POR QUE GRECIA?!!

1 view
Skip to first unread message

Ramón Pérez

unread,
Jun 3, 2012, 9:18:05 AM6/3/12
to TRICENTENARIO DE ROUSSEAU
¿Por qué Grecia?
PIEDRA DE TOQUE: Grecia no puede dejar de formar parte integral de
Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma,
condenada al más estrepitoso fracaso. Ella es el símbolo de Europa
MARIO VARGAS LLOSA 3 JUN 2012 - 00:05 CET
Archivado en:

En aquella cena, hace ya varios años, me sentaron junto a una señora
de edad que cubría sus ojos con unos grandes anteojos oscuros. Era
amable, elegante, hablaba un francés exquisito y, pese a que hacía
grandes esfuerzos por disimularlo, en todo lo que decía y opinaba se
traslucía una enorme cultura. Sólo a media cena advertí, por las
grandes precauciones con que manejaba los cubiertos, que era ciega o,
cuando menos, que su visión era mínima. Sólo después de despedirnos,
averigüé que Jacqueline de Romilly era una gran helenista, catedrática
de griego clásico en la École Normale y en la Sorbona, la primera
mujer en ser elegida miembro del Colegio de Francia y una de las pocas
representantes del género femenino en la Academia Francesa.
El primer libro suyo que leí, Pourquoi la Grèce?, me deslumbró tanto
como su persona. Aunque lo que dice y cuenta en él ocurrió hace 25
siglos, es de una extraordinaria actualidad y su lectura debería ser
obligatoria en estos días para aquellos europeos que, espantados con
lo que está ocurriendo en Grecia, su deuda vertiginosa, su anarquía
política, su empobrecimiento pavoroso y la ascensión de los
extremismos fascista y comunista en sus últimas elecciones, creen que
la salida de ese país de la moneda única, e incluso de la Unión
Europea, es inevitable y hasta necesaria.
El libro cuenta cómo la joven Jacqueline leyó en sus años escolares a
Tucídides y cómo la impresión que hizo en ella uno de los dos
fundadores de la disciplina histórica (con Heródoto) orientó su
vocación a los estudios de la Grecia clásica, a la que dedicaría su
vida. El ensayo pasa revista, de manera clara, entretenida y profunda —
rara alianza para una especialista— a ese milagroso siglo V antes de
nuestra era en el que la historia, la filosofía, la tragedia, la
política, la retórica, la medicina, la escultura alcanzan en Grecia su
apogeo y sientan las bases de lo que con el tiempo se llamaría la
cultura occidental. Homero y Hesíodo son bastante anteriores al siglo
V, desde luego, y hay artistas, pensadores y comediógrafos posteriores
a ese marco temporal. El ensayo no vacila en retroceder o avanzar para
incluirlos en el legado griego, aunque el grueso de lo que llama “una
visita guiada a través de los textos” se concentra en ese pequeño
período de 100 años en que en el reducido espacio del mundo heleno hay
como una eclosión frenética, enloquecida, de creatividad en todos los
dominios del espíritu, con ideas, modelos estéticos, patrones
intelectuales, inventos y descubrimientos, gracias a los cuales la
civilización del logos tomaría una distancia decisiva respecto a todas
las otras culturas del pasado y de su tiempo y, sin pretenderlo ni
saberlo, cambiaría para siempre la historia del mundo.
Jacqueline de Romilly muestra que en Grecia nacieron, o cobraron una
realidad y dinamismo que nunca tuvieron antes en la vida social de
pueblo alguno, los factores determinantes del progreso humano, como la
democracia, la libertad, el derecho, la razón y el arte emancipados de
la religión, las nociones de igualdad, de soberanía individual, de
ciudadanía, y una manera absolutamente nueva de relacionarse el hombre
con el más allá y con los dioses, además, por supuesto, de una idea de
la belleza y de la fealdad, de la bondad y la maldad, de la felicidad
y la desdicha, que, aunque con los inevitables matices y adaptaciones
que ha ido imponiéndoles la historia, siguen vigentes.
Los diálogos socráticos y platónicos enseñaron que conversar es una
manera más civilizada de convivir
Maravilla que un pueblo tan pequeño y tan poco cohesionado
políticamente, hecho de unas cuantas ciudades y colonias repartidas
por Europa y el Asia Menor, que conservaban un enorme margen de
autonomía entre ellas, un pueblo tan instintivamente reticente a
conformar un imperio, a practicar el imperialismo y a someterse a la
prepotencia de un tirano (como hicieron todos los otros) haya sido
capaz de dejar en la historia de la humanidad una huella tan honda,
tan presente todavía tantos siglos después, en tanto que casi todos
los otros grandes imperios o civilizaciones —los persas y los
egipcios, por ejemplo— sean ahora sobre todo, sin olvidar ninguna de
sus maravillas, piezas de museo.
No fue un accidente, ni obra del azar, hubo razones para ello y el
libro de Jacqueline de Romilly las hace desfilar ante nuestros ojos
con la misma desenvoltura, belleza y elegancia con que su conversación
me hechizó a mí aquella noche. Los diálogos socráticos y platónicos,
además de una manera de filosofar, nos explica, enseñaron a los seres
humanos que conversar, hablar en grupo, es una manera más civilizada y
ética de convivir que dando órdenes u obedeciéndolas, una forma de la
comunicación que reconoce o establece de entrada una igualdad de base,
una reciprocidad de derechos, entre los interlocutores. Así fue
surgiendo la libertad, desanimalizándose el hombre, naciendo de verdad
la humanidad del ser humano.
Esta demostración en Pourquoi la Grèce? no aparece como un discurso
abstracto, sino a través de comentarios y de citas literarias, porque,
como su autora no se cansa de repetirlo, todo aquello que constituye
una cultura está esencialmente representado en sus obras literarias, y
la verdadera crítica es aquella que escudriña la poesía, la narrativa,
el drama, los ensayos que una sociedad produce en busca de esas
verdades recónditas que alimentan su imaginación e impregnan las
aventuras y los personajes a que sus artistas dieron vida para aplacar
la sed de absoluto, de vivir otras vidas, de sus gentes.
“Sin saberlo, respiramos el aire de Grecia a cada instante”, dice en
una de sus páginas. No es la menor de las paradojas que los griegos,
que nunca conquistaron a pueblo alguno y sólo combatieron en defensa
de su libertad, hayan dominado luego discretamente al mundo entero,
empezando por Roma, cuyas legiones creyeron apoderarse de Grecia sin
esfuerzo, cuando, en verdad, sería el pueblo vencido el que terminaría
por infiltrarse en la mente, el espíritu y hasta la lengua del
conquistador. (El ensayo revela que, durante buen tiempo, fue de buen
gusto entre las familias romanas contemporáneas de Cicerón y de
Virgilio hablar en lengua griega).
Lo sorprendente es que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo
en la democracia
Es verdad que la Grecia de nuestros días es muy distinta de aquella
donde se construyó el Partenón, en la que peroraba Solón y esculpía
Fidias sus estatuas. En los 25 siglos intermedios su pueblo ha
experimentado acaso más infortunios y catástrofes que la mayoría de
los otros: guerras externas e internas, ocupaciones que por siglos
acabaron con su libertad, tiranías y segregaciones que varias veces
amenazaron con desintegrarla. Esta mañana leo en el International
Herald Tribune una espeluznante descripción del estado de su economía,
los grotescos privilegios de que han gozado en todos estos años sus
armadores, banqueros y empresarios más prósperos, exonerados de pagar
impuestos, y las fortunas que han fugado y siguen fugando del país
hacia Suiza y los paraísos fiscales más seguros del planeta, en tanto
que el pueblo griego se sigue empobreciendo, viendo encogerse sus
salarios o pasando al paro, a la mendicidad y al hambre.
Ante este panorama, lo que debería sorprender no es que muchos griegos
hayan votado en las últimas elecciones por nazis y extremistas de
izquierda; sino, más bien, que haya todavía tantos griegos que sigan
creyendo en la democracia, y que las encuestas para la próxima
elección señalen que los partidos de centro izquierda, centro y centro
derecha, que defienden la opción europea y aceptan las condiciones que
ha impuesto Bruselas para el rescate griego, podrían obtener la
mayoría y formar gobierno.
Mi esperanza es que así sea porque, simplemente, Grecia no puede dejar
de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una
caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso.
Europa nació allá, al pie de la Acrópolis, hace 25 siglos, y todo lo
mejor que hay en ella, lo que más aprecia y admira de sí misma,
incluyendo la religión de Cristo —una de las páginas más hermosas del
ensayo de Jacqueline de Romilly explica por qué buena parte de los
Evangelios se escribieron en lengua griega—, así como las
instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos tienen
su lejana raíz en ese pequeño rincón del viejo continente, a orillas
del Egeo, donde la luz del sol es más potente y el mar es más azul.
Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer
sin que lo que ellos encarnan se desmorone y deshaga en esa confusión
bárbara de irracionalidad y violencia de la que la civilización griega
nos sacó.
© Mario Vargas Llosa, 2012.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a
Ediciones EL PAÍS, SL, 2012.
Reply all
Reply to author
Forward
0 new messages