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En
Pentecostés los discípulos recibieron en forma de leguas de fuego este
Don e inmediatamente, inflamados por el ardor apostólico, se pusieron a
predicar con 'parresía' la Buena Nueva que había de encender el mundo
entero. ¡A nosotros nos toca hoy implorar y acoger ese Don divino! ¡A
nosotros nos toca hoy dejarnos inflamar con ese Amor que es derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ver Rom 5,5), para que
ardiendo de celo por el Evangelio nos dispongamos a transformar los
corazones humanos con sólo tocarlos con esas como "llamas en forma de
lenguas de fuego"!.
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