Ramón Pérez
unread,Apr 25, 2012, 4:12:14 PM4/25/12Sign in to reply to author
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to TRICENTENARIO DE ROUSSEAU
LA CUARTA PÁGINA
Cómo se reconoce a un filósofo de derechas
El vaciado de conceptos como incertidumbre o utopía indica la penuria
teórica del pensamiento progresista pero hay algo que permite
identificar el discurso conservador: siempre ignora el dolor que
produce la injusticia
MANUEL CRUZ 25 ABR 2012 - 00:08 CET
Antes de entrar en más afinados matices vaya por delante mi impresión
de que en el ámbito de las ideas en este país ocurre algo parecido a
lo que ocurre en el de la política. En este último, parece claro que
un importante sector de la izquierda explotó, hasta dejarla exhausta,
la identificación entre derecha y franquismo. La apuró tanto porque,
sin duda, le había venido rindiendo durante años notables dividendos.
Pero la identificación tenía fecha de caducidad, y hubo avisos de que
tan fácil rentabilidad era el preludio de una ruina futura. Ya se vio
lo que sucedía en el momento en el que aparecía algún joven dirigente
del PP no identificado con las posiciones más extremas de su partido,
capaz de asumir propuestas que en otros países asumiría sin pestañear
un liberal conservador (como las de la legalización del matrimonio
homosexual, la necesidad de promover y apoyar desde el Estado las
diferentes lenguas y culturas existentes en el territorio nacional, la
exigencia de luchar contra la corrupción o la conveniencia de ir
introduciendo una perspectiva laica en determinadas esferas de la vida
social): de inmediato dejaba con el paso cambiado, con esa
imagenmoderna, a una izquierda confiada en detentar el monopolio de
los ideales de la Ilustración, de la democracia deliberativa e incluso
de la política misma.
Aunque el dibujo anterior se le pueda antojar sumario a alguien (e
incluso es posible que en parte lo sea, pero en todo caso no mucho más
que la realidad misma: ¿o es que se nos ha olvidado la campaña del
doberman?), lo cierto es que da la sensación de que algunos de sus
trazos los volvemos a encontrar cuando analizamos lo que viene
sucediendo en el ámbito del pensamiento. En efecto, también aquí
pareció consolidarse con los años un conjunto de expectativas que le
endosaban al pensamiento conservador o de derechas una serie de rasgos
específicos, de manera que cualquiera que no los compartiera, o
marcara distancia respecto a ellos, pasaba a ser considerado por
exclusión como inequívocamente progresista o de izquierdas.
La izquierda paga ahora haber limitado la batalla ideológica a
identificar derecha con franquismo
Intentemos -en la medida de lo posible por tratarse de ideas- ser un
poco concretos. Si, pongamos por caso, damos por descontado que todos
los filósofos de derechas son siempre unos dogmáticos recalcitrantes,
bastará con introducir oportunamente en cualquier texto el término
"incertidumbre" para que quien lo haga quede nimbado con un aura de
escepticismo crítico que muchos tienden a identificar sin mayor
reflexión con una actitud progresista. No hay duda de que en su
momento la idea de incertidumbre venía animada de un impulso
revulsivo, radical, en la medida en que cumplía la función de impugnar
las viejas certezas y los incuestionados convencimientos de cualquier
tipo. Pero cada vez con mayor frecuencia constatamos lo fácil que
resulta reconvertir el signo de la misma y ponerla al servicio de un
fin más bien conservador, a base de transformarla en un posibilismo de
baja intensidad.
La idea de incertidumbre, en efecto, posee algo de arma de doble filo.
Porque, de un lado, resulta incontestable que en determinados momentos
de la vida de los individuos y de los grupos humanos la aceptación de
la incertidumbre se constituye en la oportunidad para que asuman
radicalmente su propio destino, aceptando que ya no disponen del
cobijo de lo seguro (por inexorable o por garantizado) y, por lo
tanto, no les queda más remedio que ponerse en juego, que decidir, que
hacerse cargo de su propia existencia sin posibilidad de endosarle a
nada ni nadie exterior a sí mismos esa inalienable responsabilidad.
Sin embargo, la incertidumbre también puede funcionar como la excusa
perfecta que legitima la cobardía de no intervenir. Tal cosa sucede
cuando se apela a ella como argumento para posponer cualquier
actuación o intervención en el seno de lo real, como si la mencionada
falta de seguridad constituyera una situación provisional o
transitoria, susceptible de ser superada recurriendo a los remedios
oportunos. (No otra, a fin de cuentas, era la música de fondo que
parecía sonar tras las declaraciones de muchos críticos del 15-M -con
Bauman a la cabeza- que, tras empezar reconociendo retóricamente lo
mal que está todo, pasaban a destacar el déficit de discurso de los
indignados y su falta de objetivos políticos definidos, para terminar
proponiendo que se sustituyeran tan ciegas protestas por más estudio y
análisis de las nuevas realidades desencadenantes de la indignación).
Basta con que alguien escriba en un medio progresista para dar por
descontado que es de izquierdas
Consideraciones análogas podrían plantearse, por cambiar de ejemplo,
respecto del concepto de utopía, cuyo empleo habría padecido también
una notable mudanza. De ser reivindicado en el contexto político
sesentayochista por los sectores pretendidamente más revolucionarios
con el objeto de dejar atrás a los juzgados por ellos como tibios o
reformistas, habría pasado a poder ser reclamado ahora por cualquiera,
precisamente para compensar con una exagerada promesa de futuro una
actitud en muchos casos perfectamente adaptativa en el presente. Lo
utópico habría quedado convertido de esta manera en algo inocuo por
completo. Hacer referencia a la utopía, en efecto, ha dejado de servir
en nuestros días para identificar la adscripción ideológico-política
de nuestro interlocutor. La utopía, entendida como ilusión abstracta
situada en una posición de absoluta exterioridad, indiferente a sus
condiciones de realización, puede ser utilizada incluso por el más
reaccionario de los pensadores en la medida en que no plantea, por
definición, la cuestión del presente en cuanto objeto de
transformación posible.
Estos ejemplos, como cualesquiera de los muchos más que no costaría el
menor esfuerzo traer a colación aquí, constituyen todo un indicio de
la penuria teórica hacia la que se ha ido deslizando el pensamiento
progresista. Tal ha sido el retroceso en materia de ideas que ha
llegado un momento en que basta con que alguien escriba en un
periódico de tendencia socialdemócrata o publique en una editorial de
las que suele acoger a autores considerados como de izquierdas para
dar por descontado, sin mayor escrutinio posterior, que el susodicho
participa del espíritu de quienes le acogen. Pero que nadie se vaya a
alarmar interpretando que lo que se pretende reivindicar aquí es
alguna forma, adecuadamente puesta al día, de pureza de sangre en
materia de ideas (pureza que, por cierto, para ser debidamente
justificada requeriría a su vez de la existencia de alguna variante de
comisarios políticos para asuntos teóricos, que se dedicaran a
dictaminar quién posee y quién no los títulos para acreditarse de
forma legítima como de los nuestros). O lo mismo desde otro lado:
perdería su tiempo quien intentara inferir a quién o a quiénes mira de
reojo este papel, como si el propósito del mismo hubiera sido en algún
momento el de desenmascarar a alguien. En realidad, si algo tiene una
mínima importancia es el convencimiento que subyace a todo lo
planteado hasta aquí.
El significado de las ideas, como el de las palabras, depende del
marco en el que se usan
Se trata del convencimiento, en el fondo bien modesto, de que de las
ideas en general probablemente quepa predicar el mismo principio que
Wittgenstein predicaba de las palabras, a saber, que su significado
radica en último término en su uso. Pues bien, de modo análogo cabría
afirmar no sólo que las ideas adoptan distintas tonalidades y
determinaciones según su uso, sino que incluso adquieren un signo
radicalmente diferente en función del marco discursivo en que se las
emplee. Marco que, por cierto, podría de nuevo remitirnos al
Wittgenstein que afirmaba que los usos en cuestión (y, por tanto, los
discursos) se inscriben a su vez en formas de vida.
En resumidas cuentas: desconfíen ustedes (a no ser que sean de
derechas, claro) de quienes jamás tienen presente en sus escritos a la
creciente multitud de los que padecen en sus propias carnes el
sufrimiento, el dolor o la explotación generados por una estructura
social y económica injusta. Una ausencia tan clamorosa no puede ser
olvido ni descuido: es opción firme y decidida. Legítima, por
descontado, pero que más valdría, por el bien de todos, que quedara
explicitada por sus autores. Aunque sólo fuera para evitar
malentendidos. O, con más precisión, para saber con quién nos estamos
jugando los cuartos (los nuestros, eso siempre).
Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la
Universidad de Barcelona.