Por si alguien no la recibió:
http://www.ricardomejiacano.com/biblioteca/articulo.php?id=69
El 22 de junio de 2003 publiqué en El Colombiano un análisis sobre la
liquidación de Icasa: La mató el desgobierno . El testimonio que a
continuación hace Jaime Glottmann, confirma la validez del análisis.
TESTIMONIO / CATORCE AÑOS DESPUÉS DE SU DEBACLE EXPLICA AL PAÍS LO QUE
OCURRIÓ
Jaime Glottmann pide perdón
Foto de Jaime Glottman a los 66 años, tomada en Israel el 6 de
agosto de 2005
Desde 1991, y mientras la justicia de Colombia lo requería, se refugió
en Israel. Ahora, unas semanas de prescribir los procesos en su
contra, el empresario se declara responsable.
Han pasado 14 años desde mi salida de Colombia y siento la obligación
de contar a mis compatriotas la historia de nuestras empresas y su
triste fin, sin la menor intención de disculparme o culpar a otros de
su fracaso.
Por el contrario, comienzo por decir que soy el principal responsable
de todo lo que ocurrió y tengo bien claro que mi mayor pecado fue el
no haber tenido la humildad de aceptar los límites de mi propia
capacidad para el manejo de una organización de semejante envergadura.
Reconozco igualmente que no fuimos victimás de ningún enemigo y que,
por el contrario, tanto los gobiernos como las diversas instituciones
y personas con que tratamos nos dieron su más absoluta colaboración.
Sí es mi intención dejar en claro que en ningún momento tuvimos la
intención de perjudicar a nadie, ni mucho menos de apropiarnos de
dineros que no nos pertenecían.
Luchamos a brazo partido hasta el final y entregué a las compañías la
casi totalidad de mis ahorros en la esperanza de salvarlas. En igual
forma, mi cuñado y mi hermana de Brasil aportaron grandes cifras en
los últimos meses que, desgraciadamente, también se perdieron.
Esta es nuestra historia: Las empresas Glottmann fueron fundadas por
Don Jack Glottmann, mi padre, en 1935, constituyeron una fuente de
trabajo para decenas de miles de personas y de progreso para la
economía del país. La enorme fábrica de Icasa en Bogotá, los 85
almacenes de J.Glottmann y las demás empresas del grupo llegaron a
emplear a 4.500 personas.
Las compañías se destacaron en la promoción de la cultura y
seguramente son muchos todavía los melómanos que escucharon sus
primeras sinfonías en los famosos Conciertos Glottmann con la Orquesta
Sinfónica de Colombia y posteriormente la Filarmónica de Bogotá.
Personalmente, creo haber sido uno de los empresarios más activos en
causas cívicas y filantrópicas.
En 1982, Icasa se vio honrada con la Orden del Mérito Industrial por
el presidente Belisario Betancur, uno de los compatriotas más
importantes ante quienes me avergüenzo por no haber sabido manejar
bien ese patrimonio nacional que llegaron a ser empresas como las
nuestras.
Igualmente tengo que iniciar este relato pidiendo perdón a los miles
de trabajadores, ahorradores, financistas y proveedores que se vieron
tan injustamente perjudicados por nuestro fracaso. Muy especialmente
debo pedirlo a los ejecutivos de nuestras empresas que, sin más pecado
que el haber tratado de defenderlas, tuvieron que cumplir sentencias
de cárcel o se vieron perseguidos por la justicia a raíz de la
quiebra.
La historia de los problemas se remonta a la década de los 50. J.
Glottmann S.A. era una floreciente empresa importadora y una
importante cadena de almacenes que había superado brillantemente la
crisis del 48, cuando fue incendiado su principal almacén y todas sus
oficinas. Sus importaciones incluían electrodomésticos, así como
pianos, órganos, equipos de cine, fotografía y máquinas de coser.
La familia
En ese entonces se puso de moda una teoría de desarrollo económico
bastante simplista, según la cual el país podría desarrollarse
aceleradamente con el solo recurso de prohibir la importación para
"obligar" a la industria a producir en el país. Esta política fue
fatal para J.Glottmann, que dependía totalmente de la importación. Fue
entonces cuando Don Jack dijo haber visto "escrito en la pared" que
tendría que producir o en poco tiempo la compañía iría a la quiebra.
Lo que nadie sabía es que la situación era ya tan crítica que la
flamante fábrica Icasa tuvo que ser hecha con unos pocos miles de
dólares que le quedaban a Don Jack de sus ahorros, mientras el resto
provino de préstamos millonarios de financistas, cuyos intereses y
"regalías" se comían todo lo que la incipiente empresa lograba
producir. Este fue, desgraciadamente, el comienzo de los préstamos
particulares que generaron el inmenso problema legal que salió a la
luz al quebrar años más tarde las compañías.
El arranque de Icasa fue durísimo y el nivel de estrés que soportó Don
Jack, sumado a una incontrolable adicción al cigarrillo, fueron los
causantes de dos infartos que finalmente le produjeron la muerte en
1959, a los 51 años. Al momento de su muerte, Icasa empezaba a
producir sus primeras neveras, los problemas eran gigantescos y los
segundos a bordo éramos mi hermano Saulo y yo, un par de ‘cocacolos’
con una ínfima expe-riencia para tal desafío.
Yo tenía 22 años y llevaba apenas cuatro meses de haber salido de la
universidad a trabajar con mi padre. Saulo acababa de cumplir 25.
Afortuna-damente nuestra madre, Doña Ida de Glottmann, nos acompañaba
en la empresa y lo que le faltaba en conocimientos le sobraba en
coraje y espíritu de lucha.
Los primeros años sin Don Jack fueron dificilísimos y se revelaron
cualidades y defectos de los hijos que quedamos al frente de los
negocios.
Mi hermano Saulo, con su enorme inteligencia y capacidad, luchó a
brazo partido, pero, me atrevo a decir que tanto él como yo, estábamos
más motivados por el deseo de "estar a la altura" de nuestro padre,
que por el ánimo de lucro que requiere una empresa para progresar.
Creo sinceramente que el crecimiento desaforado que impartimos a las
empresas y que fue la causa de una casi permanente crisis económica,
tuvo su origen en este fenómeno.
Gradualmente, durante los años siguientes a la muerte de Don Jack, se
formaron dos grupos en la organización: el que giraba alrededor de
Icasa, presidida por Saulo, y el de la parte comercial, alrededor de
J. Glottmann, de la cual yo era presidente. El inmenso amor fraternal,
que impidió llevarnos a una crisis en lo personal, no fue sin embargo
suficiente para unir las empresas.
En 1974, después de años de trabajo intensísimo, grandes crisis,
muchas frustraciones y, como si fuera poco, una constante angustia por
la inseguridad generada por los constantes secuestros (especialmente a
miembros de la comunidad judía), Saulo y Dalia, su señora, decidieron
trasladarse a Miami y yo fui quedando a cargo total de las empresas.
Poco tiempo después adquirí las acciones de Saulo y quedamos como
socios mi mamá, mi hermana Gloria y yo (algún tiempo antes habíamos
comprado las acciones de mi hermana Sonia).
La salida de Saulo en un momento de inmensos problemas económicos fue
un tremendo golpe para el grupo. Su dinamismo, su inmensa capacidad y
la fe que inspiraba entre todos nuestros empleados, proveedores y
financistas, eran irremplazables.
Irónicamente, sin embargo, su salida produjo un solo beneficio: las
empresas trabajaron como un solo bloque y el apoyo mutuo resultó en
una fortaleza y eventualmente un progreso extraordinario.
Así como soy mi más duro crítico en general, tengo que reconocer que
en los años subsiguientes trabajé bien y los resultados fueron
maravillosos. Para 1977 y 1978 las compañías por primera vez lograron
excelentes utilidades y gozaban por primera (y última) vez de una
buena liquidez.
Por aquel entonces se presentó un pequeño incidente que quedó marcado
para siempre en mi cabeza: Don Pacho Llano, un viejo ejecutivo paisa,
entró repentinamente a mi oficina y sin más preámbulos me soltó esta
frase: "Jaimito, vengo a decirte que no hay nada más difícil de
manejar en el mundo que el éxito. ¡Ten cuidado!". Y se levantó y se
fue.
Desgraciadamente no le di la debida atención al consejo de Don Pacho.
Los años siguientes cometí un error tras otro. Enamorado de las
exportaciones (tal vez por el "prestigio" para el grupo) abrimos
almacenes en Venezuela que, finalmente, vieron perdida toda su
inversión a raíz de la gigantesca devaluación en ese país en 1982 (el
dólar paso de 4,30 bolívares a 14,50, casi de un día para otro).
Me "autoconvencí" del potencial del Grupo de países Andinos e hicimos
una gigantesca expansión en Icasa que, además de injustificada, se
demoró un año más.
Cuando la expansión terminó y quedó instalada la maquinaria más
moderna de la época en una planta de más de 40.000 metros cuadrados,
el Grupo Andino había dejado de ser un mercado potencial y la
debilidad económica de las empresas era muy grave.
Nuestra maravillosa empresa productora de máquinas de coser había sido
llevada al fracaso por la lamentable dirección de un ejecutivo traído
de fuera y cuyas referencias, para eterna vergüenza mía, no había
chequeado debidamente. La división de computadores de J.Glottmann, que
tendría que haber sido su salvación cuando el negocio de ventas de
electrodomésticos a plazos en general entraba en decadencia, fue
entregada a personas de buena fe, pero que veían el negocio como una
extensión de lo que habían conocido en el pasado en empresas como IBM,
en vez de lo que llegó a desarrollarse posteriormente como una
tremenda revolución.
Tengo que reconocer que yo mismo quedé"obsoleto" por no haber entrado
a entender debidamente ese nuevo mundo.
Irónicamente, en 1982, cuando nos fue otorgada la Orden del Mérito
Industrial, fue el principio del final. La hermosísima fábrica era
excesiva al haber desaparecido prácticamente el Grupo Andino.
Posteriormente vino también una fuerte devaluación en Colombia que nos
encontró llenos de deudas en dólares adquiridas para la expansión.
Como si fuera poco, la época del 82 se caracterizó en Colombia por los
escándalos provenientes de la "captación masiva y habitual" de fondos
del público y el gobierno Betancur, con toda la razón, tuvo que
convertir esta actividad en un delito criminal.
A partir de ese momento nuestras empresas –que captaban fondos del
público– quedaron en la ilegalidad, sin poder eliminar el problema, ya
que la crisis interna hacia imposible pagar estas deudas, ahora
clandestinas, y que, por el contrario, subían por los gigantescos
intereses que ellas generaban.
Por esta época llegó a Icasa el ingeniero antioqueño Jorge Enrique
Álvarez, posiblemente el mejor ejecutivo que he conocido en mi vida.
Bajo su dirección la fábrica desarrollo la más extraordinaria línea de
productos y consolidó su absoluto liderazgo.
Lamentablemente, era ya muy tarde para superar la carga de los costos
financieros de la empresa y Jorge Enrique fue uno de los ejecutivos
que quedó envuelto en el gravísimo problema generado por la captación
de fondos particulares en exceso del mínimo legal y tuvo que ir a la
cárcel.
Durante los años siguientes a la crisis del 82 vivimos convencidos (¿o
quizás autoengañados?) de que estábamos "a punto de salir de
problemas".
La fábrica, bajo la direc-ción de Jorge Enrique, lanzaba un producto
tras otro. La línea de lavadoras, no tenía un rival digno. En J.
Glottmann veíamos un maravilloso futuro en la División de Computadores
y las nuevas máquinas de coser crecían.
Pero la carga económica de los intereses era gigantesca y la iliquidez
se hacía cada día peor, hasta que las líneas de ensamble fueron
parándose por falta de materia prima y en junio de 1991 nos dimos
cuenta de que llegaba el final.
‘Doy clases de inglés’
Hace 14 años vivo en Israel, a donde vine a dar tras mi salida de
Colombia con mis hijos y mi compañera maravillosa, María Eugenia de
Hart. Ellos me dieron el apoyo para superar esta crisis personal y
rehacer mi vida. Mis hijos se fueron a Estados Unidos y María Eugenia,
por problemas de salud, regresó a Colombia.
Hace cinco años me casé nuevamente con Soly Levy, también colombiana,
y juntos llevamos una vida grata y sencilla. Me gano la vida
asesorando empresas y dando clases de inglés y español a ejecutivos.
Mis hijos se han desarrollado como buenos profesionales y
extraordinarios seres humanos. Las dificultades los forjaron y los
hicieron fuertes y seguros de sí mismos. De mi pensamiento, sin
embargo, no se borra nunca Colombia. Guardo el más in-menso amor por
mi país y recuerdo a mis compañeros, los trabajadores de nuestro
grupo, como una inmensa y hermosa familia. No tengo ningún
resentimiento, y, por el contrario, vivo agradecido con los amigos que
nunca me retiraron su apoyo.
A través de estas líneas espero que mis otros compatriotas también lo
entiendan así.
14 años prófugo
En 1991 Jaime Glottmann salió ilegalmente del país hacia Israel. Era
buscado por la justicia por captación ilegal de fondos, estafa y
falsedad. Las empresas de su propiedad J. Glottmann S.A. e Icasa
entraron en concordato forzoso. La primera les debía a sus acreedores
12.000 millones de pesos de la época.
Durante años, Colombia le pidió a Israel la extradición de Glottmann
pero ese país la negó.
Glottmann fue llamado a juicio por la Fiscalía el 30 de mayo de 1994
cuando la Unidad de Delitos Especiales de ese organismo encontró
méritos para acusarlo, junto con otras cinco personas, por delitos
relacionados con la captación ilegal de unos 7 mil millones de pesos.
El 10 de septiembre de 1997, un juez de Bogotá condenó al empresario a
12 años de prisión por violación al decreto 2920 de 1982, sobre
captación masiva e ilegal de fondos. Luego, el Tribunal Superior de
Bogotá redujo la condena a 5 años. Hoy sus procesos ante la justicia
precluyeron.
Las empresas J. Glottman e Icasa fueron entregadas a los acreedores.
Ambas tuvieron épocas esperanzadoras pero terminaron cerrando. La
primera lo hizo en 1995. Icasa, en quiebra, fue cerrada en el 2003 y
la marca vendida a Haceb