Mucho de esto lo he leído en otras fuentes.
T.Schmidt
El término rosacruz se refiere a una legendaria orden secreta que data
del siglo XV o del XVII, generalmente asociada al símbolo de la Rosa
Cruz. Diversas organizaciones esotéricas modernas, normalmente
denominadas fraternidades u órdenes, que usan rituales relacionados
con la francmasonería se reinvindican herederas de la legendaria Orden
Rosacruz del siglo XVII.
La Orden Rosacruz fue fundada, según ciertas leyendas, por Christian
Rosenkreuz, caballero del siglo XV.
El símbolo que identifica a la Orden está normalmente compuesto de una
o más rosas decorando una cruz. En algunos casos se usa una cruz
envuelta por una corona de rosas; junto al símbolo puede aparecer un
triángulo doble o una estrella. En otros casos es simplemente una cruz
con una rosa en el centro. Algunas veces la rosa o la cruz están
adornadas con símbolos cabalísticos y alquímicos. El símbolo varía
dependiendo de la fraternidad en cuestión.
«Rosa-cruz» también designa al séptimo y último grado de la cuarta
orden del rito masónico francés y el grado dieciocho en el Rito
Escocés Antiguo y Aceptado denominado "Soberano Príncipe Rosacruz,
caballero del águila y el pelícano", que tiene como símbolos
principales el pelícano, la rosa y la cruz. La expresión «Rosa-Cruz»
puede designar asimismo al miembro que tiene el grado de Caballero
Rosacruz.
El rosacrucismo suele denominarse igualmente cristianismo esotérico.
Tradicionalmente, los rosacruces se dicen herederos de tradiciones
antiguas que se remontan a la alquimia medieval, al gnosticismo, al
ocultismo, al hermetismo del antiguo Egipto, a la Cábala judía y al
neoplatonismo.
El historiador y teórico de ritualismo masónico, Jean Marie Ragon, que
hizo un interesante aporte a la masonería francesa de mediados del
siglo XIX, considera que el grado XVIII de la masonería, Muy Soberano
Príncipe Rosacruz, fue codificado por los jesuitas para poder
manipular desde dentro la masonería. Esta teoría -nunca comprobada con
documentos- fue también sustentada por otros estudiosos posteriores de
la tradición masónica como Helena Blavatsky y criticada por analistas
como el francés René Guénon.
Semejanzas y Diferencias con los Masones
Semejanzas: ambas son órdenes (organizaciones jerarquizadas y
estructuradas en grados); son entidades iniciáticas (se pasa de un
grado a otro superior mediante ceremonias iniciáticas); son grupos
esotéricos (para una minoría, frente a las religiones exotéricas,
propias de las mayorías); afirman remontarse a una remota antigüedad;
poseen sistemas de signos, toques y palabras; realizan sus trabajos en
logias dirigidas por venerables maestros; emplean mandiles; comparten
numerosos principios filosóficos.
Diferencias: la masonería posee tres grados fundamentales (aprendiz,
compañero y maestro), mientras que la rosacruz no los tiene; los
sistemas de enseñanza son distintos (en la masonería es simbólica, en
la rosacruz se realiza a través de monografías periódicas); en la
rosacruz se escucha el discurso del maestro y se retiran, y en las
tenidas masónicas, los asistentes exponen sus opiniones; en la
rosacruz el ascenso de grado es automático, mientras que en la
masonería el aspirante debe acreditar su preparación; el mandil
rosacruz es triangular, por el contrario, en la masonería es
cuadrangular; la masonería está enfocada a la simbología y la
reflexión filosófica y social, y la rosacruz se encamina al desarrollo
de las potencialidades de la persona, la alquimia y la astrología.
A trescientos veinte y un años de su
fallecimiento
El siglo XVIII, llamado de “las luces y de la Ilustración” colmo de
pensadores todo el ámbito político, cultural y social de toda Europa y
parte de América, la Masonería como institución de vanguardia no podía
ser menos que otras sociedades de su tiempo, por sus valores y
prueba de ello es toda la andanada de pensadores y celebridades que
tocaron a las puertas de tan evangelizadora corporación, tal cual la
francesa de su tiempo necesitaba, por el cambio radical que en su
estructura se avecinaba que le diera un vuelco en su corrompida e
inaguantable situación.
La Igualdad , la Fraternidad y la Tolerancia no fueron meros axiomas
para esos celebres personales que fueron iniciados en las logias , así
la relevante logia “Les Neuf Soeurfs” se convirtió en pocos años en “
La logia de los filósofos”, una parte importantísima de las mentes mas
esclarecidas de su época llenaron sus columnas, allí vieron la luz
masónica, los norteamericanos Benjamín Franklin y el Marques de
Lafayette, el celebre astrónomo Lalande, Montesquieu que se inició en
Londres, los filósofos Helvecio, Diderot y D´alembert, el sabio
Partoret , el escultor Houdon, los revolucionarios Danton y
Desmoulins, pintores, poetas y científicos y los defensores del pueblo
y sus derechos Dupaty y Elie de Beaumont que junto Voltaire ganaron
varias batallas por los desposeídos y las reformas de viejo y
draconiano Código Penal.
Francisco Maria Aruet , nació en Paris el 21 de noviembre de 1694, fue
educado en un colegio de Jesuitas donde fue un alumno aventajado pero
sin vocación religiosa, de joven figuró en la vida cortesana y
aristocrática de Paris, donde conoció todas sus interioridades, por
una querella con un noble cayó en la Bastilla y luego fijo su
residencia en Londres, Inglaterra, donde rápidamente asimiló la
cultura de los ingleses, allí estudió principalmente las obras de Jhon
Locke y el estilo político y social de la sociedad siendo fiel
admirador , desde sus primeros escritos abogó “ por la religiosidad
interior y pura alejada de los ritos y ceremoniales religiosos”
poniendo de manifiesto la libertad política y económica del pueblo
ingles.
Su obra literaria y filosófica es realmente extraordinaria y
profunda y a la vez de fácil y necesaria lectura, no hubo rama del
saber humano que no estudiara y dominara dedicándole a la actividad
intelectual más de 12 horas diarias, escribió sobre temas tan
trascendentales como, “ El mundo , el hombre y Dios”, “La Historia y
el Progreso” y colaborando en la “enciclopedia Francesa, escribió
novelas como “candido y el optimista” y “Micromega”, en 1738”elementos
de la filosofía de Newton”,en 1740” Metafísica de Newton”,recibió la
hospitalidad del “Rey filósofo” Federico de Prusia continuando su
actividad literaria y filosófica en “Diccionario filosófico portátil”
de 1764, y el “filosofo Ignorante”, “Filosofía de la Historia”,
“Ensayo sobe la costumbres y el espíritu de las naciones “, y un
interesante volumen de “Filosofía de la historia”, así como varias
poesías y obras de teatro hasta lo últimos días de su vida ,criticó
con sus sarcasmos e ironías la alta sociedad parisina, así como el
absolutismo real y el fanatismo de la iglesia, combatiendo de esa
manera antes de iniciado a nuestros mas irreconciliables enemigos, la
ignorancia, la hipocresía y la ambición .
Por su obra escrita y por sus acciones sociales puede considerarse un
bienhechor de la humanidad y un ilumísta de los más celebres de su
tiempo y de los que mas influencia ha ejercido a las futuras
generaciones. No podemos obviar y haciendo honor a la verdad que su
vida privada fue un tanto desorganizada. Falleció el 23 de mayo de1778
a los 84 años de edad y a 95 días de iniciado.
Fue propuesto candidato a masón por el historiador Abate Cordier de
St. Firmin,!que paradoja del destino y ejemplo de tolerancia por parte
de Abate¡,l venerable del taller, Lalande y el Conde Strogonoff le
condujeron en la iniciación por el salón “de los pasos perdidos” y
entró a la logia apoyado de Benjami Frnklin, luego de minucioso
interrogatorio en cuestiones filosófico-morales, prestó juramento de
fidelidad a la Orden y le fue ceñido luego el Mandil que perteneció a
Helvecio ,el cual Voltaire acarició besando nuevamente su cuero.
Luego el Venerable dirigió unas palabras a los más de 250 hermanos
presentes, exponiendo que la masonería no excluye ”ni nacionalidad ni
religión” tomando por ejemplo como protectora de la libertad a la
sociedad inglesa y expresó:
“los ingleses, los casi natos enemigos de nuestra nación, son, a pesar
de ello, nuestros amigos y hermanos como masones y hallamos entre
ellos una simpatía que ninguna otra idea hubiera podido concebir. En
el fragor del combate reconocían a sus hermanos y más de una vez el
brazo levantado sobre el enemigo se detuvo para ceder la mano
auxiliadora de un hermano y de un libertador”.
¿Qué lazo podía se lo suficientemente fuerte para unir tan
estrechamente a hombres que por su naturaleza, el clima, la lengua,
los intereses, la forma de gobierno y las costumbres, la política y la
guerra parecían están tan separados? Solamente al amor a la virtud
pudo realizar esta unión, el amor que en el transcurso de todas las
épocas y en todos los pueblos cultivó a las almas nobles y las ligó
por medio de un lazo universal e inseparable. Precisamente el amor a
la virtud es el fundamento de nuestra Orden, La escuadra que mide y
regula nuestras acciones, el mandil que simboliza una vida laboriosa y
una labor útil, loa guantes blancos que atestiguan la pureza de
nuestras intenciones, la verdad de nuestras palabras y la recitad de
nuestras acciones, la llana con la que pretendemos disimular las
manchas de nuestros hermanos, todos estos símbolos denotan la
beneficencia y el amor a la humanidad, dos virtudes que desde hace
tiempo veneramos en Voltaire,” Así habló Lalande , mientras en la
corte los fanáticos difamaban al nuevo masón con el ultraje de “azote
del siglo”.
No poco relevante fue la ceremonia fúnebre en logia, su memoria y
su obra fueron resaltadas con todo esplendor en un templo colmado de
hermanos que le brindaron póstuma pleitesía, la noticia de su muerte
fue motivo de tristeza para todo el que le conoció, el legado que dejo
el filosofo no podrá jamás ser borrado de la memoria y el corazón de
los que constataron su misión y admiraron su legado,
Fue poco el tiempo que el filosofo estuvo el la orden como militante
activo, pero su influencia y trascendencia en la sociedad parisina de
su tiempo se había hecho sentir hacia ya varios años por sus aportes y
cooperación a la lucha contra el fanatismo religioso y las hipocresías
cortesanas, así como su ayuda contra el poder de los manipuladores de
la ley y gobernantes, tales fueron las ayudas para retribuir los
derechos mancillados de las familias Sirven y de Juan Calas junto a
otros abogados y defensores de los derechos civiles , otro logro
importante de esta logia y del gran filosofo fue su ayuda a suavizar y
revisar el viejo y tormentoso código penal, que fue revisado y
modificado. Hemos demostrado que nuestro biografiado tuvo una
particularidad de algunos ciudadanos de ser masones antes de iniciado,
paso que consiguió formalmente ya octogenario, poniéndose una vez mas
de manifiesto los valores y trascendencia social de nuestra Orden en
todas las épocas y culturas que ha llegado y llegará a las futuras
generaciones de iniciados.
En una oportunidad el filósofo sentenció:
“Lo hombres son iguales, no el nacimiento
Sino únicamente la virtud los distingue”
“Entre nosotros debe haber el partido
Del bien publico y la salud de todos”
Mucho contribuyó la Masonería y los masones en el siglo XVIII al
triunfo de la razón sobre la fe, la enciclopedia y la Ilustración son
significativas pruebas de ello, en un siglo y una época donde se pedía
a gritos una modificación del pensamiento y de estructura social
cumpliendo la institución son su papel social de inspirador y ejemplo
para las clases sociales, primordialmente a un nuevo orden y a la
constitución e implantación de la Declaración del Hombre y del
Ciudadano, importante herramienta legal de donde salió la valedera
norma jurídica de que:
“La ley es la expresión de la mayoría”
Carlos B. García
G:.L:. De Cuba AL:. Y AM:.
EL SIMBOLISMO ZODIACAL EN EL TEMPLO MASONICO
Sebastián Jans
Este trabajo ha sido publicado en el Anuario # 17 ( Año 2001) de
la Logia de
Investigación y Estudios Masónicos "Pentalpha" (Santiago,
Chile).
INTRODUCCION.
<>La Masonería Simbólica fundamenta su labor docente a través de los
símbolos, y, a partir de aquellos que físicamente adornan el Templo,
promueve el estudio y la acción transformadora de sus miembros, en su
formidable Obra inmaterial, axiológica y Espiritual. Los símbolos que
ornamentan este lugar consagrado al Hombre y a su relación con la Obra
del Gran Arquitecto, son motivo de la indagación intelectual de sus
adeptos, desde el momento en que se nos confiere el privilegio de la
Iniciación, siendo conducidos al estudio de la significación esotérica
y exotérica de aquello que se presenta ante nuestros ojos: las
herramientas de cada grado, el ara, el libro, el pavimento mosaico,
las columnas del pórtico, la cadena, la bóveda celestial, las luces de
los sitiales, en fin. Todos ellos nos sugieren un conjunto de
posibilidades, que estimulan al estudio, a la reflexión, y a la más
intensa vivencia espiritual.
Miles de horas, miles de páginas, han dedicado los masones en cada
generación, para escudriñar las alternativas y variables de
interpretación, que proponen los distintos componentes del Templo. Sin
embargo, aquel elemento simbólico menos abordado, es la representación
de los signos zodiacales en las 12 columnas que sostienen la bóveda
celestial.
No es un aspecto poco significativo. De hecho, por ejemplo, desde la
fundación de la Revista Masónica hasta 1994, solo se publicaron en sus
páginas tres trabajos relativos al tema, lo que constituye una muy
baja cifra, si consideramos que sobre el simbolismo de la piedra
bruta, se publicaron 38 trabajos.
En los Programas de Docencia de la Gran Logia de Chile, en las últimas
cinco décadas, incluido el actualmente vigente que data de 1998,
temáticamente no aparece propuesto el simbolismo zodiacal en ninguno
de los tres grados simbólicos. Solo se hace presente en los planes de
la Masonería Filosófica o Capitular, a pesar de que, desde el momento
de ver la luz, el Aprendiz ve desplegado ante sus ojos los doce
signos, ordenados de izquierda a derecha, los cuales le acompañarán
durante toda su vida iniciática. No es una indiferencia menor respecto
a este símbolo, y ha sido, precisamente, aquella falta de intensidad
en las indagaciones simbólicas de la Masonería Chilena, la que me ha
motivado, muy especialmente, para abordar este aspecto simbólico, con
la esperanza de incitar a quienes puedan estar indiferentes frente a
su inamovible presencia, por siglos, en los talleres de la Orden.
Cotidianamente, en nuestros Talleres nos reunimos entre doce columnas,
que, simbólicamente, sostienen el espacio sideral, en cada una de las
cuales se encuentra una imagen que representa a uno de los signos
zodiacales. Allí se encuentran, muchas veces ignorados en la
cotidianidad de nuestras preocupaciones iniciáticas, sugiriéndonos
que, en tiempos pasados, la Masonería
originaria quiso dejar en uno de los lugares más importantes de la
logia una presencia simbólica singular.
Es mi intención, en el plan de esta plancha, dar una visión que
abarque los siguientes aspectos fundamentales: a) una indagación sobre
el conocimiento zodiacal en la historia humana; b) los contenidos del
conocimiento zodiacal en la Masonería; c) tratar de interpretar la
baja opción investigativa de los masones chilenos de las recientes
generaciones frente a éste símbolo fundamental, y d), proponer una
visión personal sobre lo que implica el conocimiento zodiacal, desde
una perspectiva gnoseológica y lo que, masónicamente, su simbolismo
representa.
Desde luego, no hay una pretensión de dar una respuesta definitiva al
respecto. Solo es un intento de reflexión que da cuenta de algunas
perspectivas personales, que someto al libre juicio de los VV\ HH\ de
ésta Resp\ L\ de Investigación.
EL ZODIACO Y EL CONOCIMIENTO ASTROLOGICO.
El término "Zodiaco" proviene del griego, que significa cintura de lo
viviente, círculo de la vida o círculo de los seres vivos.
Etimológicamente provendría de los vocablos Zoon, que quiere decir ser
vivo, y dia, que significa a través.
El Zodiaco es una zona del espacio sideral, determinada por un
observador terrestre, que se extiende a lo largo de la ecliptica u
órbita descrita por la Tierra, en su movimiento anual de traslación
alrededor del Sol. La determinación del ancho de esa banda, ha variado
con el tiempo, para comprender dentro de ella el desplazamiento
aparente – para un observador terrestre, insisto – de los planetas y
astros que se requieren para el estudio astrológico. Esta franja debe
comprender en ella el tránsito que el Sol, la Luna y los planetas
recorren durante un año, pasando por las constelaciones, que da nombre
a cada signo, o aproximándose a ellas.
Desde antiguo, esta franja de 360 grados está dividida en doce partes
iguales, de 30 grados cada una, que reciben el nombre de las doce
constelaciones que se encuentran ubicadas dentro o cerca de ese
espacio. El nombre les fue conferido simbólicamente, de acuerdo a las
características que se percibieron en aquellas épocas en cada
constelación: Aries (el carnero), Tauro (el toro), Géminis (los
gemelos), Cáncer (el cangrejo), Leo (el león), Virgo (la virgen),
Libra (la balanza), Escorpio (el escorpión), Sagitario (el arquero),
Capricornio (la cabra), Acuario (el aguador) y Piscis (los peces).
El desplazamiento de los astros, en el fondo estelar, según un
observador ocular desde la superficie terrestre, ha sido el fundamento
para desarrollar el conocimiento zodiacal. Como todos los planetas
cambian de posición en el citado espacio, durante el año, describiendo
singulares derroteros, se establecen distintas lecturas e
interpretaciones, sobre las proximidades que, unos y otros, tengan, en
un día determinado, e incluso, en una hora determinada. Es lo que se
conoce como horóscopo (imagen de la hora), es decir, la hora astral
del suceso o evento a estudiar, que presenta características
específicas para ese momento en particular.
Por ejemplo, si observamos el planeta Marte, tomando como referencia
determinadas estrellas, éste se desplaza durante algunos meses
siguiendo una línea ligeramente curva, para luego hacer un giro ovoide
(retrogradación), siguiendo por último, el mismo sentido anterior. El
curso de ese desplazamiento, con respecto al del Sol, de la Luna y de
los demás planetas, permite establecer relaciones frente a
determinados procesos, que tienen que ver con la Naturaleza y con el
Hombre, desde un aspecto individual y/o colectivo. Primitivamente, los
planetas considerados para el estudio zodiacal, fueron cinco:
Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, sumados a las dos
luminarias: el Sol y la Luna, que, en la terminología astrológica, se
llaman también "planetas". Mas adelante, con el descubrimiento de los
nuevos planetas, se agregaron Urano, Neptuno y Plutón. El estudio
zodiacal es lo que conocemos como astrología. Inicialmente, la
astrología tuvo una perspectiva eminentemente natural, es decir, tenía
que ver esencialmente con los fenómenos de la naturaleza. En la medida
que se vinculó a los astros con los acontecimientos humanos, surgió lo
que algunos llaman astrología judiciaria.
Durante muchos siglos se pretendió que, del estudio de los astros, se
podían establecer "presagios" que afectarían los conglomerados
sociales (locales, nacionales, etc.). De allí que se habla de una
astrología colectivista. Sin embargo, a partir del desarrollo
astrológico en la Grecia Antigua, tomará un curso básicamente
individual, que apuntará a la determinación del carácter individual,
mas que a la definición del futuro colectivo.
Según la Astrología, el aparente desplazamiento de los planetas por el
Zodiaco, establece relaciones que determinan influencias en el
nacimiento de las personas, moldeando sus rasgos fundamentales de
índole espiritual y física. Ello constituye el hecho astrológico,
expresado en el ciclo de la natividad y el individuo al cual
pertenece. Esta aseveración no tiene demostración científica taxativa,
pero, para el entender de los astrólogos, posee fundamento en el
análisis estadístico de las frecuencias en las tendencias zodiacales.
Como metodología de trabajo, se construye la Carta Astral, un diseño
gráfico, sobre un trazado circular, donde, a través de ciertas
definiciones preestablecidas y algunos cálculos matemáticos, se ubican
los planetas, representados con símbolos específicos, logrando, en
definitiva, hacer una lectura del resultado gráfico que se obtenga.
Para esa lectura existen también ciertas tablas o constantes de apoyo,
de acuerdo a la posición de cada componente en el plano
circunferencial de la Carta Astral, las que señalan determinadas
tendencias que ayudan a lograr el objetivo (definición de rasgos de
personalidad, influencias, eventualidades, etc.).
Como toda forma de conocimiento, a través de los tiempos, ha ido
variando muchas de sus afirmaciones y conceptos, producto del propio
desarrollo del pensamiento humano y de su acción esclarecedora. Desde
las primeras aproximaciones de los caldeos hasta nuestros días, los
cambios de perspectivas y referencias en la astrología han sido
notables, como lo han sido los propios cambios en otras disciplinas
mas reputadas en el ámbito del pensamiento empírico.
Los descubrimientos, los cambios de perspectivas, la acción de la
ciencia, los aportes de la filosofía, en fin, han permitido modificar
la comprensión que tiene el Hombre de la Naturaleza, así como han
tenido un profundo impacto en los parámetros que dan sustento al
estudio astrológico. Constituye un error pensar que la astrología se
ha enclaustrado en sus referencias ptolomeicas o renacentistas. Mucha
de la crítica dura contra el conocimiento zodiacal, basa sus
argumentos en las visiones más arcaicas del conocimiento astrológico,
sin considerar que, como el hombre, el estudio zodiacal, efectuado por
hombres, está evolucionando permanentemente, poniéndose al día,
reconsiderando sus afirmaciones cardinales.
A través de los tiempos, las ópticas de estudio de los fenómenos de la
naturaleza y su relación con el hombre, han variado en su eje o centro
de observación. En algunas oportunidades ha predominado el
geocentrismo, es decir, el predominio de observación teniendo a la
Tierra como centro. En otras, ha sido el antropocentrismo, es decir,
una visión que tiene como centro al Hombre. En ocasiones, el
predominio ha sido nomocentrista, es decir, sostenida en las leyes.
También el teocentrismo, la visión a partir de la religión, ha tenido
una presencia muy gravitante, como, en momentos, la visión
deocéntrica, que sostiene la realidad centrada en
Dios. En cada una de éstas visiones, la astrología ha ganado un lugar,
compatibilizando sus planteamientos.
Con todo, el estudio astrológico no es absolutamente objetivo, ya que
en él pueden incidir factores subjetivos, propios de la profundidad
del conocimiento del que interpreta los fenómenos zodiacales. La
cuestión a discernir, frente a esta forma de conocimiento, es un tema
de resolución personal. Si los movimientos de los planetas y del Sol y
la Luna, producen efectos en las personas o en la Naturaleza, sigue
siendo un tema de debate que no concluirá en lo inmediato. Si esos
efectos tienen un índice de frecuencias suficiente, como para
demostrar el nivel de acierto de la astrología, es el gran tema a
resolver para la aceptación plena de la misma.
LA ASTROLOGIA DESDE SUS ORIGENES HASTA PTOLOMEO.
En el principio de su civilización, el hombre, en su percepción más
elemental e intuitiva, observó la imponente bóveda celestial, en las
sobrecogedoras noches de los tiempos inmemoriales, y absorto y
maravillado, por lo que tenía desplegado frente a sus ojos, consideró
que aquel firmamento tachonado de luces titilantes debía tener un
origen sobrenatural. No pudo evitar, seguramente, asociar aquello a
una idea de divinidad, y estableció entonces formas de culto hacia los
luceros y estrellas, los que identificó con nombres de dioses. Es lo
que, para efectos de estudio, llamamos astrolatría.
Con el paso de los siglos, fue comprobando que los hechos cotidianos
podían relacionarse con aquellos cuerpos celestiales. La Luna
influenciaba las mareas, además de tener alguna coincidencia con los
periodos de fertilidad de las mujeres. El Sol determinaba los ciclos
climáticos. Las estrellas del firmamento permitían la orientación
nocturna.
Sin embargo, a medida que fueron surgiendo mayores interrogantes sobre
lo que ocurría en el cielo, la experiencia contemplativa fue siendo
sustituida por el activo deseo de develar los misterios de la
existencia humana, entendida como un fenómeno estrechamente ligado a
la existencia del cosmos. Así, la astrolatría cedió su sitio a la
astrología. Sin duda, existió gran actividad astrológica mucho antes
de los primeros documentos de ese carácter que hemos conocido con
posterioridad. Investigaciones llevadas a cabo sobre inscripciones
arqueológicas de la Edad del Hielo, indican, por ejemplo, que el
hombre conocía los periodos lunares hace mas de 32.000 años. Se han
encontrado antecedentes astrológicos del reino de Sargón de Agade,
alrededor del año
2.870 A.de C., que muestran predicciones basadas en las posiciones del
Sol, la Luna y los cinco planetas entonces conocidos, mas una serie de
datos sobre otros fenómenos, incluidos cometas y meteoritos.
No obstante fueron los caldeos los primeros en dejar una herencia
específica en el estudio zodiacal y en el desarrollo de la astrología.
Los caldeos, astrónomos y matemáticos agudos, observaron que los
acontecimientos del cielo tenían un mismo patrón: las estrellas en el
cielo se movían en el firmamento siguiendo un orden fijo, y los
planetas se desplazaban casi en un
mismo plano sobre el espacio estelar. Desde luego, era una observación
simplemente ocular, y de naturaleza eminentemente terrestre. Estas
observaciones los llevó a la conclusión de que los planetas seguían
determinadas leyes, diseñándose las primeras tablas de los movimientos
planetarios, siendo las más antiguas las que datan de la época del
reinado asirio de Asurbanipal.
Para confeccionar su sistema cosmológico, los caldeos utilizaron doce
constelaciones, por las que el Sol y la Luna pasaban periódicamente.
Fundados en esa estructura cognitiva, se dedicaron a hacer
predicciones sobre los grandes acontecimientos que podían afectarlos
como nación, y las repercusiones que ellos podían traer (guerras,
inundaciones, eclipses, en fin). Estos conocimientos fueron heredados
por las culturas posteriores, tales como la egipcia, la griega y
romana. En el Egipto Antiguo, se estima que fueron introducidos en
tiempos también remotos, aunque su mayor difusión parece haberse
logrado en el siglo III A.de C., bajo el Imperio de Alejandro Magno.
En los muros de los templos egipcios es posible aún consignarlo,
siendo el más célebre el Zodiaco esculpido en el Templo de Hathor, en
Déndera (Alto Egipto). Importancia especial tuvo en la cultura
helénica, el aporte de la escuela pitagórica, la primera en llamar
cosmos a todo lo existente, implicando una reciprocidad de efectos
entre el Universo y el Hombre, sosteniendo un principio de armonía, no
basado en la divinización de los astros, sino que en su número, medida
y en leyes geométricas. Hiparco de Nicea, en tanto, fue quien reafirmó
dentro de la Grecia Antigua la idea de las doce divisiones, dándoles
el nombre de las constelaciones más cercanas, y detectó el fenómeno
conocido como precesión de los equinoccios.
En tanto, durante el apogeo del Imperio Romano, el arte de la
adivinación, sostenido en el conocimiento astrológico, proliferó de
tal manera que se hizo habitual su dominio por mercanchifles y
charlatanes, oportunistas que contribuyeron históricamente al
desprestigio de quienes se dedicaban seriamente al estudio zodiacal,
al punto que, muchas de las descalificaciones que hoy sostienen los
argumentos contra la astrología, descansan en esa herencia cultural.
Otras civilizaciones antiguas también desarrollaron un importante
aporte al conocimiento astrológico. En la India se han encontrado
vestigios de 5.000 años de antigüedad. Los nombres que los hindúes de
hace 2.000 años, dieron a los signos de su zodiaco, fueron
coincidentes, en su gran mayoría, con los nombres usados por los
griegos. Los chinos, en tanto, desarrollaron su propia interpretación
astrológica, dividiendo los signos astrológicos en 5 moradas – un
punto central y cuatro regiones cardinales – y cinco elementos –
madera, fuego, tierra, metal y agua -, los que, a su vez, se agrupan
en dos géneros: el Tang (macho, claridad, actividad), y el Ying
(hembra, oscuridad, pasividad). Los signos chinos recibieron los
nombres de los animales más próximos a su cultura, y se identificaron
con las características de éstos: rata, buey, tigre, liebre, dragón,
serpiente, caballo, cabra, mono, gallo, perro y cerdo. Estos signos no
dividen la franja del firmamento, como en el zodiaco babilónico, sino
en el ecuador, y cada signo corresponde a cada una de las doce horas
dobles, usadas para medir el día y los doce meses del año. Mucho mas
tardíamente, son dignos de mención los estudios astrológicos de los
árabes, que tuvieron a Albumansur, hacia los años 800 D.de C., como
uno de sus principales exponentes. Es importante tener presente, que
los mayas y toltecas, también desarrollaron un estudio zodiacal, a
pesar de no haber tenido, aparentemente, relación con las cultural
mediterráneas u orientales.
Sin embargo, no cabe duda que el aporte más fundamental al estudio de
los astros, y al desarrollo científico de la astrología, provino de la
cultura griega y del helenismo. No es una casualidad, si consideramos
el contexto cultural que favorece esa potenciación. En Alejandría,
capital del Egipto desde el siglo III A.de C., gracias al sistemático
trabajo de Ptolomeo (138-180 D.de C.), se establecen los enunciados
sobre los cuales se interpretará el Universo a través de mas de un
milenio. Es él quien formula una cosmovisión geocéntrica del mundo,
especialmente en su libro Almagesto, que, mas allá de sistematizar la
perspectiva astronómica de su época, indicaba que la Tierra era el
centro del Universo, lo que le lleva a interpretar una visión humana
del mundo, donde el conocimiento astrológico es lo medular.
Recordemos que para los griegos la visión de la Tierra era esferoide,
ya desde Eratóstenes (siglo III A.de C.), concepción que cambiaría en
el mundo cristiano con Kosmas (500 años D.de C.), que aplicó la
doctrina eclesiástica de un mundo plano, en el cual, el Paraíso estaba
en el Este. En su obra Tetrabilón, Ptolomeo ordena las herencias
astrológicas mesopotámicas, egipcias y griegas, formula la categoría
de los signos, respecto de los llamados "planetas regentes" y plantea
la importancia del horóscopo individual, apartándose de la astrología
colectivista que había predominado hasta entonces.
Esta visión ptolomeica era absolutamente compatible con los valores y
el sentido de armonía de los griegos, donde el hombre se sentía en el
centro del Universo, y la finalidad de su existencia era el desarrollo
total y armónico del cuerpo y el alma. Las dos máximas que estaban
grabadas en el Templo de Apolo : "Nada en Exceso" y "Conócete a ti
mismo", eran las referencias que
servían para indicar el camino del autoconocimiento, del autodominio y
la moderación, con relación a sí mismos, y en relación con el
Universo.
A la luz de la historiografía modernista, hoy día el legado de
Ptolomeo es reconocido en el ámbito de la astronomía, de las
matemáticas, de la física y de la cartografía, ocultándose que no fue
un astrónomo, sino que un astrólogo, cuyo aporte a la comprensión del
hombre en el Universo, estuvo marcado por una cosmovisión que contenía
lo fundamental del hombre griego que exaltó Alejandro Magno.
LA IMPORTANCIA DE LA ASTROLOGIA EN EL RENACIMIENTO.
Con el advenimiento de la Edad Media, se expresó claramente el dilema
de los teólogos, en torno a clasificar a la astrología como ciencia o
como arte adivinatorio prohibido. La pérdida irreparable de Alejandría
y de su influencia cultural en el mundo mediterráneo, el anatema sobre
aquellos pensadores cristianos que estaban en contradicción con la
impronta de San Agustín de
Hipona, creó las condiciones para la satanización religiosa de la
astrología. Así, por ejemplo, John de Salisbury (1115-1180) plantearía
que aquella usurpaba las prerrogativas del Creador.
Pese a ello, algunas Universidades de la Edad Media, enseñaban
astrología, como la de Bolonia (desde 1125) y Cambridge (1250)
En el siglo XIII, San Alberto Magno (1200-1280), separaría claramente
la astrología de sus asociaciones paganas, planteando que las
estrellas no podían incidir en el alma humana, aunque podían influir
en el cuerpo y en la voluntad de los hombres. Santo Tomás de Aquino
(1225-1274), reforzando aquel punto de vista, llegó a afirmar que la
astrología podía considerarse un complemento de las visiones que la
Iglesia tenía del Universo. El planteamiento tomista adquirirá tal
arraigo, a nivel de la jerarquía esclesiástica, al punto que varios
Papas contaron en su círculo de asesores o cortesanos, a uno o mas
astrólogos. En los siglos inmediatamente siguientes, el estudio
astrológico adquirirá gran relevancia y gran difusión, como
consecuencia de la expansión espiritual que significó el Renacimiento.
Esta época constituyó la reposición o recuperación de los conceptos
fundamentales del helenismo, luego de casi mil años de oscuridad
cultural, impuesta por los dogmas de la fe y el poder confesional. Los
conceptos griegos de armonía, de un Universo en que todo estaba
relacionado, y cuyos componentes eran inter-dependientes, recuperó
presencia en el mundo cultural occidental.
En virtud de ello, la astrología cobró especial importancia, así como
se pudo desarrollar la alquimia. Había una valoración de los
componentes de la Naturaleza, dentro de los cuales estaba el Hombre,
como expresión culmine de la Obra del Creador. Por eso, se recuperó la
singular valoración por la belleza humana, por el sentido armónico
entre éste y Dios (recordemos el notable fresco de la Capilla Sixtina,
obra de Miguel Angel, en que el Hombre y su Creador, refulgen en sus
anatomías físicas, el uno junto al otro, componiendo una misma
realidad). El antropocentrismo significaba que el Hombre estaba, pues,
en el centro de la Creación, no que era el centro mismo, ya que el
centro estaba ocupado por el Creador.
Consecuencia de esto, en la primera parte del Renacimiento, hubo
intelectuales de trascendente importancia para la civilización
occidental, que no fueron ignorantes del estudio astral y a su posible
gravitación en el ser humano.
Uno de estos fue, sin duda alguna, Theophrastus Bombast von Hohenheim
(1490-1541), mas conocido como Paracelso, verdadero padre de la
medicina basada en la quimioterapia. Médico, alquimista, filósofo,
astrólogo. Sin duda, representa a un arquetipo del hombre
renacentista. A pesar de que nunca incursionó en la definición de
horóscopos, avanzó profundamente en la relación de los astros con el
cuerpo humano, así como con los minerales y las plantas. Esto fue muy
gravitante en sus formulaciones respecto del uso de sustancias
químicas en el tratamiento e enfermedades. Una de sus afirmaciones mas
relevantes, que, desde hace algún tiempo, cobran especial fuerza en el
estudio psicosomático, es la relativa a la relación de los fenómenos
físicos con los psíquicos, en una concepción unitaria del cuerpo
humano, que Paracelso relaciona íntimamente con la influencia astral.
Vale considerar en ésta perspectiva, en el mismo contexto, al sabio de
Vinci, Leonardo (1452-1519), quien, con celo investigador y una
profunda mirada, no se sustrajo a ese espejo de la armonía universal,
que es el cielo estrellado, donde seguramente encontró la confirmación
de que había descubierto, en la indagación del cuerpo humano y en su
sensibilidad humanista: el mundo en miniatura – el hombre o
microcosmos – es una reproducción de un modelo más grande – el
universo o macrocosmos.
Casi contemporáneamente a Leonardo, el concepto geocéntrico de
Ptolomeo, comenzaba a desmoronarse con las tesis de Copérnico, que, en
1543, el mismo año de su muerte, plantea en su libro De revolutlanbus
arblum caelestlum, que la Tierra no era el centro del Universo, sino
que el Sol, en torno al cual giraban los planetas.
La teoría de Copérnico afectó profundamente las tesis de los
astrólogos, y la Iglesia Católica se declaró enconada enemiga de la
misma, porque echaba por tierra su propio planteamiento de planitud
terrestre. Quien sufriría los peores embates a causa del planteamiento
copernicano, será Galileo, quien trató de hacerlas evidentes, a través
de sus observaciones efectuadas con un telescopio, recibiendo las
condenas de la jerarquía de la iglesia papal, que lo obligó a
retractarse. Como sabemos, esta teoría será luego profundizada por
Kepler, quien formula la ley del movimiento planetario, la velocidad
de los planetas y la naturaleza de sus órbitas alrededor del Sol.
Kepler (1571-1630) sostuvo que "la ciencia de los astros se divide en
dos partes: la primera, la astronomía, se refiere a los movimientos de
los cuerpos celestes; la segunda, la astrología, a los efectos de los
mismo cuerpos en un mundo sublunar". De hecho, su decidida opción
astrológica, lo llevó a escribir varios libros al respecto.
Sementovsky-Kurilo plantea que la intención de alejar a Kepler de la
astrología, por parte de ciertos historiadores, pretende
superlativizar al científico en relación al hombre, pues, su obra,
como expresión coherente de su personalidad, fue profundamente
sensible a la armonía estructural de las cosas que hay en la
naturaleza. "La astrología aparece a los ojos de Kepler – dice ese
tratadista – como una ciencia, en sus premisas fundamentales, debido a
los descubrimientos de la astronomía, y como un arte, en su aplicación
práctica, que exige del astrólogo una aguda sensibilidad, lo que, en
lenguaje cotidiano, significa asociación imaginativa de intuición
psicológica".
Kepler, no solo se limitó a crear un sistema cosmológico con carácter
genérico, sino que supo intuir la forma efectiva en la que se
concretan las relaciones entre el cosmos y el hombre, proponiendo la
existencia de un elemento activo, irradiado por los cuerpos celestes,
que constituye algo así como la quintaesencia en movimiento, y que
puede hoy homologarse con las comprobaciones de la física
contemporánea respecto de la masa y onda de la luz. Se puede decir,
dice Sementovsky-Kurilo, que, con Kepler, termina la era de las
grandes cosmologías. Nada de lo que se ha hecho, posteriomente,
alcanza la profundidad y amplitud de
aquellas. Lo que siguió en adelante, fueron la fragmentación, la
unilateralidad, y el reduccionismo.
Efectivamente, en un momento del Renacimiento, hubo una ruptura entre
el humanismo, que centraba sus objetivos en el Hombre y en su
desarrollo espiritual, para centrarlo exclusivamente en el desarrollo
material. El antropocentrismo, es decir, el Universo centrado en el
hombre, fue sustituido y reemplazado por una visión en que el Universo
es el hombre, ignorando el efecto de su acción en el resto de la
cadena de la vida.
En un trabajo titulado "Refilosofía", propuse el siguiente criterio,
que quiero traer a colación en esta oportunidad: "...el Humanismo
renacentista estuvo predominado ampliamente por el antropocentrismo,
es decir, aquella condición en la cual el hombre era puesto al centro
de la Naturaleza, en armonía con un Universo que era comprensible -
dentro de los límites del conocimiento de la época - respecto del
transcurso humano. En cambio, lo que predomina a partir del apogeo
modernista, es el antropicismo, que pone al hombre sobre la
Naturaleza, la que supone funcional al propósito humano. Ergo, siendo
el hombre parte de esa Naturaleza, éste se hace también funcional al
hombre".
La ruptura con la astrología y el conocimiento zodiacal, se produce
cuando la cultura europea opta abiertamente por un conocimiento
espiritualmente neutral. Interesa del estudio de los astros solo
aquello que permita definir las leyes que los gobiernan, no la
relación de los astros con los hombres. En lo mismo que ocurre con el
alquimismo, donde se acepta el manejo de las sustancias químicas,
pero, no cualquier valoración de tales sustancias, como elementos de
la naturaleza que forman parte de un sistema común, del cual es parte
el ser humano. La ruptura con la astrología, es, ni más ni menos, que
la ruptura con una concepción de la realidad, de la vida y del
Universo, para imponer una concepción de la Naturaleza "objetiva",
neutra, amoral, ideologizada. Tal, pues, que, la depredación del medio
ambiente, el deterioro progresivo de los recursos, la deshumanización,
han sido expresiones de un gran desequilibrio que se producirá en
adelante con la incontrolable acción transformadora del hombre, que
busca, en la conquista de la Naturaleza, un exclusivo beneficio
material.
LA ASTROLOGIA EN LA MODERNIDAD.
Una de las características del mundo cultural, determinado por la
concepción occidental – empírica y reduccionista -, que podemos
calificar de "cientifiquista", es el manifiesto desprecio por todo
aquello que no está caracterizado por la impronta científico-empírica.
Todo aquello que tenga otros componentes, otras raíces, otros
parámetros de análisis, ha sido catalogado de
"sospechoso", "subjetivo", "arcaico", "mitológico", "retrasado",
"ignorante", "charlatanería", etc. De este modo, se ha minusvalorado
conocimientos ancestrales, formas de vida, comunidades sostenidas
sobre otros basamentos espirituales. Basados en una idea de "progreso"
que implica esencialmente una agresión cultural, una dictadura
espiritual, se ha impuesto un molde único, una forma de entender la
realidad, en que solo puede tener valor aquello que es calificado como
moderno, científico o racional.
La ruptura del equilibrio espiritual de muchas pequeñas
civilizaciones, en los últimos 100 años, el avasallamiento de las
culturas autóctonas, el envilecimiento de la idea de desarrollo, la
imposición de una concepción espiritual excluyente, han marcado con
patetismo el rumbo de una civilización que lo domina todo, que
destruye toda originalidad civilizacional, y que moteja de modo
categórico lo que no se encuadra en sus parámetros exclusivos. La
ruptura, hacia finales del Renacimiento, entre la ciencia, la
filosofía y la religión, provocará la progresiva fragmentación del
conocimiento.
En la medida que se consolidó la visión empírica de la ciencia,
progresivamente, se inició una fuerte arremetida contra el estudio
zodiacal, que fue considerado cercano a la superchería. Contribuyó a
esa embestida la Iglesia Católica, desde sus esferas de poder
político, en las cortes europeas. Emblemático en esa escalada, será el
Ministro de Luis XIV, rey de Francia, Jean-Baptiste Colbert, que, en
1666, ordenó excluir la astrología de la Universidad de París. En
tanto, la superación del sistema ptolomeico, será decisiva para la
separación de la astrología y de la astronomía. Ello obligó a los
estudiosos de la primera, a revisar profundamente sus premisas
teóricas y sus métodos de trabajo. No obstante, aquello permitió
también superar muchas de sus debilidades, pues, pudieron resolverse
muchos de los problemas interpretativos que permanecían poco claros
bajo el esquema geocéntrico. Al respecto, Sementovsky-Kurilo sostiene
que "la sustitución del sistema geocéntrico por el heliocéntrico, no
significaba sino la desviación del punto de observación, un cambio de
perspectiva, por lo que, la relación real entre el cosmos y el hombre,
no sufrió ningún cambio fundamental". Con todo, la dispersión de las
ideas cosmológicas y la consiguiente disgregación de todo el complejo
astrológico, en campos de observación independientes, será una de las
causas de la carencia de una visión humanista. Contribuirá, en esa
perspectiva, el concepto cartesiano donde solo es considerada aquella
que se basa en principios racionalistas y empíricos. Uno de los
esfuerzos realizados para recuperar esas perdidas visiones, aunque
solo de un modo parcial, fue el realizado por Helena Blavatsky
(1831-1891), al dar forma a una visión que llamó teosófica, pero, que
tenía la limitación de ubicarse solo en un ámbito esotérico. Revisando
las ciencias actuales, tal vez solo la física moderna y la biología,
así como el pensamiento holónico y el pensamiento complejo, sean los
espacios que tienden a recuperar aquella intensión de sabiduría, que
la especialización reduccionista ha buscado sepultar.
La astrología, en las últimas décadas, ha ido recuperando su prestigio
en ciertos círculos científicos e intelectuales. En cierto modo,
contribuyó a ello, la opinión de Carl Gustav Jung, en la primera parte
del siglo XX, que consideró los fenómenos zodiacales, de manera
franca, para explicar muchos de los problemas de la mente humana.
Promotor de la psicología de la profundidad, Jung ha permitido
encontrar, en su trabajo sobre el inconsciente colectivo, una
persuasiva conformación científica de la astrología contemporánea.
Según sus estudios, los elementos de la astrología presentan todas las
características de lo que llama "elementos integrantes de la
estructura arquetípica del alma humana". En base al concepto
fundamental de los arquetipos, Jung define la astrología como un
método experimental, que permite reconocer las leyes psíquicas y el
conjunto de las características humanas. Con la masificación de la
prensa escrita, desde fines del siglo XIX, se abrió un espacio para la
horoscopea cotidiana, de la mano de oportunistas e inhábiles
astrólogos de baja monta, muchos de los cuales se han movido en el
mínimo espacio de la especulación de las creencias. Objetivamente, su
calificación cae derechamente en la astromancia, y no en la
astrología, los que, lejos de dar prestigio al conocimiento zodiacal,
han contribuido a su desprestigio y a su descalificación.
Pero, ello no ha sido óbice, para que muchas personas, con ideas menos
prejuiciosas, especialmente, personas de estudio y de juicio sereno,
busquen de manera creciente profundizar en el conocimiento
astrológico, y en sus alcances metodológicos. El estudio astrológico
hoy descansa fuertemente sus argumentaciones en las estadísticas, lo
que ha permitido establecer índices de frecuencia, que demuestran
tendencias claras, relativas a la influencia determinativa de los
astros zodiacales en factores tales como: la personalidad, los ciclos
de ciertos procesos fisiológicos, factores de determinación psíquica
de las personas, aspectos referidos a herencia astral, diagnóstico de
enfermedades, etc.
Esto ha provocado que, desde mediados del siglo XX, muchas
investigaciones han descansado en la posibilidad astrológica, tanto en
universidades como en diversos institutos de investigación científica.
En esa misma tendencia, se han fundado organismo e instituciones que
buscan mantener el prestigio y la adecuada interpretación astrológica.
Reputación, en ese ámbito, tiene la Sociedad Internacional de
Investigación Astrológica.
Pero, volviendo a la concepción cosmovisional del Universo, que, luego
de Kepler, se perdiera por la fuerte tendencia cientifiquista, las
nuevas teorías y los cambios en el pensamiento, producidos por la
crisis de la modernidad, permiten vislumbrar una tercera gran
cosmovisión unificadora del pensamiento humano, en que nuevamente
habrá cabida para una concepción interpretativa del hombre, mas
estrechamente relacionada con el Universo en el cual se encuentra.
LA REFUTACION A LA ASTROLOGIA.
En nuestro tiempo, el conocimiento zodiacal y la astrología, como
método de aplicación y estudio, han sido refutados desde diversas
concepciones del pensamiento, muchos de los cuales tienen arraigados
orígenes en la cultura occidental. De modo sintético, podemos hablar
de tres refutaciones fundamentales: la cultural, la científica y la
religiosa. En el campo de la filosofía es poco lo que es posible
constatar, fundamentalmente porque la astrología no ha sido un motivo
de preocupación especulativa, y cuando ha existido una opinión, esta
ha sido adoptada desde los criterios de la religión o de la ciencia.
La refutación cultural.
Esta se funda en las tradiciones anti-astrológicas de nuestra
civilización, con influencias de tipo laica o secular, muchas veces,
con arraigos ideológicos o sociológicos de diverso origen. Se nutre de
aspectos de percepción colectiva, que entiende a la astrología como un
arte propia de la subcultura de la adivinación o de la especulación
ocultista. El uso de la astrología por parte de individuos que se
dedican a beneficiarse de sus supuestas capacidades adivinatorias, a
través de diversos artes – entre ellos, la horoscopea -, ha
contribuido a acendrar la opinión cultural, en una parte de nuestra
sociedad, de que, todo lo relacionado con el estudio zodiacal, tiene
que ver con timadores y charlatanes, o falacia circense.
La creencia de cierta gente, de que la astrología tiene relación con
las llamadas ciencias ocultas o con ciertas energías desconocidas, que
requerirían una especie de iniciación mística para acceder a su
conocimiento, ha contribuido para catalogarla como un arte de
parlanchines.
La acusación más común, entonces, señala que la astrología, es una
ciencia falsa, un simple arte o doctrina con perfiles ocultistas,
desprovista de valor ético – una simple creencia profana -, basada en
afirmaciones indemostrables e inverificables.
Algunos de los criterios populares, para denostar el conocimiento
zodiacal, son las siguientes: 1.La división del zodiaco en 12 casa
o signos, es una simple arbitrariedad, lo que demuestra su
inconsistencia. Los distintos sistemas astrológicos, dan como
resultado distintas divisiones, en las distintas escuelas
astrológicas: mesopotámica, grecolatina, china, celta, maya,
etc. 2.El estudio zodiacal tiene su origen y fundamento en las
culturas inter-tropicales (entre los trópicos de Cáncer y
Capricornio), donde es posible establecer los parámetros de la
franja zodiacal. La influencia astral pierde todo sentido sobre esos
parámetros, en las regiones polares, donde se distorsiona la
visión de la eclíptica.
3.Las supuestas influencias astrales no son demostrables ni como
fuerzas ni como energías, por lo que son indefinibles.
4.Siendo la astrología un esquema que funciona en la Tierra, sobre
la base de la observación terrestre de los astros, carecería de
sentido ante un eventual nacimiento de un individuo fuera de la
Tierra.
5.La relación de los signos zodiacales con las constelaciones que
reciben esos nombres es ridícula, ya que éstas no están
comprendidas en la franja zodiacal.
6.El fenómeno de la precesión equinoccial, o desplazamiento de la
esfera celeste en un movimiento rotatorio, que cada 2.150 años
produce una diferencia de 30 grados, provocando que la franja
zodiacal vaya variando con el paso de los siglos en su ancho, lo
cual hace insostenible la tesis astrológica a través del tiempo.
7.El efecto de los astros sobre la natividad de un individuo es una
falacia, ya que, si hubiese una influencia posible, esta debería
manifestarse en el momento de la gestación, pero, como eso ocurre
en un momento más inestable como dato, no se toma en cuenta. La
refutación religiosa.
Nuestra referencia, para esta refutación, por cierto, se centra en la
opinión de las religiones de origen cristiano – católica y/o
protestantes –cuya presencia es predominante en nuestro ámbito
civilizacional occidental.
La refutación que hacen las religiones, no se centra en una crítica
respecto de los aspectos metodológicos que pueda contener la
astrología, sino que en el fundamento de ella. Bajo el punto de vista
teológico cristiano, la práctica de la astrología es una manifestación
irreligiosa, de claras tendencias paganas, que se manifiesta ante la
falta o la debilidad de la fe.
La existencia de la astrología – como la del tarot, runas, y otras
manifestaciones de tipo adventicio-pagano – es contraria a la debida
observancia de las doctrinas de la Fe.
Teológicamente no es posible concebir la existencia de una práctica o
metodología, que pretenda escrutar el misterio de la concepción humana
o del porvenir, pues, ellos están determinados solo y exclusivamente
por el designio divino.
Para el cristiano, para quien se considera un verdadero creyente, el
hombre está hecho a la imagen de Dios y es producto de su
determinación, y no puede haber otra influencia en el proceso de
natividad de un individuo, que la voluntad de Dios, ya que la vida es
consecuencia de su creación, y solo a él está subordinada.
La refutación científica.
La refutación que la ciencia ha hecho de la astrología, no tiene mas
de tres siglos, puesto que, antes de la separación de la astronomía y
la astrología, esta última era considerada como una ciencia más.
Sin duda, influirán en la refutación científica respecto de la
astrología, la noción científica que se impone a partir a Descartes,
en el siglo XVIII, empírica y reduccionista, y la concepción
newtoniana (recordemos que Newton fue un entusiasta astrólogo) de un
Universo determinado por leyes y por principios matemáticos, que
tendrá su máximo exponente en la noción que entrega el Marqués de
Laplace. Desde un punto de vista clásico, la ciencia es entendida como
un conocimiento sistematizado, organizado a través de la experiencia
sensorial, objetivamente verificable. Tiene, en ese contexto, un valor
universal, que se caracteriza por un método determinado, que se funda
en objetivos controlables, así como en observaciones y pruebas
repetibles y verificables. Hasta hace algunas décadas, se afirmaba que
la ciencia no podía admitir una afirmación que no fuera verificable
desde un punto de vista empírico, y toda búsqueda del conocimiento
tampoco podía desligar la ciencia pura – la investigación científica
sin objetivos concretos – de la ciencia aplicada – la búsqueda de usos
prácticos del conocimiento científico - y de la tecnología, a través
de la cual se hace tangible y práctico el conocimiento científico. De
éste modo, si los preceptos de la astrología no podían ser objeto de
un estudio empírico, si sus conceptos no podían ser reducidos a la más
mínima escala de análisis y verificación, no
tenía valor científico. Dentro del concepto empírico, se llegó a la
conclusión de que, en el estudio de los astros, solo tenía valor el
estudio de las leyes que regían su comportamiento (desplazamiento,
rotación, gravitación, etc.), eliminando toda influencia del logismo,
para dar valor solo al nomismo.
La concepción de la ciencia, en la segunda mitad del siglo XX, sin
embargo, comenzó a variar hacia la segunda mitad, fundamentalmente con
los profundos cambios que se manifiestan a partir de la física, donde
determinados procesos solo son posibles de sostener a través de la
teoría, bajo ciertos modelos y condiciones, derrumbando la noción de
Laplace, quien había
afirmado que el Universo era completamente determinista, y que bastaba
conocer un conjunto de leyes en un instante de tiempo del Universo,
para predecir lo que sucedería en otro instante de tiempo.
Sin embargo, será desde la física donde vendría un nuevo argumento
para liquidar toda viabilidad del conocimiento astrológico,
específicamente, con el principio de incertidumbre, que enuncia Werner
Heisenberg, en 1927. Este principio sostiene que existe un límite de
precisión para determinar las coordenadas de un suceso dado, a escala
subatómica. Para predecir la posición y velocidad futuras de una
partícula, hay que tener la capacidad de medir con precisión la
posición y velocidad actual de esta. El modo obvio de hacerlo, es
iluminando con luz una partícula. Como algunas de las ondas de luz son
dispersadas por la partícula, es posible constatar su posición.
Sin embargo, no es posible determinar la posición de la partícula con
mas precisión que la que se produce entre dos crestas consecutivas de
una onda de luz (la ondulación de la luz forma crestas y valles). Para
poder medir con mas precisión se requiere de luz de onda más corta,
pero, como ello no es posible, porque las ondas de luz y rayos X, no
se pueden emitir en cantidades arbitrarias (constante de Planck), no
existe la posibilidad de determinar la dirección de una partícula, y,
en consecuencia, su velocidad, sino entre dos cretas de una onda de
luz. Así, cuanto mayor sea la precisión necesaria para predecir la
posición de una partícula, menor será la precisión para medir su
velocidad, y viceversa.
Heisemberg señaló que la incertidumbre en la posición de una
partícula, multiplicada por la incertidumbre en su velocidad y por la
masa de la partícula, nunca puede ser más pequeña que una cierta
cantidad. Este límite no depende de la forma en que se trata de medir
la posición o velocidad de un tipo de partícula, sino que es una
propiedad fundamental, ineludible, del mundo. Hawking sostiene que el
principio de incertidumbre marcó el final del sueño de Laplace, ya que
no se puede predecir los acontecimientos futuros con exactitud, si ni
siquiera se puede medir el estado presente del universo en forma
precisa. Este principio tiene efectos en la astrología de un modo
concluyente, ya que sería imposible establecer efectos físicos de los
planetas o astros, sobre el proceso de la natividad de un individuo,
en fenómenos que ocurran – vía fuerzas y/o energías – en escalas
mayores a la velocidad de la luz.
LA APOLOGIA DEL CONOCIMIENTO ASTROLOGICO.
Frente a la refutación cultural.
La primera comprobación que debemos reconocer respecto del
conocimiento zodiacal, es que, como toda forma del conocimiento
humano, está expresada a través de la acción de estudiosos serios, por
un lado, y por otro, de charlatanes que hacen un uso perverso de
ciertos aspectos de ese conocimiento. Es lo que ocurre con otras
disciplinas del conocimiento. ¿Cuantos falsos médicos, por ejemplo,
encontramos hoy día, encastillados en ciertas atalayas de las
comunicaciones, entregando un falso conocimiento doctoral, medrando
sobre la base de la labor anónima de aquellos que honestamente se han
entregado a la labor de buscar soluciones al sufrimiento humano, a
través del estudio y la honesta dedicación? ¿Se desprestigia la labor
del médico consagrado, por la acción de aquellos que hacen usufructúo
del conocimiento medicinal para enriquecerse, gracias a manejar
ciertas técnicas y conocimientos? En virtud de esta consideración, si
asignamos validez de estudio zodiacal, a aquello que hacen
los quirománticos, los brujos, los horoscopistas matutinos, los
timadores de la adivinanza, o los escrutadores de bolas de cristal, no
estamos siendo realmente rigurosos, y solo estamos siendo inocentes
víctimas de nuestros propios prejuicios. No corresponde, con verdadero
rigor intelectual, poner en una misma balanza, lo que ha sido al
aporte de grandes sabios al conocimiento astrológico, a través de los
tiempos, con el usufructúo de los oportunistas. Un segundo criterio
apologético es el planteamiento que contradice la visión cultural anti-
astrológica. Este punto de vista nos señala que la astrología, como
método de estudio zodiacal, no se encuentra concluido en sus alcances
ni absolutamente definido en su ámbito de investigación. La
astrología, como todas las metodologías del conocimiento humano, está
sujeta a profundización, modificaciones, correcciones y
perfeccionamiento. De hecho, los verdaderos astrólogos consideran que
el estudio astrológico aún tiene mucho que aprender de los fenómenos
astrales, como el hombre mismo tiene mucho que aprender aún del
Universo. Por lo cual, la astrología tiene las debilidades e
insuficiencias que puede caracterizar a otros campos del saber. En la
medida que la astrología vuelva por sus fueros en el ámbito de la
investigación científica, que las instituciones de investigación
abandonen sus prejuicios, en la medida que la rigidez empírica
abandone los ámbitos académicos, será posible que la astrología
adquiera un nuevo desarrollo, y muchas de sus insuficiencias podrán
superarse. Un tercer aspecto, dice relación con los alcances que tiene
la influencia astral en nuestro planeta. Los estudios y metodologías
existentes indican que la influencia de los astros se manifiesta en
todo el globo terrestre, a pesar de que el modelo de estudio esté
planteado ecuatorial o inter-tropicalmente. Es posible que los efectos
de la influencia astral puedan sufrir variaciones de un tipo no
definido aún, debido a la mayor o menor distancia relativa del punto
exacto de perpendicularidad del efecto astral, pero, ello no impide
que ese efecto sea aplicable sobre cada parte de nuestro planeta. Es
como lo que ocurre con la luz del Sol: los efectos de intensidad y
perdurabilidad están sujetos a variaciones, en el norte y sur
ecuatorial, por el efecto del desplazamiento del eje de la Tierra a
través de año, pero, ello no es óbice para que la luz del sol tenga
efecto sobre todo el planeta. Por lo que, la fustigación anti-
astrológica, respecto del origen inter-tropical del estudio zodiacal
queda desechada en su fundamento. Respecto la imposibilidad de aplicar
el estudio astrológico fuera de nuestro planeta, no es algo que sea
posible de determinar aún. El hombre solo a explorado la Luna, es
decir, aún no sale del ámbito propio de nuestro planeta. Eso, en
verdad, es una falencia que tienen muchas ciencias que son aplicables
solo a escala terrestre. La física ha demostrado taxativamente, que
determinados fenómenos se expresan a una escala, y que, en otra
escala, ellos se expresan de otro manera. Por lo demás, ya existen
visiones distintas dentro de la astrología, que demuestran
perspectivas de estudio distintas. De la escuela zodiacal tradicional,
se ha desprendido una escuela sideral, que no basa su estudio en los
astros y planetas solares, sino en relación con
las constelaciones. Incipientemente, también debemos constatar que se
comienza a expresar una escuela astrológica holónica, que busca
relacionar el estudio zodiacal tradicional con las revisiones
metodológicas de la ciencia. Por último, las presuntas incoherencias
que hay entre las casas zodiacales y las constelaciones que le dan
nombre, ellas parten de un criterio equivocado. Desde el punto de
vista del estudio zodiacal tradicional, las constelaciones no tienen
relevancia, salvo haber utilizado sus nombres para designar a los
signos o casas. Por otro lado, la naciente astrología sideral, no
tiene como referencias exclusivas a aquellas constelaciones, sino el
conjunto del universo conocido por el hombre.
Frente a la refutación religiosa.
La apología del estudio astrológico, con relación a la refutación
religiosa, afirma que ésta no niega, ni relativiza, ni soslaya la
divinidad. Por el contrario, como lo afirmaban los teólogos
renacentistas, la creación de Dios está a disposición del Hombre para
ser descubierta en todas sus maravillas.
Si Dios impone su voluntad en la Naturaleza, ella sigue estando antes
que los fenómenos posibles de constatar a través del estudio zodiacal,
y la astrología es, como otras formas de conocimiento humano, una
alternativa mas del ser humano, que dispone para escrutar el designio
divino.
Pretender que solo la religión es el único camino para descubrir a
Dios, o para interpretar sus designios, para descubrir la verdad, es
la misma pretensión de detentar la verdad que pueden tener la ciencia
o cierta filosofía. La posición excluyente, que optan los religiosos,
es propia del fundamentalismo que se manifiesta en las creencias de
las personas, ante sus propias debilidades.
Frente a la refutación cientifiquista.
Los científicos de la modernidad, han anatemizado a la astrología de
un modo determinante.
Conceptualmente, desde un punto de vista axiológico, la ciencia lejos
de marginar a la astrología, la acoge. Pero, quienes han hecho
ciencia, se han negado a aceptarla, por no responder a ciertos
parámetros de investigación y por estar fundamentada en errores. Sin
embargo, ante esa afirmación, es válida la interrogante planteada
desde el ámbito de la astrología, en cuanto a que ¿si la astrología se
ha sostenido en un error, cuantos errores han sostenido aquellas
ciencias basadas en la metodología empírica? Por lo demás, ¿es
importante que la astrología sea una ciencia, en vez de ser, como lo
es, una forma de conocimiento? El anatema empírico contra la
astrología, sin embargo, ha comenzado a derrumbarse con las nuevas
percepciones del hombre. La emergencia de las nuevas visiones, que han
cambiado la interpretación del hombre y del universo, producto de los
propios descubrimientos científicos, y la revalorización de la
metafísica como camino de búsqueda, hacen posible una comprensión
distinta del antecedente astrológico. La teoría holónica o Teoría
General de Sistemas –TGS – propuesta por Von Bertalanffy, ha
permitido, de un modo importante, dar un nuevo aliento al conocimiento
astrológico o zodiacal. Contra la crisis gnoseológica planteada por el
pensamiento empírico-reduccionista, la TGS propone la integración de
las ciencias naturales y sociales, a través de principios conceptuales
y metodológicos unificadores.
La noción predominante, bajo esta teoría, es que hay "una totalidad
orgánica", la cual es dicotómica con el paradigma anterior que se
funda en una imagen inorgánica de la vida y la realidad. Si entendemos
la vida y el Cosmos como un sistema, en el cual están expresadas las
nociones de la TGS, no nos puede sorprender que la (s) relación (es)
interna (s) o externa (s), del o los sistemas que lo integran, apuntan
a expresar, de un modo evidente, el valor de una teoría como la que,
en lo sustancial, la astrología expone. Objetivamente, la relación
entre los elementos de un sistema y su ambiente, es un hecho
inevitable del proceso vital. En el mismo sentido, la visión bioética,
que ha configurado uno de los grandes cambios en la percepción de la
vida, y que nos lleva a asumir ante nuestras consciencias la
constatación que el proceso de la vida es mucho más inconmensurable
que nuestra cotidianeidad antropológica. Entender el proceso de la
vida, mas allá de nuestras propias necesidades como especie, requiere
entender que, intrínsecamente, somos solo una parte ínfima en un
Universo vital, al cual estamos indisolublemente ligados.
Por último, en el capítulo anterior, desde un punto de vista
científico, indicábamos que con el principio de incertidumbre se había
llegado a la conclusión definitiva, en cuanto a la imposibilidad
humana de predecir el futuro, ya que físicamente ello tenía la
insalvable barrera de predecir la dirección y velocidad de una
partícula entre dos crestas de una onda de luz (nada hay más rápido
que la luz).
Ello, empero, da margen para la especulación teórica respecto de lo
que no está en condiciones de ser medido o controlado, pues, hay una
circunstancia física en la cual queda mucho por resolver, y donde
caven sucesos que están más allá de nuestra capacidad inmediata de
resolver como sujetos cognoscentes. Recordemos que la enunciación del
principio de incertidumbre provocó una fuerte tendencia mística entre
muchos científicos. A ello debemos sumar, en el mismo contexto, las
actuales conclusiones que pueden sacarse de los resultados del
Proyecto Genoma, en su informe de febrero de 2001, que darán bríos a
los
apologistas del conocimiento astrológico, al comprobarse que las
diferencias en el mapa genético entre los animales, incluido el
hombre, parecen no ser tan sustanciales como se suponía, y que, para
explicarse al hombre como entidad espiritual, no basta solo saber su
origen y tránsito genético.
VALORACION DE LA ASTROLOGIA FRENTE A LA CRISIS DE LA
MODERNIDAD.
No cabe duda que la concepción predominante, en el mundo científico
occidental de los siglos XVIII al XX, ha sido empirista. Aún más, el
mundo de la modernidad se ha fundado en la superlativa valoración de
la ciencia, donde el esquema cartesiano-laplaciano ha sido la impronta
que ha moldeado las distintas variables epistemológicas y
gnoseológicas predominantes. En consecuencia, el conocimiento, en los
últimos dos siglos, ha quedado condicionado a la exclusiva paternidad
de la ciencia, única forma legitima para acceder a la búsqueda de la
verdad de un modo racional. A la luz de esa forma de entender la
actividad cognoscente, todo aquello que no tiene asidero en la ciencia
empírica y en el método reduccionista, no puede ser aceptado como
respetable, serio o racional. Esta tendencia no solo ha invalidado y
motejado cualquier forma de conocimiento que no tenga ese
"reconocimiento científico", sino que ha creado el dogma del
cientifiquismo, en el cual nada existe que no tenga una demostración
empírica y que no pueda reducirse a su más mínima escala
fenomenológica. Solo lo que proviene de ella es considerada como
fundadamente serio, lógico, verdadero y/o real. Esta tiranía
axiológica proviene de la pretensión de reducir todas nuestras
facultades cognitivas al método experimental. Pero, aún suponiendo que
el método experimental descubra todo lo
inteligible de los hechos, cabe preguntarse seriamente: ¿es esa razón
teórica la única facultad espiritual por la que entramos en relación
con el Universo? La ciencia nos ha permitido avanzar de un modo
extraordinario en el conocimiento de la Naturaleza, nos ha permitido
acceder a un extraordinario avance tecnológico, ha logrado solucionar
muchos males que afectan al hombre, y ha permitido develar grandes
misterios del Universo. Sin embargo, la superlativización modernista
respecto de su rol ha conducido a serias
aberraciones axiológicas y profundos errores.
Boutroux señalaba en el siglo XIX, que cada vez mas, a la ciencia se
le hace aparecer como un riguroso encadenamiento de verdades
demostradas o de leyes descubiertas, cuya forma más perfecta es la
ciencia matemática, que nos representa al mundo sometido a un
determinismo inevitable, cuya última expresión parece ser la necesidad
matemática. Para este pensador francés, sin embargo, la ciencia
efectivamente se refiere a los hechos de la realidad, pero, es el
espíritu humano quien la construye y la va formando con ayuda de
signos, conceptos, símbolos, que inventa para manejar a su modo
objetos que para él son heterogéneos.
En virtud de esa comprobación, sostenía que la ciencia es radicalmente
impotente para abarcar la complejidad y riqueza de los seres. El dato
diario, para cualquier individuo, en cualquier tiempo, en cualquier
lugar del mundo, es eminentemente subjetivo, ya que la ciencia no nos
da todo lo real, sino solo el hecho cuantitativo – lo real
descompuesto en sus elementos –, lo real que puede reducirse
progresivamente a la unidad, conforme a las leyes de nuestro
entendimiento (reduccionismo). Lo que hace la ciencia es comprobar. No
ordena, ni aconseja, ni apoya.
¿Cuales son las muletas espirituales, entonces, en las que hombre se
apoya para enfrentar el desafío cotidiano de vivir? Tal vez, en ese
aspecto, sean la moral, la religión, la filosofía, la astrología, los
factores más determinantes, aunque muchas veces estén en abierta
contradicción con la recomendación o el dato científico. Los problemas
de la vida son múltiples y su área de procesamiento es básicamente
subjetiva. Las angustias, la alegría, el sufrimiento, el éxtasis, el
placer, el dolor, la pena, tal vez podamos explicarlas de un modo
científico, pero, cuando el hombre siente, es decir, cuando comprueba
sus sentimientos, no explica aquello como consecuencias de
determinadas reacciones químicas, eléctricas, atómicas, sino como
consecuencias de los factores subjetivos que desencadenan sus
emociones. Reconocer que el hombre es esencialmente emocional, no
eminentemente químico, es lo que permite aproximarnos a una percepción
más integral respecto de la plenitud de su complejidad. Si analizamos
los problemas de la existencia humana, que sobrevienen de su realidad
de vida, en mas de un 99% dicen relación con problemáticas
espirituales, psicológicas o emocionales, y menos de un 1% tienen
relación con problemáticas de índole material o física. Los problemas
con los hijos, los conflictos de pareja, los problemas en el medio
laboral, las dificultades en el medio social, en fin, todos los que se
derivan de la relación con los demás, en definitiva, los determinados
por nuestra emocionalidad, son mejor resueltos desde al ámbito de las
creencias, desde el ámbito de la subjetividad, antes que desde el
punto de vista de la racionalidad científica, y eso es tangible, desde
el momento en que podemos comprobar, v.gr., que va mas gente a las
iglesias que al psicólogo.
Tal pues, que, el mundo que nos ha mostrado la modernidad en su apogeo
cientifiquista, en el cual todo funciona perfectamente, de acuerdo a
determinadas leyes, sin embargo, se ha venido diluyendo con los
propios descubrimientos de la ciencia. Por ejemplo, el segundo
principio de la Termodinámica, a hecho zozobrar toda la imagen del
Universo construida desde Copérnico hasta hace no más de cien años,
haciendo variar profundamente la idea de realidad, que impuso el
empirismo. El sustancial aporte de la física, en el último siglo, ha
debilitado la idea de realidad modernista, sobre la base de
relativizar la idea de la materialidad, a partir de la ampliación de
la noción de energía. Obviamente, ya no es posible concebir el
Universo según un único principio. Al privar al Universo de un Centro,
de un Orden, la visión respecto de éste se vuelve acéntrica,
dispersiva, turbulenta y deflagrante. La gran incertidumbre sobre la
naturaleza del Cosmos, que provoca la crisis de la modernidad, es que
no sabemos de donde y por qué ha surgido, ni para dónde va.
A pesar de haber avanzado extraordinariamente, en los últimos cien
años, como nunca había ocurrido en otras etapas de la humanidad, el
conocimiento del hombre respecto del universo en que vive, sigue
siendo extraordinariamente limitado. Es lo que Hawking trata de
ejemplificar cuando cuenta una anécdota, en la cual una señora
contradice a Beltrand Russell, que explicaba
en una conferencia cómo la Tierra gira alrededor del Sol. A juicio de
la señora, la Tierra era una plataforma sostenida por una tortuga.
Esta anécdota da pie para que Hawking se pregunte: ¿en que nos basamos
para creer que conocemos mejor el Universo que aquellos que creían que
la Tierra era plana, y que estaba sostenida sobre una gigantesca
tortuga? ¿Qué sabemos realmente del Universo? ¿De donde surgió, hacia
donde va? En general, todo hombre ilustrado, o con un grado de
información científica básica, será capaz de explicarse una teoría
como la del big bang, en sus distintos niveles de desarrollo, hasta
aceptar que tal noción se puede comprobar a través de los espectros de
color de las estrellas, que indican que estas se alejan unas de otras.
Sin embargo, ésta afirmación sigue siendo una teoría sustentable en el
tiempo, como lo fue durante siglos el esquema teórico ptolomeico. ¿Qué
nos lleva, entonces, a descartar que pueda haber una relación entre
los cuerpos siderales y el cuerpo humano (relación macrocosmos-
microcosmos)? ¿Por el contrario, que nos lleva a pensar que esta
existe? ¿Tanto sabemos del Universo para tomar una postura definitiva,
a favor o en contra? ¿Aquello que sabemos permite realmente descartar
una eventual influencia astral en nuestras vidas? ¿Acaso no puede el
Hombre estar determinado por la influencia astral, como lo puede estar
respecto de la vegetación que le rodea, respecto de las condiciones
del paisaje, del medio ambiente, en fin? Hay aspectos que, al analizar
el estudio astrológico, tienen importancia relativa. Por ejemplo,
centrar la discusión sobre el valor del conocimiento zodiacal,
respecto de cuantos son los planetas que influyen, o que son
gravitantes en la determinación del carácter o temperamento del
individuo, no tiene tanta importancia como la tiene el hecho de
aceptar o rechazar que hay un Cosmos que nos determina o influye. Si
aceptamos esto último, los mecanismos o metodologias pueden ser
secundarias, perfectibles, modificables, en cuanto son herramientas
que permiten estudiar, analizar y descubrir la forma como esa
influencia se expresa. Con esa premisa, el estudio zodiacal adquiere
un valor mas allá de las técnicas con que trate de escudriñar lo
escrutable de la Creación. Aceptémosla como una teoría en desarrollo.
Al decir de Kopper, una teoría debe caracterizarse por predecir un
número de resultados que pueden ser refutados o confirmados por la
observación. Cada vez que se comprueba que un experimento está de
acuerdo con las predicciones, la teoría se sustenta y aumenta la
confianza en ella. Puede que la teoría se ajuste a un modelo de
observación, y que en otro no funcione, o que funcione a cierta
escala, y que en otra escala fracase.
Von Bertalanffy, sostenía quetoda teoría científica de gran alcance,
tiene aspectos metafísicos, y, como concepto, tiene que ver con la
idea de paradigma. Por cierto, la astrología y su teoría
interpretativa sobre la influencia astral, es paradigmática, y
contiene muchos aspectos metafísicos que se deben considerar en su
evaluación. En virtud de lo cual, mas allá de los errores que pueda
contener el uso de determinadas técnicas o métodos para profundizar en
el estudio zodiacal, esa crítica no es un fundamento concluyente para
ignorar los contenidos y posibilidades que el estudio astrológico
pueda tener.
La astrología, en las antiguas culturas, era entendida como una de las
ramas de los antiguos misterios y se estudiaba en las escuelas
iniciáticas mas reputadas por la historiografía. Los astros del
universo sideral observables por el ojo humano, eran considerados como
vehículos de energías astrales, desde un punto de vista metafísico
trascendente, relacionado con el universo humano – con el alma
individual -. Su doctrina se basaba en la naturaleza, en el ser, en el
destino del hombre, en su función en la vida y en el universo. La
valoración que debemos hacer de ella, a la luz de la crisis de la
modernidad, debe partir de esa premisa, erradicando la apreciación
superficial que podamos tener, sobre la base de prejuicios sustentados
en aquellos aspectos de vulgarización o deformación que son fáciles de
advertir en nuestra cultura contemporánea. Hay que separar, en ese
contexto, la verdadera astrología del "horoscopismo" u "horoscopea",
que no es otra cosa que el burdo conocimiento de la astrología, como
mero arte adivinatorio. Debe separarse también de su estudio, un
cierto laplacismo, que convierte a la astrología en un conjunto de
operaciones matemáticas, con una lectura determinada y esquematizada.
La matematización del estudio zodiacal es funcional a un conjunto de
estandarizaciones, disponibles en manuales de poca monta, que,
aprovechando ciertos conocimientos, solo buscan ediciones de consumo
popular masivo. Por último, debemos reconocer que el conocimiento
astrológico se encuentra estancado, porque no cuenta con una base de
investigación relevante. No hay posibilidades prácticas que coadyuven
a su desarrollo. La investigación en su ámbito no se puede traducir,
desgraciadamente, en ningún producto para el mercado. ¿Qué valor
práctico puede tener para una Universidad o Instituto de
Investigación, un conocimiento que no contribuirá al
autofinanciamiento, y que no interesa a las corporaciones que
financian investigaciones para claros objetivos tecnológicos cuyo
destino es el mercado? Ante la crisis de la modernidad, producto del
derrumbe de los paradigmas ideológicos cartesianos, la opción de
retomar los caminos abandonados del antropocentrismo, permite re-
pensar las construcciones espirituales que nuestro antropismo
abandonó, y que nos pueden llevar a un re-encuentro con el humanismo
perdido. En ese contexto, lo que el estudio zodiacal propone, tiene
una legitimidad que se ganó en la lucha por el esclarecimiento, de la
mano de la filosofía y de la ciencia, y, por que no, de la religión,
cuando éstas estaban pensadas y direccionadas en función del hombre,
en armonía con el Universo, la Gran Obra del Creador.
VISIONES SOBRE EL SIMBOLISMO ZODIACAL EN LA MASONERIA
Como todos los símbolos que ornamentan el templo masónico, los signos
zodiacales presentan múltiples y hasta contradictorias
interpretaciones, según el punto de vista de cada miembro del
colectivo masónico. Resulta interesante conocer la opinión de cuatro
masones, cada uno de una década distinta, y, por que no decirlo, de
generaciones distintas de iniciados. La primera opinión tiene una data
de hace casi sesenta años, la segunda tiene poco menos de medio siglo.
La tercera refleja la opinión de un masón que vive la prodigiosa
década de los sesenta, y la última es la expresión de los desvelos de
un Aprendiz de una década ya dominada por la ultranza tecnológica, por
la aceleración de la crisis de la modernidad, y por la ambigüedad
postmoderna.
En l944, un masón de la logia # 57, analizaba en un trabajo el
simbolismo zodiacal, indicando: "es nuestra opinión que el Zodiaco, ha
sido colocado en nuestros templos, por dos motivos: como un homenaje a
la cultura de aquellos pueblos, y por el simbolismo que ellos
encierran. La sabiduría de todos los sabios y lumbreras de la
antigüedad, que ha llegado hasta nosotros, es simbólica, porque
simbólica fue la primera instrucción que recibió el hombre
inteligente. Todas las proposiciones teológicas, políticas y
científicas, fueron eminentemente simbólicas, porque los símbolos
suplían con gran eficacia la deficiencia de lenguaje, que es simbólico
también, porque las palabras en último resultado, no son mas que
símbolos convencionales, por medio de los cuales damos expresión a
nuestras ideas. Los modernos podemos formular nuestras ideas en
proposiciones abstractas, pero, los antiguos tenían que hacerlo por
medio de alegorías. El hombre aprende mejor por medio de las
comparaciones, que por cualquier otro medio. Los trabajos del hombre
están limitados por el tiempo. Los masones en sus trabajos en el
taller tienen representado simbólicamente el tiempo por medio de los
signos del Zodiaco. El tiempo pasa faltamente, y los masones no
deberán desperdiciarlo si pretenden llegar al ocaso de su vida por el
camino de la verdad. La arquitectura del Templo se sustenta en las
doce simbólicas columnas zodiacales. Es el tiempo indestructible y
eterno en que descansan la Moral y la Sabiduría Masónica"
Algunos años después, en un trabajo publicado en la misma revista, el
autor identificado con las iniciales E.H.H. señala: "Estimamos que el
Zodiaco solo tiene valor positivo como símbolo del año y los meses, la
sucesión de los meses, o sea, el tiempo. Si el Templo todo representa
una imagen espacial del Universo, éstos signos nos darían una imagen
temporal. En este sentido constituirían otra advertencia: ¡Cuidado, el
tiempo transcurre inevitablemente! Empleadlo bien. Solo disponéis de
unos pocos años. Cultivaos y aportad vuestro grano de arena al
mejoramiento de la Humanidad: así habréis cumplido la misión superior
del hombre. Finalmente, consideramos que los doce signos del Zodiaco,
constituyen uno de los temas más instructivos, valiosos y atrayentes
del Programa del Aprendiz. Su investigación nos conduce principalmente
al estudio de la historia, la geografía, las religiones, y
especialmente de la astronomía. Resumimos: Se pueden ver en los signos
zodiacales las primeras supersticiones del
hombre, el nacimiento de las religiones y de la ciencia, la lucha
entre la ignorancia y la verdad, un símbolo del tiempo y una poderosa
incitación al estudio como el mejor medio para combatir el error".
En 1964, en un artículo elaborado en un miembro de la Logia "Unión
Fraternal", se sostiene que: "los Templos Masónicos están
fundamentados en doce columnas iguales, a las cuales se ornamenta con
los doce símbolos zodiacales, con el objeto de poner en evidencia que
el Hombre y el Cosmos constituyen una sola estructura orgánica, sus
ritmos vitales presentan notables correspondencias, y la inter-acción
e inter-relación son notorias y evidentes, tanto en sus múltiples
funciones como en sus reacciones y movimientos. Por esto, al Círculo
Zodiacal, la Geometría Iniciática de Pitágoras le denominaba el
Dodecaedro. Es decir, la figura que tiene doce lados, por cuanto es el
mismo número de los signos zodiacales y en medio de ellos se inscribía
el pentágono (Estrella Radiante, Penta Alpha), que simboliza al ser
humano como Iniciado en sus dimensiones áureas. En consecuencia, el
Pentaedro inscrito en el Dodecaedro, significa el Microcosmos (Hombre)
como centro rector del Universo (Macrocosmos), presentando ambos una
perfecta analogía en todos sus ritmos vitales y vibraciones
energéticas. De manera que, cada movimiento que realiza el sistema
solar en la periferia de las doce columnas o constelaciones
zodiacales, presentan un equivalente proporcional en todo los
individuos de la especie humana, cuyo conjunto armónico es una
verdadera estructura diversificada funcionalmente, para la mejor
ejecución de nuestras labores en su forma integral". En tanto, en un
artículo publicado en 1985 , se dice: "La Masonería ha sido sabia al
incluir los signos zodiacales en el Templo, ya que con ello nos
recuerda que todos los hombres no son iguales, somos de personalidad
diferente, de diferentes caracteres, nacidos en diferentes
etapas, bajo diferentes signos del zodiaco, y lo más importante,
debemos tolerarnos, así como la armonía silente del Universo mantiene
en perfecto equilibrio a cuerpos celestes desde ya diferentes unos de
otros". "Esa característica del Universo, representada en el Zodiaco,
- agrega - nos imprime un orden, nos orienta al trabajo en silencio y
a imitar su grandiosidad que solo será posible conociendo el real
significado de cada uno de los símbolos que están representados en el
templo, y que, a veces, solo nos conformamos con observar sin
comprender, mirar sin ver, sin entender". Los puntos de vista citados,
constituyen, sin lugar a dudas, visiones distintas, valiosas, sinceras
y audaces, que buscan dar un sentido simbólico, una significación a la
presencia zodiacal en nuestros trabajos cotidianos. Es lo poco que se
ha publicado al respecto, con reales propósitos interpretativos,
puesto que la mención de los signos zodiacales, objetivamente, es más
habitual que su análisis.
ZODIACO Y MASONERIA.
Algunas de las aspiraciones que rodearon el esbozo de este trabajo,
lamentablemente han quedado al débito, considerando, por un lado, que
no hay antecedentes bibliográficos sobre la materia, y por otro,
porque se requiere de un proceso investigativo mas prolongado, que
rebasa largamente los límites de la oportuna entrega de éste trabajo.
En esa perspectiva, no ha sido posible, dentro de los límites de
tiempo de su desarrollo– el verano de 2001 -, poder determinar
documental o bibliográficamente, cuando aparecen los signos zodiacales
en la decoración del templo masónico. Tampoco ha sido posible
encontrar elementos concluyentes que indiquen la relación de esta
simbología en el Templo, con alguno de los grados simbólicos en
particular. En muchas oportunidades, he escuchado debates sobre la
pertinencia de que los signos zodiacales integren la decoración del
Templo del Aprendiz y/o del Compañero.
Obviamente, el uso simbólico de los signos del Zodiaco, tiene que
tener un origen, pero, ante la imposibilidad de tener antecedentes
específicos al respecto, me permito esbozar una teoría, sobre la base
del estudio de la propia evolución de la Masonería, desde sus raíces
operativas hasta su consolidación especulativa.
Como ya sabemos, en la segunda década del siglo XVIII, funcionaban en
Londres cuatro logias: la del Ganso y de la Parilla, que se reunía en
una cervecería cercana al cementerio de la Parroquia de San Pablo; la
Logia de la Corona, cuyas reuniones se efectuaban en una cervecería
ubicada en el Callejón de Parker, cerca del Callejón de Drury; la
Logia del Manzano, que funcionaba en una taberna de la calle de
Charles, en Convent-Garden; y la Logia del Rom y las Uvas, que tenía
sus actividades en la taberna ubicada en Channel-Row, en Wéstmister.
Estas logias serían convocadas para la formación de la Gran Logia de
Londres, considerada como el hito que da cuenta del nacimiento de la
Masonería Moderna o Especulativa.
Todo parece indicar, que, hasta entonces, las prácticas masónicas eran
esencialmente de mesa, no existiendo las prácticas esotéricas como
usos doctrinarios de la Fraternidad. Luis Umbert Santos sostiene la
idea de que, solo a mediados del siglo XVIII, las actividades
masónicas comenzaron a semejarse a las que conocemos ahora. La
práctica de la iniciación esotérica, también parece adquirir
importancia en ese periodo histórico. De hecho, en la medida que se
robusteció el uso de la masonería de iniciación, se fue consolidando
la riqueza simbólica. Ello se verá reflejado en la ornamentación del
Templo, que debió cobijar todos aquellos componentes que dieran
sentido a los contenidos propuestos.
Previamente, los usos pudieron ser otros. Carlos Gayán esboza la
teoría de lo que, seguramente, ocurrió durante la masonería operativa,
donde se construía una logia, antes de comenzar la construcción, la
cual, era "una pieza o barraca que tenía múltiples usos y también era
un lugar de reunión para organizar los trabajos. Pero, en un momento
determinado, esta sala o pieza se convertía en un templo, en el que se
confirmaba la socialización del oficio. Esta transformación se
conseguía dibujando previamente en el piso los símbolos o herramientas
idealizadas, transformadas en virtudes. Al término del trabajo
ritualistico, se borraban estos dibujos y el templo también dejaba de
ser tal". Esta costumbre de dibujar los símbolos en el piso, dice
Gayán, sería reemplazada, posteriormente, por una tela que tenía los
símbolos necesarios para ese efecto, y que se colocaba en el piso o se
colgaba en la pared, costumbre que prevalece en el rito inglés, donde
se cuelga una tela con los elementos simbólicos en la pared, o en el
Rito de Schroeders, que utiliza una alfombra. Tal pues, que, en la
medida que, hacia mediados del siglo XVIII, la Masonería se consolida
y adquiere una condición más institucional, con el uso de sedes
definidas y templos estables la decoración permanente adquiere una
importancia relevante.
No debemos pasar por alto que, en la época a la cual nos referimos, se
vive una etapa en que la ciencia aún no tomaba su camino segregado de
las demás formas de conocimiento. En el siglo anterior, los grandes
hombres de ciencia, aún basaban su bagaje en elementos que tenían
otros componentes, mas allá de la razón científica, que imperaría en
los siglos inmediatamente siguientes. Anteriormente indicamos, por
ejemplo, la importancia del estudio zodiacal en Kepler. A fines del
siglo XVII e inicios del XVIII, sin lugar a dudas, la figura de Newton
llena un espacio singular.
El célebre matemático, que estableció a ley de gravitación universal y
los principios fundamentales de la dinámica, prestó especial
importancia a algunos estudios que son componentes masónicos de
fundamental importancia, y que se explican en Newton, por su
concepción de la realidad, que veía determinada por el Creador, y
donde el hombre tenía por misión ir desentrañando las pistas que aquel
manifestaba en su Creación. Por eso indagaba en la Biblia, que
consideraba un compendio de sabiduría revelada, y en el estudio
astrológico y alquímico, sosteniendo la teoría de que las grandes
creaciones arquitectónicas del hombre, estaban asociadas a
determinadas conjunciones astrales. De esa dedicación de Newton, surge
su libro "El Templo de Salomón" , que escribiera en 1684, donde es
posible percibir que sostenía la idea de que la Naturaleza es un Gran
Templo del Gran Arquitecto del Universo, y que el propósito de la
religión verdadera es proponer a la Humanidad, mediante la estructura
de los antiguos templos, el estudio de la estructura del mundo como el
verdadero Templo de Dios.
Considerando la condición contemporánea de Newton con aquellos que
promovieron la fundación de la Gran Logia de Londres, y la perspectiva
esotérica que comenzó a primar en su estructuración, después de las
dos primeras décadas, no sería extraño que las tesis de éste
científico, sobre el carácter de la creación, sobre la influencia
astral y sobre el templo de Salomón, haya permeado fuertemente las
concepciones de quienes dieron forma y contenido a la emergente
masonería especulativa.
Si analizamos los nombres de algunos de los primeros líderes de la
emergente Gran Logia de Londres, no podemos ignorar lo que
intelectualmente pesaban. George Payne, segundo Gran Maestro, por
ejemplo, era un anticuario, profesión u oficio que, entonces, gozaba
de gran reputación cultural, pues, se trataba de personas con un vasto
conocimiento, producto de la propia naturaleza de su trabajo. Teófilo
Desagulliers, quien le reemplazará, era un hombre de formación
científica en el campo de la física, además de ser un pastor hugonote.
James Anderson, además de ser un pastor presbiteriano, era un doctor
en filosofía. No estamos hablando de personas ignorantes, ni
seguidores de sectas extrañas, sino, de hombres que estaban vinculados
al conocimiento y la cultura de su tiempo, en el siglo que vio
brillar, precisamente, las luces de la Ilustración.
¿Cuánto influyó Newton, y otros autores que trabajaron abundantemente,
en esa época, en los masones que concibieron la masonería
especulativa?
Esta es una interrogante que rebasa lo estrictamente relacionado con
lo central de esta plancha, pero, que da pie, para sostener que en el
periodo de fundación y asentamiento de la masonería moderna, el
estudio zodiacal tenía una reputación y un valor, que lo hicieron
necesario de incorporar en la simbología del Templo Masónico.
Pero, también, hay otro aspecto que abordaremos en esta parte, y que
dice relación con el hecho que no existe una disposición reglamentaria
o decreto potencial, o algún texto oficial u oficioso de nuestro poder
regulador – la Gran Logia de Chile -, que indique como debe decorarse
un templo constructivamente. Cuando digo "constructivamente" me
refiero a aquella decoración permanente del Templo, que forma parte de
su estructura física, considerando que existen componentes simbólicos
que se incorporan para las necesidades rituales de cada grado.
En ninguno de los textos propios de la Orden en Chile, se mencionan
los usos simbólicos permanentes en el Templo, aquellos que
corresponden a la universalidad simbólica de los grados,
Lo actualmente en uso, no corresponde a normas establecidas, sino,
esencialmente a la tradición no escrita y al más venerable uso
consuetudinario. Ello da pie, para que surjan interpretaciones que
niegan pertinencia al estudio simbólico de los signos zodiacales en
los grados menores.
En el Libro del Aprendiz, de Wirth, que tiene circulación oficial en
la Gran Logia de Chile, es posible tener una descripción de los
elementos necesarios del templo para el trabajo de Primer Grado. En la
parte final de éste texto, se hace una descripción de los componentes
del Templo del Aprendiz, entre los cuales, está la cadena de unión,
que puede ser hecha con un lazo, el que
debe tener 12 nudos, seis en cada costado del templo, "para
corresponder así a los signos del Zodiaco". No hay mas alusión ni un
tratamiento más extensivo de este símbolo. En tanto, en el Manual del
Aprendiz de Lavagnini (Magister), se citan los signos como componentes
del Templo del Primer Grado, también de un modo discreto, al describir
el cielo del templo, y la ubicación de la cadena de unión, que
descansa sobre los capiteles de doce columnas "distribuidas así: seis
en el lado Norte y seis en el lado Sur, simbolizando los seis signos
ascendentes y los seis signos descendentes del zodiaco" En el Libro
del Compañero, de Wirth se definen los elementos adicionales que deben
incorporarse para los trabajos en Logia de Compañeros. En ninguno de
los componentes se mencionan los signos. Lo propio ocurre con el texto
de Lavagnini.
En el Libro del Maestro, no se indica nada con relación a lo que debe
contener el Templo del Maestro, sin embargo, existe una extensa
interpretación sobre los signos zodiacales, a partir del estudio del
duodenario. En el alternativo Manual del Maestro (Magister), por el
contrario, no se hace alusión a ellos.
Aparte de lo que hemos señalado, en la bibliografía disponible en
Chile, hay pocos antecedentes que nos permitan una definición
específica respecto de la relevancia que pueda tener el Zodiaco
respecto de cada uno de los grados simbólicos en particular. La
información enciclopédica masónica, tampoco arroja luz para indicar,
decisivamente, alguna idea respecto a la relación específica con
alguno o con todos los grados simbólicos. Sin embargo, hay muchos usos
que nos indican en un sentido claro, que los signos del Zodiaco son
parte de aquella simbología que tiene alcance en todos los grados, a
partir del Primer Grado.
Tal pues, que, la tradición y el uso consuetudinario, nos indican que
los 12 signos en las 12 columnas, son elementos permanentes del
Templo, y por lo tanto, parte de su diseño constructivo y de su
decoración básica. Ello porque el Templo es la simbólica
representación del Universo, y todo aquello que decorativamente apunta
a poner en evidencia esa condición, es un componente permanente y
transgradual.
¿Cuales son los otros componentes permanentes y transgraduales, además
de las 12 columnas con los 12 signos zodiacales? Las dos columnas del
pórtico, el pavimento mosaico, el ara, la bóveda celestial, la cadena
de unión, el Sol y la Luna, el Delta Luminoso. Todo otro componente es
parte de la circunstancialidad del o de los Grados.
VALORACION DEL SIMBOLISMO ZODIACAL.
Todos los símbolos que adornan el templo masónico, tienen un antiguo
origen, algunos de los cuales exceden los ámbitos exclusivamente
masónicos. A estos símbolos tangibles, se suman aquellos de carácter
conceptual, que no están físicamente presentes en la ornamentación del
templo, y que son parte de la docencia de cada grado: rituales,
números, toques, palabras, signos, etc. Todos los símbolos, no por
antiguos, no por su data inmemorial, dejan de tener un valor esencial
para nuestras prácticas y doctrinas. No por su antiguo origen dejan de
adquirir, cada día, una vital y nueva significación para el trabajo
cotidiano del hacer masonería. Es que, la Francmasonería reconoce la
sabiduría mas allá de su condición temporal, en los elementos que son
necesarios para que el Hombre alcance una mayor comprensión de su
condición fundamental.
La contemporización es un factor necesario para que el hombre sepa
vivir en al condición propia de su tiempo. El masón, por cierto, debe
ser un hombre que vive su tiempo, lo que requiere un denodado esfuerzo
de contemporanización, ergo, una expresión secular de su integración y
comprensión del mundo en que se desenvuelve.
Por ejemplo, si quisiéramos contemporizar, de acuerdo a los niveles de
conocimiento que el hombre del 2.000 tiene a su disposición,
resultaría absurdo que hablemos de los 4 elementos- agua, tierra, aire
y fuego, doctrina sostenida por Empédocles, 250 años A. de C.-, cuando
la ciencia actual considera que los elementos son mas de 100. Pero,
ello no constituye una condición excluyente para saber acoger
benéficamente, melioristamente, el sentido fundamental del relicto del
ayer.
¿Y, acaso, una natural contemporización no iría en contra de la
significación, que para nosotros puede tener, por ejemplo, la idea de
dualidad representada por el Sol y la Luna en el Oriente? ¿Y, acaso,
no resultan innecesarias, desde ese punto de vista, muchas de las
costumbres, usos y contenidos masónicos, frente a la complejidad y
sofisticación del mundo actual? Precisamente, el prurito de lo nuevo
cuajó en la modernidad hasta un nivel paroxismático, al punto que, lo
anterior, lo viejo, lo ancestral, lo vernáculo, quedó siempre cercano
o equivalente a la obsolescencia. Si contemporizamos, si nos
desarrollamos en la idea de la innovación, ¿qué categoría ocupa en
nuestras preocupaciones el relicto vivo de las antiguas simbologías,
de los antiguos ritos, de las antiguas prácticas y doctrinas? Debemos,
pues, ser cautos y saber buscar el equilibrio necesario entre aquello
que recibimos como herencia y lo que constituye lo fundamental de lo
nuevo. Tengamos presente que, contemporizar nuestro conocimiento a
ultranza, es una circunstancia que, muchas veces, en muchos aspectos
de la vida, termina por erradicar muchas de nuestras acendradas
visiones.
¿Acaso, como un reflejo de contemporización modernista, los signos
zodiacales que adornan el templo, no provocan muchas veces una sutil
irritación, que se esconde en la acidez de un comentario liviano,
tenuemente ácido, planteado de modo de no ofender cierta idea sacra de
los componentes masónicos?
Desde luego, la tendencia de no abordar decididamente el estudio
zodiacal, en nuestros talleres, tiene una explicación que podemos
relacionar con la influencia cultural occidental cartesiana y
modernista.
Como ya hemos planteado, hasta hace poco, en el mundo intelectual
occidental, bajo la influencia de las visiones empíricas y
reduccionistas, se hizo anatema de la religión, de la astrología, de
la sabiduría vernácula de los pueblos originarios, de la filosofía.
Desde esa visión se aseveró que los únicos problemas genuinos eran los
problemas científicos. Se afirmó que la metafísica carecía
estrictamente de sentido, y que a la filosofía no le quedaba mas
camino que la práctica del análisis dirigido hacia las teorías y
conceptos que impone la ciencia.
Desde la óptica modernista, la ciencia ha revelado las formas, los
números y las leyes que instauran el Universo, que es una máquina
perfecta, una armazón matemática, que se mueve perpetuamente, de
manera autofundante y autosuficiente. Esta visión ha despreciado a
aquellas que no tengan un asidero empírico, que no sean evidentes a
través del método científico, minusvalorando las manifestaciones de
búsqueda de la verdad sustentadas en premisas eminentemente
espirituales.
Tal concepción, típicamente occidental y profana, permeó a la F\ M\ de
los países europeos y americanos, y, en consecuencia, a la chilena,
pues, la intelectualidad que ha nutrido las filas de la Orden, desde
el siglo XIX, ha sido, de un modo muy significativo, influida por
ella. La compresión de muchos masones, entonces, ha estado determinada
por el culto a la verdad científica, donde todo sustento teórico ha
descansado en las "evidencias científicas de la naturaleza y del
progreso humano". En la consolidación de esa visión han influido
también dos concepciones ideológicas, que han estado también presentes
en los masones chilenos: la liberal y la socialista.
Estos contenidos, sin duda, han generado una dicotomía fundamental en
la F\ M\ , que ha estado presente desde los orígenes de la Orden en
Chile: aquella que se manifiesta entre el verbo cientifiquista, de una
parte de sus miembros, y la conminación esotérica – desde luego,
acientífica, esencialmente subjetiva – de su simbología. El trabajo
masónico, por excelencia, se basa en el estudio de símbolos, en el
cual, se manifiesta la relación entre el simbolizante, es decir, la
imagen del elemento perceptible, y lo simbolizado, lo no perceptible,
lo que para cada individuo constituye el significado. Para Jung, el
símbolo representa algo mas que su significado inmediato y obvio,
"tiene un aspecto inconsciente más amplio que nunca está definido con
precisión". Es más, cuando hay cosas más allá del entendimiento
humano, dice Jung, "usamos constantemente términos simbólicos para
representar conceptos que no podemos definir o comprender
completamente".
A partir de elementos simbólicos, el masón construye alegorías y
conceptos, que corresponden a interpretaciones singulares, que son
coincidentes en los aspectos formales, con las que expresan los demás,
pero, que, íntimamente, son una construcción personal, en la cual se
conjugan las funciones afectivas y valorativas, es decir, su
emocionalidad. Y es, a partir de nuestras emociones, como construimos
nuestras ideas del mundo, de la realidad, de lo que nos rodea. Ellas
nos permiten hacer inteligible lo que percibimos, desde nuestra
singularidad como personas.
Las distintas opciones del conocimiento humano – la filosofía, la
ciencia, la religión -, si bien ofrecen posibilidades para responder
las grandes interrogantes del masón - ¿Qué somos?, ¿De donde venimos?,
¿Para donde vamos? -, no le permiten una respuesta mas allá del ámbito
de sus propias creencias, de su recursividad, de su construcción
autopoiética.
Ergo, si el trabajo masónico se funda en la especulación - filosófica,
axiológica, epistemológica, metafísica – sin duda, un conocimiento
especulativo, como es la astrología, es compatible con lo que
regularmente determina nuestras prácticas y doctrinas, pues, ésta se
liga, en lo fundamental, con lo que constituye el ser y el hacer
masónicos: conocer al hombre. De tal modo, que, la valoración del
simbolismo zodiacal que planteo, descansa en la convicción de que, los
signos del Zodiaco en el templo masónico, ponen en evidencia un
conocimiento que busca relacionar al hombre de una manera más integral
con el Cosmos del cual es parte, y que, como todos los seres vivos,
estamos determinados por ese Cosmos de un modo definitivo.
Pero, la Masonería también nos plantea que hay diversas lecturas que
podemos hacer, para comprenderlo, porque el Cosmos, la Naturaleza, la
realidad, son escrutables, desde la visión que cada cual tiene, porque
cada observador, cada conciencia, es un observador singular,
individual y único. Esto es muy importante, en la postura del
empirismo, la relación entre el observador y lo observado nunca fue
planteada como un problema radical, puesto que la realidad era
considerada como una entidad en si misma, y el observador debía
mirarla tal cual era, desde el ángulo de un simple testigo, de un modo
neutral. Sin embargo, la visión que impone el pensamiento complejo y
las visiones post-racionalistas, es que la realidad es multiprocesal y
multidireccional. La observación de un observador depende de un orden
que él introduce, y de la cual él es parte integrante.
Al estudiar el simbolismo zodiacal, desde el punto de vista masónico,
ambas alternativas - la empírica y la compleja - tienen un espacio en
la especulación iniciática. Sin embargo, a mi modo de ver, el
empirismo tiende inevitablemente al reduccionismo, y como dice Edgar
Morin "la tendencia a la reducción es la que nos priva de la
potencialidad de la comprensión". Como masones, debemos buscar
respuestas más amplias, mas integrales que la sola asimilación de
información. Debemos buscar una comprensión mayor del Universo del que
somos parte, o del Multiverso, la complejidad que surge de muchos y
distintos observadores. Somos buscadores de la Verdad, a partir de
nuestra individual capacidad cognoscente, y, según una antigua máxima
masónica, el mejor templo de la Verdad es el Universo. El estudio
zodiacal, es una perspectiva de gran alcance en ese sentido.
CONCLUSION.
Al concluir esta plancha, quisiera sintetizar algunas de las ideas
expuestas, en términos de poner énfasis respecto de ciertos criterios
vertidos en su desarrollo. En primer lugar, creo conveniente insistir
en que el simbolismo zodiacal merece una preocupación mayor, que la
posible de observar en los actuales planes docentes de las logias y
del gobierno superior de la Orden. En cuanto exista una recurrencia
mayor del estudio de este símbolo, sin duda, permitirá una perspectiva
más amplia en las concepciones individuales, respecto de los orígenes
de la F\ M\ , en relación a sus objetivos, así como una comprensión
mayor respecto de las visiones del pensamiento que emergen frente a la
crisis de la modernidad.
Considero, frente a lo expuesto en el desarrollo de este trabajo, que
la lectura del simbolismo que nos plantean las doce columnas,
adornadas por los doce signos, nos propone que la Gran Obra es
imposible de sostener sin una profundización en la búsqueda de
respuestas frente al enigma de la vida, de tal modo que, de manera
esencial, el Zodiaco simboliza la búsqueda del hombre - su esfuerzo
cognoscente -, la búsqueda tras las claves de la vida, del Universo y
del hombre mismo, por lo cual, se hace necesario su estudio desde el
momento mismo en que la impronta del "Buscar y encontraréis" determina
la conducta del Iniciado.
Pero, también es importante tener presente que los signos zodiacales y
las columnas, así como todos los símbolos que ornamentan el Templo,
son una creación humana. La bóveda de la logia, que representa lo
infinito, lo inconmensurable, descansa en las columnas. Ello nos dice
que cualquier visión que tengamos del Universo, descansa en nuestros
conceptos, en nuestras
limitaciones, en nuestras fortalezas y debilidades. Por lo demás, no
debemos olvidar que los conceptos de finitud e infinitud, han sido
creados también por el hombre, en su propósito de interpretar la
integridad cósmica.
Otra idea expuesta es que, los signos zodiacales en el templo
masónico, nos hacen notar que hay un conocimiento que está simbolizado
de modo coherente, en consecuencia, con una percepción humanista del
Cosmos. Este conocimiento implica una cosmovisión, una forma de ver la
realidad, de ver el Universo centrado en el Hombre. Desde sus orígenes
auténticos, la astrología es una manifestación del pensamiento
humanista, porque su preocupación esencial es el Hombre, al dedicarse
al estudio del eventual influjo de ciertos astros en las personas.
Obviamente, también es una forma de conocimiento, una forma de
desarrollo de las perspectivas cognitivas, que permite tener una
comprensión del individuo, respecto de su rol en la vida y en la
realidad.Esa forma de ver el Universo implica un reconocimiento, una
valoración, una comprobación de la relación entre el Hombre y el
Universo, que debemos entender de manera holística, en toda su
complejidad.
El conocimiento zodiacal se asocia con la filosofía, desde un punto de
vista metafísico; se asocia con la ciencia, desde un punto de vista
metodológico; con la religión, desde un punto de vista paradigmático.
Pero, por sobre todo, se asocia con el complejo esfuerzo de tratar de
entender el Universo y la Naturaleza, desde su particular método
interpretativo de los fenómenos que pueden determinar la vida del
hombre. Cuando observemos, entonces, los doce signos en las doce
columnas, sosteniendo la cadena de unión, y sobre el friso, la bóveda
celestial que se abre hacia la inmensidad cósmica, démonos el tiempo
para pensar que la Gran Obra es inconmensurable en su proporciones y
alcances, y que nos falta mucho que aprender de ella, por lo cual,
nuestras concepciones y convicciones mas arraigadas, solo son un
minúsculo esfuerzo por tratar de comprender el Universo.
Démonos, pues, tiempo para indagar, con libertad, libre de prejuicios,
en torno a lo que la sabiduría de los masones o los sabios de otros
tiempos nos dejaron como herencia, porque solo en verdadera
conciliación con el pasado, podemos darle un sentido real a lo nuevo,
y a nuestra marcha entre columnas, bajo las constelaciones del
firmamento.