1Maestro en la fe y testigo del Dios vivo, san Juan de la Cruz se hace presente en la memoria de la Iglesia, particularmente hoy, al celebrarse el IV Centenario de su trnsito a la gloria, que tuvo lugar el 14 de diciembre de 1591, cuando desde su convento de beda fue llamado a la casa del Padre.
Es un gozo para toda la Iglesia comprobar los frutos abundantes de santidad y sabidura que este hijo suyo sigue dando con el ejemplo de su vida y la luz de sus escritos. En efecto, su figura y sus enseanzas atraen el inters de los ms variados ambientes religiosos y culturales, que en l hallan acogida y respuesta a las aspiraciones ms profundas del hombre y del creyente. Abrigo, pues, la esperanza de que esta celebracin jubilar sirva para dar ms realce y difusin a su mensaje central: la vida teologal en fe, esperanza y amor.
Este mensaje, dirigido a todos, es herencia y tarea apremiante para el Carmelo Teresiano que, con razn, lo considera padre y maestro espiritual. Su ejemplo es ideal de vida; sus escritos son tesoro a compartir con cuantos buscan hoy el rostro de Dios; su doctrina es tambin palabra actual, en especial para Espaa, su patria, cuyas letras y nombre honra con su magisterio de alcance universal.
2. Yo mismo me he sentido atrado especialmente por la experiencia y enseanzas del santo de Fontiveros. Desde los primeros aos de mi formacin sacerdotal encontr en l un gua seguro en los senderos de la fe. Este aspecto de su doctrina me pareci de importancia vital para todo cristiano, particularmente en una poca como la nuestra, exploradora de nuevos caminos, pero tambin expuesta a riesgos y tentaciones en el mbito de la fe.
Mientras continuaba an vivo el clima espiritual suscitado por la celebracin del IV Centenario del nacimiento del santo carmelita (1542-1942) y Europa renaca de sus cenizas, tras haber experimentado la noche oscura de la guerra, elabor en Roma mi tesis doctoral en Teologa acerca de La fe segn san Juan de la Cruz [1]. En ella analizaba y destacaba la afirmacin central del doctor mstico: la fe es el medio nico, prximo y proporcionado para la comunin con Dios. Ya entonces intua que la sntesis de san Juan de la Cruz contiene no solamente una slida doctrina teolgica sino, sobre todo, una exposicin de la vida cristiana en sus aspectos bsicos como son la comunin con Dios, la dimensin contemplativa de la oracin, la fuerza teologal de la misin apostlica, la tensin de la esperanza cristiana.
Durante mi visita a Espaa, en noviembre de 1982, tuve el gozo de exaltar su memoria en Segovia, ante el sugestivo escenario del acueducto romano, y venerar sus reliquias junto a su sepulcro. Pude proclamar de nuevo all el gran mensaje de la fe, como esencia de su enseanza para toda la Iglesia, para Espaa, para el Carmelo. Una fe viva y vigorosa que busca y encuentra a Dios en su Hijo Jesucristo, en la Iglesia, en la belleza de la creacin, en la oracin callada, en la oscuridad de la noche y en la llama purificadora del Espritu [2].
3. Al celebrar ahora el IV Centenario de su muerte es conveniente, una vez ms, ponerse a la escucha de este maestro. Por una feliz coincidencia se hace nuestro compaero de camino para este perodo de la historia, en los umbrales del ao 2000 cuando acaban de cumplirse los 25 aos de la clausura del Concilio Vaticano II, que impuls y favoreci la renovacin de la Iglesia en lo que se refiere a pureza de doctrina y santidad de vida. "A la Iglesia -afirma el Concilio- toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado, con la continua renovacin y purificacin propias bajo la gua del Espritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer" [3].
Presencia de Dios y de Cristo, purificacin renovadora bajo la gua del Espritu, experiencia de una fe iluminada y adulta. No es ste en realidad el contenido central de la doctrina de san Juan de la Cruz y su mensaje para la Iglesia y los hombres de hoy? Renovar y reavivar la fe constituye la base imprescindible para afrontar cualquiera de las grandes tareas que se presentan hoy con mayor urgencia a la Iglesia: experimentar la presencia salvfica de Dios en Cristo, en el centro mismo de la vida y de la historia, redescubrir la condicin humana y la filiacin divina del hombre, su vocacin a la comunin con Dios, razn suprema de su dignidad [4], llevar a cabo una nueva evangelizacin a partir de la reevangelizacin de los creyentes, abrindose cada vez ms a las enseanzas y a la luz de Cristo.
4. Muchos son los aspectos por los que Juan de la Cruz es conocido en la Iglesia y en el mundo de la cultura: como literato y poeta de la lengua castellana, como artista y humanista, como hombre de profundas experiencias msticas, telogo y exgeta espiritual, maestro de espritus y director de conciencias. Como maestro en el camino de la fe, su figura y escritos iluminan a cuantos buscan la experiencia de Dios por medio de la contemplacin y del abnegado servicio a los hermanos. En su elevada produccin potica, en sus tratados doctrinales -Subida del Monte Carmelo, Noche Oscura, Cntico Espiritual, y Llama de Amor viva-, as como en sus escritos breves y enjundiosos -Dichos de luz y amor, Avisos y Cartas-, el santo nos ha dejado una gran sntesis de espiritualidad y de experiencia mstica cristiana. Sin embargo, entre tanta riqueza de temas y contenidos, quiero fijar la atencin en su mensaje central: la fe viva, gua del cristiano, nica luz en las noches oscuras de la prueba, llama ardiente alimentada por el Espritu.
La fe como bien demuestra el santo con su vida inspira la adoracin y la alabanza, confiere a toda la existencia realismo humano y sabor de trascendencia. Deseo, pues, con la luz del "Espritu Santo enseador" [5] y en sintona con el estilo sapiencial de fray Juan de la Cruz, comentar algunos aspectos de su doctrina acerca de la fe, compartiendo su mensaje con los hombres y mujeres que viven hoy en esta hora de la historia llena de retos y esperanzas.
5. Las condiciones histricas en que le toc vivir ofrecan a fray Juan de la Cruz un denso panorama de posibilidades e incentivos para el desarrollo pleno de su fe. Durante su vida (1542-1591), Espaa, Europa y Amrica se abren a una poca de religiosidad intensa y creativa; es el tiempo de la expansin evangelizadora y de la reforma catlica; pero es tambin tiempo de desafos, de rupturas de la comunin eclesial, de conflictos internos y externos. La Iglesia, en esos momentos, tiene que dar respuesta a graves y urgentes tareas: un gran Concilio, el de Trento, doctrinal y reformador; un nuevo continente, Amrica, por evangelizar; un viejo mundo, Europa, por vigorizar en sus races cristianas.
La vida de Juan de la Cruz se desarrolla en este marco histrico denso en situaciones y experiencias. Vive su niez y juventud en extrema pobreza, abrindose camino con el trabajo de sus manos en Fontiveros, Arvalo y Medina del Campo. Sigue la vocacin carmelitana y recibe la formacin superior en las aulas de la Universidad de Salamanca. A raz del encuentro providencial con santa Teresa de Jess, abraza la reforma del Carmelo e inicia la nueva forma de vida en el primer convento de Duruelo. Primer carmelita descalzo vive las vicisitudes y dificultades de la naciente familia religiosa, como maestro y pedagogo, as como confesor en la Encarnacin de vila. La crcel de Toledo, las soledades de El Calvario y La Peuela en Andaluca, su apostolado en los monasterios, su tarea de superior van curtiendo su personalidad, que se refleja en la lrica de su poesa y en los comentarios de sus escritos, en la vida conventual sencilla y en un apostolado itinerante. Alcal de Henares, Baeza, Granada, Segovia y beda son nombres que evocan una plenitud de vida interior, de ministerio sacerdotal y de magisterio espiritual.
Con esta rica experiencia de vida, frente a la situacin eclesial de su tiempo, toma una actitud abierta. Conoce los acontecimientos, hace alusin en sus escritos a las herejas y desviaciones. Al final de su vida se ofrece para ir a Mxico a anunciar el Evangelio; hace los preparativos para cumplir sus propsitos pero la enfermedad y la muerte se lo impiden.
6. A las graves urgencias espirituales de su tiempo Juan de Yepes responde abrazando una vocacin contemplativa. Con ese gesto no se desentiende de sus responsabilidades humanas y cristianas; por el contrario, al dar ese paso se dispone a vivir con plena conciencia el ncleo central de la fe: buscar el rostro de Dios, escuchar y cumplir su palabra, entregarse al servicio del prjimo.
El nos demuestra cmo la vida contemplativa es una forma de realizarse plenamente el cristiano. El contemplativo no se limita nicamente a largos ratos de oracin. Los compaeros y bigrafos del santo carmelita nos ofrecen de l una imagen dinmica: en su juventud aprendi a ser enfermero y albail, a trabajar en la huerta y aderezar la Iglesia. Ya adulto, desempe responsabilidades de gobierno y de formador, atento siempre a las necesidades espirituales y materiales de sus hermanos. A pie recorri largos caminos para asistir espiritualmente a sus hermanas, las Carmelitas Descalzas, persuadido del valor eclesial de su vida contemplativa. En l todo puede resumirse en una honda conviccin: es Dios y slo l quien da valor y sabor a toda actividad, "porque donde no se sabe a Dios, no se sabe nada" [6] .
El mejor servicio a las necesidades de la Iglesia lo prest, pues, con su vida y escritos, desde su peculiar vocacin de carmelita contemplativo. As vivi fray Juan en compaa de sus hermanos y hermanas en el Carmelo: en la oracin y el silencio, en el servicio, la sobriedad y la renuncia. Imbuido todo ello por la fe, la esperanza y el amor. Con santa Teresa de Jess realiz y comparti la plenitud del carisma carmelitano. Juntos siguen siendo en la Iglesia testigos eminentes del Dios vivo.
7. La fe fomenta la comunin y el dilogo con los hermanos para ayudarles a recorrer los senderos que conducen a Dios. Fray Juan fue un autntico formador de creyentes. Supo iniciar a las personas en el trato familiar con Dios, ensendoles a descubrir su presencia y su amor en las circunstancias favorables o desfavorables, en los momentos de fervor y en los perodos de aparente abandono. Se acercaron a l espritus egregios como Teresa de Jess, a quien hace de gua en las ltimas etapas de su experiencia mstica; y tambin personas de gran espiritualidad, representantes de la fe y de la piedad popular, como Ana de Pealosa, a quien dedic la Llama de Amor viva. Dios le dot de cualidades apropiadas para esa misin de gua espiritual y forjador de creyentes.
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