la costa Palestina. Pero no podía
resignar Jerusalén. Hacia fines del siglo XIX, cuando el movimiento
sionista ya había puesto su proa a Oriente Medio, el alcalde árabe de
Jerusalén, Yousef Diyyandín Bacha Al Khalidi le envió una carta al
Gran Rabino de Francia en la que exhortaba “...En nombre de Dios,
dejen a Palestina en paz...”
En 1917 el general británico Edmund Allemby entró en Jerusalén al
frente de una división del ejercito inglés luego de vencer a las
tropas turco-otomanas. Desde 1224 ningún ejército cristiano había
pisado Al Quds, la Santa, el nombre que los árabes le dan a Jerusalén,
la ciudad desde donde el profeta ascendió al cielo. Este
acontecimiento fue celebrado en Londres, según relata John Robinson,
con una ceremonia de los “barristers”, nombre con el que se conoce a
los abogados que transitan la zona de “Temple Bar” cuya sede es la
antigua iglesia del Temple, situada entre Fleet Street y el río
Támesis.
Robinson afirma que los “barristers marcharon en procesión a la
iglesia circular de los templarios y colocaron la corona de laurel de
la victoria sobre las efigies de los caballeros, para transmitirle un
mensaje sin palabras: No estáis olvidados…”[7] Antes de que
transcurriera un año, los antiguos principados latinos de la Gran
Siria estaban nuevamente ocupados por ejércitos cristianos.
Pocos años después, Occidente redoblaría la apuesta apoyando la
fundación, en Palestina, de un estado judío, e Israel se anexaría lo
que quedaba de los territorios árabes palestinos, incluida su capital,
Jerusalén. Desde entonces es común encontrar en sectores radicales del
Islam definiciones lapidarias hacia la francmasonería:
“…Asociada a la universalidad de todas las religiones – dice Umar
Ibrahim- de la comunidad Islámica de México- se encuentra la idea de
la hermandad de la humanidad. La hermandad de la humanidad es la
antítesis de la hermandad en el Islam. El capitalismo necesita de una
identidad distinta a la de la identidad religiosa. La masonería tiene
una hermandad en la que la denominación religiosa no importa. Son
todos hermanos masones más allá de las diferentes religiones. La
hermandad de la humanidad es la universalidad de la hermandad
masónica. La hermandad en el Islam excluye a los kuffar (no
musulmanes). Los kuffar no son ni nuestros hermanos ni nuestros
amigos…” y agrega, como para que no queden dudas “…Miren lo que Allah,
Exaltado sea, dice en el Qur'an: ¡Vosotros que creéis! No toméis a los
judíos y a los cristianos como vuestros amigos; Ellos son amigos entre
sí. Quien de vosotros los tome como amigos es uno de ellos. En verdad
Allah no guía a la gente injusta...” [8](Qur'an 5,53).
La masonería no se ha desentendido de la cuestión de Medio Oriente. El
fallecido rey Hussein de Jordania, ocupando el cargo de Gran Maestre
de la Gran Logia de su reino, tuvo una importante participación en el
proceso que culminó con los acuerdos de Camp David. Gran parte del
éxito se debió a que, tanto el presidente egipcio Anwuar Sadat como el
primer ministro israelí Menahem Beguin eran también masones. Los que
conocen los pormenores de aquella negociación mencionan la existencia
de una “tenida masónica” convocada en Jordania por el rey Hussein, en
la que participaron los líderes Sadat y Beguin y en la que se decidió
el “sorpresivo viaje” que luego Sadat haría a Israel y que le valdría –
tal como hemos dicho- la acusación de traidor de la causa árabe,
acusación que, por otra parte, le costara la vida.
El rey Hussein continuó comprometido con la paz hasta su muerte.
Fueron otros dos masones ya fallecidos, Olof Palme y Yitzak Rabín, los
que hicieron posibles los llamados Acuerdos de Oslo, y no todos
comprendieron el verdadero alcance de las palabras pronunciadas por el
ya viejo y enfermo rey cuando en el entierro de Rabín –también
asesinado por la intolerancia- dijo que “estaba despidiendo a un
hermano”.[9]
El Islam siempre ha considerado a la francmasonería como a un temible
enemigo. Pero no debiera sorprendernos el odio de los sectores
radicalizados del Islam hacia la francmasonería, pues esta, en sus
principios, representa la quintaesencia de la civilización europea.
Desde Europa se proyectó al continente americano apoyando y dando
cobertura al proceso revolucionario que construyó las bases de los
sistemas políticos y sociales que actualmente gobiernan en América.
Por su parte, el Imperio Británico facilitó la penetración de la
francmasonería en los vastos territorios de Oriente Medio, la India y
hasta el Extremo Oriente. Podría considerarse a la francmasonería como
la herramienta más efectiva en la expansión del universalismo secular
cristiano. El problema radica en que el proceso de secularización que
ha transitado el Occidente cristiano no tiene un correlato en el mundo
islámico y que, al igual que Occidente, el Islam concibe su propia
idea de “universalidad”. Pero ni la universalidad cristiana ni la del
Islam son “universalizables”.
En medio de la crisis de la guerra de Irak, una poderosa bomba voló
una sede de la masonería en Turquía, que es uno de los pocos países
con mayorías musulmanas en los que la francmasonería ha podido
penetrar. El atentado se produjo en el distrito turco de Kartal, cerca
de Estambul, apenas unas horas antes de la masacre perpetrada en
Madrid el 11 de marzo de 2004. Al día siguiente el diario londinense
Al-Quds Al-Arabi publicó un comunicado en donde las brigadas de Abu
Hafs Al-Masri, ligadas a Al-Qaeda, reivindicaban su responsabilidad en
el atentado de Madrid y también en el de Estambul. Reconocían que este
último iba dirigido contra la masonería y se lamentaban de no haber
asesinado a todos los masones allí reunidos debido a un fallo técnico.
Las autoridades turcas atribuyeron el ataque al odio islámico hacia
todo lo judío y por la filiación de los ritos masónicos a los ritos
judaicos y a Israel.[10]
La brigadas de Abu Hafs al Masri –que llevan ese nombre por un
egipcio, lugarteniente de Osama Bin Laden, que murió en Afganistán en
noviembre de 2001, en los primeros días de la guerra contra ese país,
donde supuestamente se escondía la plana mayor de Al Qaeda- son las
mismas que se atribuyeron los atentados de Londres del 8 de julio de
2005[11].
Desde entonces hasta hoy las cosas han cambiado. El proceso de paz en
Medio Oriente se encuentra detenido mientras que desde Alejandría
hasta Islamabad la agresión a los cristianos no se detiene. Y la
Masonería, siempre dispuesta a combatir el fanatismo, permanece en
silencio. Que el Gran Arquitecto nos ilumine a todos
--------------------------------------------------------------------------------
[1] Callaey, Eduardo, “El otro Imperio Cristiano” (Madrid, Nowtilis,
2005) Cap. 2 p.15 a 28.
[2] Runciman, Steven; “Historia de las Cruzadas”, (Madrid, Revista de
Occidente, 1957) Vol. II p.156
[3] Maalouf, Amin; “Les croisades vues par les Arabes”
[4] Smith, Huston; “Las Religiones del mundo” (España, Thassàlia,
1995) p. 231 y ss.
[5] Greenfield, Meg; “Newsweek” (26 de marzo de 1979) p. 116
[6] Hitti, Philip; “History of the Arabs”, (New York, St. Martin’s
Press, 1970) p. 3
[7] John Robinson; “Mazmorra, hoguera y espada” (Editorial Planeta
S.A., Barcelona, 1994) , p. 505.
[8] Umar Ibrahim Vadillo;
http://www.islammexico.org.mx/Textos
[9] Callaey, Eduardo R.; “Figuras contemporáneas de la Masonería” en
Revista Todo es Historia, Nº 405, Buenos Aires, Abril 2001
[10] El lector interesado puede ver tales informaciones del 10 de
marzo en el periódico turco Hurriyet, y en el Chicago Tribune (sección
1, pg. 3), en el USA Today (pg. 10A)
[11]
http://www.clarin.com/diario/2005/07/09/um/m-1010940.htm
Publicado por Eduardo R. Callaey en 08:00 0 comentarios Enviar por
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viernes 10 de diciembre de 2010La Herencia Rosa Cruz en la
Francmasonería
1.- ¿Una Reforma dentro de la Reforma?
Una fuerte corriente de influencia en la francmasonería y tal vez la
más importante –pues la atraviesa como un rayo luminoso en casi todos
sus ritos- es la proveniente de la Hermandad de la Rosa Cruz, cuya
irrupción pública se remonta a la Alemania de principios del siglo
XVII.
Tal ha sido la influencia de los rosacruces en la francmasonería que,
justo es decirlo, no existe rito masónico que no haya incluido en el
centro mismo de su doctrina a la herencia rosacruz. Pero nuestro
propósito va más allá de señalar al factor rosacruz dentro del vasto
campo del ocultismo moderno, sino enmarcarlo –como propone Frances
Yates- como puente entre el Renacimiento y la revolución científica,
pues la aurora rosacruz ha de reivindicarse, tarde o temprano- como la
bisagra, el eje de transición entre el mundo mágico de los grandes
filósofos renacentistas y el nacimiento incipiente de la investigación
científica tal como se concibe en la actualidad.
Los rosacruces irrumpieron en Europa en pleno siglo XVII, en una época
signada por transformaciones profundas, en momentos en que la
cristiandad se resquebrajaba en pedazos y Roma perdía el control sobre
los vastos territorios septentrionales ganados por los reformistas
protestantes. El cisma había separado a Europa, dividiendo el norte
del sur. Su comienzo se fija en 1517, un siglo antes de la irrupción
de los rosacruces, cuando Martín Lutero, teólogo alemán nacido en
1483, proclama sus famosas 95 propuestas, anunciando la Reforma, en un
panfleto clavado en la puerta de la iglesia de Wittemberg.
Lutero estaba escandalizado por las costumbres imperantes en Roma,
ciudad en la que había estado en 1510. Retomaba, esta vez con mayor
virulencia –y un clima político más favorable- las ideas de Jean Hus,
el díscolo rector de la Universidad de Praga que, a principios del
siglo XV, denunciara los abusos de la jerarquía romana, los crímenes
de simonía y la venta de Indulgencias por parte del clero. Pese al
apoyo del Emperador, Hus había tenido que comparecer ante el Concilio
de Constanza, que lo declaró hereje y lo condenó a la hoguera.
Pero la situación política había cambiado. A diferencia de Hus, Lutero
obtuvo, rápidamente, el apoyo de los príncipes alemanes que veían en
esta Reforma llevada contra Roma, un medio para poner límites a la
influencia de los Habsburgo, la dinastía católica que reinaba sobre el
Imperio Austro-Hungaro, heredero del Sacro Imperio de Carlomagno. A
Lutero –afirma Yves-Fred Boisset- no le gustaban los herejes, sin
embargo, fue bajo su protección que surgió en Alemania, al principio
del siglo XVII -propagándose principalmente en Inglaterra y Holanda-
de la clandestinidad, ciertas corrientes de las que el
rosacrucianismo constituiría el punto culminante y la síntesis.[1]
Es por ello que el movimiento rosacruz no puede concebirse sin la
influencia humanística del Renacimiento, sin la tragedia espiritual de
la Reforma y sin el anhelo de un conjunto de almas nobles que creían
en la posibilidad de unificar nuevamente a la raíz espiritual de
Europa. Sin embargo, mientras la Reforma protestante es religiosa y
política, la Reforma Rosacruz es filosófica, teosófica y mística.
Fue como un nuevo amanecer capaz de evocar a todos los grandes magos
del Renacimiento, resucitándolos en el corazón de un portentoso
secreto. Nadie, jamás, vio el rostro de los primeros rosacruces, pero
fueron ellos quienes reunieron a los espectros de Cornelio Agrippa,
Marcillo Ficino, Pico Della Mirándola, Dante y muchos otros nombres
del denominado Quatrochento, elevándolos a la categoría de arcontes de
la sociedad secreta más romántica de nuestra historia: La Hermandad de
la Rosacruz. A ellos debemos la fusión de tres corrientes que
marcaron un hito en la historia del pensamiento: El Hermetismo, la
Alquimia y la Cábala, de allí su influencia posterior en todas las
órdenes iniciáticas que surcaron el firmamento europeo en los siglos
posteriores, pero muy especialmente en la francmasonería. La
influencia ejercida por estas corrientes sobre el pensamiento de
intelectuales y científicos, dio su impronta a la era de las Utopías,
como la que describe Francis Bacon en La Nueva Atlántida, que
inspiraría los sueños de la nación americana. Bacon es considerado una
de los Grandes Maestres de la Orden Rosacruz.
2.- Sociedades Secretas y Revolución Científica
Filósofos y científicos, astrónomos y alquimistas, líderes religiosos
de la Reforma, aristócratas y monarcas se interesaron en la hermandad
y buscaron afanosamente ingresar en ella, o se inquietaron ante un
orden desconocido detrás del cual intuían un poder por encima del
poder. Cabe preguntarse: ¿Cuál fue ese rol político? ¿Qué razones
permiten afirmar que la Hermandad de la Rosa Cruz actuó en el preciso
momento en que la Reforma intentaba arrebatarle el control del Sacro
Imperio a la potencia habsbúrguica de la Casa de Austria?
Existen razones de peso y un nutrido archivo documental que permiten
afirmar que la Hermandad Rosa Cruz no sólo fue una corriente de
pensamiento o una Reforma paralela sustentada en la búsqueda de
nuevos horizontes científicos y de fuerte contenido místico. Su
expansión en Alemania bajo el control del movimiento luterano y su
fuerte posición en contra de Roma y el papado ubican la acción de los
rosacruces del siglo XVII en un escenario político tan fascinante como
su aspecto esotérico.
¿Existió en verdad una Hermandad Rosa Cruz organizada? ¿O se trató del
esfuerzo individual de un conjunto de hombres geniales que habían
alcanzado un grado de sabiduría que excedía la media de su tiempo?
A diferencia de sus herederos modernos, los rosacruces del siglo XVII
parecen haber carecido de organización; sin embargo una serie de
indicios contradice esta teoría y afirma que no sólo estaban unidos
por lazos fraternales sino que conformaban un verdadero Colegio, tal
como lo anuncian los manifiestos. Yendo aun más lejos, sorprende el
hecho de que numerosos investigadores afirmen que la Hermandad, como
tal, ya existía en el siglo XV y que se mantuvo oculta hasta llegado
el momento de actuar a principios del siglo XVII.
Sea cual fuera el grado de organización, la imagen que ha perdurado
respecto del rosacruz de la época de los manifiestos, es la de un
sabio citadino, solitario, dedicado a la ciencia, tal como se la
entendía en aquel momento –recordemos que en el siglo XVII la palabra
química era sólo un sinónimo de alquimia- inmerso en experimentos en
torno a las fuerzas elementales de la naturaleza, la transmutación de
los metales y la búsqueda de la Piedra Filosofal. Si hubiese que
definir un término que simplificara el sentido de su trabajo, diría
que el rosacruz de aquella época primigenia es el prototipo del hombre
que realiza la Gran Obra y que ese es su principal secreto.
Pero esta afirmación se torna relativa, o al menos parcial, cuando
vemos en la lista de los primeros rosacruces a hombres políticos,
inmersos en intrigas palaciegas, estrategias militares y utopías
diversas. Sabemos que individuos de indudable peso público como
Francis Bacon, Robert Fludd y hasta el propio Isaac Newton tuvieron su
papel en esta historia y que su protagonismo, lejos de constituir una
leyenda, se encuentra ampliamente documentado por los cronistas de la
época.
3.- El Colegio Invisible y Los Primeros Manifiestos. La Llama de la
Fraternidad y otros libros misteriosos
Si repasamos los nombres que son identificados como los precursores
del rosacrucianismo nos encontramos con Paracelso (1493-1541), Jacob
Boheme (1575-1624), Baruj Spinoza (1632-¿?), Juan Amneos Commenius
(1592- ¿), Giordano Bruno (1548-1600) Robert Fludd (1574-1637), John
Dee (1527-1608) etc. Sus trabajos marcan la época de una profunda
transformación del conocimiento. Entre los más renombrados rosacruces
aparecen las figuras de Isaac Newton, de Francis Bacon y de Elías
Ashmole, que no sólo influirán notablemente en el rumbo de la ciencia
moderna sino que inspirarán, como el caso de Bacon y su Nueva
Atlántida la utopía de una República perfecta que se verá plasmada en
el sueño de los Padres Fundadores de los Estados Unidos de América.
Comprenderá el lector porqué razón, el factor rosacruz, resulta
ampliamente expuesto en El Símbolo Perdido.
Todo esto nos permite afirmar que los rosacruces del siglo XVII –sin
abandonar su devoción por los grandes exponentes del pensamiento
mágico renacentista- traccionan, impulsan y conducen a la sociedad
hacia un futuro que ellos mismos están creando a través de la ciencia
experimental y la política. Vale la pena detenerse en este concepto:
Al generar un nuevo método de acceso al conocimiento y al inspirar un
nuevo modelo de organización política, estos hombres, mezcla de
místicos y científicos, crean, literalmente, el futuro. Remarcamos
esta afirmación porque no debe pasar desapercibida al lector.
En El otro Imperio Cristiano[2], hemos hablado extensamente de los
manifiestos rosacruces. En el año 1614 Alemania se vio sacudidas por
la publicación de un libro. En la ciudad de Cassel, editada por
Wessel, vio la luz la primera edición de la Fama Fraternitatis (La
llama de la Fraternidad) y con ella irrumpió en el mundo un nuevo
mito: La Hermandad de la Rosa Cruz. Esta nueva cofradía, supuestamente
integrada por adeptos capaces de curar, de dominar a las fuerzas de la
naturaleza y de poseer los antiguos secretos de las escuelas de
Oriente, se presentaba ante el mundo luego de haber permanecido en
secreto durante siglos. El manifiesto sugería que había llegado la
hora de que la hermandad se diera a conocer e hiciese público su
objetivo. Europa, sacudida por las guerras de religión y fascinada
por el redescubrimiento de las antiguas filosofías, la recibió con
expectativa y no poca ingenuidad.
La primera parte del manifiesto está dedicada a un análisis de la
situación del mundo y al planteo de una reforma general en el orden
religioso, político y social. Se sostiene que las iglesias ya no son
el marco excluyente de la salvación sino que ésta es consecuencia del
esfuerzo individual, de la purificación del corazón y de un impulso de
naturaleza mística. Establece puntos de encuentro entre la antigua
tradición judía, ...la que heredó Adán después de la caída y que
practicaron Moisés y Salomón... y las doctrinas esotéricas del mundo
clásico: ...Lo que establecieron Platón, Aristóteles o Pitágoras; lo
que confirmaron Henoch, Abraham, Moisés y Salomón; allí donde la
Biblia coincide con el Libro de las Maravillas... Los rosacruces
ofrecían al mundo moderno un reservorio único de la Sabiduría Antigua…
Luego trata acerca de la organización de la Fraternidad y describe la
historia de su fundador, quien es presentado en un principio sólo con
las iniciales C. R.
La leyenda pretende que este misterioso personaje nació en 1378 en
Alemania. Su familia era de origen noble pero muy pobre, por cuanto a
la edad de cuatro años fue entregado a una abadía en la que recibió
una buena educación y aprendió las lenguas antiguas. A los dieciséis
años partió a Palestina, acompañado de una suerte de tutor, pero éste
muere en Chipre, momento en que Christian Rosenkreutz –tal el nombre
de nuestro peregrino- decide continuar su viaje en soledad. Enfermo,
llega a Arabia, en donde recibe un conocimiento arcaico de sabios
árabes. Estos hombres, que aparentemente lo estaban esperando, le
comunican los secretos de la naturaleza y de las ciencias y le
permitieron traducir al latín el misterioso libro M.
Luego emprende un viaje por el golfo arábigo y recala en Egipto;
recorre el mediterráneo hasta llegar a la ciudad de Fez, en Marruecos,
donde ciertos “habitantes elementales” le encomiendan la misión de
transmitir la sabiduría recibida durante su largo viaje y fundar una
sociedad secreta. Pasa a España y luego se retira del mundo durante
cinco años. Finalmente, se hace de tres fieles discípulos de los que
sólo sabemos sus iniciales Estos le juran fidelidad y redactan una
serie de conocimientos según el dictado de su maestro.
Un año después de aparecida la Fama Fraternitatis, fue publicada una
segunda obra llamada Confessio. Apareció simultáneamente en Cassel y
Frankfort. A poco de comenzar el texto, el autor asume la defensa de
la hermandad y lanza un ataque frontal contra la Iglesia Católica y el
Papa. Reivindica el cumplimiento de lo establecido en la Fama
Fraternitatis como medio de salvación. Anuncia la aparición de nuevas
estrellas en las constelaciones de Orión y el Cisne, signos vigorosos
de acontecimientos nuevos e importantes... y describe la existencia de
una escritura secreta de carácter extraordinario pero incomparable con
la lengua de nuestro primer padre Adan, ni tampoco con la de Henoch,
ya que todas ellas están sepultadas bajo la confusión babilónica...
Se introducen aquí dos elementos que serán asimilados rápidamente por
la tradición iniciática occidental: la existencia de un conocimiento
antediluviano vinculado a Henoch y la misteriosa existencia de una
palabra perdida. Ambos temas, de trascendental importancia en todas
las sociedades esotéricas modernas.
El tercero y último de los manifiestos rosacruces alemanes, Las Bodas
Químicas de Christian Rosenkreutz apareció en Estrasburgo en 1616 y es
de naturaleza diferente a la de los dos anteriores. Describe un
episodio sucedido en la vida del personaje cuando ya era un anciano. A
lo largo de siete jornadas es sometido a una serie de duras pruebas,
tanto de naturaleza física como espiritual, que sirven de marco para
desplegar un complejo sistema de símbolos vinculados a la alquimia.
Sobre el autor de estos tres documentos se han suscitado toda clase de
conjeturas; sin embargo la más firme parece ser la que los atribuye al
alquimista y filósofo alemán Valentín Andreae, líder de la ortodoxia
luterana, nacido en la ciudad de Harremberg en 1586 y muerto en 1654.
Su padre era un pastor luterano y su tío Jacob un célebre teólogo a
quien se llegó a llamar el segundo Lutero. El clima anticatólico de
los documentos en cuestión se explica, en parte, por esta filiación.
De su vida se sabe que estudió en Tubingia y que fue uno de los más
sabios hombres de su tiempo, adquiriendo un profundo conocimiento de
las ciencias y de las lenguas clásicas. Su apego al estudio era tal
que, en más de una ocasión, su salud corrió serio peligro a causa del
esfuerzo que realizaba. Viajó por gran parte de Europa y tomó contacto
con muchas de las sociedades secretas que por entonces florecían en
las grandes ciudades. Él mismo llegó a sugerir que era el autor de
tales documentos, sin embargo, lamentablemente, muchos creyeron a pies
juntilla la historia de Christian Rosenkreutz y entonces, lo que había
sido imaginado como una alegoría, se convirtió en un torrente de
órdenes y fraternidades rosacruces cuya saga no termina aún a cuatro
siglos de su aparición. Francis Yates va más lejos y afirma que
Valentin Andreae hizo grandes esfuerzos para dejar bien sentado que
Cristian Rosenkreutz y su fraternidad eran ficticios. Pero como ya
hemos dicho, nada más efectivo que la negativa de un secreto para que
éste se vea reafirmado de inmediato.[3]
4.- Los Rosacruces en Inglaterra
En Inglaterra la aparición de los tres manifiestos rosacruces produjo
un gran revuelo a causa del clima que se vivía como consecuencia de
las guerras que libraban católicos y protestantes. En medio de la
polémica, Fludd salió en defensa de la fraternidad y, de paso,
solicitó ser admitido en ella. Si a John Dee se le atribuye haber
introducido la cábala cristiana en Inglaterra, fue sin dudas Fludd el
hombre que contribuyó a expandir las doctrinas rosacruces.
Ambas escuelas (cábala y rosacrucianismo) se complementarían en
Inglaterra y, juntas, producirían profundas influencias en la
francmasonería y otras órdenes creadas con posterioridad. Afirma
Francis Yates que la filosofía de la cábala cristiana es sumamente
afín a la filosofía rosacruz, tal como la formulan los manifiestos
rosacruces y Robert Fludd. Para Yates, es posible comprender mejor el
fenómeno rosacruz si se lo relaciona con la cábala cristiana
introducida en Inglaterra en tiempos de Isabel I.[4]
En 1617, Robert Fludd publicó en Inglaterra un tratado en el que
defendía la seriedad de la sociedad de los rosacruces y muchos creen
que fue él quien introdujo las ideas rosacruces en la francmasonería
inglesa.[5]
Se cree que Fludd tuvo un vínculo estrecho con Iñigo Jones –Gran
Maestre de los masones de Londres- y que participó del círculo más
íntimo de la dinastía Estuardo en sus comienzos. Desde allí impulsó el
rosacrucianismo francmasónico cuya expresión más cabal sería recogida
por la tradición escocesa estuardista y daría nacimiento al grado de
Caballero Rosacruz.
De lo expuesto hasta aquí resalta que, desde la aparición de la Fama
Fraternitatis hasta la pegatina de carteles de París, tiempo en el que
transcurrieron apenas ocho años, los autores de estos manifiestos
provocaron la agitación de los círculos intelectuales de Europa.
5.- La Represión y el Silencio antes de la Tormenta Rosacruz
Los primeros manifiestos rosacruces continuaron imprimiéndose
frenéticamente hasta fines de la segunda década. Fue entonces cuando,
bruscamente, se dejó de producir literatura rosacruz, que fue
suprimida como consecuencia del derrocamiento del Elector Palatino de
Bohemia y de la conquista de este reino y del Palatinado por parte de
los ejércitos católicos. Luego de la tragedia de Praga, la situación
política y el peso restaurado de la Iglesia Católica llevaron a los
rosacruces a un prudente silencio. Pero no tardarían en abrir un nuevo
frente y lo harían de manera espectacular.
En agosto de 1623, la ciudad de París amaneció empapelada con un
manifiesto que provenía, supuestamente, del corazón de la Hermandad de
la Rosa Cruz. Se desató la tormenta.
La proclama causó inquietud en la población, inquietud que pronto se
convertiría en pánico cuando algunas publicaciones no dudaron en
relacionar a los rosacruces con la hechicería, la nigromancia y los
pactos con el demonio. El temor surgió en el momento menos esperado,
cuando el reino comenzaba a pacificarse a consecuencia de la brutal
represión católica.
Yates menciona entre las causas del pánico a una obra anónima, editada
inmediatamente con el impactante título de Horribles pactos hechos por
el Diablo con los Invisibles. En ella se exponía otra versión de los
famosos anuncios y se afirmaba que el Colegio Invisible estaba
constituido por treinta y seis sabios, distribuidos en el mundo en
grupos de seis. Afirmaba que habían celebrado una asamblea en Lyon –en
vísperas del Gran Shabat- en la que habían decidido enviar a seis de
ellos a París. Para espanto del público, el líbelo rebelaba que en
plena asamblea se había presentado el Príncipe de las Tinieblas, en
persona, ofreciéndoles todo tipo de poderes a cambio de que abjurasen
de la fe cristiana.
Afirma Yates que la edición de este libro tuvo por objeto convertir a
los rosacruces en infames hechiceros, sembrando el terror entre los
parisinos y provocando la persecución.[6]
Un segundo manifiesto aparecería poco después en la ciudad. El clero,
inquieto, se encontraba incapaz de dar con los autores. Tanto la
jerarquía de la Iglesia Católica como del Estado estaban al tanto de
la cuestión rosacruz en Alemania. Sin embargo, la metodología empleada
en Francia –los carteles en las calles- había resultado mucho más
audaz que la circulación restringida de los manuscritos. De este modo
se había provocado la inquietud pública que fue definida como un
huracán de rumores por el cronista Gabriel Nandé.
Los testimonios de Nandé y del jesuita Francoise Garasse, constituyen
documentos importantísimos para comprender lo que ocurría en torno a
la irrupción del Colegio Invisible, pues ambos publicaron obras sobre
el tema, testimoniaron la situación y contribuyeron a formar opinión
sobre la misteriosa hermandad. A esta altura del relato, el lector
entenderá que los rosacruces han sido algo más que un hecho curiosos
de la historia.
Respecto de los carteles, Yves-Fred Boisset[7] y Francis Yates[8]
coinciden en que la primera reacción del la Iglesia fue atribuirlo a
una farsa estudiantil, mientras que las autoridades civiles pensaban
en una provocación de los jesuitas. A causa de esta confusión, fueron
a buscar al joven erudito Gabriel Nandé, historiador y bibliógrafo que
llegaría a ser bibliotecario del cardenal Richelieu y de Mazarin.
Inmediatamente confirmó que venía estudiando a la misteriosa sociedad
alemana de la Rosa Cruz.
Publicó inmediatamente un libro titulado Instrucciones a Francia sobre
la verdad de los hermanos de la Rosa Cruz, en el que denunciaba que
los carteles tenían como objetivo la desestabilización del reino, que
habiéndose propagado recientemente en Alemania, la hermandad llegaba
ahora a Francia y que la nómina de los autores que reunían sus
enseñanzas incluía a Fludd, Dee, Trithemius, Giorgi, de la Candele,
Postus de Tirad, Bruno, Llul, Parcelso etc. Es el increíble relato de
Nandé el que corrobora el impulso vital de los rosacruces y de su
influencia.
Nandé expone la enorme influencia que han tenido la Fama y la
Confessio y demuestra conocer algunas de las obras del médico y
alquimista Michael Maier (1568-1622). Según Nandé la Fama había
causado gran impresión en Francia, despertando esperanzas de que
estuviese a punto de ocurrir un nuevo avance de la ciencia. Habla del
descubrimiento de Nuevos Mundos, de la invención del cañón, de la
brújula, del reloj y de los cambios que hubo en la religión, en la
medicina y en la astrología. Los rosacruces –tal como los ve Nandé-
traen una nueva Edad de conocimientos.
Habla de Ticho Brae, de Galileo y sus nuevos anteojos (el telescopio)
y de la inminente instauración o renovación de las ciencias que
prometen las Escrituras. Esto último –coincidimos con Yates- se acerca
mucho a los ideales de Francis Bacon y su Nueva Atlántida. Muchas de
estas tradiciones quedaron incorporadas en los rituales de la
francmasonería.
6.- Los rosacruces y su influencia en la francmasonería
En trabajos anteriores nos hemos referido extensamente a la influencia
rosacruz en el mundo masónico. Citaremos aquí los aspectos esenciales.
La primera referencia indirecta de la relación entre rosacruces y
masones aparece en un poema editado en Edimburgo en 1638, que en una
de sus estrofas dice:
Porque somos hermanos de la Rosa Cruz
Tenemos la palabra del masón y una segunda vista,
Podemos predecir correctamente las cosas que vendrán...
Aunque confuso, el texto parece referirse a los poderes mágicos de los
rosacruces, entre los que aparece la palabra del masón. Ya hemos visto
que en la masonería primitiva se menciona la pérdida del idioma
original, circunstancia que aparece reiteradamente en el simbolismo
masónico moderno y que se encuentra también en la cábala hebrea. Pero
es en el grado 18° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en donde esta
cuestión aparece con más claridad.
En la apertura de los trabajos, los vigilantes anuncian a los
caballeros: Venimos a buscar la palabra perdida y con vuestra ayuda
esperamos encontrarla... Gran parte de la ceremonia de ascenso a este
grado gira en torno de esa búsqueda y su punto culminante es su
hallazgo. Los trabajos se cierran a la hora en que ...la palabra
sagrada fue hallada, cuando la piedra cúbica se transformó en rosa
mística...
También en el Rito de Kilwinning –uno de los más antiguos- aparece la
piedra cúbica sobre la que se coloca una rosa marchita. De igual modo
que en el rito anterior, los caballeros lamentan la destrucción del
Templo y marchan a un lugar desolado y oscuro en busca de la palabra
perdida. Un antiguo ritual de 1887 dice que cuando la palabra perdida
ha sido encontrada, ...el hombre recobra los derechos de su antiguo
origen y la naturaleza se yergue...[9]
Es posible que esta tradición ya estuviese presente en la masonería
inglesa a la llegada de los manifiestos rosacruces y que las
tradiciones referentes a la pérdida de la palabra sagrada fueran
introducidas con anterioridad por los cabalistas cristianos, de modo
que las primeras sociedades rosacruces creadas en Inglaterra
encontraron la “palabra del masón” en coincidencia con su propia
tradición.
El primer documento impreso que prueba el vínculo entre masones y
rosacruces es un opúsculo masónico del año 1676 que dice: ...Se avisa
que la Asociación Moderna del Listón Verde, junto con la Antigua
Hermandad de la Rosa Cruz, de los Adeptos Herméticos y de los Masones
Aceptados, tienen la intención de cenar todos juntos el próximo 31 de
noviembre...[10]
Treinta años antes, un hombre estrechamente vinculado al movimiento
rosacruz, Elías Ashmole (1617-1692) era iniciado en la región del
Lancashire: El propio Ashmole describe en su diario personal que fue
admitido a una logia masónica en Warrington el 16 de octubre de 1646,
en el que agrega una lista de personas iniciadas en la misma época.
Este testimonio es de enorme valor por cuanto es considerado el más
antiguo documento privado que describe las circunstancias de la
iniciación de un individuo en la francmasonería. Y no se trata de
cualquier individuo. Ashmole fue un anticuario que coleccionó antiguos
manuscritos y dedicó su vida al estudio de la cábala, la alquimia y la
astrología. Fue uno de los 114 miembros fundadores de la Real Sociedad
y en su colección de documentos puede hallarse una traducción al
inglés –hecha de su puño y letra- de los tres manifiestos rosacruces
alemanes. No sólo eso: Ashmole guardó una copia de una carta dirigida
a los muy iluminados Hermanos de la Rosa Cruz solicitando ser admitido
en la sociedad. Yates cree que esta carta fue un “acto privado” una
suerte de plegaria que en realidad no estaba dirigida a nadie en
particular.[11] Otros creen, por el contrario, que Ashmole formó parte
del nutrido grupo de rosacruces que integraron la Real Sociedad entre
los que también se encontraba Isaac Newton y Jean Theophile
Désaguliers, cuyo papel en la fundación de la Gran Logia de Londres en
1717 lo ha convertido en uno de los padres de la masonería moderna.
Este conjunto de tradiciones, que hemos tratado de describir de manera
ordenada, convergen finalmente en la leyendas masónicas. Podría
decirse que toda la doctrina masónica está contenida en las leyendas
que dan vida a cada grado y que estas son trasmitidas en el seno de
las logias y los capítulos, en la Casa del Templo; en el templo que ha
tomado como modelo al más famoso de nuestra tradición: El Templo de
Jerusalén.
--------------------------------------------------------------------------------
[1] Boisset, Yves-Fred; La Reforma Paralela, Historia del Movimiento
Rosacruz del siglo XVII, (GEIMME; Boletín 7, Madrid, 2006) pag. 220
[2] Callaey, ob.cit. Cap. VII, La Tradición Iniciática y la
Francmasonería.
[3] Yates, Frances; “El Iluminismo Rosacruz” (México, Fondo de Cultura
Económica 2001) p. 255
[4] Yates, Frances; “La filosofía oculta en la época isabelina” p. 263
[5] Godwin, Joscelyn; “Robert Fludd, Claves para una teología del
Universo” (Madrid, Editorial Swan 1987) p. 24
[6] Yates, ib. Pag. 133
[7] Boisset, Yves-Fred
[8] Ob. cit. ibidem.
Publicado por Eduardo R. Callaey en 09:40 2 comentarios Enviar por
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sábado 20 de noviembre de 2010De la Piedra, Cristo y los masones
Hace algunos días, un Q.·.H.·. me llamó la atención sobre un pasaje de
san Pablo en su Epístola a los cristianos de Efeso. Eso me llevó a
reflexionar acerca de la sacralidad de los templos y de las
tradiciones antiguas y modernas, pero principalmente en el valor
simbólico que se le otorga a la piedra en nuestra cultura occidental.
Más allá de la importante tradición constructora de las antiguas
culturas del Mediterráneo oriental, cuyas obras son muestra evidente
de un profundo conocimiento técnico y de la dimensión sagrada del arte
de erigir templos, lo cierto es que la masonería, tal como la
conocemos, es fruto del espacio cultural cristiano. Es decir, se
desarrolla en una geografía extendida en aquello que Raimon Panikkar
denominaba especie cultural cristiana. Por lo tanto, estas antiguas
tradiciones de las corporaciones de constructores de la antigüedad, se
verán subsumidas y enriquecidas en un nuevo significado, propio del
judeocristianismo.
En la iconografía cristiana, Dios es un Cosmocrator. Cristo asume el
rol de constructor del mundo. Las figuras de Dios Padre y de Dios Hijo
pueden observarse en infinidad de frescos en los que sostienen un
compás en su mano. Es un compás con el que trazan la creación del
mundo. Esta tradición dará lugar al nombre de Gran Arquitecto del
Universo. Remitimos al lector a la imagen del poderoso cuadro de
William Blake como muestra de la persistencia de esta imagen dentro
del ideario religioso y poético de occidente.
Pero más allá de este vínculo entre la Divinidad y la construcción, el
cristianismo ha dado a la piedra un significado profundo desde sus
mismas raíces. Cristo, hablándole a san Pedro, le dice que sobre esa
piedra –el propio Pedro- se edificará Su Iglesia. A partir de esta
afirmación se construirá todo un contexto alegórico, una estructura
figural y una simbología destinada a otorgar a la piedra una dimensión
ontológica. Es decir, la piedra deja de ser sólo el material con el
que se construye sino que toma la dimensión del propio constructor.
Hay aquí una diferencia sustancial con el mundo pagano, que
descubrimos en el mismo momento en que el hombre es comparado,
alegóricamente, con la piedra.
Piedra es el propio Cristo, tal como nos lo indica san Pablo en su
Epístola a los cristianos de Efeso, cuando les dice que “Ya no son
extranjeros ni forasteros, sino que son ciudadanos del pueblo de Dios
y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento
de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra
angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando
hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes se
van integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el
Espíritu”.
El cristiano se convierte en piedra potencial del Templo Consagrado.
Pero potencial en tanto que -como luego encontraremos reafirmado en
los Padres de la Iglesia y en la concepción figural del monasticismo
benedictino- no cualquier piedra puede insertarse en el sagrado muro
sino una que haya sido previamente cuadrada. De allí, a la dimensión
simbólica de la piedra en bruto que debe cuadrarse, señalada con
meridiana claridad por san Beda en el siglo VIII, hay sólo un paso.
Esta cualificación de la piedra cuadrada (llamada cúbica por los
masones) como símbolo del cristiano apto para la integración del
Templo Consagrado, la encontramos fuertemente difundida en los siglos
VIII y IX. Pero lejos de culminar su ruta como modelo de
transformación, la piedra convertida en símbolo del hombre que trabaja
sobre sí mismo, alcanza una expresión superior en Honorio de Autum
(circa 1080 - post 1125), que exigirá a todo hombre que construye
literalmente una iglesia, que sea un Hominus Cuadratus, un hombre en
escuadra, alguien que haya conseguido hacer de su piedra en bruto una
capaz de encontrar su sitio en la construcción del Templo. El artista
no sólo debía entrenarse en su técnica y su habilidad, sino también en
la praxis de una moral cuyos ejemplos debía buscar en las sagradas
escrituras. Al leer la obra de Teófilo acerca de las técnicas del
arte, titulada Diversarum Artium Schedula -considerada muy importante
por su significación técnica- nos encontramos con el concepto de que
un hombre que construye un Templo no puede menos que reconocer la
premisa de la construcción de un templo interior en el que reine la
virtud, misión a la que está convocado a partir del aprendizaje en el
uso de las herramientas. Esta simbología será recogida y desarrollada
a niveles extraordinarios por la propia tradición de los masones
primitivos, los constructores de catedrales.
Mientras que en el mundo pagano la construcción de los templos quedará
para la mano de obra de los esclavos, en el mundo cristiano cada
eslabón de la larga cadena, desde la cantera hasta los capiteles más
delicados, quedará en manos de hombres que son concientes de la obra
que realizan y que, además, seguramente no la verán terminada.
Podríamos citar innumerables ejemplos de pueblos enteros arrastrando
los carretones que llevan a las grandes piedras desde la cantera a la
obra. Ya no importa si se trata del tosco cantero que arranca una
astilla de roca a la montaña, o si de los peones aprendices que
trasladan aquellas moles inmensas al local de la logia, o si de los
artistas que llegan a esculpir las nervaduras de las hojas de acanto
en los perfiles de las columnas de piedra. Lo que verdaderamente
importa es que son hombres libres, que han abrazado, por vocación o
tradición familiar, una profesión que los mantiene en contacto con lo
sagrado, hasta convertirlos en parte misma del Templo.
La masonería moderna es –debiera ser- heredera de este espíritu, que
se banaliza cuando queda reducida a una institución que socializa, que
centra su acción únicamente en su indudable capacidad de diálogo y
confraternidad entre los pueblos o se limita a la beneficencia y la
filantropía. Todo esto forma parte de la masonería moderna:
Sociabilidad, confraternidad, defensa de los derechos humanos, lucha
por la libertad de los pueblos e igualdad de las personas. Pero todo
ello si primero anteponemos el ADN de aquella semilla plantada hace ya
siglos, en la que germinó un método de transformación interior que
vuelve al animal humano un hombre espiritual capaz de comprender y
trasmutar su propia naturaleza.
Publicado por Eduardo R. Callaey en 08:44 0 comentarios Enviar por
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lunes 11 de octubre de 2010Masonería y Doctrina: Un texto de San
Efren
La Masonería Rectificada nos propone una doctrina, palabra que suele
espantar a los masones liberales. No hay enseñanza sin doctrina y la
Masonería, como escuela, no puede prescindir de ella. En el caso de la
Masonería Cristiana del RER (Rito Escocés Rectificado) la doctrina
proviene de dos fuentes específicas a las que ya hemos hecho
referencia reiterada en este blog:
La primera es la Tradición Cristiana indivisible, nutrida por las
enseñanzas de los Padres de la Iglesia. Esta frase merece una profunda
meditación, pues la realidad es que esta tradición es hoy poco
conocida y no son muchos –lamentablemente- los cristianos que se
detienen en el estudio de los Padres. Ni siquiera comprenden a ciencia
cierta qué implica la Paternidad Espiritual y por qué razón llamamos
Padres a aquellos que han legado estas enseñanzas cuyo estudio
constituye una materia específica denominada patrística.
Pero esta sola referencia espanta a la masonería liberal:
“Paternalismo”- tal como lo sugiere el prólogo del ensayo de Gabriel
Bunge acerca de “La Paternidad Espiritual en Evagrio Póntico”- es en
la actualidad un término peyorativo, pues vivimos en una época sin
padre (y sin madre) celebrada por muchos como una liberación…
La segunda es la doctrina esotérica de Martinez de Pasqually, que no
ha llegado no sólo por su propia pluma (El Tratado para la
Reintegración de los Seres) sino por las enseñanzas y el ejemplo de
dos de sus discípulos, Saint Martín y Willermoz. Este último es, sin
dudas, el gran arquitecto de la Reforma que llevaría al nacimiento del
Régimen Escocés Rectificado en el Convento de Wilhelmsbad en 1782.
Los temas que nos presenta la doctrina del RER son de una profundidad
espiritual que nos impone responsabilidad; pues tal como lo expresaba
Beda, a aquellos que van a construir un Templo primero se les pide que
cuadren su propia piedra y que se conviertan –como más tarde
advertiría Teófilo en sus manuales de construcción- en Homines
Cuadrati.
Hace pocas semanas tuve oportunidad de leer, en un monasterio
benedictino, un texto de San Efrén, monje del siglo V, sacado de su
obra El arpa del Espíritu Santo. Este texto habla de la fuente
inagotable que el cristiano encuentra en las enseñanzas del Evangelio
si se empeña en ello. Su lectura requiere de cierta sensibilidad que,
estoy seguro, encontrará eco en el alma de muchos lectores. He aquí el
texto:
¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola
de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo
que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta
muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la
estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para
que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le guste.
Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de
nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos que
concentran su reflexión.
La palabra de Dios es el árbol de la vida que ofrece el
fruto bendito desde cualquiera de los lados, como aquella roca que se
abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual.
Comieron –dice el Apóstol- el mismo manjar espiritual y bebieron la
misma bebida espiritual.
Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro
de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha
hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en
ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que
esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta
palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que
no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra.
Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te
quede por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se
entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu
fe, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque si tu sed queda
saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás
de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciar tu sed se secara
también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.
Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas
por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu
parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no
puedes recibir en un determinado momento, lo podrás recibir en otra
ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un
solo sorbo lo que no puede ser absorbido de una vez, ni te desmotives
por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco.
Hasta aquí el texto de Efrén. Los masones cristianos, a diferencia de
aquellos que abominan de las “doctrinas” por considerarlas enemigas
del librepensamiento, tenemos ante nosotros una fuente inagotable de
sabiduría espiritual a la que podemos recurrir una y otra vez según
nuestro momento y nuestra capacidad. Su esencia está claramente
expuesta en nuestros rituales, que los “liberales” han heredado y
desguazado hasta convertirlos en híbridos que apenas conservan una
cáscara envejecida.
Sabemos que estos textos son aquella roca del desierto de la que manó
una bebida espiritual y nos alegramos de que esta sea inagotable.
Porque nuestro trabajo es hallar la sabiduría escondida en la piedra;
encontrar la forma que encierra con las herramientas que la masonería
nos ha otorgado ¿No es acaso éste el mayor misterio de la Iniciación?
Publicado por Eduardo R. Callaey en 07:00 2 comentarios Enviar por
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