Freire afirmó la relación entre las condiciones
materiales, mentales, espirituales, éticas, en el espacio tiempo: pocas veces
nos preguntamos ¿qué hacemos con el tiempo pedagógico, que debe estar al
servicio de la producción del saber? Planteó que los gremios deberían estudiar
con seriedad la situación actual, cambiar la manera de pelear, reinventarla; sin
parar de pelear, pues la existencia
humana es experiencia de lucha; de sujetos, no de objetos; por ello no se
logra sin pelea, sin esperanza, sin tenacidad y sin fuerza[1].
En este sentido, es necesario producir
condiciones para hacer posible enseñar y aprender críticamente, de modo que
las y los participantes se van transformando en sujetos reales de la
construcción y reconstrucción del saber, al lado del educador[2].
El saber
se ha venido produciendo en la práctica y en su reflexión crítica, así como en
el análisis de la práctica de los otros. El pensar sobre la propia práctica y
sobre la práctica de los otros conduce, por haber sido un pensar crítico,
curioso, a lecturas teóricas que van explicando o confirmando el acierto o el
error cometido, a través de la iluminación de la práctica analizada[3].
Requerimos condiciones favorables para educar, para
realizar nuestras tareas: higiénicas, espaciales, estéticas. Sin ellas, lograremos
menos eficacia en el espacio pedagógico. La falta de respeto a este espacio ofende
a educandos, educadores y a la práctica pedagógica[4].
La lucha en favor del respeto a las y los educadores y a la educación,
significa que la pelea por salarios menos inmorales, es un deber irrecusable;
no sólo un derecho. Requerimos defender nuestros derechos y dignidad, como un
momento importante de la práctica ética; responder a la ofensa a la educación.
La lucha política consciente, crítica y organizada, nos
puede aportar a vernos como profesionales idóneos; con fuerza; la lucha es una
categoría histórica que requerimos reinventar[5].
No hay vida ni existencia humana sin pelea ni conflicto. El conflicto dinamiza
nuestra conciencia. Negarlo es desconocer los mínimos pormenores de la
existencia vital y social. Huir de él es ayudar a preservar el statu quo. La
salida es la unidad en la diversidad de intereses no antagónicos de educadores
y educadoras, en defensa de sus derechos: a la libertad docente, a hablar, a
mejores condiciones de trabajo pedagógico, a un tiempo libre remunerado para
dedicarse a su permanente capacitación. Esto implica reivindicar el derecho a
ser coherente, a criticar a las autoridades sin miedo –a lo que corresponde el
deber de responder por la veracidad de las criticas-, a tener el deber de ser
serios, coherentes, a no mentir para
sobrevivir.
Querer es fundamental, pero no suficiente; es preciso
saber querer, aprender a saber querer, lo que implica aprender a saber luchar
políticamente con tácticas adecuadas y coherentes con nuestros sueños
estratégicos. Al buscar hacer del mundo menos malo, no tenemos por qué
distinguir entre acciones modestas o retumbantes. Todo lo que podamos hacer con
competencia, lealtad, claridad, persistencia en la dirección de sumar fuerzas
para debilitar la fuerza del desamor, del egoísmo, de la maldad, es importante[6].
Necesitamos la formación permanente está en que nos convenzamos de, y nos
preparemos para el uso más sistemático de nuestra curiosidad epistemológica: partiendo contexto teórico y tomando distancia de nuestra práctica, desentrañar de ella su
propio saber, la ciencia en la que se funda. En otras palabras, tomar distancia
del contexto teórico, de
nuestra práctica y hacernos epistemológicamente curiosos, para aprehenderla en
su razón de ser. Revelando lo que hacemos de tal o cual forma, nos corregimos y
perfeccionamos a la luz del conocimiento que nos ofrecen la ciencia y la
filosofía. Pensar la práctica,
aprender a pensar y a practicar mejor. Es imposible que enseñemos contenidos
sin saber cómo piensan los alumnos en su contexto, en su vida cotidiana. Sin
saber lo que ellos saben, para ayudarlos a saber mejor lo que ya saben y para
enseñarles, a partir de ahí, lo que aún no saben[7].
La lucha
de maestros y maestras es justa y será bella, cuanto menos hiera la ética,
mientras luchan[8].
Defender nuestros derechos no es prueba
de autoritarismo; es prueba de amor a la libertad, vivir la vocación
implica la lucha por ella, para concretarla; la libertad no es un regalo que se nos brinde, sino un derecho que
conquistamos. Dentro de una perspectiva
verdaderamente dialéctica, el sueño que
nos mueve es una responsabilidad por la que debemos luchar[9].
[1] Grito manso, 2003, 34-55
[2] Pedagogía de la autonomía, 28
[3] Cartas a
Cristina, 1994, Undécima carta, 101
[4] Pedagogía de la autonomía, 65
[5] Pedagogía de la autonomía, 65-67.
[6] Cartas a quien pretende enseñar, 1997, 71
[9] Decimo cuarta
carta, 168-172172-
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TS Rosa María Cifuentes Gil
Bogotá Colombia