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Carlos Monsiváis
20 Jun. 09
De la ciudad mexicana del siglo XXI.
Tal vez sea más práctico un epitafio que una profecía. ¿Qué vaticinio se
sostiene ante esa incógnita, desmedida, la ciudad latinoamericana del siglo XXI
con su mezcla de alta tecnología y miseria, de globalización y perdurable
explosión demográfica, de americanización y aferramientos nacionalistas?
Por lo menos, ya sabemos a qué atenernos respecto a la gran ciudad
latinoamericana del siglo XX. Casi por doquier, y con excepciones disminuidas
por la sobrepoblación, el mismo paisaje interminable:
· el horizonte de las franquicias, de McDonald's a Blockbuster a Domino's
Pizza;
· el infinito de las barriadas populares (chabolas, pueblos jóvenes, ranchos,
colonias populares, ciudades perdidas, favelas) donde la lucha por la vida es
una variable dependiente de los índices de empleo;
· el despilfarro y la ostentación de los edificios postmodernos que reúnen la
magia de lo hecho en serio y la fantasía de la fuga de la ciudad en que se vive
rumbo a la ciudad idéntica en donde se desearía vivir;
· los embotellamientos donde el automovilista y los pasajeros de los autobuses
se sumergen en el verdadero idioma del vértigo urbano, la lentitud... En
materia de megalópolis, un método de negociación con la pesadilla es asilarse
en el epitafio.
¿De dónde voy a sacar tiempo para hallar espacio?
Por sobre todas las cosas, las megalópolis latinoamericanas del siglo
documentan la victoria del espacio sobre el tiempo. Tiempo habrá siempre,
espacio ya no. Mientras las urbes se extienden hasta alcanzar la meta de lo
inagotable, los habitantes se restringen a departamentos y casas pequeñas; los
millonarios y los multimillonarios comparten el espacio amplísimo con sus
medidas de seguridad y sus guardaespaldas y su certidumbre última: la soledad
perfecta de un triunfador exige en el cuarto de al lado veinte personas
convenientemente armadas. En las ciudades latinoamericanas del siglo XX se
viajó de la convivencia familiar al autismo televisivo, del goce de los llanos
al recuerdo vago de los cielos azules y las regiones transparentes, de la
familia tribal a la familia nuclear, de la numerosa descendencia a la parejita
de niño y niña o al hijo único, de la intolerancia a la tolerancia iniciada
como resignación, del patio de vecindad como ágora al encuentro apresurado en
el condominio, del culto a la honra a la estrategia del adulterio como
revigorización del matrimonio, del aprecio de lo moderno a la metamorfosis de
lo tradicional en lo bellamente decorativo, de la gana de provocar la envidia
al miedo desvariado de incitar la codicia de los extraños.
¿Qué de dónde, amigo, vengo? De una tradición que tengo escondida en el buró
¿Cómo se seleccionan las tradiciones de los alejados del Centro? ¿Qué saberes
acumulados, frustraciones, desencantos y esperanzas aguardan a los recién
llegados a las ciudades? ¿Cómo se vive la conciencia del barrio (arquitectura
incluida), y en qué se diferencia un barrio de un ghetto? ¿Cómo se adaptan e
incorporan los migrantes a la movilidad social? ¿Y cuántos de ellos lo hacen?
* * *
En el siglo XXI, la unificación urbana lo es todo en América Latina, ya
inevitable la ciudad única repartida en inmensas concentraciones demográficas
donde circulan las mismas películas, se oye (en cerca de un 70 por ciento) la
misma música, operan las mismas compañías trasnacionales, se padece la misma
privatización salvaje, se sufren los mismos desastres ecológicos, se viven
niveles semejantes de desempleo y subempleo, agravados ferozmente por la
crisis.
Epílogo donde sólo participa la Ciudad de México
En el principio y ante la tardanza del dios cristiano, Huitzilopochtli y
Tláloc, deidades aztecas, crearon los cielos, la tierra y los centros
ceremoniales, y en la tierra (llamada así porque su componente mayor era el
agua) la nación mexicana, un producto de la diosa Demografía, estaba
desordenada pero nunca carente de pueblo y de contenidos, y lo primero que
hicieron los dioses en su empeño de beneficiar el aspecto de la primera ciudad
fue crear un Centro, a sabiendas de su poder de convocatoria (la obligación
mayor del Centro es trazar la existencia de los alrededores) y pronto
Tenochtitlan estuvo poblada y ordenada a su modo muy de vanguardia y luego vino
la creación de la Provincia para fomentar las migraciones a la gran ciudad.
* * *
Asamblea de ciudades. Una ojeada somera a la acumulación de almas, recursos
naturales, edificios, instituciones, calles sobrepobladas, estadísticas que
bien podrían ser vagones concurridos del Metro; problemas acuíferos,
movimientos sociales y políticos, asentamientos urbanos que en un descuido van
a declarar su identidad genuina de ciudades en toda forma, desastres que o se
previenen o se estimulan (ya va a dar lo mismo), cifras que aturden, cifras que
exigen la vida entera para asimilarlas, ¿pero de veras vive junto a tantas
personas y tantos vehículos?; zonas administrativas que en su siguiente
reencarnación serán megalópolis, tránsito que en su existencia anterior fue el
Mar de los Sargazos, cuatro autos por cada 10 personas (dato aproximado y ya
congestionado), parque vehicular que se acrecienta anualmente con 200 mil
automóviles; problemas (graves) de contaminación, intensificación de la
segregación socioespacial, asentamientos irregulares que se vuelven organismos
regidos usualmente por la autoconstrucción; orgullos citadinos que culminan con
los habitantes como especies en extinción, mancha urbana que en un descuido
llega a la Frontera Norte disfrazada de migrante ilegal, automóviles de los que
en un futuro tal vez cercano se dirá: "Eran el medio de transporte
favorito en la ciudad, hoy son partículas del gran cementerio",
automóviles que causan el 84 por ciento de la contaminación; burocracia cuyo
ritmo de crecimiento ha sido más que superado por el desempleo, conciencia
ciudadana que -no obstante el alud de apatía y cinismo- crece con regularidad,
tolerancia que se vuelve crecientemente un "ecosistema" psicológico,
moral y cultural, extravagancias que de tan multiplicadas ya no se advierten,
violencia que es consecuencia del capitalismo salvaje, de la naturaleza humana,
del neoliberalismo, del tamaño de la urbe y de los roces de la aglomeración...
opi...@elnorte.com