"Verbo y cuchillo". Por: Jaime Rafael Nieto López. Profesor Titular, aún sin TIP.

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edison suarez

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Sep 24, 2010, 4:05:42 PM9/24/10
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---------- Mensaje reenviado ----------
De: Natali Gallego <natali...@gmail.com>
Fecha: 24 de septiembre de 2010 10:57
Asunto: "Verbo y cuchillo". Por: Jaime Rafael Nieto López. Profesor Titular, aún sin TIP.





 “... nos mean encima, y los diarios dicen llueve..."

 

Eduardo Galeano.



Universidad de Antioquia: verbo y cuchillo.

Por: Jaime Rafael Nieto López.

Profesor Titular, aún sin TIP.

Mostró los dientes el Consejo Académico, pero mordió donde no debía. Para empezar, es discutible la imagen maniquea que nos presenta de las dos universidades en la Universidad de Antioquia1. No sólo es discutible esa imagen maniquea, sino también médica de la misma. La imagen maniquea de las dos universidades, es la imagen de una universidad escindida moral y jurídicamente. Por un lado, la universidad de la legalidad y el compromiso académico, y por el otro, la universidad ilegal, la del crimen y la de lo informal. En términos médicos, la universidad sana por un lado y la universidad gangrenada, por el otro. Esta imagen dual de la universidad es atractiva y desafiante, y, sin embargo, peligrosa y simplista al mismo tiempo. Por no decir mediocre. No se sabe si más peligrosa en cuanto más simplista, o al revés. En todo caso, en vez de la reflexión crítica desde la que se yergue el espíritu universitario, invita a que se le entre con verbo y cuchillo. Con verbo, como es de suponerse, para “cerrar filas” y producir los unanimismos necesarios. El mismo que nos hace evocar los estribillos de tiempos muy próximos: “los buenos somos más”. Y con cuchillo, para cortar lo que haya que cortar. La parte gangrenada, por supuesto, pero también, si se puede, un poco más, “cortar por lo sano”.

Mucha gente habla, dentro y fuera de la universidad, de los fantasmas setentudos que rondan sus patios interiores. Sin embargo, parece que las cruces esvásticas con sus espectros ceremoniales no faltan entre sus sombras.

En la Universidad de Antioquia, quizás sea más plausible hablar de una sola universidad, ceñida a su significado literal más cercano: unidad de lo diverso. Sólo que este “diverso” se nos ha hecho cada vez más espurio e inasible. No tenemos dos, ni tres universidades, por lo menos no tantas separadas unas de otras, escindidas, paralelas; sino una, preñada de múltiples lógicas, no sólo académicas, que son las propias de la universidad, sino también políticas, sociales, culturales y económicas. No sólo legales, sino también ilegales. No sólo formales, sino también informales. No unas al lado de las otras, sino unas y otras en interacción permanente, en flujos y reflujos continuos. No unas provenientes de fuera, como los bárbaros de Roma, sino unas que recrean su propio infierno, que no es distinto al infierno de país en el que está emplazada.

El pensamiento simple es eso, simplificador, mutilante. No se deja seducir por lo complejo, sino reducir lo complejo. No es vital sino mortal. En vez de discernir las formas y lógicas intrínsecas de lo complejo, para develar su riqueza y potencialidades, sus posibilidades de vida y muerte, lo simplifica: blanco o negro, nada de arco iris. Y la Universidad, por lo menos la universidad pública, quiérase o no, es un organismo social, vivo y complejo. Emplazada, además, en un organismo social vivo, quizás más complejo que ella, aunque más joven: el país republicano de doscientos años. El pensamiento simple es la raíz de todo maniqueismo, que es la forma corriente de todo tipo de fundamentalismo, tanto religioso como político. En vez de develar cómo lo legal se compenetra con lo ilegal y lo alimenta y viceversa; en vez de esforzarse por discernir los múltiples vasos comunicantes entre esas plurales y contradictorias lógicas dentro de la universidad, el pensamiento simple y maniqueo los separa..

Habrá que reinventar el país, sin duda, pero por el momento el que tenemos históricamente está hecho de legalidades e ilegalidades, de crímenes y castigos, de guerras y de paces, de órdenes y violencias. País real y país formal no son dos países, sino uno mismo. Sin embargo, la universidad, emplazada en el país, también vive los emplazamientos en ella del país. Los vive a su manera, por supuesto, sin colapsar en su misión y naturaleza. Pero los vive. Quizás hace falta enunciar más crímenes contra la universidad que los que se enuncian, quizás no es sólo la venta de alucinógenos, ni los “tropeles” de los encapuchados, ni las ventas informales. La lista podría extenderse. Pero no es el caso ser exhaustivos. Porque, por ejemplo, ¿Por qué no considerar criminal, en un país formalmente democrático, que su universidad pública no lo sea? ¿Por qué no juzgar criminal que a la universidad no se le atienda presupuestalmente como debería ser atendida, tal y como lo autoriza la Constitución y la ley, o que su misión se disloque cada vez más en función del mercado (grande y pequeño, formal e informal), o que cada vez más jóvenes queden excluidos de su acceso o que los muchos que ya están adentro deban dedicarse al azaroso rebusque menor para sobrevivir en la universidad? O, ¿por qué no considerar criminal que sobre la universidad penda la amenaza permanente de invasión de la fuerza pública en sus predios cada vez que el Presidente del CSU, pretextando cualquier “perturbación del orden público”, así lo determine? Esto para no hablar de menudencias. Como, por ejemplo, las otras posibles criminalidades contra la ética de lo público asociadas a la corrupción y el clientelismo que imperan en algunas de sus dependencias.

La universidad no tiene que ser como el país, por supuesto. Pero parece esforzarse cada vez más en parecérsele. El desafío universitario verdaderamente académico consiste en develar la manera en que estas múltiples lógicas que la habitan y la recorren interactúan, se compenetran, se coadyuvan o conflictúan. Que intente responder por qué y cómo la universidad formal ha secretado la universidad informal, la ilegal, la de la violencia. Por qué y cómo la secreción que produce esta universidad formal ha terminado por producir cuerpos y prácticas extraños que la desdibujan. Por qué y cómo, hoy, tenemos la universidad que tenemos. Mientras ese desafío no sea asumido con firmeza, inteligencia e imaginación, difícilmente se podrá afrontar exitosamente el otro, el de cómo superar las lógicas espurias, no universitarias en la universidad.

Desde luego, no se trata de hacer alarde de la ilegalidad, ni que estas ilegalidades no deban ser erradicadas de la universidad. Pero tampoco se trata, como en el país, de convertir ciertas ilegalidades en pretexto para estigmatizar movimientos y suprimir derechos. Quizás hace falta imaginación reflexiva y, por supuesto, más tropeles. Aunque pensándolo mejor, no sólo más, sino mejores tropeles. No esas caricaturas de tropeles a los que rutinariamente nos tienen acostumbrados los “encapuchados”. Sino aquellos movilizados por la reflexión crítica, la deliberación y el compromiso ético y político con la universidad pública.

A la pregunta retadora, “¿Cuál Universidad vamos a abrir después de este cierre, la primera o la segunda?”. La respuesta no es difícil. La Universidad no debe ser cerrada, porque sólo abierta, con su público deliberando, activa y responsablemente, encontraremos las respuestas. Y solo así evitaremos también, que verbo y cuchillo se fundan en un solo ritual: la muerte del pensamiento crítico, que es pensamiento creador, la vida misma de la universidad.


1 Cfr. Pronunciamiento del Consejo Académico de la Universidad de Antioquia. Septiembre 17 de 2010.

 
PARA QUIENES NO TUVIERON LA OPORTUNIDAD DE LEERLO
 
Pronunciamiento del Consejo Académico de la Universidad de Antioquia
La Universidad tiene problemas graves que hacen tambalear la posibilidad de cumplir su misión y su sostenibilidad. Desde la histórica desatención presupuestal por parte de los gobiernos del Estado colombiano con sus graves consecuencias para la calidad de la educación, hasta el abuso de la socorrida autonomía universitaria peligrosamente convertida en pequeñas pero poderosas autonomías especiales para el delito del narcotráfico, para el negocio privado o para la violencia subversiva de derechas y de izquierdas, de una manera tal que la original autonomía para el libre desarrollo de las actividades del conocimiento y del debate ideológico, termina convertida en la privatización de la Universidad ligada a la satisfacción de fines particulares, de negocio o de política, en la búsqueda de los cuales se consideran lícitos todos los medios ilegales y violentos. 

Y además, hay un problema que ruñe con silencio eficiente la capacidad de que los estamentos de la universidad seamos capaces de enfrentar los problemas graves que nos aquejan. Se trata de la cultura de la indiferencia y de la pasividad muchas veces alimentada por la intimidación y la violencia. La indiferencia convertida en impotencia y en indolencia social consiste en el descreimiento en relación con los grandes ideales y propósitos y en el retraimiento hacia los pequeños ideales y estilos de vida, hacia los pequeños relatos e historias, hacia las solidaridades reducidas, hacia propósitos y fines mediatos. Con lo cual, desafortunadamente, toma realidad esa especie de mundo posmoderno de la centralidad del egoísmo cínico y del individualismo pragmático y utilitarista. Entre tanto, reducidos grupos asumen la defensa de esos grandes ideales sociales, sin ninguna delegación legitimada o a través del zarpazo oportunista que aprovecha el vacío político que crea la despolitización de la sociedad indiferente o amedrentada. Y también, individuos que prevalidos de una rebeldía arropada de mesianismo, fungen como adalides de causas de otros sin más autorización que su voluntarismo irracional, cuyo periplo de rebeldía suele terminar cuando ya reciclados por la institucionalidad que combatieron, se convierten en persecutores implacables de los que antes defendían. Esos grupos y esos individuos mesiánicos terminan violando el libre desarrollo de la personalidad política de muchos jóvenes y colonizando su autonomía personal. La historia nos ha mostrado las nefastas consecuencias antidemocráticas de los liderazgos solitarios aparentemente democráticos. 

 

Y paradójicamente, estos abusos autonómicos inducen a la violación de la original autonomía de la Universidad porque empieza a flotar en el ambiente la opinión según la cual los responsables de la institución y los estamentos universitarios no somos capaces de solucionar nuestros propios problemas porque nos quedó grande la autonomía que pedimos. En efecto, no son pocos los que piensan hoy que no hay posibilidad de solución desde adentro y que en consecuencia la responsabilidad de solución la deben asumir desde afuera. Los sucesos del miércoles son evidencias materiales de esa opinión.

 

No es desdeñable la descripción según la cual existen al menos dos universidades. La primera la podemos describir así. Contra todo lo que dañino que puedan ser esos problemas y el peligro que imponen, existe una Universidad que no ha perdido su capacidad para sostener la misión social de asegurar el derecho a una educación superior digna, cualificada y prácticamente gratis para aquellos que de otra manera no podrían acceder a ella, hecho del cual damos fe los egresados y nuestras familias que sabemos que sin la Universidad de Antioquia no tendríamos, al menos, una profesión. Igualmente y en contraste con los problemas, no ha perdido la Universidad su vitalidad crítica, ese sello de autonomía rebelde contra todo abuso de autoridad provenga éste de entes o de gentes públicas o privadas, de mayorías turbulentas o de minorías iluminadas; no ha perdido su efervescencia cultural, su centralidad académica regional y nacional, esa especie de personalidad científica que le infunde seriedad en el porte y en la palabra, esa patente de innovación en todo lo que hace y lo que dice, su amabilidad arquitectónica y paisajística, su carácter de amable anfitriona, su atractivo de podio para el ascenso personal, su sencillez de maestra, su aire provincial que le resta arrogancia a la sabiduría, sus miles de conferencias, de grupos culturales, sus aires musicales y teatrales, sus muros parlantes, su poesía incorporada, sus grupos de estudio informales, su imán como centro de consulta, sus programas de extensión para los niños y los ancianos, su aire de juventud efervescente en ánimos y muchas veces desprevenida y desentendida como toda juventud; no ha perdido su sudorosa capacidad deportiva, sus periódicos, sus decenas de revistas científicas y culturales, su informalidad decente, su generosa solidaridad con los débiles sociales o políticos o económicos; e incluso no ha perdido esa extraña figura de sabio sencillo y desprendido, pulcro y limpio al que todos terminan consultando como al oráculo y, sobre todo, no ha perdido el hecho de que para casi treinta y cinco mil familias de hoy y muchas miles más del pasado, ha constituido el orgulloso referente principal de ser proyecto de vida para sus hijos y esperanza de emancipación intelectual y económica. En medio de todo, la Universidad de Antioquia es el centro de la ciencia y de la cultura de Antioquia -por decir lo menos-, es el centro del humanismo que concentra lo mejor de nuestra juventud intelectualmente considerada. Es un espacio en que para diversos afanes que tienen que ver con la academia, transitan diariamente quince mil personas que conviven sin mayores problemas y sin más vigilancia que las reglas implícitas de la convivencia civilizada.

 

Y desafortunadamente, existe otra universidad con territorios conquistados a la fuerza. Existe el territorio de los pupitres y de los corredores y zonas comunes originalmente destinados para el estudio o para la tertulia intelectual y aún para el disfrute ocioso y para el romance, convertidos en chazas para ventorrillos, justificadas como forma de empresarismo espurio, espíritu paisa o paliativo de la pobreza, y defendidos como tal no sólo por los que las usufructúan, sino por aquellos que dicen criticar la sociedad de mercado y la privatización de lo público.

 

También existe el territorio de la unidad deportiva y recreativa que pasó a ser un área despejada para el narcotráfico violentamente defendido por los empresarios del negocio o por sus peones y paradójicamente tolerado por la extraña ética según la cual en la búsqueda de los superiores ideales de la lucha contra el Estado, agudizar los problemas o conseguir la eventual compañía estratégica de bandidos son medios lícitos, riñendo con el ortodoxo purismo del revolucionario clásico.

 

Y está también la universidad que sirve de espacio para la protesta política pero que atizada con la violencia termina usando el campo universitario para fines subversivos. Mal que bien, este es un problema con el que se ha lidiado durante décadas; desde aquella época en la que las protestas eran masivas, y tenían un alto grado de legitimidad y de apoyo, entre otras cosas, por la pulcritud de su moral revolucionaria, hasta la época actual en la que la protesta es protagonizada por avanzadillas de pequeños grupos cuyas actuaciones deslegitiman los ideales por los que protestan y causan el efecto de que la búsqueda de simpatías por métodos violentos, resulta cada vez más antipático.

 

Estas dos universidades tienen tiempos distintos. Para la primera afana el tiempo del estudio, del proyecto de construir una carrera profesional semestre por semestre hasta el grado, el tiempo de enfrentar la construcción de un futuro laboral para satisfacción y progreso personal, familiar y social. Para la otra universidad el tiempo es eterno porque la intemporalidad es rentable; y eternos son también los que la pretenden dirigir. La primera es la Universidad de Antioquia pública e identificada. La segunda es una universidad espuria, privada, anónima, sin identificación.

 

Por ello no es casual que una simple medida de organización social, como es la expedición de un carné que tiene como propósito legítimo tratar de recuperar territorios usados para esos intereses privados para devolverlos a los intereses públicos, concite una reacción sospechosamente desmesurada que termina en los desafortunados insucesos del pasado miércoles. Parece desconocerse que hasta las sociedades más elementales -y aún incluso las de los bandidos- tienen reglas de convivencia que implican necesarias privaciones de ciertas libertades individuales en aras de intereses comunes; las padecemos o las toleramos en las reglas de juego de un partido de fútbol, en la familia, en las relaciones de pareja y aun entre amigos, muchas veces bajo el cálculo de costo beneficio que nos indica qué se pierde y qué gana con acatar o no esas reglas que nos ligan con otros para unos propósitos. 

 
Y precisamente porque existen realmente esas dos universidades, El Consejo Académico de la Universidad de Antioquia, se pregunta y se permite preguntar a todos los que conviven en laUniversidad de Antioquia y se nutren de sus servicios:
 

¿Cuál Universidad vamos a abrir después de este cierre, la primera o la segunda?

 

¿Vamos a abrir la Universidad de las inmunidades especiales para la venta de drogas o para las ventas ilegales e informales o para la intermitente interrupción violenta de las actividades académicas o la Universidad para hacer nuestras carreras profesionales y labrarnos un futuro mejor para nosotros y nuestras familias?


¿Vamos a abrir la universidad para los negocios privados y la violencia o la Universidad para el estudio?

 
Para todos los miembros de este Consejo no existe titubeo en esa respuesta y en ese empeño decide apoyar la estricta legalidad que consiste no en la aplicación autoritaria de la ley sino en el vencimiento de toda inmunidad y de toda impunidad guardando el debido proceso. Sólo falta entonces que los otros estamentos y especialmente todo el estudiantado y no sólo algunos, tomen la decisión sobre cuál universidad prefieren y actúen en consecuencia, porque en estas circunstancias no basta con que las directivas universitarias decidan abrir la Universidad.

 

Medellín, septiembre 17 de 2010

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