Ramón Pérez
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to TRICENTENARIO DE ROUSSEAU
LA CUARTA PÁGINA
El honesto embaucador
PIEDRA DE TOQUE. No creo que nunca en la historia del arte haya habido
nadie como Damien Hirst, desprovisto del más elemental talento y
originalidad. En vez de disimular esta condición, la exhibe con
desfachatez
MARIO VARGAS LLOSA 17 JUN 2012 - 00:07 CET. El Pais.
A diferencia de dos exposiciones dedicadas a Picasso en Londres –una,
en la Tate Britain, documentando su influencia sobre el arte moderno
en el Reino Unido y la segunda, en el Museo Británico, con la edición
completa de la Suite Vollard-, a las que se podía entrar sin demora
por el limitado número de visitantes, para acceder a la gran
retrospectiva consagrada en la Tate Modern a la obra de Damien Hirst,
tuve que hacer una cola de tres cuartos de hora.
No sólo la abundancia de público llamaba la atención; también, el gran
número de jóvenes y de parejas, algunas con niños en los brazos. Los
pequeños la pasaban bastante bien en las salas de la muestra. Se
divertían mucho con el revoloteo de las moscas en la urna de cristal
donde reposa la cabeza sangrante de una vaca (Mil años 1990) y todavía
más en la instalación llamada Dentro y fuera del amor, un cuarto
artificialmente humidificado con mariposas vivas, cuencos de frutas,
superficies blancas y cajones con flores. Pero a algunos de estos
precoces aficionados los asustaron los corderos y las reses
seccionados quirúrgicamente y los tiburones dientudos conservados en
formol; a veces rompían en llanto.
La exposición misma no tenía mayor interés, salvo desde el punto de
vista sociológico, pues resultaba sumamente instructivo espiar las
reacciones de los visitantes ante los objetos que la poblaban. La
mayor parte hacía un esfuerzo visible por descubrir, detrás o dentro
de los anaqueles atiborrados de remedios, pinzas, tijeras, espátulas,
guantes elásticos, órganos en yeso, o en las bolitas y globos
suspendidos en el aire por el soplido de una secadora de pelo o el
ventilador de una caja de colores chillones, la idea, la razón, la
propuesta intelectual o estética, el misterio que confiriese a
semejantes materiales algo que justificara la admiración, el respeto,
o, por lo menos, la curiosidad del público. Muchos no podían ocultar
su decepción, pero la disimulaban, con comentarios que rehuían lo
primordial y se aferraban a lo adventicio: “¿El dispositivo será
mecánico o eléctrico?”, “¿Deberán cambiar el formol cada cierto tiempo
o durará toda la eternidad?”). Los más osados se atrevían a sonreír o
a reírse abiertamente de lo que veían, como diciendo, entre guiños:
“De un artista puede esperarse cualquier cosa, ya lo sabemos”.
Los que se han tomado muy en serio aquello que allí se exhibía son,
claro está, la comisaria de la exposición, Ann Gallagher, sus
colaboradores y la media docena de autores de los ensayos del catálogo
que la acompaña. El verdadero embauco está en esas páginas y, sobre
todo, si los críticos se creen lo que firman. En síntesis, para
entender cabalmente lo que Damien Hirst (o, más bien, los operarios de
su taller) fabrican, hay que moverse con desenvoltura en una galaxia
donde rutilan Immanuel Kant y Sigmund Freud, las complejidades de la
Anatomía, la Farmacopea, la industria proveedora de instrumental
clínico para los hospitales, Marcel Duchamp, Francis Bacon, Kurt
Schwitters, las técnicas de la publicidad de la empresa Saatchi, los
secretos del tallado de diamantes y las filosofías y teologías
relacionadas con la muerte. Uno de ellos revela, como un dato de
capital importancia, que en los primeros “gabinetes médicos” que
concibió Hirst en los años ochenta, los remedios y pastillas que
figuraban en sus repisas, procedían todos de las recetas de su abuela
enferma, a quien el artista quería mucho.
¿Su futuro está garantizado? Si todo dependiera del mercado del arte,
sin duda
A juzgar por la entrevista que concedió Damien Hirst a Nicholas Serota
y que aparece en el catálogo, el artista que, según la señora Ann
Gallagher, “ha impregnado más la conciencia cultural de su tiempo”, no
tiene en gran estima a sus admiradores, ni tampoco al arte que
practica, ni trata de dar seriedad y dignidad a sus creaciones
mediante anfibológicas referencias culturales o poniéndose bajo el ala
protectora de imponentes pensadores o artistas. Por el contrario,
habla de su trayectoria con una desarmante sinceridad, explicando, en
cierto modo, la elección de sus opciones artísticas en función de sus
carencias y limitaciones. Hubiera querido ser pintor pero advirtió que
pintaba muy mal y optó por los collages en los que se sentía menos
deficiente. Cuando descubrió el arte conceptual, el surrealismo y el
minimalismo, todo mezclado, entendió que había un camino –el del
gesto, el desplante y el espectáculo- en el que él podía superar sus
defectos e, incluso, triunfar.
Uno de sus méritos es haber demostrado que en nuestra época se puede
ser un artista, incluso de gran prestigio, sin demostrar destreza
alguna en lo que se refiere a pintar o esculpir, simplemente haciendo
lo que todavía no se ha hecho, y procurando que haya en esto algo
novedoso y llamativo, que, sin significar ruptura o rechazo radical de
una tradición, lo parezca. Cuando Hirst habla de los pintores que,
cree, han ejercido una influencia sobre él, como Sol LeWitt o Naum
Gabo, e incluso Francis Bacon, no se refiere para nada a sus méritos
estrictamente plásticos, sino a sus actitudes y posturas, a que
añadieron al territorio del arte lo que antes de ellos no era ni podía
ser considerado “artístico”.
A diferencia de sus enrevesados y tramposos críticos, que dan a su
persona y a sus obras unos baños delirantes de empaque y dignidad
intelectual, estética y filosófica, Damien Hirst parece bastante
consciente de la extraordinaria superchería en que se ha convertido
hoy, para muchos, el oficio que practica. Él no pretende disimularlo,
sólo aprovecharlo: lo acepta tal como es y saca de ello todas las
ventajas posibles.
No es exagerado decir que se trata de un honesto embaucador, que, en
un mundo en el que ahora todo vale, donde el auténtico talento y el
funambulismo andan confundidos, él pasa sus mercancías por lo que
verdaderamente son, sin escrúpulos ni pretensiones, dejando que se
ocupen de envolverlos en argumentos y justificaciones de densa
tiniebla y especiosa dialéctica, esos críticos, galeristas y
marchantes que, como los publicistas alquimistas de Saatchi, saben
convertir todo lo que brilla en oro, vender gato por liebre e imponer
su propia tabla de valores y de jerarquías en medio de la confusión
que ha reemplazado las viejas certidumbres y patrones estéticos.
No es imposible que la Real Sociedad Protectora de Animales ponga fin
a su flamígera carrera
No faltará quien recuerde que, a lo largo de la historia, no sólo el
arte, toda la cultura ha estado siempre hospedando en su seno a
embaucadores de rauda figuración y que sólo con la discriminación que
ejerce el tiempo, retornaron luego al anonimato del que nunca debieron
salir, alejándose por fin de los auténticos creadores a quienes, por
la ceguera de sus contemporáneos, llegaron a hacer sombra. Eso es
cierto. Pero no creo que nunca en la historia del arte haya habido
nadie como Damien Hirst, desprovisto del más elemental talento y
originalidad, que, en vez de disimular esta condición, la exhibe en
todo lo que hace con perfecta desfachatez, y haya conseguido pese a
ello escalar todos los peldaños de la consideración del establishment
(la bibliografía que le está dedicada es abrumadora) hasta llegar a
ser requerido por instituciones como la Tate Modern y los museos más
importantes del mundo.
Su éxito económico está a la altura, y acaso supera, el artístico. En
octubre de 2004 vendió, a través de Sotheby’s, su Pharmacy de Notting
Hill por unos 15 millones de dólares, y en septiembre de 2008 el
remate que hizo, prescindiendo de galeristas y marchantes, siempre a
través de Sotheby’s, de 244 nuevas obras obtuvo la astronómica suma de
111 millones y medio de libras esterlinas (es decir, más de 150
millones de dólares). Lo que significa que Damien Hirst es acaso el
más caro artista vivo de nuestro tiempo.
¿Su futuro está garantizado? Si todo dependiera del mercado del arte,
sin duda. Pero, ¡ay!, advierto una amenaza en el porvenir de este
Rastignac de la pintura del siglo XXI: la poderosísima Real Sociedad
Protectora de Animales del Reino Unido. Auguro que los severos
inspectores de esta institución no dejarán pasar impune el sacrificio
de las decenas de millares de gráciles mariposas, a las que el artista
mató, con el agravante de arrancarles las alas, para engalanar
Enlightenmenty una serie de sus cuadros, ni el genocidio de millones
de moscas inocentes para empastelar con ellas la masa viscosa que
recubre su famoso Sol Negro. No es imposible que la Real Sociedad
Protectora de Animales ponga fin, o cause un serio quebranto, a la
flamígera carrera del muchacho de Leeds que comenzó a hacer arte a los
16 años fotografiándose junto a la cabeza seccionada de un cadáver en
la morgue de su ciudad natal.
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