A finales de los 80, todos los domingos, mis cuatro hermanos y yo nos apretujábamos felices en el asiento trasero (y hasta en el espacio detrás) del Volkswagen crema de mi padre para recorrer los 30 minutos que separaban Jesús María del parque Salazar, de sus verdes, su mar, sus heladeros y sus vendedores con gigantescos bultos de globos con gas.
Mis hermanos y yo crecimos, al igual que la ciudad y, en noviembre de 1998, ese espacio de jardines, algodones dulces y pelotas se convirtió en el escenario de cemento, canchita y bolos, que brilla en la oscuridad y que nos acoge hasta hoy.
Pero lo que para los adolescentes era una prueba de que Dios existía y tenía 15 años, para los vecinos fue una especie de castigo divino.
CENTRO DIVERTIDO
Larcomar fue el
segundo gran centro comercial de la ola de modernización del comercio minorista
que dura hasta hoy. A diferencia del Jockey Plaza, inaugurado en 1997, el ‘mall’
frente al mar no se caracterizaba por sus gigantescas tiendas por departamento o
sus tiendas, sino por una oferta de vanguardia en entretenimiento.
El Hard Rock Café hizo sentir a los que nunca habíamos ido a Estados Unidos un poco más cerca del sueño, y a los que pasaban sus vacaciones en Miami, un poco menos lejos de su realidad veraniega.
La implementación de este local demandó la friolera de US$2 millones y se mantiene como un récord aún no superado por ningún restaurante en el Perú.
El Cosmic Bowling, con su decoración fosforescente, sus luces psicodélicas y sus graciosas papas fritas, se convirtió en el lugar de encuentro obligado de todos los que sucumbimos a la fiebre que reemplazó a los patines en línea a finales de los 90.
Larcomar, que demandó una inversión de US$20 millones, también reunía a operadores como Tony Roma’s, Café Café, Makoto, Subway, Big Apple Bagles, Manos Morenas, Chifast, Pasta Pronta y Music Box.
Las discotecas Aura y Gótica recibieron luego a los que nos aburrimos del bowling y a todas las siguientes generaciones ávidas de baile.
ENCENDIDA POLÉMICA
El desarrollo
del Consorcio Larcomar despertó los cuestionamientos de ambientalistas y de
miraflorinos, que denunciaban irregularidades en el estudio de impacto ambiental
y la falta de consulta vecinal.
Uno de los principales críticos de este emprendimiento fue el arquitecto Miguel Cruchaga Belaunde, quien alertó sobre el congestionamiento vehicular que se generaría en la zona.
El entonces burgomaestre miraflorino Fernando Andrade y su hermano, Alberto Andrade, alcalde de Lima Metropolitana, fueron blanco de investigaciones de la Comisión de Descentralización del Congreso y de la Contraloría General de la República de los 90.
Gisela Rotmann, una de las vecinas más activas en las protestas, sigue teniendo reservas. “La contaminación sonora, visual y atmosférica es grave. Los vecinos no dormimos porque las discotecas funcionan hasta las 6 de la mañana y las chimeneas no solo bloquean la vista sino que emiten olores insoportables”, dice.
REFERENTE DE NUEVO
Hoy, Larcomar
se ha convertido en una especie de Machu Picchu limeño, un paradero obligado
para los turistas. Se calcula que, del medio millón de visitantes que recibe al
mes, el 30% son extranjeros.
Con eso en mente, la chilena Parque Arauco pagó US$36 millones en el 2010 por el centro comercial y ahora planea iniciar a fines de este año una remodelación para devolverle a Larcomar el estatus de vanguardia comercial y arquitectónica que tuvo hace más de una década.
Eduardo Herrera, country manager de la firma, dice que el 50% de los locales estará ocupado por marcas de alta moda y se incluirán a entre ocho y 10 restaurantes de primera, para lo cual ya sostienen conversaciones con el holding de Gastón Acurio. Este bulevar gastronómico tendrá, como el resto del ‘mall’, vista al mar.
Liliana Alvarado, de la Escuela de Posgrado de la UPC, explica que Larcomar está llamado a ser una vitrina de las maravillas del Perú.
“Parque Arauco debería incluir a los principales diseñadores peruanos de ropa y joyas y a las mejores propuestas gastronómicas, de modo que los turistas puedan comprar lo mejor que produce el país”, comenta.
Rotmann hace una sugerencia: “Deberían colocar un terminal de buses y de taxis dentro del recinto, para que los vehículos no obstaculicen las vías y deberían controlar la hora a la que cierran las discotecas”. Ella se sigue oponiendo al recinto pese a que el valor del metro cuadrado pasó de US$737 en el 2001 a US$1.265 en el 2010 (aunque es menor al que tienen los terrenos cinco cuadras más hacia Barranco), según Capeco. “Eso no me importa porque no me quiero mudar”, dice.
La remodelación permitirá retomar un plan que quedó trunco en 1998: construir un hotel en el acantilado miraflorino. Y, a juzgar por las maquetas, se desaparecerían las horrendas chimeneas, que despertaron la rabia de los vecinos en ese entonces y que siguen afeando el paisaje.