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DISCURSO DE PERÓN ORDENANDO ANIQUILAR A LOS TERRORISTAS MONTONEROS  

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Robert m

unread,
May 19, 2013, 10:01:17 PM5/19/13
to

Lullu @asneira

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May 20, 2013, 8:05:44 PM5/20/13
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Videla – Muerte del psicopata genocida

Por Andrés Jaroslavsky *
El mártir
Años después de haber encabezado un genocidio del que casi escapó
impune, Videla tuvo que enfrentar el mal trago de ser encarcelado por
sus crímenes. Videla fue el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas
en 1976, una ensalada de psicópatas que germinaron en el desprecio
militar hacia la sociedad civil, esa sociedad “enloquecida” a la que
los uniformados “encarrilaban” con cierta regularidad.
De este caldo de cultivo surgieron Bussis, Masseras, Menéndez y otras
criaturas, los perros locos de la dictadura. Videla tenía otro estilo.
El era un santulón capaz de coordinar un programa de asesinatos y
creer al mismo tiempo que esto lo congraciaba con su dios,
paradójicamente el dios del “no matarás”.
Cuando llegó el escarnio, Videla recreó para sí mismo una tragedia
mítica en la cual él era un héroe-mártir condenado por aquellos a
quienes había salvado. Fiel a su patología, Videla se creyó un Cristo
con uniforme militar que era arrastrado en un vía crucis de juzgados.
Padeció bajo el poder de Néstor Pilatos, fue crucificado, condenado y
olvidado. Descendió a los infiernos carcelarios con la esperanza de
resucitar de entre los presos, de que el país saliera de su engaño y
así subir al cielo de los próceres argentinos para sentarse a la
diestra de San Martín.
Sin embargo, los años pasaban y las multitudes que lo llevarían en
andas no aparecían. A medida que se hacía un experto en texturas de
paredes, Videla comenzó a sospechar que nadie vendría a
descrucificarlo y se pudriría lentamente en ese calabozo. Ya ni
siquiera los columnistas del diario La Nación se animaban a
justificarlo. Aquel cándido sueño de reivindicación comenzó a apagarse
sumergiendo al general en una profunda amargura, la realidad. En ese
estado del alma –como decía Bussi cuando brindaba con Mariano
Grondona– alguien le acercó un micrófono.
Surgieron así unas tardías declaraciones que revelaban que Videla no
estaba feliz en prisión y sus primeras confesiones. El héroe malogrado
recitó una vez más aquel cuento de militares bonachones y bien
intencionados que terminaron atrapados en una situación indeseada,
inocentes hombres de armas que se vieron forzados a rescatar la
república. Unas Fuerzas Armadas que se parecían muy poco a ese partido
militar que durante más de cincuenta años asoló a la sociedad
argentina con bombardeos, proscripciones, fusilamientos, robos y
torturas. Fuerzas Armadas que eran el vehículo favorito de los
conservadores para llegar al poder y el brazo armado de la Iglesia.
Partido militar que regulaba la moral de los argentinos estableciendo
el largo permitido para el pelo en los varones y las minifaldas de las
mujeres.
Indignado, Videla afirmó que “la República está desaparecida”, “no
tiene Justicia”. Lo afirmó después de haber tenido un juicio público,
ajustado perfectamente a las normas del derecho y cumpliendo condena
en una cárcel limpia, con asistencia médica, donde sus familiares
pudieron visitarlo y llevarle sus caramelos favoritos. No recibió
descargas eléctricas en sus testículos, no le arrancaron los dientes,
no recibió una dosis de pentotal antes de ser arrojado vivo desde un
avión, sus hijos no fueron apropiados, no le robaron sus bienes, no
murió retorciéndose de dolor sobre una mesa de tortura.
A pesar de su prolongado encierro, no llegó a notar las sustanciales
mejoras en materia jurídica que le ofrecía esta imperfecta democracia,
sobre todo en comparación con el régimen que él administraba. No tuvo
la sutileza necesaria para observar que, desde su lugar de detención,
podía hacer declaraciones contra el Gobierno, la Justicia y el país en
su conjunto con la total tranquilidad de que el Estado garantizaría su
seguridad y su libertad de expresión. Pero nuevas generaciones de
argentinos lo notaron, y crecieron en un país donde estos derechos
están garantizados.
La entrevista permitió también que los jóvenes conociesen otro aspecto
fundamental de su persona y del perfil de los militares de la
dictadura: la cobardía. A pesar de las decenas de miles de asesinatos
y a pesar de balbucear en el final algunos datos del horror, Videla no
pudo asumir y articular quién era él. Videla fue el comandante de un
ejército de criminales y fue tan perverso como quienes fusilaban o
reventaban detenidos. Como sus camaradas, él fue también un cobarde,
el general de los eufemismos, incapaz de asumir sus actos. Incapaz de
decir la verdad.
Esta nueva Argentina, tan distinta del proyecto de la barbarie
militar, esta república despreciada por Videla, es un ejemplo de
esfuerzo en la búsqueda de justicia, un motivo de orgullo. Un Estado
que le garantizó un juicio justo y una condena donde se respetaron
todos sus derechos. Una Argentina que entregara el cuerpo de Videla a
sus familiares para que éstos le den el destino que deseen. Como manda
la ley.

* Hijo de Máximo Jaroslavsky, médico desaparecido en Tucumán.
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