PUNTO DE OBSERVACIÓN
El silencio de los intelectuales
Los intelectuales europeos parecen haber asumido que lo que ocurre en
Europa es un asunto exclusivamente económico que debe quedar en manos
de expertos
SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ 1 JUN 2012 - 17:19 CET
Los intelectuales europeos parecen haber asumido que lo que ocurre en
Europa es un asunto exclusivamente económico que debe quedar en manos
de expertos y que está justificada su ausencia, su deserción, en el
debate. Algunos periodistas alemanes están siendo los primeros en
denunciar lo que consideran el fracaso de esos intelectuales, a los
que reprochan, en palabras del profesor Jan Werner Müller, “que hayan
fallado a la hora de defender los grandes logros de la construcción
europea y (…) de denunciar el despilfarro de un gran legado de
confianza mutua y entendimiento”.
Por supuesto que no es posible hablar del futuro de Europa sin hablar
del euro. Nadie niega eso. Lo que se plantea es el efecto dañino que
está teniendo dejar que la discusión sobre la construcción europea se
produzca exclusivamente en el campo de los técnicos, sin atender al
debate político y moral que implica también la economía y que ha
estado presente en todo este proceso de integración.
Asumir que la crisis europea se desarrolla en un campo en el que los
intelectuales no tienen nada que decir es un error. “El filósofo
francés Julien Benda acusó a sus colegas en 1927 de traicionar su
vocación al abogar por posiciones nacionalistas”, recuerda Müller.
“Las circunstancias actuales son muy diferentes, pero eso no quiere
decir que los intelectuales de hoy no estén igualmente equivocados al
ignorar la profunda injusticia con que se está actuado en nombre de la
austeridad y la rectitud fiscal”.
El debate económico europeo debe tener un lado político y moral, y es
un error abandonarlo en manos de técnicos
Hablar de crisis en términos generales, como decía el historiador
Reinhart Koselleck, “es una manera imprecisa de hablar”. Los
intelectuales europeos podrían muy bien responder a preguntas
concretas que tienen mucho que ver con sus posiciones morales: ¿es
aceptable el sacrificio que se pide a las actuales generaciones de
griegos, irlandeses, españoles, portugueses o italianos con el señuelo
del futuro? Mejor aún, ¿es aceptable el castigo colectivo de los
ciudadanos de esos países por los errores y delitos cometidos por sus
gobernantes, todo sea dicho, con ayuda de grandes grupos financieros
internacionales?
¿No tienen nada que decir los intelectuales europeos sobre el hecho de
que Grecia haya protagonizado el mayor esfuerzo fiscal conocido en la
historia, según datos de The Wall Street Journal, reduciendo su
déficit primario, es decir, sin el pago de la deuda, del 10,6% al 2%,
de 2009 a 2011? ¿Nada que comentar sobre el hecho de que muy poco del
dinero europeo que se envía al Gobierno griego sirva para pagar
servicios públicos, como nos hacen creer, sino que se destine
instantáneamente a devolverlo a los bancos?
¿Son eso asuntos exclusivamente económicos, o existe un aspecto
político y moral que debe ser debatido? En honor de Alemania, hay que
decir que es un puñado de intelectuales alemanes el que está intentado
avivar la llama de ese debate, desde Günter Grass a Jürgen Habermas.
¿Dónde están las voces italianas, los intelectuales franceses o
españoles en defensa de la construcción europea? ¿A qué esperan para
interrogarse por el deterioro de los procesos comunes de decisión o
por la galopante renacionalización de la política en Europa? ¿Qué más
necesitan para debatir sobre las consecuencias de esa
renacionalización en Alemania, observada atentamente por la expectante
Rusia?
Europa ha sido capaz, hasta ahora, de ofrecer un modelo social y
político diferente al de las otras dos grandes propuestas que existen
en el mundo: la de Estados Unidos y la de China. Europa defiende no
solo el orden democrático, la economía de mercado y el imperio de la
ley, sino también un pacto social, que no existe en las otras dos
alternativas. ¿Queremos una sociedad en la que, como en las reuniones
del Tea Party, luzcan pancartas diciendo: “Tu hipoteca no es mi
problema”? Aunque resulte menos evidente, la desaparición de la
confianza europea es más grave que el aumento de las primas de riesgo.
Si los intelectuales son incapaces de encabezar la defensa del modelo
europeo, tengan la seguridad de que, como dijo Ferlosio, “vendrán más
años malos y nos harán más ciegos”.
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