Si la Lisboa histrica y alrededores es el espacio donde se mueve seguro Pessoa, su heternimo lo reduce a la cuadrcula pombaliana. La Baixa reconstruida tras el terremoto de 1755 por el Marqus de Pombal. Centro an financiero, comercial y poltico, pero ya sobre todo receptculo de un ocano de turistas. En La Baixa est la Rua Augusta (la calle principal) con el Arco de la Praa do Comercio y la estatua de Jos I al fondo. La Praa do Comercio con su ir y venir de tranvas viejos y nuevos, sus terrazas, sus mercadillos, sus viejos cafs como el Martinho das Arcadas frecuentado por Pessoa y otros escritores y artistas, es uno de los lugares ms bellos y nostlgicos del mundo. Y ese muelle con las dos columnas que parece sumergirse todo l en la marea alta. Y al lado, en otra plaza recoleta, la Casa dos Bicos dedicada al primer Premio Nobel de literatura en portugus, Jose Saramago, cuyas cenizas estn depositadas bajo un olivo.
En las primeras dcadas del siglo XX, La Baixa lisboeta estaba habitada, aparte de por personas, por comercios de loteras, estancos, ultramarinos, casas de comidas, oficinas, almacenes de todo tipo, sastreras, barberas, tabernas, consultas mdicas, oficinas estatales, hoteles, pensiones, iglesias, zapateras, casas de citas, panaderas, confiteras, fruteras sobre todo en la Rua da Prata, correos, etc. Casi nada ya de esto puede verse. Los carreteros y mozos de cuerda que salan de los almacenes de la Rua dos Douradores ya no existen y, por tanto, aquella ajetreada vida que tuvo este lugar hoy est circunscrita a los turistas, afortunadamente pocos por esta calle estrecha, asombrada, donde permanecen tan solo los hoteles, restaurantes, alguna iglesia vecina y poco ms. Muchos de los edificios estn en proceso de restauracin.
Un da te despiertas y ests ciego. Un da te despiertas y ests mudo: has perdido la capacidad de comunicarte con los dems; no vocalizas bien, tu lengua se mueve con torpeza. Un da te despiertas y no eres t; no reconoces tus manos. Tus manos no son tuyas, te las han trasplantado por otras durante el sueo. Mueves, sin comprenderlos del todo, tus dedos como enguantados en una sustancia ligera. Un da aprietas el interruptor de la luz y de la alcachofa de la ducha comienza a manar el agua.
Un da, en la adolescencia, contraje algo. Algo raro, vivo. Aqu, no s, en la frente. Se me meti. Algo sin forma que me mantena alerta y al mismo tiempo me haca infeliz. Una cosa. Un zumbido. Un surco en el cerebro. Una zozobra seca, cuyos sntomas eran parecidos a los del enamoramiento o la gripe, pero sin estar yo ni griposo ni enamorado. Me cuesta explicarlo mejor.
La Cosa. Me ordenaba pedalear entre las sbanas, moviendo mucho las piernas, hasta sentir un tirn en el empeine o montados los gemelos. Me ordenaba levantarme de madrugada, descalzo, cojeando, y abrir las hojas del balcn en contra de mi voluntad. Para nada.
Qu me estaba ocurriendo? Yo estaba mal, muy alterado. Pasaba semanas al acecho, nervioso e irritable. Aquella Cosa hablaba por m. Contestaba mal a mis padres, lo cual era injusto, porque no lo merecan. No merecan aquel hijo defectuoso, chafado. La Cosa.
Los profesores cubran el encerado con frmulas algebraicas y grficas de fiebre, igual que en los hospitales. La enseanza era una especie de convalecencia. Nos amontonaban a todos all, a la espera de un diagnstico. Ingresado, yo prestaba poca atencin a las pelculas medievales de campesinos o a la mitosis de clulas, que para m eran lo mismo.
La historia avanzaba a cmara lenta, se arrastraba a la pata coja. Vamos, ms bro!Tardaban una eternidad hasta empujar a la guillotina a Flix III y entronizar en su lugar a Tristn IV, quien no tardaba en correr la misma suerte de ser conducido tambin al cadalso y eso entraba en el examen parcial.
No encontraba mi espacio. La vida daba siempre la seal de estar comunicando. Un mensaje grabado que deca: Todas nuestras operadoras estn ocupadas en este momento. En cambio, escuchaba como un llanto lejano que no cesaba de sonar en todo el da. Miraba a los grupos de estudiantes con aprensin: nadie ms pareca notar nada raro. Sus cuerpos embutidos en sudarios de rocanrol y polister.
Los oa cacarear en el patio, debajo de la canasta de baloncesto, entre risas, toses suaves, alegres, muy suyos, desesperados, haciendo chascar sus nudillos mientras alardeaban de algo alzando mucho el cuello o trazaban planes conspiratorios para la tarde del sbado y la maana del domingo. Haba una gran precisin y riqueza de detalles en esos planes cuchicheados, procedentes de estirar mucho el cuello, de cuya belleza yo, por alguna razn, estaba excluido.
Esto los alter mucho. Provoc malentendidos, rias, enfados. O planeaban juntarse otro da, en casa de Katia Orororo, aprovechando la ausencia de sus padres, para celebrar una sesin de espiritismo, sentarse a oscuras en el suelo del saln, formando un crculo de manos, y desde esa rueda invocar a los espritus por medio de una ouija.
No era la primera vez que lo hacan. Aseguraban que en cierta ocasin un espritu respondi a sus demandas, qu susto, el vaso se desplaz solo de una letra a la otra, de la ese a la eme, de la hache a la uve, para deletrear palabras o frases simples, t eres pura, t eres pura, le escribi a una el espritu, el vaso se deslizaba solo, sin intervencin de nadie, hasta que de repente sali volando por los aires y se estrell contra la pared, rompindose en aicos, momento en que todos salieron huyendo despavoridos de casa de Katia Orororo.
Estar muerto ya. En pleno medioda, joven. La oscuridad de la tumba. El silencio eterno. La nada. Nada se mueve, nadie duda, no hay titubeos. Los grandes interrogantes filosficos que te araan la mente a lo largo de toda tu existencia, sin dejarte en paz ni un segundo, al final se reducen a esto: una inscripcin con dos fechas.
El mdico del Seguro que me examin, el doctor Barrientos, tras auscultarme me encontr sano, nada, no tienes nada, muchacho, Erizo, me inst a hacer ejercicio aerbico, nadar y pedalear hasta agotarme, nada que no se cure sudando, tienes novia, muchacho, Erizo?, y antes de darme tiempo a responder el doctor Barrientos me recomend tomar un complejo vitamnico y vuelves en seis meses, o antes si ests peor, muchacho, Erizo, pero yo no estaba ni mejor ni peor, saba que no era eso, no era eso. Ni parecido.
La manzana en la acera llevaba ya cinco das pudrindose. Cinco. Nadie haca nada por remediarlo. Abollndose ella sola, con una abolladura interior. Vi cmo brotaba de ella una suerte de absceso, que comenz a supurar un lquido parduzco. Poco a poco iba cobrando el aspecto de una manzana asada.
Prob a escalar una montaa, con resultados nulos. Despus de extenuarme todo el da al aire libre bajo el sol, entre rocas naranjas y cascadas verdes, baj trotando de las alturas medio grogui y afnico de tanto oxgeno.
El consultorio del doctor Barrientos se encontraba al fondo de un largo, largusimo pasillo. El pasillo alcanzaba el consultorio ya exhausto. Con sus ltimas fuerzas, se desparramaba en dos butaquitas verdes de felpa con minifalda de flecos, un velador sobre el cual sonrea una revista warholiana y una lmpara de pie, pero no mucho.
Haba un biombo blanco en el consultorio del doctor Barrientos. Visillos tambin blancos, como hecho adrede. Todo muy conjuntado. Artstico, incluso. El doctor Barrientos era un mdico pop. Una camilla de hierro con pinta de confortable, a la que apeteca llamar lecho. Un armario metlico, prctico, que contendra guantes de goma, algodn, yodo, jeringuillas o esterilizadores o yo qu s. Formas.
Compr un cuaderno escolar. Anot frases. Dibuj flores. Escriba sin pensar, en una especie de trance loco, durante varias horas, lo primero que se me ocurriese, sin levantar la vista del papel ni para releer lo escrito ni para corregir.
Ellos tenan otras preocupaciones. Pronto nos mudaramos a una casa ms grande y mejor, en un barrio nuevo. Nuevas calles, nuevos afectos. Haba que desmontar el hogar. Las paredes empezaron a vaciarse de estanteras, fotos, libros y cachivaches, y los pasillos a poblarse con pilas de cajas rotuladas con ttulos de catlogo de decoracin o pelcula de gritos: Vajilla nueva, Bao, Cocina/2, Varios.
Iba a todas partes con mi cuaderno. El hecho de que no me separase de l motiv que mis compaeros de clase me apodasen burlonamente el Taqugrafo. Ni siquiera me molest. A mis espaldas, sin consultarme, propusieron mi candidatura para ser delegado de curso. No era opcional. Mi cara apareci en los carteles. Qued el segundo. Gan Camilo Coria, por un escaso margen de votos.
Nada haba cambiado, nada, y, no obstante, todo era distinto. El mundo. Las caras de la gente. Los edificios de hombros estrechos, salivados de lluvia. Al pasar por mi cuaderno, el mundo se revitalizaba, intensificaba sus colores o sala huyendo con otro estilo.
Me obligaba a repetirla cien veces, o doscientas, con total solemnidad litrgica, en un castigo placentero, cactus cactus cactus cactus cactus. Una lnea tras otra, sin desfallecer. Lo importante no era el significado concreto de tal palabra, o de cualquier otra, sino la acumulacin verde y espinosa que esas seis letras convocaban y expandan.
Me concentraba. Visto desde fuera, poda dar la sensacin de que haca algo til, importante o beneficioso para alguien. Mi casa se vaciaba, pronto habra una mudanza. Yo me limitaba a cubrir las pginas de los cuadernos con facilidad, una tras otra, sin sufrimiento alguno, a buen ritmo, por ambas caras, persiguiendo aquella caligrafa huidiza que siempre iba un paso por delante de m y se me escapaba, como la correa de un perro suelto al doblar la esquina.
El lenguaje saba ms que yo. Me telediriga. Me indicaba las posibles direcciones, postes sealadores. Yo me abandonaba a su canto. Era mi manera de escalar montes, o de hacer espiritismo, para contactar con los muertos.
Algo aprend: que no deba oponer resistencia, sino rendirme, no intervenir, dejar que el lenguaje tomase todas las decisiones por m, hiciese l solo todo el trabajo, mientras yo permaneca al margen, ocioso, mirndome las uas.
Escribir no es trabajar, sino permitir que trabaje el otro. Que el otro hable. Que nos inunde. Que nos posea. Lo verdaderamente difcil, a la hora de escribir, es mantenernos callados, apartarnos y molestar lo menos posible.
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