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EL DÍA DOMINGO 19:28–44
La entrada a Jerusalén del Hijo del Hombre
Estaba por iniciarse lo que se ha dado en llamar “La Entrada Triunfal”. El entusiasmo de la gente que acompañaba a Jesucristo desde Jericó se vio aumentado con el del pueblo que lo esperaba en las afueras de la ciudad capital. Sin embargo, aunque verdaderamente entusiasta, la muchedumbre no tenía las bases que Jesús había exigido, y que eran absolutamente necesarias para el establecimiento del reino.
Parecía “triunfal” porque el gentío celebraba gritando y clamando. No obstante, la gente pronunciaba con los labios lo que no entendía o, peor aún, lo que su corazón no aceptaba.
Por otro lado, el propósito del Señor era declararse abiertamente el Mesías prometido. En otras ocasiones no había permitido semejantes muestras de reconocimiento público, pero esta vez, sí. Los preparativos fueron pocos, pero significativos. Envió a dos discípulos a traer cierto animal. El pollino estaba exactamente en donde Jesucristo dijo, y sus dueños respondieron como dando a entender que eran algo más que simples conocidos; eran amigos del Señor, probablemente creyentes (19:32–34). Por si esto no fuera suficiente, el profeta Zacarías, centenares de años antes, había profetizado “tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (Zacarías 9:9). ¡Significativo, en verdad!
La gente demostraba su atracción y entusiasmo con palabras y acciones: “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas!” (19:38). ¡Lindísimas palabras! Reflejan que Cristo tenía una cierta popularidad entre las masas. Admiraban sus milagros y reconocían que enseñaba con autoridad.
Lástima que lo que la mayoría tenía en mente era un Salvador político que los libertaría de Roma. Razonaban que alguien tan obviamente capaz de hacer los milagros de Jesús, también tendría poder para quitarles el yugo romano. Interpretaban la redención como una revolución, a pesar de que Cristo les había explicado la naturaleza de su reino. Las masas gritaban, y ¡en qué forma! Lo aclamaban como “Rey”, pero por razones equivocadas. Querían que les quitara la bota de los romanos que tenían encima.
Además, había otro factor muy favorable. Aparentemente les caía bien la manera en que Jesús confrontaba la hipocresía de los líderes. Pero eso era muy distinto a depositar se fe personal en el Mesías, el Hijo de Dios. ¿Arrepentirse? Tampoco. Faltaban esos elementos. Sin embargo, como parte de la “reverencia” frenética de ese día, hicieron una alfombra con sus mantos sobre la cual Cristo pasó montado en el pollino (19:36
EL DÍA LUNES
La purificación del templo por el Hijo del Hombre 19:45–48
Esta es la segunda vez que Cristo lo hace: la primera vez al principio de su ministerio público (Juan 2:13–22) y ahora aquí en las vísperas de su muerte. Sus palabras autoritarias, bíblicas y a la vez cortantes, vienen de Isaías y Jeremías: “Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”. Se refiere a la sección del templo denominada “atrio de los gentiles”.
Los mercaderes que vendían animales para los sacrificios y los que cambiaban dinero (para que los peregrinos pudieran pagar sus impuestos con la moneda apropiada), habían convertido el atrio en un bazar. No sólo existía el regateo bullicioso típico de tales negocios (factor que aumentaba la ya presente falta de reverencia), sino que los mismos líderes religiosos demandaban y recibían un porcentaje de las ventas. Por eso Jesús la llamó “cueva de ladrones”. El propósito verdadero del templo era totalmente distinto a eso, y el Señor propuso su purificación.
Los eventos del día anterior, más lo que Jesús hizo en el templo, combinados con la enseñanza que daba en esos recintos sagrados, produjeron reacciones violentas entre los líderes. Lucas agrega una clasificación nueva a la lista usual de antagonistas: “los principales del pueblo” (19:47). Todos estos líderes se pusieron de acuerdo.
EL DÍA MARTES
La autoridad del Hijo del Hombre 20:1–21:4
La purificación del templo fue considerada como una interferencia en la acostumbrada vida religiosa de los judíos y dejó a sus líderes resentidos y enojados. Según ellos, fuera del Mesías mismo, nadie podría hacer reformas sin consultarlos. Como no reconocieron las señales mesiánicas de Jesús, lo que Cristo hizo reforzó el odio que le tenían.
EL DÍA MIÉRCOLES
Los preparativos para la traición 22:1–6
Como recordaremos, la celebración de la pascua era para conmemorar el evento con que había finalizado la esclavitud de los judíos en Egipto en tiempos de Moisés (Exodo caps. 11–12). De acuerdo a las instrucciones divinas, cuando pasara el ángel de Jehová exterminando a los primogénitos de Egipto, sólo respetaría al primogénito de aquellos que aplicaran la sangre del cordero en los dinteles de las puertas. Todos los demás morirían “…para que sepáis que Jehová hace diferencia entre los egipcios y los israelitas” (Exodo 11:7). En los hogares donde no se aplicó la sangre, murió el primogénito. La palabra pascua viene del griego (y de pesa en hebreo). Quiere decir “pasar por encima” o “pasar por alto”. En el caso de quienes obedecieron aquella noche, Jehová pasó por encima y no mató al primogénito.
Por supuesto que ésta era una de las fiestas religiosas más importantes del almanaque judaico, y la ciudad de Jerusalén siempre se llenaba con gente para celebrarla. Su duración era de un día, y la fiesta de los panes sin levadura se observaba por siete más, empezando con la pascua.
Por su parte, el Sanedrín ya había decidido asesinar a Cristo. Lo que les faltaba determinar no era si lo mataban o no, sino cuándo lo harían, Contemplando el gentío congregado para las fiestas, y sabiendo que admiraban a Cristo, decidieron no hacer nada hasta después de las fiestas (Mateo 26:4–5), por temor a provocar un alboroto.
Sin embargo, por extraño que parezca, uno de los suyos, Judas, se ofreció a entregárselos (22:4). Para el Sanedrín, difícilmente se podría presentar una oportunidad más propicia (22:5). Si hubieran sabido quien motivaba todo eso, tal vez hubiera sido distinto. “Entró Satanás en Judas” (22:3). Probablemente aun estos guías ciegos de ciegos hubieran temido colaborar con Satanás, pero, ¿quién podía saberlo? Cabe notar que Satanás no forzó su entrada en Judas, sino que encontró en el traidor un corazón muy dispuesto a recibir su presencia y control.
Platt, Alberto T.: Estudios Bı́blicos ELA: Verdadero Hombre, Verdadero Dios (Lucas Tomo II). Puebla, Pue., México : Ediciones Las Américas, A. C., 1993, S. 114
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Publicado por Rev. Jorge Valdes para
Vida Nueva/ New Life el 3/29/2010 08:52:00 PM