Ignacio Briones
Conocí a Luis Somoza Debayle cuando se desempeñaba como presidente de la
Cámara de diputados, tiempos antes de la muerte de su padre en 1956. Y lo
traté profesionalmente durante las Conferencias de Prensa que estableció
siendo
Presidente de la República en 1957, iniciadas conjuntamente con la fundación
de la Secretaría de Información y Prensa
de la Presidencia.
Nunca lo había visto tan disgustado como una mañana del mismo 1957, cuando a
invitación suya Francisco Bonilla nos llevó a su despacho privado luego que
desde Costa Rica Pedro Joaquín Chamorro Cardenal anunció que había llegado a
ese país, expulsado, Manuel Díaz y Sotelo, figura estelar del periodismo
nacional por aquellos años.
Meses antes Díaz y Sotelo había sido torturado bárbaramente en la Oficina de
Seguridad y su expulsión recrudeció en el gremio nuestro enfrentamiento
contra
el dinasta.
«He tratado de averiguar por todos los medios quién o quiénes ordenaron el
extrañamiento de Manuel, nos dijo, y no existe ninguna indicación de su
extrañamiento». Al rato de estar conversando conmigo, alterada la voz que
acompañaba con ademanes violentos de los brazos, llegaron también don
Alejandro H. del Palacio, presidente del Sindicato de Periodistas de Managua
y
Alex Caldera Escobar, jefe de redacción de «Novedades», quien, conjuntamente
conmigo
habíamos firmado un duro comunicado contra el mandatario.
Lo cierto era que Manuel ya estaba en San José y el antecedente de su
martirologio no permitía dudar que el gobierno lo había lanzado al
ostracismo.
--¡Aquí en este escritorio tengo la Ley conque puedo silenciarnos a todos!
nos
dijo, dejando caer puñetazos sobre el mueble. A la «sesión»se había agregado
Anastasio Somoza Debayle, su hermano, quien más de una vez le pidió que se
calmara.
Convenimos en que una delegación del Sindicato viajaría a Costa Rica para
que
el propio Manuel diera su versión de la expulsión. Presidía entonces la
Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) don Ricardo Castro Beeche, quien a
su
vez
era director del diario «La Nación». En su despacho nos reunimos los
delegados
junto con Pedro Joaquín y el propio Díaz y Sotelo.
Y conjuntamente tomamos el acuerdo de que mientras la administración de Luis
no probara fehacientemente lo contrario, la SIP y nosotros debamos como
culpables del hecho al propio Presidente de la República.
Pedro Joaquín acabada de publicar en San José la primera edición de su libro
«Estirpe Sangrienta: los Somoza y en un momento a solas me pidió que trajera
a
varios amigos un ejemplar de la obra. Acepté y al regreso, estando ya en
Peñas
Blancas, un advertido empleado aduanero me hizo una requisa especial y
encontró los libros. Me había delatado un colega cuyo nombre prefirió no
mencionar.
Al día siguiente, en Managua, me llegaron a traer unos agentes y me llevaron
ante Anastasio Somoza Debayle.
--¿Que no sabés que ese libro está prohibido que venga a Nicaragua? me dijo
ASD. Yo exageré la cantidad de ejemplares y el pobre empleado aduanero, al
no
poder entregarlo todos, fue destituido.
La realidad es que yo traía más ejemplares (tres o cuatro) en la cajuela de
vehículo. Uno de esos ejemplares lo conservé con la dedicatoria que Pedro
Joaquín le puso y fue el mismo que le presté a doña Violeta, ya asesinado
Pedro, para una segunda edición, publicada en Managua con prólogo de
Gregorio
Selser. (La edición presentada este enero la prologa Arturo Cruz Porras y de
ella se retiró el escrito por Gregorio).
II
Vivimos en la cárceles somocistas el desgarrado y verídico relato que Pedro
Joaquín hace en su «Estirpe». Fueron los meses compartidos en prisión con
Pablo Antonio Cuadra, Agustín Fuentes Sequeira, Hernán Robleto hijo y otros.
(Celda
4 de La Aviación).
III
Desde la Independencia son innúmeras las estirpes sangrientas que ha
padecido
el pueblo nicaragüense, hasta llegar a la que se hizo del poder en 1979 y
nos
sacrificó como pueblo hasta 1990.
De los crímenes gubernamentales hablan todas las historias de Nicaragua.
Desde
el holocausto de Fray Antonio Valdivieso y la insania del gobernador Manuel
Antonio Lacayo de Briones, hasta el encarcelamiento en 1811 del joven
Encarnación Balladares por «el delito» de hacer circular noticias
pro-independentistas, acción represiva perpetrada por el
Intendente José Salvador.
De Antonio Lacayo de Briones, las crónicas coloniales hablan de que mandaba
a
descuartizar a los prisioneros ordenando que los pedazos descuartizados se
distribuyeran en diferentes barrios leoneses «para escarmentar» a cualquier
poblador que osara protestar contra las autoridades coloniales.
Ya siendo «libres, soberanos e independientes», don José Dolores Gámez nos
refiere en su Historia de Nicaragua
(Tipografía El País-1889, página 1144) un párrafo reproducido por el doctor
Alejandro Bolaños Gayer en su libro «San Juan de Nicaragua».
..»En la guerra de 1824, habían combatido pueblos contra pueblos, familias
contra familias, parientes y vecinos, unos contra otros, sin otro móvil que
el
insensato deseo de destruírse. El país quedó devastado, las haciendas
abandonadas, y muchas personas ricas se encontraron sin abrigo, solicitando
la
caridad de los vecinos...los crímenes que no podían castigarse durante la
contienda, se multiplicaron asombrosamente con la impunidad, y los
asesinatos,
robos y violencias con el sexo débil, se cometieron sin restricción
alguna...Guerra semejante tuvo que ser el desahogo de innobles pasiones,
nunca
jamás la expresión de partidos políticos y mucho menos el desborde de un
patriotismo exagerado...».
El surgimiento de nuestra prensa escrita está asociado, a otro crimen; el
exterminio de un grupo de prisioneros en la isla de «La Pelona», perpetrado
en
1829 del que nadie, responsabilizó aunque se sabe quien era el Jefe Político
de Granada que condujo a los infelices hasta la isla convertida en tumba
colectiva.
IV
Durante la guerra «sandinista» contra Somoza, los muertos ocasionados por la
Guardia eran crímenes. A los cometidos por los guerrilleros del FSLN se les
calificó de «ajusticiamientos». Así se calificó el asesinato del Dr. Ramiro
Granera Padilla en su despacho leonés y ejecutado a sangre fría.
Pero la nueva estirpe sangrienta que sucedió a la de los Somoza no solo
asesinó durante la guerra contra la dictadura. Lea quien lo dude el informe
de
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA publicado en la
Revista
Conservadora números 170-171, correspondiente a enero-junio de 1981.
Una tarde el colega Filadelfo Alemán estaba a cargo de la edición de El
Nuevo
Diario. Y mi persona de «Barricada».
--Algo pasa, me dijo, en la zona franca (entonces cárcel). Están deteniendo
(los sandinistas) todos los vehículos que pasan por ahí. Era el 27 de junio
de
1981.
Lo que había ocurrido era que uno de los nueve comandantes había ordenado
asesinar a un grupo de prisioneros políticos a quienes se sacó primero,
desnudos, de sus celdas y luego fueron masacrados. El pretexto? Que uno de
esos presos había tratado de desarmar a un posta. En las cárceles se
encontraba preso el colega Abelardo Sánchez, quien fue herido «levemente»
dijo
El Nuevo Diario en su edición del lunes 29, número 398.
Abelardo sobrevivió a la masacre, en la que, según se supo aquella noche,
habían muerto más de 30 prisioneros, todos totalmente indefensos ante las
balas de sus sicarios.
Juan Velásquez Molieri era entonces redactor de «La Prensa» y puede también
agregar datos sobre ese crimen.
V
El Ing. Roberto Zelaya Blanco acaba de publicar, con el título de
«Nicaragua,
la conspiración del silencio», sus trágicos recuerdos de la injusta prisión
que padeció durante 10 de los once años del FSLN en el poder. Para mí es el
segundo
tomo de la Estirpe Sangrienta que escribió Pedro Joaquín en 1957. La
pregunta
es: ¿querrán los nicaragüenses volver a ser «gobernados» por estirpes
sangrientas?
IMPOSTOR
LA MARCHA HACIA LA PIN~ATA NO SE DETIENE
PATRIA LIBRE O REDONDO BEACH
PATRIA Y MUERTE, ROBAREMOS
COMANDANTE DANIEL ORTEGA Y SAAVEDRA, ORDEN~E, ORDEN~E, ORDEN~E