(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
LOS PROFETAS AFIRMAN, SÓLO JESÚS ES EL REGRESO AL PARAISO:
Los profetas oraban y, a veces, lloraban con sus miradas hacia el
cielo azul de Israel donde está su Jesús, y “nuestro Padre celestial
oía sus oraciones” para responderles al instante, con gran amor,
misericordia y gracia saludable e infinita para sus almas vivientes.
(Y lo mismo sigue siendo verdad en nuestros días, con cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera y sus cielos azules,
empezando con Israel, para recibir de nuestro Padre celestial amor,
ayuda, salud y bendiciones inagotables de las cosas que deseemos en
nuestros corazones cada día de nuestras vidas por la tierra y así
también en el cielo.)
Por ello, todos los profetas hablaron incansablemente del perdón
eterno de nuestro Señor Jesucristo, y con grandes testimonios
sobrenaturales en sus corazones de maravillas y de milagros sin fin
fabulosos en sus vidas y en la vida de muchas familias también:
«porque sólo él nos puede perdonar y limpiar de todos nuestros males y
contaminaciones mortales» del más allá. Por lo tanto, sólo él es
nuestro Salvador celestial para encontrar el perdón de nuestro Padre
celestial y la reconciliación eterna con su Espíritu Santo y con su
Ley viviente en el paraíso, en la tierra y eternamente y para siempre
en La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo.
Además, nuestro Padre celestial nos ha dado la misma vida de su Hijo
Jesucristo, así como se la dio a los antiguos, por ejemplo, porque
sólo en él está nuestro perdón y nuestra nueva vida infinita, llena de
bendiciones y de salud sin fin para nuestros corazones y para nuestras
almas vivientes en la tierra y en el cielo, para siempre. Por eso todo
aquel que camina por la tierra sin el Señor Jesucristo viviendo en su
corazón, entonces está viviendo en rebelión en contra de su Dios y
Fundador de su vida, para jamás volver a vivir la paz y la gloria
eterna de su Padre celestial y de su árbol de la vida que están en los
cielos.
Hoy en día, si tienes algún problema (o problemas), nuestro Padre
celestial te lo puede solucionar sin ninguna dificultad y sin más
demora, si tan sólo crees en tu corazón y así confiesas con tus labios
su nombre salvador, el nombre glorioso y misterioso de su Hijo amado,
¡el Hijo de David! Pues es la confesión sobrenatural del nombre
glorioso de su unigénito, para que entonces las muchas misericordias
de nuestro Padre celestial se manifiesten en nuestras vidas, para
hacer que nuestras tinieblas mueran y así cambien nuestras suertes del
mal hacia el bien, de la maldición hacia la bendición sin fin y la luz
más brillante que el sol, su Hijo Jesucristo.
En la medida en que, sólo el Hijo de David tiene potestad y autoridad
de parte de nuestro Padre celestial para solucionar cada uno de tus
problemas; en verdad, hay problemas grandes y pequeños; hay problemas
que el hombre los puede solucionar sin ninguna ayuda, pero hay otros
problemas con los cuales no puede lidiar solo con ellos jamás. Pues
son problemas muy graves en la vida de cada día del hombre, los cuales
sólo nuestro Padre celestial conoce la solución a cada uno de ellos,
pero únicamente por medio del Espíritu Santo de la vida y de la sangre
expiatoria, reparadora, sanadora de su Hijo amado, ¡nuestro Señor
Jesucristo!
De otra manera, ningún problema es verdaderamente solucionado sin la
ayuda idónea de nuestro Señor Jesucristo, en el paraíso y en todos los
lugares de la tierra, también, por ejemplo. Podemos decir, además, que
nuestro Padre celestial siempre ha tenido problemas y dificultades
terribles para enfrentar y corregir en el cielo y en la tierra, pero
siempre los ha confrontado uno a uno por medio de su Hijo amado,
¡nuestro Señor Jesucristo! En verdad, sólo Jesucristo es la solución
siempre a todos los problemas del cielo, de la tierra y para siempre
en el más allá.
Pues así también tiene que ser con cada uno de nosotros, con todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de todas las familias de las naciones
de toda la tierra, porque cada uno de nosotros ha salido del corazón,
del alma y del cuerpo santo de nuestro Padre celestial y de su
Espíritu Santo, para ser bendecidos diariamente por su Jesucristo. Y
sin el Señor Jesucristo, entonces nuestro Padre celestial no se
enfrenta a ningún problema jamás, sea lo que sea, para solucionarlo en
su vida santísima o en la vida de los ángeles o en la vida del hombre,
de la mujer, del niño o de la niña de la humanidad entera.
Y lo mismo podemos decir de nuestro Señor Jesucristo, puesto que
nuestro Señor Jesucristo siempre ha demostrado que él no se atreve a
solucionar ningún problema, ya sea en su vida o en la vida de los
ángeles y así también del hombre de toda la tierra, si no lo consulta
primero con su Padre celestial y con su Espíritu Santo. Es por eso que
nuestros Dioses celestiales son muy importantes en nuestras vidas de
cada día, así como lo fueron muy importantes en la vida de Israel y de
sus profetas; es decir, que sin la presencia santa de nuestro Padre
celestial, de su Jesucristo y de su Espíritu Santo, entonces nuestros
problemas, enfermedades y demás dificultades no podrán ser
solucionadas jamás.
Además, nuestro Padre celestial no desea que vivíamos en las tinieblas
de los problemas, enfermedades y males comunes y extraordinarios de
Satanás y de su mundo de la perdición eterna, sino que vivamos en las
bendiciones sin fin de sus tierras y de sus cielos santos del paraíso
y de su Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo. Por eso nuestro
Creador les enseñó a Adán y a Eva inicialmente que sólo el camino del
árbol de la vida es la bendición de sus vidas, para hacer realidad
cada uno de los deseos de sus corazones y de la de sus descendientes
infinitamente; y sin el Señor Jesucristo no hay bendición alguna para
nadie, sino sólo la muerte infernal.
Consiguientemente, sólo nuestro Señor Jesucristo es el camino, la
verdad y la vida en el paraíso y en todos los lugares del reino
angelical y así también en toda la tierra, para solucionar problemas y
sanar males terribles; por tanto, nadie podrá jamás entrar en la
presencia sagrada del SEÑOR de la Nueva Jerusalén celestial, sino es
por medio de él. Por eso tenemos que orar a nuestro Padre celestial,
en el nombre glorioso de su Hijo Jesucristo, diciéndole: Padre,
perdónanos nuestros pecados. Quita nuestras iniquidades de nuestras
vidas y acéptanos con tu benevolencia; te ofrecemos el fruto de
nuestros labios, alabándote y honrándote cada día, creyendo en
nuestros corazones en tu nombre santo y salvador de tu Hijo
Jesucristo.
Pues sólo tú eres lo mejor de nuestras vidas en la tierra y en el
cielo también, para siempre. No confiamos en ídolos, las obras
malvadas de nuestras manos pecadoras y ciegas a toda verdad y justicia
celestial; y jamás volveremos a decir: dioses nuestros son ustedes, a
las obras de las manos pecadoras y rebeldes a ti, de nuestros
antepasados. Visto que son ídolos para maldición, los cuales no ven,
ni sienten, ni sufren, ni piensan, ni podrán amar jamás, ni menos
responder a nuestros sentimientos humanos y oraciones sinceras hechas
a ti que moras en el reino angelical majestuosamente, eternamente y
para siempre. Pues sólo en ti el huérfano alcanzara amor, justicia,
verdad, benevolencia y misericordia infinita.
Yo te amo, mi SEÑOR, porque de tu corazón y de tus manos santísimas he
salido para vivir y gozar tu misma vida gloriosa y sumamente santa,
sólo posible en mí, por medio de tu árbol de la vida eterna, ¡nuestro
único Salvador Jesucristo, desde la antigüedad y hasta nuestros días
para entrar desde ahora a la nueva eternidad celestial! Y si oran así,
humildemente, mirando hacia el cielo azul en sus corazones en donde
está su Dios y Salvador de sus almas vivientes, ¡nuestro Señor
Jesucristo!, entonces él los mirara con gran amor sobrenatural,
misericordia, verdad, benevolencia y justicia infinita para responder
a sus oraciones, ruegos, peticiones y así sanar sus vidas grandemente
en todos los lugares de la tierra.
Así nuestro Padre celestial sanara sus infidelidades para amarlos
grandemente cada día por toda la tierra y para siempre en la eternidad
venidera de su nuevo reino sempiterno del cielo. Así nuestro Padre
celestial será el Dios que siempre quiso ser en sus vidas, por medio
del Espíritu de la sangre y de la vida triunfadora de su Hijo
Jesucristo, para perdonarlos cada día de sus faltas y llenarlos de
vida y salud sin fin a sus vidas y a la vida de los suyos también en
toda la tierra.
(Los siguientes libros les ayudaran a entender cuando los profetas les
declaraban a los antiguos, por ejemplo, que sólo el Señor Jesucristo
es el regreso al paraíso: “LOS PROFETAS ENSEÑARON DEL PERDÓN DE
JESUCRISTO” y “TODOS ENTREN POR LA PUERTA ESTRECHA DEL CIELO,
¡JESUCRISTO!” Léanlos una vez más, y nuestro SEÑOR bendecirá sus
corazones y sus almas vivientes grandemente hoy día y por siempre en
la nueva eternidad celestial de sus ángeles y de su nueva humanidad
infinita de naciones eternas de toda la historia de nuestra tierra.)
Carta del cielo:
LOS PROFETAS ENSEÑARON DEL PERDÓN DE JESUCRISTO:
Todos los profetas dan testimonio contundentemente de la vida y de la
sangre santísima del pacto eterno entre el hombre de toda la tierra y
de nuestro Padre celestial, nuestro Señor Jesucristo y, por tanto,
todo aquel que cree en Él recibirá perdón de pecados sólo por invocar
su nombre muy santo y milagroso con sus labios, para la eternidad
venidera. Desde el comienzo de las cosas “nuestro Padre celestial ha
tratado” con los ángeles y así también con el hombre del paraíso y de
la tierra con la sangre eterna de su Cordero Escogido, su Jesucristo,
es decir, desde mucho antes de la creación del cielo y la tierra, para
que vivan todos y por siempre en paz con Él.
Dado que, es el Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa de su Hijo
amado, la cual no solamente manifiesta y reparte verdad y justicia,
sino también esa paz duradera, la cual enriquece el corazón santísimo
de nuestro Padre celestial y así también la de los ángeles y la de los
hombres de la humanidad entera. Por eso, nuestro Padre celestial
siempre seguirá tratando con sus ángeles y así también con la
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por
ejemplo, con la misma sangre de su Hijo: «porque sin ella nadie podrá
jamás ser limpio, santo, justo, perfecto ni menos puro para amarle y
servirle a Él infinitamente».
Por eso es que el Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa de su
Hijo amado, el Hijo de David, el árbol de la vida eterna, fue muy
importante para Adán en el paraíso y así también infinitamente para
con cada uno de sus hijos e hijas, en todas las familias de las
naciones de la tierra. Es decir, también que la sangre bendita de
nuestro Señor Jesucristo es tan importante y esencial en la vida de
los ángeles y así también en la vida de cada día de las naciones, para
seguir siempre viviendo y andando por el camino de la verdad, la
santidad y la paz infinita de nuestro Padre celestial y de su Espíritu
Santo.
Y, de otra manera, no podremos jamás caminar en paz con nuestro Padre
celestial, ni con su Espíritu Santo y sus huestes angelicales, sino
que su ira se inflama grandemente en contra de nosotros, sin que nos
demos cuenta de nada hasta que ya es demasiado tarde, es decir, si la
sangre de su Jesucristo no es parte de nuestras vidas. Porque es el
Espíritu de la sangre bendita del Hijo de David, la cual no solamente
le da paz a nuestro Padre celestial en su corazón santísimo, para no
morirse de ira en contra de nosotros, por culpa de nuestros pecados,
sino que también nos llena a nosotros de toda verdad, justicia y de
muchas cosas más de su Jesucristo.
Por eso es que muchos andan afligidos, confundidos y sufriendo
problemas y enfermedades terribles en sus corazones y en sus vidas de
cada día, porque el Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa del
árbol de la vida no está en ellos, sino que la ira de Dios habita en
sus vidas para castigarlos cada día por sus pecados. Por ello, desde
el principio, los profetas de nuestro Padre celestial comenzaron a
enseñarles estas grandes verdades y justicias celestiales a todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la antigüedad, comenzando mucho
antes de los tiempos de Abraham y Noé, para seguir por siempre con la
misma enseñanza para con Israel y para con la humanidad entera y sus
naciones.
Porque es la verdad y la justicia de nuestro Señor Jesucristo, el
fruto del árbol de la vida eterna, la cual no solamente satisface de
toda verdad, justicia, santidad, perfección, paz y gloria para con
nuestro Padre celestial, sino también para con sus ángeles y hombres,
mujeres, niños y niñas de toda la tierra. Fue por esta razón que Abel
y así también Abraham y sus hijos ofrecían sus sacrificios y ofrendas
sobre el altar del SEÑOR, pero siempre saturadas con el Espíritu de la
sangre y de la vida del Señor Jesucristo, el Hijo de David, para que
sus pecados les sean perdonados, sanadas sus vidas y sus cuerpos
humanos de todo mal.
Porque la verdad es que por más santo que sea el ser creado por Dios,
ya sean ángeles, arcángeles, serafines, querubines o seres muy santos
y especiales como Adán y Eva en el paraíso, si no tienen el Espíritu
de la sangre del árbol de la vida, entonces no son lo suficientemente
santos, verdaderos y justos delante de Él para siempre. Y,
seguidamente, a través de las generaciones, poniendo en práctica
progresivamente las enseñanzas de los antiguos profetas del SEÑOR,
entonces las demás gentes seguían también sus preceptos, como Israel y
sus doce tribus, por ejemplo, para mantenerse santos y libres de todos
los males del pecado y de sus tinieblas en sus vidas de cada día, y no
morir jamás.
Ya que, el terror de la gente de la antigüedad no era tan sólo vivir
en pecado y enfermo por alguna enfermedad terrible e incurable, sino
que su temor era morir y descender al bajo mundo de los muertos, para
no volver a ver la vida jamás para siempre, en el más allá; entonces
todos querían vivir libres del pecado. Porque todos en la antigüedad
deseaban volver al cielo, como al paraíso o al ceno del SEÑOR, como a
donde los comenzó a formar en sus manos santas, con la ayuda idónea de
su Espíritu Santo y de su árbol de la vida eterna, nuestro Señor
Jesucristo, ¡el Hijo de David!
Es decir, que todas las gentes de la antigüedad conocían muy bien el
camino antiguo del SEÑOR, el cual era su Hijo amado, el Hijo de David,
sin duda alguna, de acuerdo a las enseñanzas de todos los profetas,
desde el primero y hasta el último, por ejemplo. Y éste es el camino
eterno a la verdad y a la vida celestial del nuevo reino sempiterno de
nuestro Padre celestial, de su Espíritu Santo y de sus huestes
angelicales, siempre comiendo y disfrutando cada día de los frutos del
árbol de la vida, ¡el Hijo de David!
Visto que, sólo el Hijo de David es el árbol de la vida de los ángeles
y así también de los demás seres creados por nuestro Padre celestial y
por su Espíritu Santo, como el hombre, la mujer, el niño y la niña de
las naciones; por ende, sólo Él es la felicidad de sus vidas y de sus
tierras infinitamente. Y los profetas del SEÑOR les enseñaban
continuamente a las multitudes de la antigüedad a seguir el camino
antiguo del SEÑOR, para que sean perdonados y sanadas sus tierras y
sus cuerpos humanos también de los males terribles de Satanás y de sus
tinieblas de siempre; la palabra de Dios cambiaba sus vidas
poderosamente, cuando creían a los profetas, sin titubear.
Excepto que, si no son perdonados, entonces «sus tierras no podían ser
sanadas» de ninguna manera y sus frutos no serian de lo mejor para
alimentar sus cuerpos y así proveerles una vida saludable, libre de
males y de enfermedades terribles; por ende, la tierra retenía sus
buenos frutos de sus árboles y plantas por la maldad de sus
habitantes. La tierra siempre ha sufrido los males terribles de los
pecados y rebeliones de sus habitantes, porque no aman a su Hacedor,
ni su a Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, ni al Espíritu Santo de
su palabra y de Sus Diez Mandamientos, por ejemplo; por eso no hay paz
en sus derredores, sino sólo violencia y guerras sin fin.
Pero cuando los habitantes de las tierras reconocían sus errores ante
el SEÑOR, recibiendo en sus vidas el Espíritu de la sangre y de la
vida del pacto eterno de Jesucristo, entonces la tierra era bendecida
por ellos grandemente: porque sus pecados desaparecían como arte de
magia, seguidamente sólo había por todos lados buenos frutos para
disfrutarlos cada día y en paz. Y hasta Dios mismo hacia que sus
enemigos, lejanos y cercanos, vivan en paz con ellos, porque la tierra
disfrutaba grandemente de la presencia gloriosa del Espíritu bendito
de la sangre y de la vida del pacto eterno de entre el hombre de la
tierra y el Dios del cielo, el Hijo de David, ¡nuestro Señor
Jesucristo!
Es decir, que con la presencia gloriosa del Espíritu del Señor
Jesucristo sobre toda la tierra de personas, familias, pueblos,
tribus, naciones o reinos, entonces la tierra es infinitamente feliz,
tan feliz que sólo puede dar lo mejor de sus frutos de todos sus
árboles, plantas y animales, por ejemplo, para que sus habitantes las
disfruten en gran abundancia. Y lo mismo es verdad con los ríos, mares
y océanos, si sus habitantes cercanos son malvados en contra de Dios y
de su Jesucristo, entonces sus aguas no serán bendecidas por nuestro
Padre celestial para que sus vidas marinas les den de sus frutos y de
la mejor manera posible para sostener sus vidas cada día saludable.
(En otros términos, por ejemplo: Tú eres lo que comes cada día. Si
comes bueno, pues estás bien, vives una vida resistente al mal
escondido y muy fuerte a la vez sobre todas las cosas. Pero si no
comes bien, entonces estás viviendo al borde de las enfermedades de la
tierra o quizás ya estas viviendo en ellas y apunto de sucumbir al
bajo mundo de los muertos, sin fe y sin esperanza alguna de vida y de
salud para tu alma viviente en el más allá. Y todo esto te sucede por
culpa de tus maldades o de las maldades de otros que habitan en tu
tierra; porque el pecado que cometes en contra de Dios, en verdad es
en contra de ti mismo también y de Jesucristo para mal de tu vida;
además, todo pecado sea quien sea que lo cometa la tierra se enferma
igual.
Y esto no tiene que ser así contigo ni con ninguna otra persona jamás,
porque nuestro Padre celestial ya bendijo grandemente toda la tierra
con el derramamiento de muchos poderes sobrenaturales de su Espíritu
Santo (génesis 1:2) y así también de la vida gloriosa de su árbol de
la vida, ¡nuestro Señor Jesucristo! Es decir, que nuestro Padre
celestial ya bendijo grandemente la tierra con la misma vida de su
Jesucristo, cuando vivió su vida santa en Israel y derramo finalmente
su sangre gloriosa sobre la cima del monte santo de Jerusalén, para
fin de los males y el comienzo de toda bendición en la tierra y en la
vida de todas las naciones.)
Por eso, desde siempre, sólo el Señor Jesucristo, y su sangre
santísima con sus muchas bendiciones sobrenaturales, es lo mejor de tu
vida y de la vida de todos los tuyos también, para que la tierra en
donde vives viva siempre bendecida por Dios y por su Espíritu Santo,
¡gracias al Señor Jesucristo viviendo ya en tu corazón! Porque es lo
que está en el corazón del hombre lo que maldice o bendice la tierra;
puesto que, todo lo que entra en el cuerpo no contamina al hombre,
pero si lo que sale de su corazón, nuestro Señor Jesucristo les
explicaba a los antiguos, para que entendieran el gran poder que posee
el corazón humano cuando es habitado por Él.
Además, si existiera algo mejor que el Señor Jesucristo, como el árbol
de la vida eterna, para la tierra y para la humanidad entera, entonces
ya hace tiempo que nuestro Padre celestial no solo nos lo hubiese
comunicado, sino que también nos lo hubiese entregado a nosotros, sin
escatimar nada de Él. Pero no hay nada en el paraíso ni en la tierra
igual o mejor que la vida gloriosa y sumamente santa de su Hijo amado,
el Hijo de David, para perdonar y borrar nuestros pecados, males,
problemas y enfermedades terribles en la tierra y en el más allá para
siempre y, a la vez, llenarnos de tantas bendiciones infinitas.
Por eso, en Jesucristo somos sumamente ricos, llenos de vida y de
salud sin fin diariamente, para sólo conocer la verdad, la justicia,
la paz y la gloria de vivir con nuestro Creador y con sus ángeles, por
medio del fruto del árbol de la vida; por todo ello, el que encuentra
al Señor Jesucristo ha encontrado su verdadera vida original/
celestial. Entonces los profetas antiguos eran muy cuidadosos de
dejarles entender todas estas verdades a las multitudes de la tierra,
para que vivan en paz con su Dios y así sus tierras no serian
maldecidas por culpa de sus pecados, sino benditas por haber obedecido
a su Dios y Fundador de sus vidas, por medio de su Hijo amado,
¡nuestro Señor Jesucristo!
Debido a que, es únicamente la obediencia a nuestro Señor Jesucristo
lo que verdaderamente hace feliz el corazón santo de nuestro Padre
celestial, de su Espíritu Santo y de sus huestes angelicales también
en todo el reino angelical de los cielos y en toda la tierra con todo
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, sin duda alguna. Y
los rituales de las ofrendas y de los sacrificios de los animales
rumiantes eran constantes cada día y cada noche también, para que
nuestro Padre celestial no vea sus pecados y derrame su ira sobre
ellos para exterminarlos por completo, sino que sólo vea el Espíritu
bendito de la sangre viviente de su Hijo amado, ¡el Hijo de David!
Ésta era la paz duradera por la cual los profetas siempre les hablaban
a los antiguos departe del SEÑOR, para que sus vidas vivan cada día
prosperando continuamente hacia un futuro mejor y más no lo contrario.
En verdad, nuestro Padre celestial desde la antigüedad, como en el
reino de los cielos, en el paraíso y así también hasta nuestros días,
por ejemplo, «es un Dios de sangre santa», pero solamente la sangre
bendita de su Hijo amado, la cual está limpia y libre de toda
imperfección y de todo pecado, por supuesto, para bendecirlo todo
siempre. Y cuando nuestro Padre celestial veía el ritual del
derramamiento de la sangre del animal rumiante sobre su altar y sobre
la tierra, entonces veía la sangre de su Jesucristo, por tanto, su ira
se alejaba de Él para no castigar al malvado según haya sido su pecado
y su maldad en contra de Él y de Sus Mandamientos sagrados.
Además, esto no era tan sólo en Israel sino en casi todas las demás
naciones de la tierra, porque nuestro Padre celestial buscaba propagar
su gloria en todos los corazones de todos los hombres, mujeres, niños
y niñas de la humanidad entera, para gloria y para honra infinita de
su nombre muy santo, por ejemplo. Y las palabras de las enseñanzas de
los profetas del SEÑOR avanzaban a pasos agigantados para tocar las
vidas de muchos por todas las naciones de la tierra, para que la
sangre del pacto eterno entre Dios y el hombre sea honrada en sus
vidas cada día y para siempre en la eternidad.
Y así muchos escapaban la ira de Dios y, hasta también, escapaban sus
enfermedades y muertes tempranas en sus vidas y en la vida de los
suyos, por ejemplo; y los antiguos entendían que “el Espíritu de la
sangre del Cordero Escogido de Dios” tenia que ser constante delante
de su presencia santa, para que todo esté bien con ellos siempre. Por
eso es que las ofrendas y los sacrificios de los animales rumiantes de
un año y sin tacha eran constantes, como cada mañana, cada tarde y
cada noche, para que la ira de Dios se aplaque y no termine con la
vida de ningún pecador ni de ninguna pecadora en todas las naciones y
hasta en toda la tierra también.
Y los sacrificios de sangre no cesaban delante de la presencia santa
de Dios, porque tenia que ser así cada día y cada noche y, además,
porque la bendición de la sangre santificadora, reparadora y sus
poderes sobrenaturales eran para todos, hebreos y gentiles, por igual;
y los profetas del SEÑOR llevaban estas verdades infinitas a muchos
por toda la tierra. De día en día, sólo por medio de la enseñanza de
los siervos de Dios de esta gran verdad y justicia celestial, entonces
el hombre de toda la tierra podrá empezar a comprender la importancia
de ella y como funciona sobrenaturalmente en su vida sin cesar, para
hacer que los poderes del pecado no afecten su vida de ninguna manera
peligrosa.
Así pues, Israel se inicia en sus ofrendas y en sus sacrificios de los
animales rumiantes de un año y sin tacha alguna en sus cuerpos
sacrificados, para que la sangre del sacrificio sea lo más pura, santa
y perfecta posible sobre el altar, simbolizando así la presencia
sagrada de la sangre del pacto eterno del Hijo de David. De no ser
así, entonces nuestro Padre celestial no trataba con ellos jamás, sino
que se alejaba de sus vidas y de sus tierras, dejándolos expuestos a
la voluntad malvada de sus pecados y de los poderes terribles de las
profundas tinieblas mentirosas de Satanás y de sus ángeles caídos,
para que sean ultrajados, robados, desterrados y destruidos por fin.
Históricamente, los enemigos de Israel siempre han sido gentes que
sirven a Satanás, de una manera u otra, pero le sirven a él y a sus
profundas tinieblas de mentiras increíbles y sumamente mortíferas para
ofender a Dios, y, por tanto, sólo la sangre bendita del Hijo de David
los protegió desde el éxodo de Egipto y hasta nuestros días también.
Porque sólo el Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa del árbol
de la vida en el paraíso y en la tierra, nuestro Señor Jesucristo,
puede perdonar, borrar pecados, para que los corazones de las gentes
sean sanados de todos sus males y, a la vez, llenos de bendiciones sin
fin para vivir una vida saludable cada día.
De otra manera, no hay perdón posible de pecados para nadie, ni menos
la tierra puede ser sanada de todos sus males, para que sus frutos
sean bendecidos por Dios mismo y alimente a las multitudes, dándoles
todos sus ingredientes naturales, como vitaminas y minerales, por
ejemplo, para vivir una vida saludable y libre de toda enfermedad.
Porque los poderes del pecado de Adán y Eva son terribles en el
corazón y en la vida de cada uno de sus hijos, para no solamente
hacerles daño cada día de sus vidas por la tierra o a la tierra misma,
sino también en el más allá, como en el infierno, para que jamás
vuelvan a levantarse a la vida eterna.
Pero si la misma tierra es bendecida por nosotros mismos al
arrepentirnos de nuestros pecados en contra de nuestro Padre celestial
y de su Jesucristo, por ejemplo, entonces no solamente ya no nos daría
de sus frutos pobres con falta de sus vitaminas y minerales esenciales
para nuestros cuerpos, sino que nos llenaría de vida saludable en gran
medida. Y esto es que nos daría no solamente de lo mejor posible de
sus frutos vitales, sino que también no nos retendría nuestros cuerpos
muertos en sus tumbas, sino que abriría sus tumbas para devolver a la
vida a sus muertos y así también sus ríos, sus mares y sus océanos de
toda la tierra, por ejemplo, sin duda ninguna.
Entonces, y sin que nos demos cuenta jamás, la tierra también se hace
justicia por sí misma en contra de nosotros, por nuestras culpas y
maldades en contra de Dios, de su Ley y de su Hijo Jesucristo, y no
solamente no nos da de sus buenos frutos escondidos en sus
profundidades, sino que también nos encierra en sus tumbas eternas.
Por eso es que hay muchos encarcelados en las tumbas de toda la
tierra, porque no amaron a su Dios y Fundador de sus vidas, ni menos
honraron en sus corazones a su Hijo amado, como Él mismo los llama a
amarle a Él y honrar su Ley viviente por siempre y hasta aún más allá
de la nueva eternidad celestial.
Además, la tierra no devolverá a sus muertos jamás, ya sea en sus
ríos, mares o océanos y sólo hasta que nuestro Señor Jesucristo le
entregue de la bendición personal de nuestro Padre celestial, y éste
será el día de la resurrección para que todos los hombres, mujeres,
niños y niñas que han pisado la tierra, vuelvan a la vida. Y todo ser
viviente que haya vivido en la tierra volverá a la vida tal como fue
en vida, porque la misma tierra lo deja ir suelto, por mandato y por
amor de nuestro Padre celestial y, además, por la gracia sobrenatural
de su Hijo amado, la resurrección, ¡el árbol de la vida!
Unos se levantaran en el día de la resurrección para juicio y
vergüenza eterna, porque jamás amaron a su Dios, ni honraron a su Hijo
amado en sus corazones; pero otros se levantaran, en su gran mayoría a
la vida y salud eterna, porque amaron a su Dios y honraron cada día de
sus vidas a su Jesucristo en sus corazones. Entonces nosotros mismos,
por medio del espíritu de nuestra fe, en el nombre glorioso y
sobrenatural de nuestro Señor Jesucristo, el cual la tierra junta con
sus diversos ríos, mares y océanos perfectamente conocen con sus vidas
volátiles, marinas y terrenales, de aves, peces y animales y hasta de
su vida subterránea igual, pues podemos alcanzar muchas bendiciones
sobrenaturales desde ahora.
Es decir, que la tierra tiene grandes poderes sobrenaturales, así como
de la misma tierra santa y gloriosa del paraíso y del reino angelical,
para bendecir grandemente nuestras vidas, si tan sólo la bendecimos a
ella misma en la mayoría de los casos, removiendo nuestros pecados y
rebeliones en contra de su Creador y salvador de su vida, ¡nuestro
Señor Jesucristo! Y es esto lo que la tierra desea de nosotros, que la
salvemos, amando a nuestro Padre celestial y a su Hijo Jesucristo,
para que entonces nuestros pecados, los cuales son muy malos y muy
pesados sobre toda ella entonces desaparezcan por completo, para que
las bendiciones celestiales tomen sus lugares respectivos por todos
lados, y así la tierra enriquecería grandemente.
Hoy en día, si nosotros hacemos caso de las enseñanzas de los profetas
de la antigüedad, y no somos rebeldes a ellos ni a sus Escrituras,
como los antiguos, por ejemplo, entonces nuestro Padre celestial nos
bendeciría grandemente, para que la tierra, a su vez, sea bendita
también cada día y para siempre en la eternidad venidera del nuevo
reino angelical. Por eso es que las enseñanzas de los profetas y sus
Escrituras jamás morirán, ni perderán sus poderes sobrenaturales en la
tierra ni en el cielo para bendecir nuestras vidas cada día y
encaminarnos por el camino antiguo de nuestro Padre celestial para con
Israel y para con la humanidad entera también, para miles de
generaciones venideras en la eternidad.
Es decir, que jamás hubo otro camino de regreso al paraíso y a las
manos santísimas de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo,
Creadores celestiales de nuestras vidas y de nuestras almas vivientes
para amar, comer y beber por siempre de su fruto de vida y de salud
eterna, el Hijo de David, ¡nuestro Señor Jesucristo! Presentemente,
nuestro Padre celestial nos ha dado del Espíritu Santo de la sangre y
de la vida gloriosa del árbol de la vida, el Hijo de David, para
escapar las tinieblas de las mentiras terribles de Satanás y del ángel
de la muerte y sus seguidores tradicionales, para vivir en la paz
eterna de su luz más brillante que el sol.
De hecho y derecho, ésta es la sangre del pacto eterno, la cual nos
cubre, nos protege y sobre todo nos libra de nuestros pecados,
tinieblas, problemas, enfermedades, de lo desconocido, maldiciones en
la tierra y del más allá y con sus más ricas bendiciones de vida y de
salud celestial, en la tierra y en el cielo, para siempre. Porque el
poder de la sangre del Hijo de David, nuestro Salvador Jesucristo, “es
como el jabón y el agua” para lavarnos por dentro en el cuerpo, en el
corazón, en el espíritu, en el alma y en la vida de cada hombre,
mujer, niño y niña de todas las familias de las naciones del mundo
entero, comenzando con Israel, por ejemplo.
Es decir, que el Espíritu de la sangre y de la vida del Hijo de David
lava el corazón de todas las impurezas satánicas, dejando el cuerpo
limpio de los males de las enfermedades de las tinieblas y así el alma
queda purificada y libre de la mancha eterna del poder del pecado y
del ángel de la muerte para siempre. Además, la sangre del pacto
eterno de nuestro Salvador Jesucristo, en si, es tan poderosa que
realmente no sabemos, ni entendemos, toda lo poderosa que es en la
tierra y en la eternidad también, por ejemplo, como en la vida de los
ángeles y así también de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las
naciones de la tierra.
Mejor dicho, el Espíritu de la sangre y de la vida santísima de
nuestro Señor Jesucristo son los milagros mayores del reino angelical
y de la humanidad entera de las naciones de toda la tierra, en el
paraíso y en la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén santa y
gloriosa del cielo y más allá de toda duda. Porque la sangre del pacto
eterno de nuestro Señor Jesucristo para con el hombre de la tierra, de
parte de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, en si, puede
limpiarlo de todos sus pecados con tan sólo confesárselos a Él,
invocando su nombre santísimo en un segundo eterno, como en un momento
de fe y de oración, por ejemplo.
Esto es poder, poder sobrenatural e infinito, el cual se convierte en
muchos poderes aún mayores, para perdonar pecados ya olvidados de
nuestros antepasados, sanar corazones, almas, espíritus y cuerpos
humanos y hasta nuestras tierras también, dejándolos completamente
regenerados como si jamás hubiesen pecado o sufrido la maldición
alguna de Satanás y de sus profundas tinieblas del infierno, por
ejemplo. Fue por esta razón que nuestro Padre celestial les decía a
los antiguos, comenzando con Adán y Eva en la tierra, por ejemplo,
mata y come, pero la sangre del animal rumiante del sacrificio tendrá
que ser derramada sobre la tierra, y nadie podrá comer de ella por
ninguna razón: porque la vida del animal está en su sangre.
Y yo les he dado «la sangre» para expiación de sus pecados; para que
de esta manera sus pecados les sean perdonados y borrados; y no es que
la sangre del animal tenga algún poder curativo o de perdón de
pecados, sino que es usada, como siempre, en substitución, o como
símbolo, de la única sangre santísima del Hijo de David. Es decir, que
cada uno de los sacrificios de sangre de los animales rumiantes, en
realidad, fueron hechos, comenzando con el de Abel, por ejemplo, en
reemplazo, en lugar, de la verdadera sangre liberadora, justificadora,
sanadora, salvadora, compensadora, llena de vida y de salud eterna y
con todas sus bendiciones sin fin del Hijo de David, ¡nuestro Señor
Jesucristo!
Entonces los antiguos aprehendían al animal rumiante y lo degollaban
sobre el altar del SEÑOR, dejando así que su sangre se derrame sobre
la tierra, siempre pensando y honrando la verdadera sangre divina, la
que limpia y cubre los pecados y rebeliones de los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, para perdón, bendición, salud y
prosperidad eterna. Por eso es que el corazón, el alma, el cuerpo, el
espíritu y la vida del pecador y de la pecadora de toda la tierra
pueden realmente ser perdonados de sus pecados, para que tengan una
vida sana, santa y pura, como si jamás hubiesen pecado, o conocido el
pecado en todos los días de sus vidas por toda la tierra.
En verdad, ésta es una vida sumamente pura, tan pura como la de los
ángeles del cielo o del mismo árbol de la vida eterna del paraíso, la
cual agrada a nuestro Padre celestial en toda su verdad, justicia,
santidad, perfección y gloria infinita, ¡el Hijo de David!
Antiguamente, esto era algo que sé tenia que hacer con cada uno de los
sacrificios de los animales rumiantes de un año y sin tacha alguna,
para que sea entonces aceptado delante de nuestro Padre celestial,
para que los pecados sean cubiertos y así su ira santa no se
encendiera para destruirlos por sus culpas y por sus maldades
cotidianas.
Y lo mismo sigue siendo verdad, hoy en día, en Israel y en toda la
tierra, tal cual como en los días del pasado, pero esta vez tenemos ya
la verdadera sangre santísima, derramada en su día sobre la cima santa
en las afueras de Jerusalén, «el gran altar celestial», para fin del
pecado y el comienzo de la felicidad eterna. Y es precisamente ésta
misma sangre divina en la antigüedad, por medio del sacrificio de la
sangre simbólica de los animales rumiantes, la que cubrió, perdono y
borro los pecados y rebeliones de los antiguos y de miles de
generaciones venideras en el futuro en la tierra y en el paraíso
eternamente, la cual actúa hoy en tu vida grandemente también.
Y, desde entonces acá, sin ésta sangre sumamente santísima, la cual
comenzó con el derramamiento del sacrificio de Abel sobre el altar del
SEÑOR, nuestro Padre celestial no le habla a nadie jamás no importando
sea quien sea la persona o personas, nación o naciones, como Moisés o
como todo Israel histórico y sus doce tribus, por ejemplo.
Consecuentemente, sin el derramamiento de la sangre del Cordero del
Sacrificio eterno, nuestro Señor Jesucristo, entonces la ira de
nuestro Creador no podía salir de la persona o personas, nación o
naciones, sino que se quedaba sobre ellos hasta destruirlos
enteramente; es decir, que sin el derramamiento de la sangre divina
sobre la tierra no hay perdón de pecado alguno, jamás.
Entonces estos sacrificios y derramamientos de sangres, verdaderamente
eran para cubrir temporalmente las culpas y los pecados de las gentes,
hebreas o gentiles, de las cuales se acercaran al SEÑOR buscando su
perdón y su reconciliación santísima para con Él, para que sus suertes
cambien para bien de cada día de sus vidas por toda la tierra y para
la eternidad. Porque la verdad es también, así como los profetas de la
antigüedad lo manifestaban a las multitudes de Israel y de los
diversos pueblos de las naciones regados por toda la tierra, de que
sólo el Espíritu de la sangre santísima rociada sobre el altar del
SEÑOR y derramada sobre la tierra, entonces sus suertes podían cambiar
para bien eterno seguidamente.
Y lo mismo es verdad, hoy en día, también no solamente en Israel sino
en todas las familias de las naciones, de que sólo invocando el
Espíritu de la sangre del sacrificio eterno del Hijo de David, el
Cristo, puede cambiar la suerte de sus vidas para bien, para que sus
enfermedades, problemas sean resueltos y así sus vidas mejoradas
grandemente. Los profetas y más los que entendían lo que nuestro Padre
celestial estaba haciendo con ellos, entonces esperaban por la venida
del Gran Rey Mesías, para liberarlos de sus males y bendecirlos
grandemente no tanto como nación, sino a cada una de sus vidas
individualmente y para siempre con el fin de que regresen al cielo, a
las manos santas del SEÑOR.
Por eso, el Señor Jesucristo cuando predicaba sus palabras a los
hebreos, entonces les aseguraba, diciéndoles, por ejemplo: Yo soy el
camino, la verdad y la vida; nadie podrá jamás regresar a la presencia
santa de Dios en el reino de los cielos, sino es por mí. Puesto que,
“el Señor Jesucristo es el único quien les hablaba” a los profetas
para que los hebreos obedecieran al SEÑOR, nuestro Padre celestial,
con el fin de que sus ofrendas y sus sacrificios de animales rumiantes
sean lo más santos posibles sobre su altar y delante de su presencia
gloriosa, para que sus pecados sean borrados para siempre.
Y, además, es Él mismo, el Hijo de David, quien de la misma manera
siempre les hablaba por las Escrituras y así también por el Espíritu
de la Ley viva a los hebreos cada día y hasta nuestros días también;
es decir, que cada vez que los hebreos leen las Escrituras o la Ley,
están hablando con el Hijo de David. Y la razón porque nuestro Señor
Jesucristo les aseguraba estas palabras a los hebreos y así también a
los gentiles, cuando les decía que sólo era Él el camino al cielo,
porque tenia en Él: la sangre del pacto eterno en sus venas, para ser
derramada por ellos en su día, para perdón y para reconciliación santa
con la felicidad celestial.
Además, como nuestro Señor Jesucristo tenia en sí mismo la sangre del
pacto eterno, no solamente salvaba a las personas y familias de los
hebreos y gentiles, cada vez que les predicaba su evangelio santo y
oraba por ellos, sino que también los liberaba del poder de sus
enemigos y de sus muchas aflicciones y enfermedades eternas y mortales
juntamente. Esto era glorioso ver al Hijo de David caminando por las
calles de las ciudades y aldeas de Israel predicando su evangelio
eterno, el mismo evangelio antiguo de Abraham, Isaac, Jacobo, Moisés,
David y en fin todos los patriarcas y profetas de Israel, para perdón
y sanidad de sus cuerpos y vidas humanas; las gentes eran sanadas de
males terribles diariamente.
Se veían grandes milagros entre los que seguían al Hijo de David por
todo Israel a donde tenia que ir para predicar la misma palabra que
los profetas habían anunciado a las multitudes de su parte en la
antigüedad, para que dejen de caminar en las tinieblas y así se
encaminen infinitamente en la luz de la vida eterna, ¡nuestro
Jesucristo! Porque todos los sacrificios de derramamiento de sangre,
comenzando con Abel y en adelante, en verdad, fueron hechos en
reemplazo/lugar del derramamiento santo del pacto eterno, de la sangre
salvadora del árbol de la vida, el mismo árbol de los árboles sin vida
de Adán y Eva sobre la cima santa de Jerusalén, «el gran altar de
Israel», ¡nuestro Señor Jesucristo!
En otras palabras, el sacrificio y derramamiento de sangre de cada
cordero o animal rumiante, para el sacrificio sobre el altar de Dios,
comenzando con el sacrifico de Abel, por ejemplo, era simbólico del
verdadero sacrificio y derramamiento de sangre salvadora, la cual
vendría después de sus vidas, como hoy mismo viene a ti, si tan sólo
invocas su nombre maravilloso. De hecho, éste es el pacto de sangre
santísima del Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo, para el pacto
de vida eterna entre Dios y el hombre de la tierra, para así cubrir
sus pecados, no temporalmente, sino para siempre en la tierra y en la
eternidad venidera del nuevo reino sempiterno de La Nueva Jerusalén
santa y gloriosa del cielo. Porque sin la sangre bendita del Hijo de
David ningún hebreo o gentil, sea quien sea la persona, jamás podrá
pisar tierra santificada de la nueva vida infinita de La Nueva
Jerusalén santa y gloriosa del cielo: en donde todo es paz, gloria,
pureza, santidad y verdadera perfección de amor de todas las cosas
para siempre.
(Y, hoy en día, si eres hebreo o gentil y si deseas regresar al Dios
de Abraham, al Dios de Isaac y al Dios de Jacobo en la tierra y en el
cielo, pues entonces tienes que tener la sangre bendita del Hijo de
David viviendo en tu corazón, para que comiences a vivir infinitamente
desde ya: “Tu eternidad bendita”. Para que tu espíritu, tu alma, tu
cuerpo y toda tu vida humana sean santas, perfectas y llenas de amor
para entrar a la vida eterna del cielo y si no, pues morirás en tus
pecados y en tus tinieblas para jamás volver a ver la luz del día, ni
mucho menos la luz gloriosa del rostro del SEÑOR para siempre.)
Y los profetas del SEÑOR cada día daban testimonio contundente de todo
esto al pueblo de Israel y de las naciones también, así como lo leen
hoy en día, por ejemplo, para que sus pecados les sean perdonados y
así se conviertan de sus vidas pecadoras a la vida santa del Santo de
Israel y de las naciones, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque sólo el
Señor Jesucristo es la paz, la gloria y la felicidad infinita no
solamente de nuestro Creador, sino también de sus diversidades de
ángeles en sus rangos de glorias y poderes y así también la paz, la
gloria, la prosperidad y la felicidad perfecta de cada hombre, mujer,
niño y niña, comenzando con Adán y Eva en el paraíso.
Y sin la sangre del Señor Jesucristo no hay paz, ni gloria, ni
felicidad alguna para nadie sea quien sea la persona, familia o nación
del mundo entero; no hay paz ni felicidad alguna para el impío, ni
antes ni después, declara abiertamente la Escritura profética; a no
ser que se arrepientan de sus pecados, aceptando a Jesucristo en sus
vidas pecadoras. Entonces ésta sangre santísima de nuestro Señor
Jesucristo no solamente borra pecados de personas o familias enteras,
sino también de naciones, como la época clásica de Israel, la cual
siempre fue muy meticulosa con los preceptos y rituales del servicio
al SEÑOR, por medio de los derramamientos de la sangre de los
corderos, para perdón y reconciliación nacional con el SEÑOR.
Entonces para que todo esto sea una realidad en los días antiguos de
Israel, nuestro Dios enviaba a sus siervos y a sus siervas uno tras
otro, como profetas, jueces, pastores, para que les enseñen los
preceptos, mandamientos y rituales a seguir constantemente de la
sangre santísima de su Hijo Jesucristo, para que todos ellos vivan en
paz con él infinitamente. Y si no lo hacían así para satisfacer toda
verdad y justicia en sus vidas, obedeciendo a sus profetas de todas
las palabras que les enseñaban de parte de Él, pues entonces eran
entregados por Dios mismo a sus enemigos una y otra vez, para que sean
derrotados y castigados por ellos en Israel y hasta en tierras lejanas
también.
Además, Dios hacia todo esto en contra de Israel, porque su ira se
derramaba grandemente por culpa de sus pecados, por no obedecerle a
él, conforme a su más santa y gloriosa voluntad, por medio del
Espíritu Santo de los rituales de la sangre simbólica derramada sobre
su altar y sobre la tierra, para perdón y paz duradera en sus vidas.
Es decir, que en la antigüedad y no tanto así hoy en día, porque el
Señor Jesucristo ya derramo su sangre santa para perdón de pecados, si
nuestro Padre celestial no veía el Espíritu de la sangre bendita de su
Hijo amado cubriendo los pecados, entonces su ira se inflamaba así por
así y destruía todo enteramente, sin previo aviso.
Entonces muchos hebreos murieron así y al instante, bajo la ira
inflamada de nuestro Padre celestial por culpa de sus pecados, porque
no veía el Espíritu de la sangre y de la vida santísima del Señor
Jesucristo, para bien y paz que viene de antiguo celestial para sus
vidas y para sus tierras también, por supuesto. Pero gracias al
sacrificio eterno que los antiguos hicieron sobre el monte santo de
Jerusalén y sobre los árboles secos de Adán y Eva, para fin del pecado
y así calmar la ira divina también sobre Israel y sobre las puertas de
las familias de las naciones que le aman a Él siempre: por eso gozamos
del perdón eterno actualmente.
Porque nuestro Padre celestial había levantado no solamente profetas
sino también hombres, mujeres, niños y niñas de todas las familias de
Israel, para que no solamente vivan alegres y felices con Él,
obedeciendo cada día sus Santos Mandamientos, sino también para que
salieran a las naciones a ganar prosélitos para su nuevo reino
sempiterno y angelical, ¡La Nueva Jerusalén celestial! Para que muchos
de ellos se conviertan a la verdad del Espíritu de la Ley viviente y
del mensaje santísimo de los rituales del sacrifico y de las ofrendas
al SEÑOR, de los cuales conllevan el mensaje milagroso del perdón,
bendición, sanidad y salvación eterna del alma viviente del hombre,
por los poderes sobrenaturales de la sangre viva del Gran Rey Mesías.
Y esto era algo que nuestro Padre celestial quería regar por las
naciones, para que ellas también sean cumplidoras del Espíritu de Sus
Diez Mandamientos y de las ordenanzas y decretos, los cuales rigen
cada día el servicio santo al SEÑOR, de cada una de sus ofrendas y
sacrificios de derramamientos de sangres sobre su altar y ante su
presencia gloriosa. Porque cada ofrenda y sacrificio del animal
rumiante ante la presencia santa de nuestro Padre celestial es “el
aroma sumamente rico” de la sangre bendita del pacto eterno, llena de
perdón, bendición, paz, gozo, felicidad, verdad, santidad, justicia y
vida eterna para todos los que aman al SEÑOR creador del cielo y la
tierra.
Porque para esto nuestro Padre celestial levanta a Israel desde el
vientre de sus madres, para que sean bendición sobre las naciones,
llevando el mensaje glorioso del perdón, bendición, salud y salvación
para una vida santa y sumamente gloriosa, llena de bendiciones
inagotables de nuestro Padre celestial, de su Espíritu Santo y de su
árbol de la vida, ¡el Mesías celestial! Y fue así como nuestro Padre
celestial disperso por todas las naciones a su pueblo de Israel con
sus doce tribus (sólo un remanente quedo en Israel, para cuidar/
retener sus tierras), por ejemplo, para que ellos mismos lleven estas
grandes enseñanzas del evangelio del perdón, bendición, sanidad y
salvación para cada una de todas las familias de la humanidad entera.
Por eso es que el nombre del SEÑOR y sus Escrituras junto con sus
profetas y su Ley santísima son conocidos a fondo por muchos en todas
las naciones; la Biblia es el primer libro más leído mundialmente e
históricamente hablando, para que estas verdades y justicia
interminable de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo llenen toda
la tierra enteramente. En sí, ésta es la predicación santa y sumamente
gloriosa de los profetas antiguos del SEÑOR, llena de perdón, sanidad,
milagros, maravillas, prodigios en los cielos y en la tierra para bien
de muchos en todas las familias de la humanidad entera, hoy en día y
para siempre en la eternidad celestial e infinita, ¡nuestro Señor
Jesucristo!
Es decir, que nuestro Padre celestial usa a Israel inicialmente con
sus profetas para predicar su santo evangelio de su Hijo Jesucristo
para perdón, bendición, salud y salvación de todas las familias de las
naciones, para que todas llegasen a entender que «es el derramamiento
de la sangre del sacrificio» el cual cubre sus pecados, para salvación
y para sanidad eterna. Y sin el derramamiento de la sangre santa de su
Hijo amado, el Hijo de David, entonces no hay perdón de pecado alguno
para nadie, ni mucho menos bendición, ni sanidad, ni salvación alguna
de sus almas vivientes, en esta vida ni en el más allá, como en el
paraíso o como en La Nueva Jerusalén gloriosa e infinita del cielo.
Por todo ello, ésta sangre santa y gloriosa, llena de perdón, llena de
bendición, llena de salud, paz y vida eterna, es la sangre reparadora
de su Hijo amado, el Hijo de David, el cual la derramaría por amor no
solamente de Israel sino también de tu vida y de la vida de los tuyos
también, mi estimado hermano y hermana. Para que de esta manera toda
la tierra sea llena de su gloria santísima de norte a sur y de este a
oeste, así como el reino angelical de los cielos, por ejemplo, la cual
está llena de su gloria viviente de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, ¡el árbol de la vida eterna de todos sus seres creados
para siempre!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Carta del cielo:
TODOS ENTREN POR LA PUERTA ESTRECHA DEL CIELO, ¡JESUCRISTO!
Todos ustedes entren por la puerta estrecha al reino angelical de Dios
y de su árbol de la vida eterna, para que no sufran más; porque ancha,
y espacioso es el camino que lleva a la perdición eterna del infierno,
y son muchos los que pasan por ella, sin darse cuenta, les aseguraba
nuestro Señor Jesucristo a las multitudes de Israel. Nuestro Señor
Jesucristo deseaba el perdón, la bendición y la salvación de cada uno
de todos los que le oían; porque Él no había sido enviado al mundo por
nuestro Padre celestial para juzgar y condenar a Israel ni menos al
mundo entero, sino para «redimirlos del poder del pecado y de las
tinieblas» de Satanás y de sus ángeles caídos.
Y sin éste camino muy santo entonces no sólo Israel no puede ser
redimido de sus pecados y de sus muchas tinieblas jamás, sino que
también cada una de las naciones del mundo entero, eternamente y para
siempre. En verdad, todos sin Jesucristo en sus vidas están
eternamente muertos en la tierra y así también en el infierno, para
siempre. Además, éste no es un camino que lo podría traer al mundo un
ángel glorioso o todos ellos juntos, en sus millares, del reino de los
cielos, sino sólo nuestro Señor Omnipotente, el Hijo de Dios, ¡nuestro
Salvador Jesucristo!
Visto que, éste es un camino lleno de verdad, santidad y justicia
eterna para no solamente los ángeles del cielo, sino también para cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán
y Eva en el paraíso, por ejemplo. Verdaderamente, no hay otro camino
igual a éste con el Señor Jesucristo para bendecir cada día la vida
del hombre de la humanidad entera en el cielo ni menos en toda la
tierra infinitamente: Por eso, el que no camina por éste camino santo,
como Dios manda, pues entonces muere irremisiblemente, porque su
corazón se seca mortalmente y su alma también.
Porque sólo nuestro Padre celestial nos podrá guiar paso a paso por
éste camino santo y muy glorioso, por cierto, el cual sólo dejara por
donde quiera que va por toda la tierra: gloria y honra a su nombre muy
santo, perdonando pecados, sanando corazones y salvando vidas y almas
infinitas de la humanidad entera del poder de Satanás. Por eso fue que
nuestro Señor Jesucristo les decía a las multitudes de Israel, por
ejemplo: nadie puede venir a mí a no ser que lo envié mi Padre
celestial que está en los cielos: Es decir, que ningún hombre, mujer,
niño o niña podrá jamás acercarse al Señor Jesucristo, sino es enviado
por el Padre y por su Espíritu Santo.
(¿Será éste el problema nacional de todo Israel, desde la antigüedad y
hasta nuestros días? No lo sé a ciencia cierta, me pregunto yo mismo.
Tengo la tendencia a pensar que sí. Aparentemente, ellos no pueden
acercarse al Señor Jesucristo, como deberían hacerlo por mandato
divino, porque nuestro Padre celestial no los lleva de la mano al pie
del árbol de la vida, para que coman del fruto saludable y delicioso
para el corazón y para el alma, como lo hizo con Adán y Eva en su día
en el paraíso, por ejemplo.)
Por esta razón, nuestro Padre celestial ha estado llamando cada día e
incesantemente al hombre de toda la tierra para que se acerque a su
Hijo amado, el Hijo de David, y coma y beba de Él a cada paso, para
que jamás vuelva a tener hambre ni sed, en esta vida ni en la venidera
tampoco, para siempre. Dado que, todos los que estén en el Señor
Jesucristo, o que Él esté en ellos, como en su corazón y en su
espíritu humano, por medio del espíritu de fe, de su nombre santísimo,
pues entonces no solamente que sus pecados les serán perdonados, sino
que serán levantados a la vida eterna en el día de la resurrección.
Ya que, los que están en el polvo de la tierra se levantaran a la vida
en el día de la resurrección a seguir caminando en sus caminos
antiguos de sus vidas rebeldes para el juicio final; sin embargo, los
que caminaron con el Señor Jesucristo entonces seguirán caminando en
éste único camino antiguo y bendito hacia la nueva vida eterna. Y ésta
nueva vida eterna, la cual nuestro Padre celestial no solamente saca
de Egipto con gran despliegue de poder y de ira incontenible a Israel,
sino que también para las demás naciones como de las que le aman a Él
en el espíritu y en la verdad de su árbol de la vida, para vivir en La
Nueva Jerusalén celestial.
En la medida en que, sólo esta vida santa de nuestro Señor Jesucristo,
nuestro árbol de la vida y salud eterna, es la que “correctamente
complace cada día” a nuestro Padre celestial en toda su verdad y
justicia infinita, honrando y glorificando su nombre muy santo, por
los siglos de los siglos en la tierra y en la nueva eternidad
celestial. Además, éste camino antiguo es el camino del Hijo de David
para gloria eterna de nuestro Creador; porque fue Él mismo quien se le
apareció gloriosamente a Moisés sobre la cima del Sinaí y entre la
maleza ardiendo en llamas, quemando los pecados no sólo de Israel sino
también de las demás familias de la humanidad entera. Es decir, que en
éste día histórico el Hijo de David quemo, sobre el altar del SEÑOR y
con su sangre milagrosa, reparadora, expiatoria, santificadora, los
pecados de todos, hebreos y gentiles, en la humanidad entera, para
entonces él poder obrar fácilmente para bien eterno de Israel en todo
Egipto.
Y Moisés cuando lo vio, él aún estaba en pecado y nuestro Señor
Jesucristo quemaba sus pecados con el fuego ardiente del Espíritu
Santo de su sangre gloriosa y todopoderosa, para que sea limpio de
todo mal y le comience a servir al SEÑOR del cielo y así liberar al
fin a Israel de su cautiverio eterno en Egipto. Porque todo Israel
había nacido en Egipto para seguir viviendo en las tinieblas de
Satanás sin jamás conocer al Dios de sus antepasados, sino venia a
ellos, a su ayuda, a su liberación eterna, el Rey Mesías de todos los
tiempos, ¡el Hijo de David! En otras palabras, Dios había formado a
Israel entre las profundas tinieblas de Egipto, así como la madre
forma a su hijo en las tinieblas de su vientre, para posteriormente
dar luz, y ahora Israel tenía que salir de estas tinieblas de su
nacimiento a la luz de un nuevo día de vida, jamás conocida por ellos.
Y Satanás tenia a todo Israel en el cautiverio eterno para que le
sirvan a él, por medio de sus profundas tinieblas eternas del más
allá; y aunque todo esto estaba sucediendo con Israel, nuestro Padre
celestial aun oía las oraciones de sus siervos Abraham, Isaac y Jacob
para que envíe al Hijo de David a salvarlos de sus muertes seguras.
Porque toda oración que sea hecha para bien de Israel en el nombre
bendito del Hijo de David, nuestro Padre celestial la recibe y la
contesta con muchas bendiciones sobrenaturales de cualquier hombre,
mujer, niño o niña, ya sea en la tierra y hasta en el mismo paraíso
antiguo de Adán y Eva, por ejemplo.
Además, nuestro Padre celestial contesta las oraciones de los
patriarcas de Israel, enviando inmediatamente a su Hijo amado a
rescatar a Israel que había nacido en Egipto para llevárselos con Él a
una tierra nueva, libres de todas las mentiras y maldades de Satanás,
pero llena del Espíritu glorioso y salvador de su Hijo amado, ¡el
Santo de Israel! Porque la verdad es que la tierra de Canaán,
prometida a los hebreos, fue inicialmente escogida por nuestro Padre
celestial para que su Hijo naciese, viviese, ministrase perdón, salud
y salvación para todos, fuese crucificado a los árboles pecadores de
Adán y Eva, derramase su sangre santa y resucitase al tercer día en
ella, para empezar su nuevo reino angelical.
Entonces cuando Moisés veía al árbol de la vida en llamas sobre el
Sinaí, el cual era el Hijo de David brillando como Rey y Padre de
Israel, como cuando brillaba gloriosamente con su sangre santa sobre
el monte santo de Jerusalén, entonces dijo francamente: Yo soy el Dios
de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. (Ésta fue la
manifestación verbal de Dios mismo delante de Moisés y de Israel para
decirles, de modo definitivo, de que sólo Él es el Dios Padre, el Dios
Hijo y el Dios Espíritu Santo para empezar a caminar con el hombre por
el camino del perdón, de la bendición, de la paz y de la gloria eterna
del cielo.)
Y, a partir de aquel día, el Hijo de David no se aleja de Moisés ni de
Israel por ninguna razón, sino que siempre se mantuvo fiel a ellos por
medio de la palabra y del nombre santo del SEÑOR, para que su Ley
viviente sea infinitamente honrada por siempre y hasta el día de hoy
también, por ejemplo. Porque nuestro Señor Jesucristo jamás ha dejado
de ser el camino, la verdad y la vida eterna de cada hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Moisés e Israel,
desde los días del escape de Egipto, por ejemplo, camino por el
desierto y hasta por fin llegar a la tierra del Gran Rey Mesías,
¡Israel!
Empero, han sido los hijos de Abraham los que se han alejado de
Jesucristo, pero Él no, jamás; Él sigue siendo fiel a su palabra y a
su promesa de perdón, bendición, sanidad y salvación del alma viviente
del hombre de toda la tierra, para que no muera jamás sino que viva
para ver la vida eterna del nuevo reino angelical. Por cierto, éste es
el verdadero camino hacia la libertad del poder del pecado y del ángel
de la muerte en la tierra y en el más allá, y cuando Moisés lo
encontró jamás se separo de él, por ninguna razón, ni por un sólo
instante, sino que permaneció fiel al Hijo de David hasta el fin de
sus días.
Habiendo visto Moisés cara a cara al Hijo de David sobre el Sinaí,
entonces nuestro Padre celestial envió a moisés de regreso a su pueblo
con el mensaje de que había encontrado a su Dios y salvador de sus
vidas. (En verdad, en éste día glorioso para Israel y la humanidad
entera, Moisés encontró el camino, la verdad y la vida a vivir cada
día para por fin regresar no sólo al paraíso, sino también a la misma
presencia santa de nuestros primeros pasos, como a las manos creadoras
de nuestro Padre celestial en el reino angelical.)
Y Moisés entonces le dijo al Señor Jesucristo: Supongamos que regreso
a los hebreos, como me estás mandando, y ellos me dicen: cual es el
nombre de aquel que se te ha aparecido para darnos este mensaje de
liberación que nos estás revelando ahora mismo. Y si ellos me hablan
así, Señor, entonces ¿qué les diré? ¿Cuál es el nombre que les debería
de dar de ti, para que me crean y reciban tu mensaje?
Entonces el Hijo de David le dijo a Moisés: así pues les dirás a los
hebreos: YO SOY EL QUE SOY te envía a ellos, para que les hables de mi
parte. YO SOY EL QUE SOY, está aquí entre todos ustedes para bendecir
sus vidas y liberarlos infinitamente de todos los ataques crueles de
sus enemigos de los que están en Egipto, en toda la tierra y en el más
allá también, para siempre en la eternidad. (Yo Soy significa Jesús o
Jesucristo o Jehová, por ejemplo, el Hijo de David, el único Santo y
Salvador de Israel y de la humanidad entera.)
Pues entonces, sin demora, Moisés bajo del monte de Dios totalmente
transformado en un hombre diferente, dado que había recibido el nombre
de Jesucristo en su vida, preparado para obedecer a Dios y seguir
caminando por el camino que le había presentado momentos antes, el
Dios del cielo y de la tierra, fundador de Israel, ¡el Hijo de David!
En aquel día, Moisés baja del Sinaí no solamente como un hombre
totalmente nuevo, sino también lleno del espíritu de fe, del Hijo de
David, el Santo de Dios, para no sólo vencer a sus rivales de
antigüedad, sino también para salir por el camino milagroso hacia el
desierto y entrar a la nueva tierra prometida de Canaán para Israel.
Moisés había encontrado la nueva vida eterna de Israel, al Hijo de
David y, además, había encontrado su camino santo/misterioso hacia la
vida gloriosa de Dios y de su nuevo reino celestial en la tierra y en
el más allá también, como en La Nueva Jerusalén celestial; sólo ésta
es infinitamente la nueva vida gloriosa de la Jerusalén de Dios. Y
cuando Moisés descendió del Sinaí para encontrarse con su pueblo,
entonces les dijo: He encontrado al Dios de nuestros padres, y me ha
hablado sobre lo que hará muy pronto con nosotros por voluntad divina
de nuestro Creador del cielo y de la tierra.
Él ha descendido del cielo con poder y autoridad de nuestro Padre
celestial para librarnos del poder de nuestros opresores, y muy pronto
seremos libres de nuestra cautividad para ir ha vivir a unas tierras
nuevas, las cuales nuestro Dios mismo las ha escogido para nosotros
habitarlas; somos libres por fin de los egipcios, gracias a Dios de
nuestros antepasados. Y entonces los hebreos le dijeron a Moisés: Si
es verdad que has visto cara a cara a Dios mismo y has hablado con él,
pues dinos como se llama —tenemos que conocer su nombre para creerte—,
porque a Él no lo conocemos nosotros aún, ni lo hemos visto jamás,
como tú nos revelas haberlo visto sobre el Sinaí.
Créanme, y créanle al SEÑOR a la vez; no duden más de Él, para mal de
sus vidas. Moisés les afirmaba francamente a los hebreos, diciéndoles:
Él es el Dios de nuestros padres: El Dios de Abraham, el Dios de Isaac
y el Dios de Jacob—eso fue lo que Él mismo me manifestó, cuando hable
cara a cara con Él sobre el Sinaí. Sí, créanlo: Él es el Dios de
nuestros antepasados, sin duda alguna, les aseguraba Moisés a los
hebreos ensombrecidos por las buenas nuevas. Y atónitos los demás
hebreos preguntaban también a Moisés, dinos: ¿Cómo es Él? ¿Y como se
llama? ¿Cuál es su nombre?, le continuaban preguntando los demás
hebreos que rodeaban a Moisés, porque su rostro brillaba como nunca
antes por haber visto cara a cara al Hijo de David.
Entonces Moisés les dijo a los hebreos, él se llama: YO SOY EL QUE
SOY. Así me dijo el Señor que se llama, Yo soy Dios, YO SOY EL QUE
SOY. (Su nombre significa Jesús o Jehová o el Todopoderoso, por
ejemplo, además de otros nombres gloriosos de nuestro Creador
celestial.) En el acto, los hebreos al oír el nombre del Hijo de David
por vez primera, como el Señor Jesucristo, por ejemplo, entonces no
fueron rebeldes al Señor ni tampoco rebeldes a Moisés, sino que lo
aceptaron como tal, y comenzaron a obedecer a su Dios para bien de sus
vidas y para bien eterno de los suyos también, para generaciones
futuras. En este día, nuestro Padre celestial cambio la suerte de
Israel para creer de todo corazón y sin reserva alguna a su Redentor
celestial, el Hijo de David, para que no profanen su nombre amado en
Egipto ni en ninguna otra nación de la tierra, sino que lo honren y lo
exalten por siempre en el secreto de sus corazones.
Esto agrada mucho a nuestro Padre celestial que está en los cielos,
por lo cual la liberación de Israel de las manos de sus opresores
empezó, sin más ni más para gran sorpresa de los hebreos y de sus
familias; y aún mucho más sorprendidos quedaron los egipcios al oír
que el Dios de Israel había descendió en persona a llevárselos. Es
decir, que después de esta conversación entre Moisés y los hebreos,
entonces fueron a presentarse delante del Faraón de Egipto para
pedirle que los dejara ir al monte del SEÑOR, para encontrarse con su
Salvador celestial cara a cara, así mismo como Moisés lo había
encontrado en días recientes.
En aquel día, todos querían ver al Señor Jesucristo cara a cara, como
Moisés lo había visto a él brillando majestuosamente sobre todo lo
alto de Sinaí, pero sólo Moisés podía acercarse y hablar con Él en
persona, para recibir sus ordenes especiales de nuestro Padre
celestial concerniente a la salvación de Israel. (Aquí Satanás se
opuso, como de costumbre, para que los hebreos salieran de Egipto para
ir al Sinaí a encontrase con el Hijo de David cara a cara, así como
Moisés lo había encontrado días antes para hablar con él de tantas
cosas que estaban agobiando sus corazones de toda la vida. Pues
Satanás hizo que el Faraón de Egipto les negara su salida de la tierra
de Gosén, en Egipto, para ir a encontrarse con su salvador celestial,
el Gran Rey Mesías de todos los tiempos, ¡el Hijo de David!)
Moisés y los hebreos no se daban por vencidos por las artimañas de
Satanás, y regresaron al Hijo de David sobre el Sinaí para buscar
dirección de él y así ver como podían convencer al Faraón para que los
dejara salir de Egipto camino a la nueva tierra prometida, para por
fin servir a su Dios y Fundador de sus vidas. En estos días los
hebreos querían alejarse de los egipcios, cuanto antes mejor, porque
habían sufrido sus tinieblas por muchos años ya y, además, los
egipcios sólo les ofrecían el camino de siempre hacia el maltrato y la
destrucción total de sus vidas en la tierra y en el más allá, ¡el
infierno tormentoso e infinitamente cruel!
Es decir, que el camino que habían caminado y vivido por todo el
tiempo que estuvieron en Egipto, pues era, en si, un camino hacia la
muerte segura de cada una de sus familias, para jamás volver a vivir
la vida y conocer la paz en la tierra ni menos en la eternidad. Sin
embargo, nuestro Padre celestial les ofrecía un nuevo camino, y éste
camino no sólo los liberaba de las tinieblas y de la opresión
constante de sus enemigos, sino que los llevaba a vivir una vida
totalmente diferente, llena de paz y de muchas bendiciones celestiales
y terrenales, como las que nunca habían conocido jamás, ni en sueños.
Pues ésta era la felicidad perfecta de Dios y de su Hijo amado, el
Hijo de David, nuestro salvador Jesucristo, para con cada uno de
ellos, en sus millares, en todo Israel y para miles de generaciones
venideras en la nueva tierra prometida de Canaán y en el más allá
también, como en La Nueva Jerusalén santa y perfecta del cielo.
Verdaderamente, éste nuevo camino, el cual solamente sus padres como
Abraham, Isaac y Jacob conocían perfectamente en sus corazones así
como los ángeles del cielo, pues había descendido de parte de nuestro
Padre celestial y de su Espíritu Santo para perdonarles sus pecados y
liberarlos de sus opresores crueles; la felicidad al fin tocaba las
puertas de sus casas para quedarse.
Y lo único que los hebreos tenían que hacer para que la felicidad del
cielo sea una realidad en sus vidas, como en nuestras vidas de cada
día por toda la tierra, por ejemplo, pues entonces solo necesitaban
abrir sus corazones, cuanto antes mejor, para que su Rey Mesías entre
en ellos para jamás salir de sus vidas para siempre. Porque una vez
que el Hijo de David entra en sus corazones, por los poderes
sobrenaturales de su sangre santísima, pues entones ya no sale jamás,
así como cuando entro en el corazón de sus antepasados o de Moisés,
por ejemplo, ya el Señor Jesucristo no salió de sus vidas jamás hasta
el día de hoy en el paraíso.
Es decir, que Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y así como todos los demás
profetas y patriarcas de Israel ven a Israel y a sus familias desde el
camino antiguo del paraíso, gracias a las bendiciones de nuestro Padre
celestial en sus nuevas vidas infinitas, por medio del Espíritu y de
la vida gloriosa de la sangre del Hijo de David, ¡Jesucristo! Y lo
mismo es verdad para con cada una de las naciones de la tierra, sus
antepasados están en el paraíso viendo a sus familias y a sus
naciones, gracias a las bendiciones infinitas de nuestro Padre
celestial, por medio del Espíritu de la vida y de la sangre del pacto
eterno del Hijo de David, ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Pues todos ellos entraron por el camino y por la puerta angosta de
nuestro Señor Jesucristo, para regresar al paraíso y entrar a la
presencia santa de nuestro Padre celestial y verlo a Él cara a cara,
como en el día que nos forma en sus manos santas, lo vimos a Él en
persona para jamás olvidarlo en nuestros corazones inmortales. Es
decir, que nosotros hemos visto a nuestro Padre celestial y a sus
manos santas, pero sólo en el día de nuestra creación, como cuando
salíamos de su cuerpo, de su alma, de su corazón y de su misma vida
santísima para empezar a vivir nuestras vidas angelicales; pues éramos
totalmente santos y sin pecado inicialmente para contemplarlo a Él en
persona.
Y lo volveremos a ver a Él para reconocerlo como tal, pero solamente
por medio del espíritu de fe, de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, y gracias infinitamente a los poderes sobrenaturales de su
sangre santísima del pacto eterno, el cual actúa en nuestras vidas
aunque no lo conozcamos a él en persona aún, como Moisés lo conoció
sobre el Sinaí. En realidad, no conocemos a nuestro Padre celestial ni
a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, como deberíamos conocerlos:
pues porque hemos andado en todos estos tiempos por el camino del
pecado y de la mentira de Adán y Eva, por ejemplo, para mal eterno de
nuestras vidas en la tierra y en el más allá también, para siempre.
Pero cuando comencemos a caminar en nuestro verdadero camino del
paraíso, el árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, pues entonces
reconoceremos a nuestro Hacedor en persona, tal cual como siempre ha
sido para con cada uno de nosotros, en nuestros millares, a través de
los siglos y para siempre en la eternidad venidera también. Habremos
entonces caminado por el camino angosto del cielo, el cual conduce
siempre hacia nuestro Dios y Fundador de nuestras nuevas vidas
infinitas del nuevo reino sempiterno, La Nueva Jerusalén eterna y
majestuosa de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, el Gran Rey
Mesías de todos los tiempos, ¡nuestro Salvador Jesucristo!
En verdad, con Jesucristo en nuestras vidas de cada día por toda la
tierra, entonces habremos escapado del camino que lleva a la perdición
eterna para caminar en el mismo camino original de la verdad, de la
santidad y de la justicia infinita de nuestro Hacedor, para jamás
volver a conocer el mal de Satanás para siempre en el paraíso.
Ciertamente que seremos tan libres de todo mal del pecado y de la
amenaza de muerte del ángel de la muerte y del infierno eterno, para
vivir sólo en cada verdad, santidad, justicia y vida gloriosa, llena
de paz y de la dulzura celestial del fruto del árbol de la vida,
¡nuestro Salvador Jesucristo!
Por esos días, Satanás ya habrá sucumbido bajo el poder de sus propios
pecados y de sus propias maldades y mentiras, como cualquier malvado
cuando muere y su alma desciende al país de las profundas tinieblas
del más allá —el camino eterno de los muertos—, en donde nada vive
sino que todo sigue sufriendo el dolor de la muerte infinitamente.
Éste es un lugar terrible, al cual nuestro Señor Jesucristo descendió
en nuestro cuerpo, sangre y vida humana y con los pecados de Israel y
de las naciones del mundo entero, de todos ellos que aman a Dios en
espíritu y en verdad para jamás volver a sufrir sus males eternos, ni
volver a ser juzgados por sus culpas, para siempre.
Es decir, que todo pecado que haya existido en toda la creación de
Dios, comenzando con el reino angelical y así también con el paraíso y
con la tierra de nuestros días, habrá sido destruido en el infierno
por los poderes sobrenaturales de la sangre viviente del Hijo de
David, para jamás volver a sentirlos en nuestras vidas en la
eternidad. Porque la verdad es que sólo en el Señor Jesucristo,
nuestro Creador puede olvidar nuestros pecados y los pecados de todo
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de las naciones,
desde la antigüedad y para siempre en la eternidad venidera del nuevo
reino de Dios; de otra manera, nuestro Dios jamás olvidara el pecado
de nadie para siempre.
Por eso nosotros podemos vivir libres de Satanás, cuando saltamos del
camino de la perdición eterna, para empezar a caminar progresivamente,
por el camino de los pasos santos del árbol de la vida eterna, el Hijo
de David, ¡nuestro único Salvador celestial posible en toda la tierra
y en el paraíso, para siempre! Y los que caminan por éste camino
santo, en el cual todos los antiguos amantes de nuestro Padre
celestial y de la sangre bendita del Hijo de David caminaron
orgullosos: pues entonces, todos caminaremos protegidos diariamente,
sin duda alguna, de los males de las profundas tinieblas de Satanás y
de sus servidores crueles, en todos los lugares de la tierra.
Y todo esto es verdad— hoy en día— así como lo fue en la antigüedad,
porque el camino antiguo de nuestro Padre celestial y de su árbol de
la vida, no cambia nunca por ninguna razón, sino que sigue teniendo
grandes poderes y autoridades sobrenaturales para bendecir nuestras
vidas grandemente cada día y eternamente y para siempre en el paraíso.
Pues éste es el camino que ayudo no solamente a los hebreos a escapar
de las tinieblas de sus atormentadores eternos en Egipto, sino que
también comenzó a desplegar todas clases de milagros, maravillas y
prodigios en los cielos y en la tierra para que el Faraón de Egipto y
sus gentes vieran que ellos tienen un Dios vivo y eterno.
Y después de haberse manifestado tantos milagros, maravillas y señales
en los cielos y en la tierra sobre todo Egipto, entonces el Faraón
egipcio dio por último la orden, para que los hebreos salieran del
todo de sus tierras hacia sus nuevas tierras eternas, en donde
servirían a su Gran Rey Mesías celestial, por los siglos de los
siglos. Porque para esto nuestro Padre celestial saca a Israel de las
tierras de Gosén, en donde nacieron, para llevarlos a una tierra de
leche y miel, y en donde el Hijo de David será su príncipe para
generaciones venideras en la nueva eternidad celestial; y esto está
por cumplirse ya muy pronto, para gloria y honra de nuestro Padre
celestial.
Y al salir los hebreos de Egipto, entonces salieron con sus manos
llenas de todas las joyas más preciosas de los egipcios, porque los
egipcios les daban regalos de todas clases para que fueran a sus
nuevas tierras a servirle aquel Dios que había manifestado su ira
incontenible en contra de Faraón y de sus subalternos. Realmente,
nuestro Padre celestial le había dado rienda suelta al ángel de la
muerte por culpa del pecado de no haber recibido a su Hijo Jesucristo
en sus vidas como Él mismo llamaba a todos sobre lo alto del Sinaí
para recibirlo, y ahora todos los primogénitos de las familias
egipcias tenían que morir por culpa de este pecado.
En verdad, esto fue sólo así en todas las casas egipcias, en donde no
estaba la señal o la cruz de la sangre bendita de nuestro Señor
Jesucristo, para protegerlos del poder del pecado y del poder de la
muerte del ángel de la muerte eterna y del camino mortal hacia el
infierno del más allá, Satanás. Porque Satanás es el camino de la
maldición, de las enfermedades terribles y de la muerte del cuerpo del
hombre rebelde a Jesucristo y a su Hacedor celestial en el fuego
eterno del infierno. Además, nuestro Padre celestial manifestó toda
esta gran gloria sobre todo Egipto no solamente fue para doblegarla
ante el Dios del cielo y de la tierra, sino también para que
entendieran que Israel tiene un Dios vivo y que los ama grandemente y
para siempre, por donde sea que vayan por toda la tierra y aún mucho
más en el cielo.
Pues fue por razones de éste camino santo por el cual no solamente los
hebreos salieron victoriosos y libres para siempre del poder aterrador
de sus enemigos crueles, algo que era totalmente imposible para ellos
haberlo logrado por sus propias fuerzas humanas, sino que también
abrió camino por donde no había camino posible para Israel. Pues
nuestro Padre celestial hizo que el mar Rojo se abriera en el medio,
para que el camino del Señor pasase por tierra seca con su pueblo
eterno hacia el otro lado y así seguir su caminar bendito e incesante
hacia su Dios y Salvador de sus vidas, nuestro Señor Jesucristo, en la
nueva tierra eterna de todo Israel.
Los egipcios quisieron pasar sin Jesucristo por este mismo camino
santo, en el cual caminaba el pueblo del SEÑOR, pero cuando los
egipcios con sus carros de guerra iban ya por el medio del camino del
mar Rojo, pisando ya los talones de los hebreos, entonces sé cerro y
así mato a su gran ejercito con las aguas gigantescas. Y nuestro Dios
destruye al ejercito Egipto en el medio del mar, porque ninguno de
ellos tenia derecho a caminar por este camino santo y glorioso de su
árbol de la vida eterna, el Hijo de David, ya que no creyeron en Él en
su día, cuando Dios mismo hizo el llamado para que sea obedecido para
bendición eterna de sus vidas.
Por eso el mismo camino santísimo y grandemente milagroso del SEÑOR se
cerró al instante y sin ningún aviso para los egipcios, ahogando así a
todos los que se encontraban en él, sin el Señor Jesucristo en sus
corazones, para rendirle gloria y honra a nuestro Padre celestial que
está en los cielos. En verdad, cada día mueren en todos los lugares de
la tierra los que andan por el camino de pecado, mentiras y rebeliones
terribles y sin fin de Adán y Eva, para descender al país de las
penumbras y de las ruinas eternas del más allá: en donde todo muere
violentamente y jamás vuelve a la vida para siempre.
Pero los que caminan por el camino de la obediencia de nuestro Señor
Jesucristo hacia nuestro Padre celestial y el Espíritu Santo de su ley
gloriosa, pues entonces viven en bendiciones eternas, para jamás ver
al ángel de la muerte sino sólo bendiciones tras bendiciones en sus
vidas y en la de los suyos también para siempre en la eternidad. Pues
ancho es el camino de toda la tierra, el cual lleva el alma preciosa
del pecador hacia la destrucción eterna del más allá, al país de las
penumbras y de las ruinas eternas, en donde la palabra del evangelio
santo y milagroso del camino celestial ya no está para nadie más, sino
sólo el ángel de la muerte.
Nuestro Señor Jesucristo una vez habiendo muerto crucificado sobre los
árboles sin vida de Adán y Eva sobre la cima santa de Jerusalén,
entonces descendió al país de las profundas tinieblas y de las ruinas
sin fin del más allá, para predicarles a los mundos muertos del pasado
en él. Allí nuestro Señor Jesucristo les habla a las multitudes del
infierno de la verdad y la justicia inmortal de su sangre santísima
del pacto eterno entre Dios y el hombre de toda la tierra, para que
todos sepan que nuestro Padre celestial fue real y verdadero con su
promesa de salvación, la cual muchos de ellos murieron sin creer en
Él.
Y después de haberles predicado de su camino santo y sumamente
milagroso a los pueblos antiguos que se encontraban en el corazón de
la tierra (así como lo hicieron los profetas, por ejemplo), entonces
el Hijo de David ascendió al cielo con su misma sangre sumamente santa
e infinitamente gloriosa sobre todo mal del ángel de la muerte y de
Satanás. Y nuestro Señor Jesucristo ascendió de regreso a la tierra
santa del reino de los cielos y de nuestro Padre celestial y de sus
huestes angelicales, para santificarlo todo con su sangre viva en el
más allá también, y así justificar y liberar a muchos en la tierra y
en la eternidad, para gloria y honra eterna de nuestro Padre
celestial.
Pues ésta es la salvación eterna prometida a los antiguos, la cual
vendría a ellos si solamente le sean fieles a Él, como su Dios y
Fundador eterno de sus nuevas vidas infinitas en la tierra y en el
reino de los cielos también, para siempre. Y nuestro Señor Jesucristo
hizo todo esto por el hombre primeramente y luego por los ángeles del
cielo, porque sólo Él podía hacer ésta gran labor sobrenatural de
limpiarlo y santificarlo todo no sólo en el centro de la tierra, sino
también en las alturas del reino angelical, donde Satanás se había
rebelado en contra de Él y de Dios.
Es decir, que sólo el Hijo de David con su sangre sumamente santa es
el camino a seguir para limpiarlo y santificarlo todo debajo de la
tierra y sus naciones sobre la tierra y hasta aún más allá del reino
angelical también, para que el poder del pecado deje de existir para
siempre, para gloria infinita de nuestro Padre celestial. Por eso, si
oyen el evangelio del Señor Jesucristo, entonces esto significa que
nuestro Padre celestial les está hablando por medio de la sangre del
pacto eterno, para que sean purificadas sus vidas y hechas libres de
todo mal del pecado, para que entonces caminen por el camino eterno de
la verdad y de la justicia eterna, ¡su Hijo Jesucristo!
Ya que, en el camino que andamos diariamente por la tierra es, sin
duda, el camino de Adán y Eva, el cual va progresivamente hacia la
perdición eterna, para jamás volver a ver la luz del día glorioso y
santísimo de nuestro Padre celestial, el día de la resurrección de
nuestro Señor Jesucristo, para todo ser viviente de la humanidad
entera. Visto que, el camino de Adán y Eva es un camino de maldición y
de muerte; pero el camino de nuestro Señor Jesucristo es un camino
sumamente sobrenatural, lleno de milagros, sanidades, maravillas,
justicias y verdades de las cosas de la vida santa y gloriosa de
nuestro Padre celestial y de sus huestes angelicales, para crecer en
el bien eterno diariamente.
En la medida en que, en el camino de Adán y Eva jamás creceremos hacia
la verdad y la justicia eterna de nuestro Padre celestial y de su
árbol de la vida, sino que viviremos por siempre sufriendo los males
eternos de las primeras mentiras del paraíso en contra de Dios y de su
nombre muy santo del paraíso, ¡nuestro Jesucristo! Pero caminando cada
día por el camino de nuestro Señor Jesucristo, entonces dejaremos de
ser tinieblas poco a poco para despertar a la luz celestial, para que
jamás el pecado y la muerte tengan poderes sobrenaturales sobre
nuestras vidas y las vidas de los nuestros en todos los lugares de la
tierra y en el más allá también, para siempre.
Es decir, que en el camino de pecado y de rebelión de Adán y Eva, en
contra del fruto del árbol de la vida, el Hijo de David, pues jamás
tendremos paz en nuestros corazones, ni podremos jamás gozar de las
bendiciones sin fin de cada día de nuestro Padre celestial y de su
Espíritu Santo. Pero por el camino de nuestro Señor Jesucristo, sólo
conoceremos por siempre el bien de todas las cosas, para jamás vivir
enfermos por razones de algún mal de Satanás o de sus seguidores
malvados de toda la tierra; ciertamente que con el Señor Jesucristo en
nuestros corazones hemos encontrado la felicidad eterna en la tierra y
en el reino angelical también.
Por esta razón nuestro Padre celestial desea que camines en su camino
santo de su Hijo amado, para que jamás vuelvas a sufrir los males del
pecado y de sus muertes terribles de enfermedades sin fin de tu
corazón y de toda tu alma viviente en la tierra y en el más allá, como
en el infierno, por ejemplo. Porque si, hoy en día, estás sufriendo el
mal terrible de algún pecado o pecados en tu vida por tu culpa o por
la culpa de otros, entonces estás caminando en el camino de la
perdición eterna de Adán y Eva, para no solamente abandonar el
paraíso, sino también para descender después al infierno candente e
infinitamente violento en la eternidad.
En donde jamás dejaras de sufrir los males del pecado y de sus
enfermedades terribles, como las que han agobiado las vidas de muchos
y hasta destruirlos por completo en una muerte sumamente dolorosa y
eterna. Porque la verdad es que cuando muere tu vida no deja de
existir, sino que sigues viviendo en el mismo estado caótico de tus
pecados y enfermedades de tu corazón, de tu cuerpo y de toda tu vida
humana, para jamás de dejar de sufrir en el infierno, ni menos volver
a conocer la paz y la felicidad de tu alma eterna.
Realmente, en el infierno no termina el dolor ni la vida pecadora de
nadie sino que su sufrir seguirá siendo el mismo y hasta con mayor
dolor que antes; porque la persona tuvo la oportunidad de escapar sus
pecados y sus maldiciones eternas de enfermedades increíbles de su
corazón, de su cuerpo y de su alma, y no lo hizo nunca.
Verdaderamente, lo único que tenia que hacer la persona para escapar
los pecados y las enfermedades de Satanás y de sus ángeles caídos,
como su ángel de la muerte y los demás ángeles de enfermedades
increíbles que atormentan cada día la vida del hombre pecador y la
vida de la mujer pecadora, pues únicamente confesar a Jesucristo con
sus labios.
Eso es todo lo que tiene que hacer el hombre, en un momento de oración
y de fe, para transferirse de su camino de pecado, mentiras,
maldiciones y de enfermedades increíbles del corazón, del cuerpo, del
alma y de la vida de Adán en cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera. Dado que, el que confiesa el nombre milagroso del
Señor Jesucristo, en sí, ya no camina por el camino de la perdición
eterna y de enfermedades terribles del más allá, sino que su caminar
por la tierra es un nuevo camino infinito, lleno de bendiciones y paz
sin fin, el cual asciende siempre hacia la vida gloriosa de las
huestes angelicales.
Pero el camino de Adán y Eva, en sí, lleva a cada hombre, mujer, niño
y niña hacia el despertar de cada día de maldiciones, mentiras,
decepciones y de enfermedades increíbles para morir y más no para
vivir en la tierra ni menos en el infierno, para siempre, entre
pecadores, pecadores y ángeles caídos de la antigüedad, por ejemplo.
Por eso es bueno confesar al Señor Jesucristo cada día para que
nuestro caminar no sea el camino de tropiezo, pecados y maldades
terribles del más allá, sino que nuestro caminar por la tierra sea ya
como en el caminar angelical del paraíso, llena de perdón, milagros,
maravillas y de prodigios sobrenaturales del cielo y la tierra en
nuestras vidas.
Puesto que, en el camino de Adán y Eva no hay gloria alguna para
nuestro Padre celestial ni para su Espíritu Santo, sino todo lo
contrario: como falsedades, desengaños, mentiras y destrucción eterna
de todas las cosas de nuestras vidas y de la vida de los nuestros
también. Pero en el camino santo de nuestro Señor Jesucristo, entonces
nuestro caminar de cada día y de cada noche sólo será llena de
bendiciones, maravillas y de señales sobrenaturales para enriquecer
nuestras vidas y la vida de muchos también en todos los lugares de la
tierra y del cielo.
Porque en el cielo, cuando los ángeles ven que el nombre glorioso de
nuestro Señor Jesucristo es honrado en nuestros corazones, entonces
ellos se alegran mucho con nuestro Padre celestial y con su Espíritu
Santo, por lo tanto, hay baile y gozo eternal en el cielo para seguir
honrando y glorificando a nuestro Creador celestial, para miles de
generaciones venideras. Pues entren todos ustedes, por favor, cuanto
antes mejor, por la puerta estrecha de nuestro Señor Jesucristo,
cuando Él mismo dijo claramente a las multitudes de Israel: Yo soy el
camino al cielo.
Sólo yo soy el camino, la verdad y la vida eterna; nadie puede entrar
a la vida angelical, ni menos ver a su Dios y Fundador de su nueva
vida infinita, santa, gloriosa, perfecta y celestial de La Nueva
Jerusalén gloriosa y colosal del cielo, si no es por mí únicamente. Y
todos los que entran por la puerta estrecha de nuestro Señor
Jesucristo jamás vuelven a salir de su lugar santo de nuestro Padre
celestial y de su Espíritu Santo, pase lo que pase en sus vidas y en
toda la tierra también, tal cual como sucedió con los patriarca, los
profetas y todos los antiguos de Israel, por ejemplo. Todos ustedes,
sean de cualquier país o religión o religiones: Caminen paso a paso y
muy seguros de sí mismos por el camino santísimo de la vida eterna y
de sus muchos milagros sin fin, ¡nuestro Señor Jesucristo! ¡Amén!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin más demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20///
Se encuertra ese "cielo" solamente sobre las nubes de Israel???
Existen o existieron "profectas" despues del gran Isa, perdon Jesus o
del emblematico Mohamed, el del Coran???
Es necesario el aportar argumentos serios, faltos de fanatismo si
deseamos imponer o defender cualquier religion o creencia.
Lo tuyo, amigo JVAN, careze de toda Fe o simple logico fundamento.
> su MUERTE. ...
>
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