He aquí la Introduccion a El Jibaro, escrita por don Salvador Brau. El
Jibaro es una Colección de Estampas Puertorriqueñas del Siglo XIX. Su
autor es don Manuel A. Alonso.
Gracias por su atención y disfruten la lectura.
Ezequiel González
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El Jibaro: Colección de Estampas Puertorriqueñas del Siglo XIX
Manuel Alonso
AL QUE LEYERE
Ni la presentación de novel o desconocido autor, ni el deseo dc
recomendar un nuevo libro, dan tormento a mi pluma en estos instantes.
Don Manuel Alonso tiene bien acreditada su personalidad en el exiguo
mundo literario de nuestra provincia, y, dado que necesitasen sus
escritos ajena recomendación, no seria yo por cierto el que me
aventurase a proporcionársela, exponiéndome a que alguno, con sobra de
fundamento, preguntase:
--¿Y a usted, quién le recomienda?
Pero si de padrinos no ha de menester este libro que ahora se
reimprime, estrella crepuscular en el cielo no muy tachonado todavía
de nuestra provincial literatura, como no cuantos lleguen a hojearle
habrán tenido ocasión o motivos para conocer las condiciones en que
por primera vez se diera a luz, quizá no huelguen del todo en este
sitio algunas indicaciones, destinadas a facilitar este conocimiento.
Retrocedamos algunos grados en la historia de nuestra Isla.
Apartemonos de este Puerto Rico de hoy; abandonémosle con sus
Institutos y Colegios, su Ateneo, sociedades instructivas y
bibliotecas públicas, su prensa periódica, veladas literarias y
derechos políticos; dejemos por un morriento este peñón, excrecencia
geológica enlazada por los nervios de acero del cable submarino al
organismo del mundo civilizado, que le transmite sus latidos por medio
de las corrientes eléctricas, y que, gracias al vapor, ese Cristo de
los tiempos modernos, como dice Curros Enríquez, le inocula su savia
regeneradora descubriéndole nuevos y más dilatados horizontes, e
infundiendo en sus hijos mayor ansia de provechosa Ilustración y mayor
entereza para luchar en el combate supremo por la vida.
Apartémonos, sí, de este Puerto Rico, y merced a esa maravillosa
lámpara de Aladino que se llama pensamiento, remontemonos a aquel
Puerto Rico de nuestros progenitores; a aquel Puerto Rico de las
carreras de caballos y de los bandos estrafalarios de San Pedro, de
las carnavalescas mascaradas y de las trullas aguinalderas.
Volvamos la vista hacía aquella patriarcal colonia, tan fértil en
frutos como exahusta de instrucción, en la que e1 exceso de placer
sensual y el egoismo positivista enervaban las facultades
psicológicas, en las que el rumor prolongado de vertiginosa danza, al
escaparse de los salones, se entremezclaba en el espacio con el
crujido del latigo que azotaba las carnes del esclavo en los
cañaverales del ingenio, confundiendose las carcajadas de arriba y los
gemidos y blasfemias de abajo en un solo interminable eco, en una sola
inexplicable sinfonia.
Traslademonos a aquel peñón, escondido casi entre las brumas del
oceano Atlántio, arrullado por sus salinas brisas, caldeado por un sol
vivificante, cuajado de estrellas, de flores, de luz y de perfume,
exuberante de savia y lozanía, pero apartado de todo comercio
intelectual con el mundo civilizado y reducidas sus relaciones con la
misma metrópoli hasta el punto que cabe suponer, dadas las condiciones
de los buques de vela que desempeñaban el Servicio de correos
transatlánticos con la tarda periodicidad que esas condiciones y los
accidentes interoceánicos permitian.
Preciso es transportarnos mentalmente a aquella época y considerarla
siquiera un instante, para apreciar en su genuino valor la fuerza de
voluntad y las condiciones morales de aquellos que, en el Seno de una
sociedad así constituida, consagraban culto de adoración a las letras
y con especialidad a su manifestación estética más exquisita: la
poesía.
No cabe olvidar que en todos los tiempos y en todos los países la
poesía ha sido como un vagido del pueblo, que ha sentido la necesidad
de desahogarse en esos cantos impregnados de sus esperanzas y
amarguras, de sus tradiciones y creencias, de su carácter y
costumbres, Testimonio de esta verdad son la Ilíada de Homero, los
poemas gaélicos de Ossían y sobre todo nuestro nacional Romancero eco
del sentimiento popular que sirve de base a la literatura patria,
nacida entre combates y batallas, pero expresión de la energía y
heroísmo del pueblo español; mas conviene también tener presente que
en materia literaria no es ni puede ser Puerto Rico un pueblo
especial. Hijo legitimo de España que lo descubrió. pobló y educó, su
literatura no puede ser otra que la española. Es desde este punto de
vista que llama la atención --y ha de llamarla a cuantos se detengan a
considerarla un moment-- esa primitiva manifestación externa del
sentimiento literario en Puerto Rico; manifestación espontánea en la
que si no se revela la perfección, porque esto sería imposible dentro
de las circunstancias que quedan descritas, se observa el conocimiento
y estudio de los buenos modelos nacionales y un gusto por el arte,
nada común.
Esa manifestación la comprende el Aguinaldo Puertorriqueño, colección
de artículos en prosa y verso, publicada en 1843, en la imprenta de
Gimbernat y Dalmau, en la que se imprimía, bajo, los auspicios de la
Junta de Comercio el Boletín Instructivo y Mercantil, uno de cuyos
redactores, don Ignacio Guasp, figura como colaborador del expresado
Aguinaldo, en unión de la inspirada Alejandrina Benítez y de Hernando
(don Juan M. Echeverría), Jacobo (don Francisco Pastrana), Carlos
Cabrera, Manuel Alcaide, Fernando Roig, todos borrados ya del libro de
los vivientes, y a los cuales hay que agregar el escritor peninsular
don Eduardo González Pedroso, que se escondía bajo el seudónimo de
Mario Kolman, y don Martin J. Travieso que aún honra con sus canas y
sus personales méritos nuestra sociedad.
Ése fue el primer vagido de la Musa puertorriqueña; vagido que
cruzando los mares, hubo de resonar en la metrópoli, despertando allí
un recuerdo de amor en varios estudiantes, hijos de nuestra provincia,
jóvenes de 15 a 20 anos de edad, que respondieron al alarde literario
de sus hermanos publicando en Barcelona el Album Puertorriqueño,
colección de ensayos poéticos dedicada a sus padres y amigos, en
septiembre de 1844.
¿Quiere saber el lector quiénes eran esos estudiantes? Pues va a
conocerlos con ayuda de los retratos que uno de ellos trazara al final
del libro en cuestión:
Helos aquí:
Era una pequeña sala cuyos muebles consistían en una docena de sillas,
un canapé, dos cómodas con sus corres pondientes tocadores, una mesa y
dos cuadros que representaban L'HIVER y LE PRINTEMPS; si se agregan a
todo esto varios libros de Leyes y Medicina unidos y en completa
armonía con las poesías de algunos autores antiguos y modernos,
conocerá el lector qué clase de gentes ocupaban la habitación.
A los extremos del canapé se veían dos figuras que cada una parecía la
burla de la otra. La una descarnada, seca, con las manos metidas en
los bolsillos de su chaqueta de invierno, que por ser de punto de
aguja y muy usada se había estirado hasta mucho más abajo de lo que
permitía su dignidad; una corbata que se hallaba en completa anarquía,
dejando asomar por debajo medio cuello de camisa, y ostentando un nudo
muy gracioso sobre el hombro izquierdo. Su cara se asemejaría a la de
más de uno de los sitiadores de Tarifa cuando ALONSO Pérez de Guzmán.
El otro, al contrario, bajo, rechoncho y cogotudo; verdadera imagen de
un padre provincial, hasta en el embozo de su capa, que parecía no
bastaba a cubrir su obesidad, y que arreglaba de suerte que no se
viese ni una arruga, cosa imposible en un cuerpo menos esférico que el
suyo. Dudo mucho que San PABLO tuviese mejor cara de apóstol.
Enfrente había otros dos; el uno de fisonomía dulce, apacible; su
débil bozo daba una ligera tinta al labio superior, jugaba con una
gracia infantil, inexplicable, con las borlas de su capa; en una
palabra, todo en él era candidez. San JUAN no salió más puro del
Jordán. (A veces detrás de la cruz está el diablo.)
El que estaba a su lado, con el sombrero sobre el ojo izquierdo, la
cabeza erguida, los ojos pequeños y vivos y el pelo cortado a punta de
tijera, a pesar de estar en el rigor del invierno, parecía dispuesto a
reír de todo el mundo, aunque con mucha frecuencia lo maldice y
quisiera acabar con él, como SANTIAGO con los moros en la batalla de
Clavijo.
Finalmente, se notaba un quinto personaje, pequeñito, cuco y
epigramático; de ojos avispados, cabello bien peinado y señales
inminentes o intenciones de salirle la barba. Tenía en sus manos un
libro, y éste era el AGUINALDO PUERTORRIQUEÑO. En aquel momento estaba
más satisfecho que todos los soberanos de la tierra, aunque, como
ellos, no gobernase ciudades ni VASALLOS.
Si el lector no se ha dado cuenta aún de las alusiones que al pie
llevan esas fotografías, me veré en el caso de advertirle que se
contraen a don Manuel Alonso, el mismo que hoy dirige la Casa de
Beneficencia en nuestra provincia; don Pablo Sáez, el distinguido
jurisconsulto a quien el estado de su salud más bien que los años han
alejado del foro y de la vida pública; y Santiago Vidarte el malogrado
autor de Insomnio, que en la silueta del Tibidabo se imaginaba
columbrar los contornos de ese verde gigante de metal preñado que
llamamos la sierra de Luquillo, y que arrullado por las ondas del
latino mar y embriagado con sus históricos perfumes, se creía bogando
hacia esa peña, vestida de castillos, rica, bella, que no había de
volver a contemplar.
Las otras dos figuras son don Juan Bautista Vidarte, hermano del
anterior, y don Francisco Vasallo y Cabrera, el doctor en Medicina y
Cirugía y festivo poeta, más feliz que su compañero Vidarte, pues que
logra tornar al suelo natal, pero también arrebatado a las ciencias y
a las letras cuando aún no había prestado a su país todo el esfuerzo
que era dado esperar de su voluntad y su talento.
Puesto que he dado a conocer los autores, bueno será que describa el
efecto producido por su libro al llegar a las playas puertorriqueñas.
Para ello cederé el puesto a un capitán retirado del histórico
Regimiento de Granada, cuya competencia literaria e interés afectuoso
hacia esta tierra, cuna de sus cariñosos hijos, se encuentran bien
demostrados en múltiples escritos que, autorizados con el seudónimo de
El Buen Viejo, aparecen esparcidos en las columnas de la Gaceta,
órgano oficial fundado en diciembre de 1808, en las de El Investigador
y otros periódicos que se publicaron en el período constitucional de
1820 a 1823, y por último en el Boletín Instructivo y Mercantil que
antes queda mencionado.
Este buen viejo, colaborador también en el Aguinaldo de 1843, y padre
de uno de los autores del Album publicado en Barcelona, era don
Francisco Vasallo, cuyo nombre no debe quedar olvidado cuando de
recordar se trata a los promovedores y defensores de la cultura
intelectual en Puerto Rico.
Él fue el encargado de transmitir a los estudiantes barceloneses las
impresiones producidas entre los paisanos por su librito, alentándolos
a continuar por medio de las lineas que inéditas han llegado a mi
poder y que me complazco en reproducir.
EL ALBUM DE PUERTO RICO
No puede expresarse bastante el entusiasmo y el favor con que ha sido
acogida esta obrita en Puerto Rico. Desde el martes 3 a las 12 del día
que se sacó de la Aduana el cajoncíto que contenía los veinticuatro
ejemplares, y se distribuyeron según la instrucción recibida (llenas
ya las for malidades exigidas para la introducción de libros), viejos,
muchachos, mozos, mujeres, toda clase de personas, andan quitandoselos
de la mano, pidiéndolos por dos horas, pregúntando si se venden, si se
dan; en fin, es un verdadero furor, una locura, la que ha causado el
ALBUM.
Este se desternilla de risa con TANISLAO, la MASCAURA, y el DEO GOLDO
del pie; aquél alaba las descripciones de la sala, discusión y
personajes del articulo final, como realmente merecen; uno quiere por
fuerza que se le lea a Luis Felipe cantando la JOTA y el TROVADOR; el
otro LA PUERTORRIQUEÑA; estotro UNA ROSA, y la VIDA DEL AMOR; el uno
prefiere A MI PATRIA, y la canción de la página 166, mientras que una
señora derrama una lagrima deliciosa sobre la página 54, y a una
jovencita de quince años se le aguan los ojos recorriendo la
composición que empieza en la 102, y les tienen envidia muchas madres
y muchas hermanas.
Vamos, repito, que esto es un delirio; se quieren veinte cosas a un
tiempo; se quiere reimprimir el ALBUM, se quiere pedir más ejemplares
a Barcelona; se acusa a sus autores de demasiado modestos. --Si
hubieran mandado siquiera 200 ejemplares para expender se hubieran
vendido en una mañana. --Que se reimprima por mi cuenta; yo pago los
gastos y con su producto le mando a los autores del ALBUM los costos
de su impresión. --Yo quiero 10 ejemplares. --Y yo 30 para mandar a
los campos. --Está lindisimo. --Está precioso. --Este es un guante que
nos arrojan los muchachos. --Sí, si, recogerlo y a hacer un AGUINALDO
para el primero de febrero. --Es cosa magnífica el ALBUM; los
muchachos se han excedido a si mismos. --Esto vale incomparablemente
más que el AGUINALDO. --Oh. sí, sí, es mejor, mucho mejor. --Señores
(dijo UN VIEJO), alto ahí: Los autores del ALBUM han protestado que no
quieren entrar en comparaciones; lo han hecho todo bien, y bueno está
lo bueno. Han sido modestos, han hecho muy bien; escribieron sus
primeros ensayos PARA DESTRUIR PREOCUPACIONES VULGARES, PARA AGRADECER
Y PARA RECORDAR A SUS PADRES Y AMIGOS. Esto es noble y honorífico.
Dejémosle todo su mérito. EL ALBUM está bien, muy bien; mejor de lo
que esperarse podía de unos jóvenes para quienes apenas se acaban de
abrir las puertas del mundo y de la sociedad. Lo bueno cuando es poco,
es más sabroso. Los autores del ALBUM han conseguido su objeto, con la
acogida que obtiene su obra entre nosotros, y con la idea que dan de
su aplicación y afición al saber. Hagámosles, pues, saber que lo
sentimos así, que apreciamos sus esfuerzos y agradecemos su buena
memoria, y trabajemos por acá para sostener un combate que a todos
honra, y ha de rectificar muchas ideas equivocadas que se tienen de
Puerto Rico. --Así habló EL VIEJO, y los muchachos, aunque regañando
un poco entre dientes, se conformaron.
Cuando recuerdo yo la fisonomía seráfica y cuasi edificante de Alonso,
y cerrando los ojos me lo figuro con su chaquetón de invierno, largo y
estirado, y su corbata en completa anarquía, como se describe él
mismo, me río solo, y apenas puedo creer que tenga esa chispa jocosa y
esa sal ática que acusan sus composiciones.
Santiago Vidarte revela el fuego sagrado de los poetas; su hermano
Juan entiendo que cantará con la dulzura de Meléndez Valdés; y Sáez se
presenta ardiente y filósofo a la vez. Al quinto personaje
epigramático y de los ojos avispados, me falta imparcialidad para
juzgarlo; sin embargo, opino que pertenece a la escuela clásica, y
que, cultivando las musas, alcanzará sentimentalismo, naturalidad y
sencillez.
Gracias a todos cinico por los buenos ratos que nos han proporcionado.
A redoblar la aplicación en los estudios se rias; y a divertir los
ocios con la literatura, cuyo primer ensayo está bien; muy bien. --9
de diciembre de 1844.
El consejo de El Buen Viejo no quedó inadvertido para aquellos a
quienes se enderezaba. En el año 1846 se cruzaron otros dos nuevos
libros, el Aguinaldo Puertorriqueño, publicado en esta capital, y el
Cancionero de Borinquen, impreso en Barcelona, dedicado este último a
nuestra Sociedad Económica de Amigos del País, en testimonio de
gratitud a esta benemérita Corporación que había concedido título de
socios a los jóvenes autores del ALBUM.
Uno y otro libro, más nutridos de lectura que los anteriores, revelan
mayor estudio, y más sazonada intención en nuestros literatos, entre
los cuales figuró esta vez el futuro licenciado en Ciencias don José
J. Acosta, consagrando en el Aguinaldo expresivo recuerdo al maestro
Campeche, pintor puertorriqueño que años adelante debía glorificar
también, desde las aulas barcelonesas, otro hijo de Puerto Rico que en
las páginas de la Instituta y del Digesto encontró por lo visto
destellos del ritmo pindárico y de la entonación galana de Virgilio.
Me refiero a don Manuel Corchado y Juarbe, laureado en el certamen
público que para honrar la memoria de don José Campeche celebrara la
Sociedad Económica en 21 de diciembre de 1862.
Y, puesto que he mencionado el nuevo colaborador del Aguinaldo, justo
es que no calle el nombre de don Ramón E. Carpegna, hijo del conde de
igual apellido, que por los años de 1833 o 1834 dirigiera un colegio
en esta capital. Ese nombre corresponde a uno de los autores de El
Cancionero, viniendo por tal medio a figurar el hijo, como figurara el
padre, entre los cooperadores del progreso intelectual de nuestra
sociedad.
Así el libro impreso en Barcelona como el publicado en Puerto Rico
obtuvieron la más lisonjera acogida, agotándose una y otra edición en
breves momentos; pero, a despecho de esta demostración del favor
público, del mayor adelanto que cabía suponer en los jóvenes
escritores, y de que, iniciado ya en el público el gusto por las
letras, debía naturalmente acrecer de día en día su desarrollo,
aquellas manifestaciones de la actividad intelectual detuvieron su
curso, suspendiéndose repetidamente esos torneos del ingenio que tanta
utilidad hubieran podido prestar en nuestra provincia, aun dentro de
la esfera propia que le correspondía.
Bien es verdad que la colonia barcelonesa experimentó entonces la
pérdida del desgraciado Vidarte, uno de sus miembros más distinguidos,
debiendo separarse también de ella, para regresar a la tierra nativa,
en 1849, terminados ya sus estudios universitarios, el joven
licenciado en Medicina y Cirugia don Manuel Alonso.
De esta época data la aparición del libro que, aumentado
considerablemente, vuelve hoy a circular entre nosotros.
Diríase que Alonso, penetrado de los graves deberes que iba a
imponerle su profesión, y presintiendo las circunstancias que habrían
de rodearle en aquella sociedad, de cuyo seno se había apartado en la
flor de la adolescencia y a la cual volvía con un caudal de ideas
nuevas, adquirido en tierra española, si, pero tierra garantida por
otras leyes, nutrida con otros principios, vivificada con los
acontecimientos políticos que acababan de variar en Francia la más
fecunda savia, como que quiso consagrar de modo solemne su despedida a
aquella patria de los Vifredos y Berengueres, y a aquel mundo de las
letras, a las que rindiera fervoroso culto, mezclando en ese libro,
con las ideas de allende las impresiones recogidas en sus primeros
años; impresiones gratísimas como los balsámicos efluvios de aquellos
apacibles valles, que fertiliza el Turabo, pero falaces y melancólicos
como la osciladora llamarada de esos fatuos fuegos que brillan en la
noche sin disipar su oscuridad.
Que algo de esto debió ocurrírsele al joven médico al coordinar su
libro, que en aquel cerebro luchaban las impresiones y recuerdos de la
tierra natal con las ideas e ilustración de la Metrópoli, lo dicen
esas páginas en las que palpitan tradiciones y costumbres añejas hoy
en nuestro país, con propósitos y consejos bien meditados, y
esperanzas y aspiraciones nobilísimas --algunas de las cuales han
venido ya a transformar el modo de ser de nuestra vida social--,
dirigido todo esto con tal espíritu de observación, y sazonado con tan
ingenioso chiste, con tan expresiva sencillez, que harán deplorar a
cuantos sientan afición por las letras, que la ciencia de Hipocrates,
concediendo tan mezquino vagar a sus ministros, haya privado a Apolo
de más ferviente culto por parte de uno de sus iniciados predilectos.
Y puesto que estas reminiscencias literarias llegan ya a la época en
que el libro de Alonso apareciera, girando siempre dentro de la esfera
a que me he circunscrito, voy a traer a cuento una que a la primitiva
publicación de este libro se refiere, y que, en mi sentir, entraña
abundosa originalidad.
Preparado por nuestro nuevo galeno el manuscrito de su obra, y
acordados con un impresor barcelonés las condiciones de la
publicación, vinose él para Puerto Rico a ejercer la medicina, dejando
al cuidado del editor el envio del libro cuando se hallase terminado.
Fijó luego su residencia en Caguas, población donde había vivido con
su familia en los mejores años de su niñez, y allí, empuñando el
bisturí y combinando récipes, desplego en pro de la humanidad doliente
todo el entusiasta ardor de un médico recién graduado, no sin dejar
por eso de abrir un paréntesis a su fogosidad clínica, para introducir
en él, cada vez que las circunstancias, bastante frecuentes, lo
permitían, un sabroso merenguito, ejecutado con todos los primores
reglamentarios, no sé si a compás de güiro y bordonúa, pero desde
luego enlazando la cintura de más de una de esas espirituales
cagiieñas, capaces de dar al traste no ya con la estudiada prosopopeya
de un doctor de 27 años, sino con toda la olímpica gravedad del mismo
austero Esculapio.
Así practicando el utile dulce del sesudo Horacio veía el joven médico
deslizarse fácilmente los días sin que el esperado libro apareciera.
Prolongábase esta situación y ya empezaba el autor a amostazarse,
cuando alguien hubo de advertirle que el impresor catalán había
cumplido escrupulosamente su compromiso, pero que la caja por él
remitida se encontraba a buen recaudo en los almacenes de la aduana,
por contener ejemplares de un libro tildado de sospechoso.
No extrañe el lector esa tacha prematura acerca de una obra no leída
por ninguno de los que tal juicio aventuraban. Por algo he dicho al
empezar, que era forzoso apartarnos del Puerto Rico de nuestros días,
para apreciar las condiciones del libro que hoy se reproduce.
Este libro se había anunciado como un cuadro de nuestras costumbres, y
entre éstas las había no muy evangélicas ni saludables; era el autor
un joven educado en una de las provincias más viriles y más
batalladoras de España, y coincidía aquella publicación con los
acontecimientos políticos que acababan de variar en Francia la forma
de gobierno, y de producir profundas agitaciones en el suelo italiano,
hechos estos últimos que no habían dejado de ejercer influencia en
nuestra metrópoli.
Agrégase a esto que Alonso había publicado en el Album de 1844, una
canción titulada El Salvaje, calcada sobre El Pirata de Espronceda, en
la cual trazara estrofas como ésta:
Que venga aquí el europeo
codicioso,
y si acercarse le veo,
morirá al punto a mis manos;
que para sufrir tiranos
en su patria no nací.
Repitiéndose dos o tres veces este estribillo:
Que es mi dicha vivir libre
sin cadenas que me opriman;
con su peso sólo giman
los esclavos y no yo.
Harto recordaría Alonso al escribir esa canción que en las Antillas
españolas no quedaba ya ni un ejemplar de los pobladores aborígenes,
de modo que aquellos arranques poéticos, propios de una imaginación
juvenil, carecían de toda aplicación a su país natal. Y no cabe
tampoco suponer en una persona amante de la ilustración, y dotada de
los sentimientos filiales que se desbordan en los escritos de nuestro
héroe, que pretendiese anatematizar la civilización americana, hija de
la europea, y muy principalmente de la española, ni mucho menos que
intentara predicar el exterminio de esas razas civilizadoras, entre
las cuales le era forzoso encontrar a su cariñosa madre, doña Africa
Pacheco, que aunque africana, pues había nacido en Ceuta, era hija de
padres españoles, así como su esposo, el patriota veterano de 1808 don
Juan Alonso, que, después de seguir toda la campaña contra las huestes
francesas, vino a Puerto Rico en 1816 con el empleo de teniente, y
ascendido ya a teniente coronel, ocupaba el puesto de segundo jefe en
el departamento de Humacao en la época a que nos referimos.
Hijo de padres españoles y educado en España, mal podía aquel poeta de
22 años renegar ni de su raza ni de sus principios Para atribulrle tan
descabellado intento sería indispensable juzgar con igual criterio al
malogrado autor de El Diablo Mundo, achacándole deseos de colgar de la
antena de un bergantín pirata a todos los mantenedores del orden
social. No sé si algún Zoilo habrá aplicado a Espronceda tal género de
crítica, pero es lo cierto que hasta nuestro estudiante de medicina
hubieron de llegar, en 1844, dos cartas; una del autor de sus días, en
la que le hacía presente el mal efecto que al señor conde de Mirasol,
capitán general de la Isla, había causado la canción consabida, y otra
del ya indicado don Francisco Vasallo, encaminada a recordarle las
condiciones, del país para el cual redactaba sus escritos.
A esta última carta se refiere Alonso en la página 111 de este libro,
cuando, al dar las gracias al bondadoso capitán de Granada por sus
consejos, exclama:
Se me asienta mucho más
que usté, que sabe mi aquey,
me iga: jisite mal,
que benga un sirniquitate
y se ponga a aberiguay
si soy cristiano, judío,
tuico, mandinga, o cangá,
polque esto quita la gana,
y es capás de encocoray
jasta ay mesmo susuncoyda
que se pusiera a trobal.
Imagínese después de todo esto el lector si existirían motivos
suficientes para sospechar del huésped que por las puertas se nos
entraba. Nacido en Barcelona, envuelto en pañales revolucionarios, y
concebido por un escritor, que desde cinco años antes había hecho
decir a un salvaje que no había nacido para sufrir tiranos, debía
exaltar el tal librejo un tufillo pernicioso para la salud intelectual
de nuestra colonia. De aquí que la caja recibida de la Peninsula se
hubiera almacenado en la aduana, sin dictarse disposición alguma para
examinar siquiera su contenido. El caso no era para menos.
Afortunadamente para Alonso, dispensábale un afecto casi paternal el
Dr. D. Gil Esteve, obispo de la diócesis, que con él trabara
conocimiento desde la condal ciudad, y que tomó a empeño disipar las
amenazadoras nubes que en la atmósfera gubernamental se hablan
condensado.
Tan eficaces fueron las gestiones del prelado, que no tardó en recibir
Alonso en su residencia de Caguas, la advertencia, verbalmente
transmitida por un funcionario de la secretaría del Gobierno, de que
pasara a recoger en la aduana la caja detenida. En consecuencia de ese
aviso presentóse, pocos días después en la Fortaleza, a dar las
gracias al señor gobernador por la deferencia con que se le
distinguia, y extremando entonces su cortesía el señor don Juan de la
Pezuela, que ocupaba aquel elevado puesto, dispuso por una orden que
de su puño y letra redactara, no ya la entrega de la caja en cuestión,
sino la dispensa absoluta del entonces forzoso requisito de la previa
censura.
Quedaba aún algo por hacer, y era el aforo de los derechos fiscales
establecidos por la Hacienda; para obtenerlo con mayor brevedad acudió
Alonso al intendente, y como este funcionario le recibiera de un modo
bastante adusto, ocurríósele al solicitante hacer mención de la orden
del capitán general que aún guardaba en el bolsillo. Aquí fue ella.
Tardó menos el intendente en oír hablar de esa orden que en exigir su
presentación, modificando de tal modo su criterío después de haberla
leído, que, sin duda por no ser menos que el capitán general, dictó
también, de su puño y letra, otra orden, por la cual declaró libre de
derechos la caja y su contenido.
He aquí cómo el libro sospechoso obtuvo por los méritos de la Iglesia,
la remisión de todos sus pecados. Sin otro amparo que el de sus
propios méritos, aquella obra, prívada de bautismo gubernativo,
hubiera continuado en el limbo aduanero, aguardando su redención por
tiempo indeterminado; pero desde el momento en que la patrocinara una
recomendación episcopal, tales fueron los obsequios que en su honor se
tríbutaron, que así el arancel como la censura, esto es, la doble
fiscalización del espíritu y de la materia, le abrieron paso, anulando
humildemente sus rígidos preceptos.
Y cuenta que el bondadoso Dr. Esteve, aunque conociera a Alonso, no
habla tenido ocasión de leer su libro, de modo que, a poco que los
recelos por éste despertados se hubieran apoyado en algún fundamento,
aquella lenidad obsequiosa hubiera podido acarrear a los que las
dispensaban no corta responsabilidad.
Gracias a que amaestrado Alonso por los consejos de su amigo Vasallo,
que el aumento de la edad le permitía aquilatar mejor, no tuvo por
conveniente esta vez introducir salvajes en sus escritos, ni hacer
mención de esclavos ni cadenas, evitando asimisiño herir
susceptibilidades vidriosas al poner en evidencia nuestras costumbres.
Difícil es para un escritor que trata de fustigar vicios o corru~
telas sociales, ansiando su correctivo, aunar la realización de su
deseo con el beneplácito de los aludidos. Si entre éstos han de
hallarse los administradores públicos, que previendo el ataque cuidan
de blindarse contra los proyectiles, entonces las dificultades llegan
a ser insuperables, viéndose obligada la pluma a despojarse de toda
acritud y constriñéndose el ingenio en indefinibles apreturas para
obtener de una manera imperfecta la satisfacción del propósito.
Verdad que a esta gimnasia intelectual se presta bastante la
complexión literaria de nuestro escritor. A poco que se examinen sus
producciones habrá de reconocerse que no abunda en ellas ni el
profundo sarcasmo de Quevedo ni la brillante mordacidad del malogrado
Fígaro. Puede decirse que su estilo ocupa un término medio entre el
chiste campechano de Bretón de los Herreros y la ingenua llaneza de El
Curioso Parlante, por más que no haya de atribuirsele ni la fluldez
inagotable del primero ni la atildada corrección del último.
Dentro de esas condiciones ya pudo atemperarse mejor Alonso a las
dificultades que al paso habían de salirle, y de tal modo las utilizó,
con tal discreción aleteó su ingenio por sobre aquellas costumbres que
se propusiera evidenciar, que no en vano al juzgar cierto literato
peninsular este mismo libro, hubo de exponer, con acertado juicio, que
su principal mérito no estribaba en lo que en sus páginas contenia,
sino en lo que de su espíritu se alcanzaba a traslucir.
Efectivamente Alonso fija su atención en La Gallera, edificio, según
dice, más indispensable que la iglesia para los pueblos de Puerto
Rico; pero aunque se propone examinar el objeto e influencia moral de
ese culto idólatra, concluye por confesar que no puede realizar su
deseo, porque es cuestión más difícil de resolver de lo que al pronto
parece. Y a fe que le sobraba razón; como que había de tropezar con la
exigencia de las rentas públicas que con los arrendamientos de las
galleras se nutrían, al par que con la susceptibilidad de aquellos
hombres de obligaciones que, al decir de fray Iñigo Abad, "no tenían
rubor de pasear por las calles, buscando quién quisiera apostarlas con
su gallo, no siendo menor el vicio por los juegos de envite, en que se
ejercitaban mientras tenían que vender para jugar".
Ocupándose de los bailes, diversión tan aaraigada en nuestro suelo que
bien podía atribuirse a una cuadrilla de danzantes y no a esforzados
guerreros su colonización --si es que de los colonizadores proceden
nuestras aficiones coreográficas-- Alonso cuidará de enumerarlos
prolijamente, en su diversidad de clases y categorías. Ora pintará con
gráficos colores el de garabato,
en caje de una comae
que ey quería festejay,
casáa con un primo suyo
jasta tres meses no más;
baile interrumpido por un esbanesío, causante de que
en poquisimos menutos
se dieran mas cuchiyáas
y repartieran más palos
que letras tiene un misar;
ora, haciendo capitulo aparte sobre los aguinaldos de Reyes, con sus
pedigüeñas trullas y característicos accidentes, recordará con
fruición las sensaciones voluptuosas de una de esas tradicionales
verbenas en que, llevando en ancas de su potro a la más hermosa de la
trulla, y sintiendo a cada paso el choque de su cuerpo y percibiendo
en su rostro el hálito de una respiración agitada por el movimiento y
por las emociones más vivas, confiesa que les sorprendió la aurora en
medio del campo, con los rostros pálidos, los Ojos velados por anchas
ojeras negras y las bocas entreabiertas por soñolientos bostezos, sin
que la venida del sol les alegrase, porque terminaba una noche de
placer.
Chasco solemne llevará el que aguarde, después de tan gráfica pintura,
alguna reflexión moral que la condene. Lejos de eso, Alonso encuentra
en ello poco o nada que tildar y mucho que merece elogio, y después de
apostrofar a las hijas de su patria, porque nadie como ellas derrama
ese raudal de fuego puro ni esa voluptuosidad encantadora que sólo
nace en nuestro clima, termina sosteniendo que, en materia de bailes,
nada tenemos que envidiar a ningún pueblo del mundo.
Antes había dicho: No es extraño que, al presentarnos en las
universidades de la Península, se rían de nosotros y de nuestros
certificados; esforzando así sus "Reflexiones sobre instrucción
pública", y daba fin a su disquisición con estas frases:
Reclamemos la protección del Gobierno, que nunca se la niega a un
pueblo que pide medios de instruirse; venzamos todos los obstáculos y
digamos al Soberano: --Somos religiosos, somos leales, somos honrados,
somos hospitalarios; sólo nos falta que nos permitáis ser sabios.
Despréndese de estos párrafos que, en materia de bailes, nuestra
educación era perfecta en el año del Señor de 1849, pero, en punto a
instrucción, necesitábamos obtenerla para no ser objeto de burla en la
madre patria.
Pueblo que limita su instrucción al baile, pueblo que se regodea con
sensuales deleites, pero que no vigoriza su espiritu con la savia
nutritiva de la ciencia, sentirá correr su vida por facilísima
pendiente, se adormecerá puede ser, en patriarcales deliquíos, mas no
logrará, por ese medio, adquirir noción exacta de sus deberes, ni la
virilidad indispensable para reclamar y defender sus derechos; que ni
las voluptuosidades del baile, ni las puerilidades galleriles, ni las
sublimidades eróticas de los agunaldos de Reyes, ni las emanaciones de
los garitos, ni las mojigangas abigarradas, ni aquellas nocturnas
carreras de San Juan y San Pedro, verdaderas orgías de centauros cuyos
misterios adivinaba más bien que descubria el espectador, a la ahumada
luz de las candilejas callejeras, pueden corresponder con los
principios o encerrar los medios preconizados por escuela alguna para
fomentar el civismo, acentuar el carácter y dar tono a las costumbres
de ninguna sociedad; por más que todo ello se aderece con ciertas
prácticas devotas, manifestaciones externas, tangibles, ostentosas de
un culto puramente espiritual, en las cuales el observador no acierta
a descubrir la linea que separa el hábito de las convicciones, la
piedad de la superstición.
Por supuesto que estas reflexiones, que la acción transformadora de
los tiempos permite estampar a mi pluma, no eran para dichas en Puerto
Rico hace treinta y cinco años; de aquí que Monso cuide de callarlas
en su libro. Pero si la lectura de sus páginas las sugiere, si no es
ficción mía sino consecuencia indispensable esa deducción que del
cotejo de unos y otros párrafos se desprende, fuerza será convenir en
que bajo la apariencia bonachona de que el libro alardea, se esconde
un fondo de censura en que la verdad corre parejas con la habilidad.
Sucede con esos primitivos retratos daguerreotípicos que guardan como
venerandas reliquias algunas familias, que examinadas a la ligera, a
plena luz, apenas si permiten descubrir fugaces esbozos, pero
colocados en ciertas condiciones de visualidad, y observados con
detenimiento, muestran sobre la tersa superficie de la bruñida plancha
metálica, la imagen reflejada en la cámara oscura con su exacta
semejanza y sus minuciosos accidentes. Del mismo modo este libro, que
entre manos traigo, puede parecer ligero, insignificante a primera
vista, siendo así que estudiadas escrupulosamente sus hojas, se ven
palpitar en ellas, costumbres, tradiciones, querellas, esperanzas,
tipos, caracteres, palsajes, virtudes y vicios, luz y tinieblas,
lágrimas y sonrisas, la historia íntima, en fin, de un pueblo; pero
historia en que la pluma reticente del autor ha contado de antemano
con la colaboración imaginativa de sus lectores.
No criticaré yo por cierto, la adopción de tal género de literatura,
pues que gracías a él, ha podido el libro existir.
Si en 1862 no se permitía en Puerto Rico la publicación del discreto
romance Todo el mundo es Popaydn, que el lector encontrará en la
página 71 de la segunda parte; si para pintar en el 1865, la
longanjinidad de nuestro provincial carácter, era necesario acudir a
la alegoría personificándonos en aquel Perico Paciencia que conduce la
orquesta, carga el contrabajo, repica las campanas, díspara los
cohetes, dirige la alborada, canta la misa y arregla la sala del baile
en las fiestas de su pueblo, y luego, al verse rechazado de la reunión
por no creérsele digno de figurar en ella, soporta humildemente la
ofensa y se propone repararla, con ayuda del tiempo y a fuerza de
trabajo, de prudencia y de dignidad; si todavía en 1879, para flagelar
a ciertos alcaldes que saben nadar y guardar la ropa, había que
recurrir a la creación de un Don Agapito Avellaneda, asignando al tipo
ideal los rasgos característicos de la especie; si hoy mismo, por
último, al poner de manifiesto, en La Negrita y la Vaquita, la
gramática parda de uno de esos caciques de aldea, ante la cual suele
estrellarse la sagacidad palaciega, ha sido forzoso callar el nombre
de los protagonistas, por más que el hecho entrañe histórica
notoriedad, no cabe pretender que en 1849 corriese la pluma con una
holgura que ni las conveniencias sociales, ni los preceptos
gubernativos, ni el mismo espíritu público de la época habían de
prestarse a tolerar.
Cuando el torrente engrosado por las lluvias se precipita de empinada
cumbre, arrollando cuanto encuentra al paso, fuera temerídad inaudita
afrontar su desatado ímpetu. En casos tales, el viajero prudente se
ampara de un ribazo, y aguardando a que el raudal encauce, se
entretiene en contemplar los despojos que flotan, giran, chocan y al
cabo desaparecen arrastrados por el torbellino espumoso de las aguas.
Eso ha hecho Alonso: sentado, no Nel mezzo del cammin di nostra vita,
como el vate florentino, sino en sus extremidades, ha visto desfilar
ante si cuatro generaciones sucesivas, precipitadas por incontrastable
fuerza hacia el abismo de lo infinito, enlazándose y chocando a la vez
unas cosas con otras, y desarraigando vicios en su curso, atacando
preocupaciones, revolviendo costumbres, levantando ideales nuevos y
flotando por sobre todo ello, al vaivén de pasiones y sentimientos
distintos, la aspiración suprema del progreso y el ansia febril de
razonadora investigación.
Pero lo que no ha hecho don Manuel Alonso es cruzarse de brazos,
indiferente al grandioso espectáculo que ante sus ojos se desplegaba.
Touriste inteligente, ha abierto su cartera de viaje y ha consignado,
en breves pinceladas, expresivo recuerdo de cuanto contempló. Si esos
apuntes del viajero no son tan copiosos ni precisos como pudieran
serlo, júzguenlo otros en buen hora: la mano que traza estas líneas y
el corazón que la impulsa sólo tienen fuerzas y voluntad para
aplaudir.
No se extrañe ese aplauso. Atomo imperceptible de una generación
colocada, no sé si por desgracia o fortuna, entre las postrímerías
crepusculares de un pasado cuyo proceso inició ya la Historia, y las
alboradas rientes de indescifrable porvenir, por más que, obrero
humilde del progreso, me crea obligado a consagrar el débil concurso
de mis pobrisimas facultades a esa labor transformadora de nuestra
sociedad, lícito debe serme expandir el pecho y rejuvenecer el alma
con las armonías de un pasado en que vibran infantiles suspiros, ayes
candorosos, sublimes arpegios, ritmos de amor, de creencias, de
esperanzas y de sueños; armonías tanto más deleitables cuanto que no
son sino el eco tenue, suave, levisimo de una nota que se extinguió
para siempre en las misteriosas profundidades de la eternidad. -He
terminado.
SALVADOR BRAU.
Abril de 1884
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Ezequiel González
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