Cada año, el 24 de Marzo, millones de estadounidenses
de todas las razas, credos, colores y estratos sociales conmemoran la vida y el
martirio del Arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, quien fue
asesinado en 1980 por la dictadura militar Salvadoreña. En esta celebración,
estudiantes, sindicatos, iglesias de todas denominaciones, grupos de derechos
humanos, escuelas, organizaciones no-gubernamentales, alcaldías y otras
instituciones de carácter gubernamental organizan marchas y días de servicio a
la comunidad en su honor; se reúnen para discutir y ver la película “Romero”;
hacen vigilias; organizan grupos de oraciones por la paz; protestan en contra de
la violencia; la injusticia y la desigualdad y reflejan de muchas y diversas
formas la vida de este Obispo y pastor.
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Escuelas públicas, cátedras, becas,
agencias de servicio comunitario, centros de apoyo al inmigrante y otras
instituciones llevan el título de Romero. “Romero Center”, “Romero School”,
“Romero Scholarship”, “Romero Agency”, etc. abundan en muchas partes de los
Estados Unidos; algunas influenciadas por el alto índice de inmigrantes
Latinoamericanos, pero otras influenciadas por la visión y las ideas del
Arzobispo.
En cada celebración a la cual he asistido en los últimos 30
años, me he dado cuenta que Romero no es una figura exclusivamente Católica ni
salvadoreña… ¡ni siquiera Latinoamericana! La memoria de Romero trasciende
credos religiosos, identidades culturales, nacionalidades, lenguaje y razas. He
celebrado a Romero en comunidades 100 por ciento salvadoreñas, al igual que en
comunidades blancas, negras y Asiáticas. Estas celebraciones me han demostrado
que la figura de Romero transciende muchas de las barreras con las que
diariamente uno se enfrenta en los Estados Unidos y en el mundo en
general.
¿Qué esta detrás de las formas tan diversas con las que se
celebra a Romero? ¿Por qué puede este obispo mártir trascender sus orígenes
Católicos, su nacionalidad salvadoreña, y su identidad cultural
latinoamericana?
Algunos sugerirían que la forma tan brutal en la que el
Arzobispo fue asesinado mientras servía la Santa Cena es parte de la respuesta.
Sin duda, la brutalidad de su asesinato ha contribuido a la proyección de Romero
como figura popular e ícono religioso. Sin embargo, como muchos sabemos, Romero
no es el primer ni el último mártir del siglo pasado. La época de los 80’s y
90’s en Latinoamérica se distingue por una general persecución y sanguinaria
masacre de muchos religiosos, y de cantidades mucho más altas de civiles. Romero
no fue la excepción en países con dictaduras militares como El Salvador y
Guatemala; sino, trágicamente, la norma.
Otros sugerirían que la alta
inmigración salvadoreña a los Estados Unidos en los últimos 30 años ha
contribuido al culto a Romero. De hecho, muchas instituciones de servicio a la
comunidad salvadoreña-estadounidense llevan el nombre de Romero y son muchas de
ellas las que organizan las festividades alrededor de su martirio. Sin embargo,
mi experiencia me ha enseñado que Romero no es una propiedad exclusiva de los
salvadoreños, sino que poco a poco se ha convertido en una figura religiosa y no
religiosa que construye puentes con otras comunidades no-salvadoreñas. Como he
dicho anteriormente, iglesias católicas, evangélicas, protestantes, al igual que
comunidades fuera de la comunidad Hispana celebran la memoria del
Obispo.
Entonces, ¿por qué es la figura de Romero tan celebrada en los
Estados Unidos y en el resto de Latinoamérica? Parte de la respuesta obedece a
muchos valores universales que su figura conlleva para este mundo globalizado y
postmoderno. En esta ocasión apuntaré a un valor muy importante para esta
generación milenaria: el valor de la conversión.
De todos es sabido que
una de las principales razones por las que el Padre Oscar Romero fue nombrado
arzobispo de San Salvador, era su afinidad a la doctrina más conservadora de la
Iglesia Católica; es decir, aquella que creía en mantener el status quo en el
aspecto social, político y militar en El Salvador. Romero no era un pastor
“controversial,” que se metía en cuestiones sociales ni mucho menos políticas.
Antes de su nombramiento como arzobispo, asumió posiciones muy ambiguas que
hacían a la iglesia “inmune” a los vaivenes de los conflictos sociales,
culturales y políticos de aquel tiempo.
Sin embargo, en 1977, cuando
Romero tenía ya 60 años, es asesinado su amigo, el sacerdote Rutilio Grande.
Este asesinato hace que Romero tome un giro de 180 grados del cual no daría
marcha atrás. De un líder acomodado a la situación del país, pasa a ser el
profeta que denuncia, ofrece, y re-crea completamente la historia de la iglesia
Salvadoreña. Con Romero emerge una iglesia entregada a la justicia social, a la
defensa de los derechos humanos, a la paz, y la igualdad desde la perspectiva
del más necesitado. La historia de la conversión de Romero enseña algo muy
importante a las generaciones milenarias de nuestros tiempos; y estoy convencido
de que dicha conversión es uno de los factores que nos hace celebrar su memoria
cada año.
Es cierto que la generación del milenio nace en un mundo
globalizado, que facilita la comunicación entre ellos y diferentes localidades
geográficas, sociales y culturales. Blogs, Facebook, teléfonos celulares,
Internet y otros tantos vehículos de información, permiten a esta generación
acceder a mundos diferentes y foráneos, estableciendo enlaces, oportunidades de
solidaridad, diálogo y apertura hacia otros.
Sin embargo, también es
cierto que esta apertura hacia otros y la oportunidad de establecer relaciones
de solidaridad y dialogo con otros, se ve cada vez mas mermada por el aumento de
las mentalidades tribales que dicen defender la ortodoxia y que hacen del miedo
a lo desconocido y foráneo, su arma principal. La economía es dominada por una
ortodoxia del mercado, la cual pone todas sus energías en vendernos el libre
acceso a productos y servicios como la única solución a problemas tan complejos
como la pobreza, el subdesarrollo, la crisis financiera, y la destrucción al
medio ambiente. Las relaciones sociales en los Estados Unidos en particular, y
en el mundo en general, están dominadas por una ortodoxias tribales y
nacionalistas, que hace de otras culturas y religiones caricaturas llenas de
estereotipos. Nuestras visiones familiares en las iglesias están dominadas por
una mentalidad no muy abierta hacia otras formas de ser familia y sociedad.
Finalmente, nuestras relaciones culturales, especialmente nuestras relaciones
con el mundo Musulmán después de los ataques del 11 de Septiembre, están siendo
dominadas por un racismo recalcitrante, el cual es fomentado por pensadores como
Samuel Huntington, quienes presentan la diversidad cultural como una amenaza a
valores pre-concebidos como indispensables para una nación. En este racismo
ortodoxo, la inmigración y el crecimiento de comunidades no-anglas en Europa y
en algunas partes de Norteamérica es vista como una amenaza para la identidad de
las nuevas generaciones.
Quizás en la figura de Romero los muchos
estudiantes, activistas sociales y políticos, al igual que las iglesias y
comunidades religiosas que celebran su martirio, encuentran una luz de esperanza
y solidaridad con los desconocidos y marginados. Es cierto que Romero vivió en
los tiempos de las ortodoxias políticas y militares de los años 70 y 80 y que
nació bajo una visión doctrinal de la iglesia que apadrinaba y hasta bendecía la
pobreza y la desigualdad en nuestro país. También cierto que, como muchos de
nosotros, le fue difícil salir de su cerrado y cómodo círculo para llegar a ser
el profeta en defensa de los desconocidos y marginados de su tiempo. Pero, como
muchos otros antes que él, también se dio cuenta que sólo saliendo de su
estrechez doctrinal y eclesial, pudo conocer el valor real de ser humano y gozar
de los frutos de la solidaridad con otros. Gracias al valor que tuvo de cortar
con siglos de encubrimiento eclesial de las injusticias contra los mas
necesitados, Romero pudo cambiar no solamente la historia de su iglesia, sino la
historia de su país y, en alguna forma, del mundo. Hacia los desconocidos y los
marginados caminó Romero, y por ellos se dejo convencer. Esperamos que nuestras
generaciones milenarias celebren con él tan importante valor para nuestra
sobrevivencia mundial.
Salvador Leavitt-Alcántara es teólogo salvadoreño.
Emigró a los Estados Unidos al terminar la guerra civil en El Salvador. Su
investigación a nivel doctoral se centró en el pensamiento de Ignacio
Ellacuría.