Mis agradecimientos al Lic. Rodrigo Molina
por esta leyenda enviada:
Lic. Rodrigo Molina escribe:
LA CARRETA CHILLONA
Leyenda Popular Salvadoreña
Lo que voy a contar, lo contó un señor hace años. A el también se lo
contaron. Me dijo que sus abuelos. Total es una historia vieja.
Dicen esto paso en el tiempo que todavía vivían muchos indígenas y habían de
esos que habían venido de España acompañando a los que les llamaban
conquistadores, casi todos estos españoles venían porque no les iba muy bien
en su país y pensaban que en estas tierras les iba mejor. Así fue como llego
aquí uno que primero le decían Terencio Pérez paro que después -dicen que
dijo- se llamaba Don Terencio Pérez de la Trocadera.
Si mal no recuerdo había nacido en un pleblecito perdido en las montañas de
España. Cuentan que como no era rudo había aprendido a leer y a escribir,
gracias a la caridad y a la paciencia de Fray Antolín Oviedo, un curita que
visitaba aquel lugar. Al ver al cipote tan listo se propuso enseñarle lo que
sabia. Hasta trató de convencerlo de que se hiciera cura, pero no pudo.
-Mirá Terencio le decía -has tenido suerte de que no sos rudo y de que yo he
podido enseñarte. Agradécele a Dios, tu padre, y no olvides que lo que
aprendas lo tenés que usar para ayudarle a la gente. No te olvides de estos
consejos.
-Sí señor cura- le decía Terencio.
Pero la verdad que los consejos del cura por un oído le entraban y por otro
le salían. Así se paso el tiempo hasta que Fray Antolín se murió.
Terencio se fue a otro pueblo grande donde vivían un conocido del cura que
era de esos que tienen farmacia y que le recetan a uno. Allí se detuvo, se
fijaba en las preparaciones del boticario y cada vez que llegaba algún
enfermo o algún herido, allí estaba Terencio más por aprender que por ayudar
a su patrón.
Un día pasaron por el pueblo unas gentes. Se quedaron una noche. Contaron
que iban a agarrar barco que los iba a llevar la otro lado del mar donde
habían sabido que se vivía mejor.
¡Hoy es cuando¡- penso- y como era abusado se acerco donde estaban
platicando:
- Dispensen sus mercedes -estoy oyendo que van lejos. Llevan niños. Puede
que necesiten de alguien que los atienda se enferman. Yo los puedo acompañar
les dijo.
¡Hombre¡- le dijo uno de los viajeros -¿Que quisiéramos nosotros que llevar
alguien que nos atienda¡?.. pero no tenemos con que pagarle.
- Con lo del viaje me doy por pagado y por agradecido dijo Terencio.
Así el astuto de Terencio se vino para acá¡ Mejor no se hubiera venido¡ Y un
día apareció en San Salvador. Aquí nadie lo conocía les dijo a todos que era
médico, algo había aprendido del boticario. medio los enredó con palabras
raras y ¡Hasta el nombre se cambio el pícaro¡ Se fijo que la gente
importante tenía nombre largos como Don Hernán de la Vega o Don Orudencio
Fernández del Valle.entonces invento que se llamaba Don Terencio Pérez de la
Trocadera. ¿ Cuál Trocadera ? A saber . ¡ Y de veras que tuvo suerte¡ porque
recién llegado llevaron a un par de enfermos que con poco tuvieron para
curarse.
Entonces Terencio, que ya les dije. Que no era rudo o sea apangado ¿vea?
Comenzó de arriba a abajo curando a uno por aquí y otro por allá. Dicen que
si morían decía que era la voluntad de Dios; si quedaban vivos estaba
pendiente de que siempre le agradecieran con algún regalito que podía ser
desde una gallinita hasta bastante pisto, siempre tenían que darle algo. Así
fue como Terencio se fue asiendo rico.
¡Bien astuto era el Terencio¡ Un día por quedar bien con un encomendero, un
tal Don Francisco, le curo un indígena de unas calenturas. Juan Tepa dicen
que se llamaba. Con eso, sin quererlo Terencio se sacó la lotería porque el
indígena agradecido lo recibió en su casa, ofreció amistad y le contó cosas
de su vida y de sus costumbres.
Terencio se hacía que lo escuchaba - igual con el curita que le había
enseñado a leer- pero la verdad es que no le importaba nada. Lo que le
gustaba era que el indígena le daba una bebida dulce y sabrosa que le
agradaba el corazón.
Resulta que un día, en estas pláticas Juan le hablo que antes que los
españoles llegaran ellos tenían médicos.
- Ahora los visitamos a escondidas porque es peligroso. Los ancianos le
enseñan a los jóvenes todo lo que saben por eso es que todavía tenemos quien
nos ayude en nuestras desgracias.
Eso si le intereso a Terencio.
- Mirá Juan- hay cuando tengas un ratito me llevas a conocerlos. Quisiera
platicar con ellos. Juan, que estaba tan agradecido, lo llevó y lo vieron
tan humilde -¡ se hacia el pícaro¡- le fueron teniendo confianza y
contándole de sus medicinas. Y el abusado apuntaba y apuntaba. Por supuesto
que todas estas averiguaciones las hacía a escondidas de los españoles para
que no se dieran cuenta de que tenía amistad con los indígenas.
Y empezó a usar éstos remedios sin que los españoles supieran ¿ vea ? Y como
los enredaba con los puños de palabras raras que usaba.¡todos bien
contentos¡. ¡ Puño de pisto dicen que les cobraba¡.
Ocupado que estaba que ya ni se acordaba del indígena Juan Tepa.
Un día cuando estaba platicando con unos amigos llegó el indígena a
buscarlo.
Don Terencio - le dijo - por favor venga a mi casa. La Menche está mala y no
hallo quien la cure. ¡ se revuelca de los dolores¡
¿ A buen ..y este? - dijo uno de los que estaban con Terencio - y este indio
atrevido? ¿Qué no es aquel que curaste a Don Francisco el encomendero?
- Sí. No se que anda haciendo por aquí.
- Pero Don Terencio.ayúdeme por favor. Se me muere la Menche.
- Ándate de aquí indio confianzudo y busca quien te la cure entre los tuyos
y le dio una gran patada.
Después a Terencio le entro miedo de que sus amigos pensarán que el tenía
algo con los indios que descubrieran de dónde venían sus remedios. Entonces
el mal agradecido se fue a buscar a uno de los curas más importantes.
- Su reverencia, déme su bendición - dicen que le dijo. Soy un cristiano
fervoroso y he visto cosas que me preocupan.
¿Cuál es tu aflicción hijo mío? Le dijo el cura.
-¡ Ay su reverendísima ¡lo que voy a contar es terrible pero debo hacerlo.
Como su mercé sabe, el trabajo de médico me obliga a ir a diferentes
lugares. Fíjese que me he dado cuenta que muchos o casi todos los indios que
han sido bautizados y se preparan recibiendo doctrina visitan curanderos que
los engañan con sus trabajitos de brujería.
-¿Estas seguro de lo que decís hijo? Mira que es una acusación terrible y de
ser cierta todos esos que voz decís que son curanderos penan de la vida.
Con todo el dolor de mi corazón su reverencia, yo Terencio Pérez de la
Trocadera le aseguro que es cierto - le mintió el pícaro. Puedo decir
quiénes son.
¿ Y Terencio? Como si nada. Contento como ya se sentía tranquilo que nadie
sabía nada?.Con más ganas ocupaba el atrevido todos los remedios de los
indígenas y como eran buenos ¿vea?..más pistudo se iba haciendo.
¿ Y los indígenas? ¡Por puños se morían¡. ¡ Les había caído enfermedades¡
unas que dicen que los españoles habían traído y otras ya las padecían. Como
no había nadie que los curara.y Don Terencio Pérez de la Trocadera ni los
volteaba a ver.
La cosa se puso peor con una peste que cayó. Esa no respetó a nadie. Y
siguieron las muertes. Don Terencio atendía a la gente importante y a la
pudiera pagarle. Los demás se morían y los enterraban juntos en unos grandes
zanjones que hacían.
Cuando la gente se terminó los que quedaron vivos celebraron una misa
solemne de Acción de Gracias. Fue misa cantada. Cuando acabó, todos fueron a
comer tamales. Allí les agarro la noche. Don Terencio no podía faltar. Hasta
lloroso dicen que lo vieron en la misa haciéndose el triste por los muertos.
Ya bien comido, Terencio se despidió y se fue a su casa que estaba alejada
del pueblo. Como ya se había hecho rico¡.hasta de casa había cambiado. No
bien había salido del pueblo cuando sintió que alguien lo estaba espiando.
Como que venían siguiendo.
-¡Ah no¡- dijo Terencio- Quien quiera que sea ¡ que salga para que pueda
verlo¡ de cara a cara me dice lo que quiere¡
¡Y nada¡¡¡.Puro silencio. Ni luna había para ver si alguien andaba por ahí.
Mmmm.mejor me apuro - pensó, ya algo asustado. Sólo me queda media legua
para llegar. Y camino algo troteadito. No bien había andado cuando.¡otra
vez¡¡¡.
¡ Por todos los poderes¡ - grito ¡ ordeno que salgas y me digas quien sos y
que queres¡
No bien había gritado cuando una luz cayo encima y lo dejó casi ciego y
atontado. Nada miraba. Solo oyó una voz que dijo.
- Aja, Terencio Pérez ¿ Como estás? Ya no te pareces a aquel del pueblo. Veo
que te ha ido bien.
-¿ Quien me habla? - dijo Terencio- usted me ha confundido con otro
Terencio. Yo soy el médico Terencio Pérez de la Trocadera. Todo los de por
aquí me conocen.
- Eso lo sé - le dijo la voz. Te conocen los pobres y los ricos; los vivos y
los muertos, Terencio Pérez- le dijo. Y te conozco yo, que te enseñe todo lo
que puedes cuando estabas chiquito.
¡Ay dios ¡- dijo Terencio. Si es el finado Fray Antolín.
¡Ay Terencio, Terencio¡ de balde fueron todos los consejos que te dí. Me
acuerdo que no te quisiste hacer cura me prometiste que siempre ibas a ser
un hombre bueno y que ibas a ayudar al necesitado.
¡Pero si soy bueno- dijo Terencio- curo a la gente y siempre estro si
alguien me llama¡¡¡
- Estas seguro Terencio¡ dijo es espanto o se un aire que se oye pero no se
ve. ¿Y que pasó con Juan Tepa y los otros indios que mandaste a matar? ¿ y
los indios y españoles pobres que murieron con la peste? ¿ A esos también
les ayudaste? ¡ A mi no me engañas¡. Todo lo he visto. Tuviste todo para ser
feliz y para hacer felices a otros, pero has sido muy ambicioso.
¡Perdón ¡ perdón¡ Fray Antolín - dicen que decía Terencio. Pero el espanto
no le hizo caso.
- No Terencio- le dijo- ya no hay perdones que valgan. Se llegó la hora de
dar cuentas. Ya no vas a poder vivir en paz.¡ Seguime¡ - le ordenó- y lo
llevo a un gran zanjón. ¿Ves lo que hay allí? Son los huesos de todos los
que se murieron por tu culpa. Con esos huesos vas a hacer una carreta.
Empezá ya¡ Y el Terencio con un gran miedo pero bien obediente se puso a
armar la carreta con los huesos. Cuando la tuvo el espanto le dijo.
¡Hoy si, se te llegó la hora¡ desde este momento ya no sos de este mundo.
Vos no lo sentís pero ya estas muerto y no vas a tener paz. Tu castigo va a
ser andar de arriba a abajo con esta carreta recogiendo los huesos de todos
los que han muerto por voz.
Te va a tocar andar buscando un cementerio donde darles sepultura.
¡ No creas que sos el único ¡.hay muchos como voz penando en otros lados.
Recogiendo los huesos de los que en vida hicieron sufrir y buscando
cementerios donde enterrarlos.
De nada le sirvió a Terencio toda su riqueza, nada detuvo su castigo. Nunca
más lo volvieron a ver.
Y esta es la historia de la carreta bruja o chillona. La oyen en muchos
lados. Siempre a media noche. Es que son muchos los que andan penando sus
maldades. Son espantos o aires malignos.
Dicen que va de retroceso, que no lleva bueyes y que cuando pasa se siente
que truena la tierra y se oyen ruidos de cadenas. Quizás son los huesos que
chocan unos con otros. Pues si, son cosas funestas ¿vea? ¡ la verdad es que
como es una aire.¡ solo se oye y no se ve. A saber, ahí averíguenlo ustedes.
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Walsa,
He visitado la pagina y me parece muy buena. Desafortunadamente no puedo
entrar a varios enlaces, no se a que se debe. No se si esto le ha pasado a
otros guanacos.
SOYLAMAR
SOYLAMAR
Saludes
Walter Santos
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