"La Cajita Feliz"

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Marco Tulio Santos Leal

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Feb 22, 2008, 4:40:34 PM2/22/08
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Milenio 22 de febrero 2008

 

El último vagón o la fiesta del deseo.

 

Homosexuales, lesbianas, heterosexuales, ladrones y extorsionadores convierten el último

 carro del tren subterráneo en la cajita feliz, donde realizan actos sexuales de todo tipo: orgías,

exhibicionismo y prostitución.

 

22-Febrero-08


La red de los metreros (lesbianas y homosexuales) se extiende por las estaciones del Metro Balderas, Hidalgo, Sevilla, Pino Suárez, Tacuba, Salto del Agua, San Juan de Letrán, Juárez, Insurgentes y Polanco. Sobre todo en las dos últimas, cuando desde las 11 de la noche, o un poco antes, la llamada cajita feliz o último vagón del subterráneo se vuelve el "agarre" total.

Junto a ellos viajan extorsionadores que, también, todo lo ven y todo lo quieren. En el Metro el ligue heterosexual es la rendija de entrada a lo prohibido.



Páginas de internet reportan todo: "el último vagón de los trenes del Metro, donde se llevan a cabo actos sexuales de tipo anal y oral, masturbación mutua, orgías, exhibicionismo y prostitución", narra Carlos Alberto Godínez en su espacio Anodis.



Una metrera es uno de los personajes del subterráneo; se mueve en él durante el día y se siente bien cuando viaja en el último vagón del Metro anaranjado o "rosa" (Línea 1).



Como sus ojos lo ven, es la línea rosa de las bocas abiertas a todo lo que dan y eso después de las 11 de la noche "se la quería comer, las dos abrían la boca y se besaban como nunca, pero no sólo eran dos, eran cuatro que se agarraban entre sí", narra Eloísa en uno de los patios de la Facultad de Psicología de la UNAM. Son los y las que se dedican a metrear: lesbianas a todo vapor.

Desde 2005, las autoridades del Metro calificaron como una "leyenda" la existencia de esa cajita feliz, dijeron que lo que sucedía en ese último vagón "era un mito". Pero no. Y los testimonios sobran.

Pero junto a las metreras viajan los extorsionadores. Otro de los personajes de esa ciudad subterránea que lleva diariamente en sus entrañas a miles y miles de usuarios. Cientos de ellos son usuarios calientes que van en busca del toqueteo y de todo lo demás.



9.45 de la noche, estación Patriotismo. "Me llevó al final del andén "¿Qué andas haciendo, por qué me miras así?", me dijo. "Me gustó tu mirada", le había dicho pensando que habría faje; el hombre de la pregunta se metió la mano por la cintura, hacia "aquello", pero sacó una daga. Me dijo que me mataría por puto: "¡Qué traes cabrón!", me estaba atracando, le tuve que dar mi celular, mi dinero, todo. Me dejó sin nada. Me dijo que me fuera sin hacer ruido, porque él era policía y me iban a llevar al tanque, salí, pero no, ese güey era un rata".



La ciudad subterránea los contiene a todos. Ellos y ellas. "En el vagón de mujeres no siempre vamos bien; no mete la mano un hombre, pero sí te la mete una mujer; vamos, una lesbiana, te va chinga y chinga, son posesivas y casi te quieren quitar la ropa", dice Eloísa.



En uno de los blogs de internet se recogen testimonios de personal de limpieza del Metro, que afirma que en ese último vagón han encontrado condones, ropa interior y hasta papel desechable con sangre.



En esa fiesta del deseo que es el tren subterráneo, el Reglamento Interno del Metro, la Ley de Cultura Cívica en su artículo 24 fracción VII o la Ley de Transporte y Vialidad del Distrito Federal en su artículo 101, simplemente son letra muerta. Igual que con el ambulantaje que satura andenes y pasillos interiores en Constitución y Auditorio, entre otras estaciones.



Las extorsiones por parte del personal de seguridad contra la comunidad lésbico-gay, que ha hecho del Metro su "lugar de estar", son muchas: un billete en el momento que se abren las puertas a las 11: 20 de la noche en ese último vagón.



Así lo narra R (así dijo llamarse) en la estación Balderas. Son las 7 de la noche. "Hace poco iba ahí, allá por Copilco, íbamos como 15 en el último vagón, estábamos cabrones, se abren las puertas, entran dos de seguridad, alguien abre la cartera, asoma un par de billetes, los toman, se salen y el tren se va; la fiesta sigue".



La policía niega todo. El personal de seguridad del Metro, igual. Para ellos no pasa nada, no sucede nada. Niegan que haya ratas, que haya secuestros, que haya prostitución.



Un usuario de internet reporta en su blog que en la estación La Raza, "pasando el Túnel de la Ciencia, donde inicia la línea verde, a un costado de la panadería que está dentro del Metro, a partir de las 11:30 de la noche en los torniquetes hay unos tipos pidiendo dinero y el policía se hace el disimulado, y en cuanto se hace a un lado, ellos te roban y se saltan los torniquetes".

 

Consultada la policía en ese lugar, afirma que eso es mentira, pero "con tanta gente, aquí suceden otras cosas peores".



Un extranjero, de visita en nuestro país recientemente, reporta en su blog que "la gente me ha contado infinidad de cosas inimaginables, abundan los exhibicionistas, acosadores, abusadores, rateros y drogadictos".



En ese circuito del ligue subterráneo las opiniones van en favor y en contra; otro extranjero relata: "Yo guardo un bello recuerdo del Metro del DF, en México. Era mi primer viaje a ese país. Tomé el Metro en Indios Verdes para ir a la casa donde me hospedaba, eran aproximadamente las 10 de la noche. Iba en ese entonces con mi pareja y el amigo donde nos hospedábamos: estábamos en el último vagón y en el carro de adelante vi a un chavalo que simplemente era un dios, de aproximadamente 20 años, yo 22. Nos mirábamos y también nos sonreíamos, de pronto se bajó del vagón en que iba y, cuando me percaté, se estaba subiendo al carro donde yo estaba, se acercó y me besó en la boca e inmediatamente se bajó del vagón".



En el Metro Balderas todos saben que lo bueno son los viernes y sábados a partir de las ocho de la noche. El espacio: el último vagón.

 

10:30 de la noche, pasillo del Metro Hidalgo. Una pareja heterosexual se besa, se acaricia. Él le desprende los botones de la blusa. Le besa los senos. Se los come. Ella baja la mano. Toca "aquello". Se escuchan ruidos. Alguien pasa. Los dos se miran a los ojos. Los pasos se van. Juegan. Él le quita un arete y se lo prende al pezón izquierdo. Se van riendo. Toman el tren rumbo a Universidad. El agasajo sigue a bordo. "Es la fiesta del deseo", recuerda Roberto, lo recuerda aún.

 

 Francisco Mejía

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