La mayoría de las cosas realmente importantes que Jesús dijo o hizo parecieron suceder por casualidad, mientras iba de paso
Libro de Urantia. Pág.1875

Jesús no esperaba las ocasiones especiales, no buscaba el ser reconocido ni aplaudido, mucho menos se vanagloriaba de sus conocimientos, ni siquiera hacía sentir que era el Hijo de Dios enviado para darnos a conocer a su Padre. En todos los años de vida su mortal, sólo una vez frente a Pilatos, confesó abiertamente ser el Hijo de Dios.
“Él podía ayudar tanto porque amaba sinceramente a todo hombre, mujer y niño. Podía ser un amigo tan leal debido a su notable discernimiento, sabía plenamente lo que había en el corazón y en la mente del hombre. Era un observador interesado y agudo. Era experto en la comprensión de la necesidad humana, sagaz en detectar los anhelos humanos.
Jesús no estaba nunca de prisa. Tenía tiempo para consolar a sus semejantes «al pasar», y siempre hacía que todos se sintieran cómodos. Era un oyente encantador. Nunca era impertinente ni escudriñaba las almas queriendo saber más de lo que ellas querían contarle. Los que recibían su consuelo, sentían su misericordia pero no que se estaban confesando, sino que estaban dialogando con él. Tenían confianza porque sentían que él también tenía fe en ellos.” 1874
Nuestra sociedad sería muy diferente si imitáramos a Jesús y no tuviésemos prisa para escuchar con amor y empatía a nuestros hermanos.
Yolanda silva solano
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