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"El gran inquisidor" (Parte 1)

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Aug 9, 1998, 3:00:00 AM8/9/98
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El Gran Inquisidor
(Capítulo V de "Los hermanos Karamazov" de Fjodor Dostokewski, 1880)

Parte 1:

-- Es preciso un preámbulo, desde el punto de vista literario. La acción
acaece en el siglo XVI. Ya sabes que en aquella época los autores, gene-
ralmente, en sus poemas, asignaban una intervención a las potencias celes-
tiales. Sin hablar del Dante, en Francia misma los cofrades de la Pasión y
otras hermandades de frailes daban representaciones en las que aparecían en
escena, la Vírgen, los ángeles, los santos, Cristo y hasta el mismo Dios.
Eran espectáculos inocentes. En "Nuestra Señora de París", de Victor Hugo,
bajo el reinado de Luis XVI, para celebrar el nacimiento del Delfín se ob-
sequia al pueblo de París con una representación edificante y gratuita:
"El fallo divino de la muy santa y graciosa Vírgen María". En este auto
sacramental aparece la virgen en persona y pronuncia su santa sentencia en
escena. En Moscú, antes de Pedro el Grande, se daban, de vez en cuando,
representaciones semejantes, sacadas, sobre todo, del Antiguo Testamento.
Además, circulaban multitud de relatos y poemas en los que, cuando convenía,
aparecían los santos, los ángeles y los celestiales ejércitos. En nuestros
monasterios se traducían y copiaban esos poemas, y se creaban otros, incluso
bajo la dominación de los tártaros. Existe, por ejemplo, un breve poema
monástico, traducido, sin duda, del griego, titulado "La Vírgen entre los
condenados", que contiene cuadros de una audacia dantesca. La Vírgen des-
ciende a los infiernos, guiada por el arcángel San Miguel; ve a los con-
denados y comtempla sus tormentos; entre otras, hay una categoría muy
interesante de condenados, sumergidos en un lago de fuego: algunos de ellos
se hunden en las llamas y no reaparecen ya: son los "olvidados hasta por
Dios", una profundidad y de una energía impresionantes. La virgen, llorando,
se arrodilla ante el trono del Altísimo y con fervor suplica el perdón de
todos los pecadores que en el infierno ha visto, sin distinción alguna de
categorías. Su diálogo con Dios es de extraordinario interés. Implora,
suplica, insiste, y cuando Dios, mostrándole las manos y los pies aguje-
reados de Cristo, le pregunta: "¿Cómo podría yo perdonar a sus verdugos?",
ordena la Virgen a todos los santos, a todos los mártires... a todos
los ángeles que se arrodillen e imploren el perdón de todos los pecadores,
sin exclusión. Por fín, obtiene la Virgen que los tormentos cesen cada año
desde el Viernes Santo hasta la Pascua de Pentecostés, y los condenados,
desde el fonde del averno, claman: "¡Señor, tu sentencia es justa!" Bueno,
pues mi poemita sería por ese estilo, si perteneciese a aquella época. Apa-
rece dios: nada dice, no hace más que pensar. Han transcurrido quince siglos
desde que prometió volver a su reino, desde que su profeta escribió, repi-
tiendo las propias palabras de Cristo: "Verán al hijo del hombre... Empero,
de aquel día y de la hora nadie sabe; ni los ángeles del cielo, ni el Hijo,
sinó solo el Padre!". La humanidad lo espera con la mima fe que entonces,
una fe más ardiente, si cabe, pues han pasado quince siglos desde que el
cielo cesó de dar testimonios al hombre. Cierto es que entonces aun se pro-
ducían bastantes milagros: algunos santos hacían curaciones maravillosas,
y la Reina de los Cielos visitaba a ciertos justos, según cuentan sus vidas.
Pero el diablo no descansa: la humanidad empezó a dudar de la autenticidad
de tales prodigios. Por entonces nacía en alemania una terrible herejía que
negaba los milagros. "Y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una
antorcha (la iglesia evidentemente), y cayó en la tercera parte de los ríos
y en las fuentes de las aguas, que fueron hechas amrgas". Esto contribuyó
a redoblar la fé. Como en aquel tiempo, las lágrimas de la humanidad se ele-
varon hacia Él; y como entonces se le espera, se le ama... Desde hace tantos
siglos que la humanidad suplica con fervor: "¡Señor, dígnate a parecer a
nuestros ojos!"; hace tantos siglos que lo invoca, que El, en su infinita
misericordia, ha descendido hasta sus fieles. Ya antes había visitado a
ciertos justos, a mártires, a santos anacoretas, según nos dicen sus bió-
grafos. En Rusia, Tiouchev, que creía profundamente en la verdad de sus
palabras, proclamó que

"Bajo el peso de su cruz, anonadado,
con humilde apariencia, el Rey de Reyes
te recorrió, tierra natal, entera,
prodigando por doquier sus bendiciones".

Pero, al fín, se ha dignado mostrarse, aunque solo unos instantes, al pueblo
que sufre, al pueblo miserable que se pudre en el pecado, pero que lo ama
ingenuamente. La acción pasa en España, en Sevilla, en la época más aterra-
dora de la Inquisición, cuando en todo el país a diario ardían grandes ho-
gueras, en las que, para mayor gloria de Dios,

"Se abrasaba a los terribles herejes en fastuosos autos de fe".

Aunque no fué así como prometió volver al término de los tiempos, sinó en
toda su celestial gloria, "como rayo que brilla de Oriente a occidente",
quiso mostrarse de nuevo, y sobre todo, en el lugar donde crepitaban las
hogueras en las que se quemaban los herejes. Infinitamente miserecordioso,
vuelve entre los hombres bajo la misma forma que tuvo durante los tres años
de su vida pública. Ya desciende hasta posar su divina planta en el ardiente
suelo de la meridional ciudad, donde, precisamente la víspera, el gran in-
quisidor hizo quemar a un centenar de herejes, ad majorem Dei gloriam, con
gran pompa, y en presencia del rey, de los cortesanos, de los caballeros,
de los cardenales y de las más hermosas damas de la corte. Aparece suavemente,
sin ruido, sin que lo adviertan, y, ¡oh, prodigio!, todos lo reconocen, sin
embargo. La razón de esto sería uno de los más bellos pasajes en mi poema.
El pueblo, atraído por una fuerza irresistible, se reúne, se agolpa, se
apretuja a su paso, y tras El va formando inmensa muchedumbre. Silencioso,
cruza entre la multitud, dibujando sus labios una dulce sonrisa compasiva.
Su divino corazón se abrasa de inmenso amor, de sus ojos irradian, la Luz,
la Ciencia, la Fuerza, que en todos los corazones despiertan amor. A todos
tiende sus brazos y los bendice, y una salutífera virtud obra en cuanto toca
y hasta se desprende de sus vestiduras. Un anciano, ciego desde la infancia,
clama entre la multitud: "`Señor, sáname y te veré!" Y de sus ojos caen, des-
prendidas, las escamas que lo cegaban, y torna el ciego a ver. El pueblo, a
su paso, besa humilde la tierra, derramando lágrimas de alegría. Los niños
le arrojan flores, y un cántico, un inmenso "¡Hosanna!" se eleva hasta llenar
el espacio. "¡Es él, sí, debe ser Él, solo Él puede ser!", se oye por todas
partes. Se detiene en el atrio de la catedral sevillana, en el momento en que
allí llevan una cajita blanca, un ataúd, en el que yace una niña de siete años,
hija única de un notable de la ciudad, cubierto el cadáver de flores. La
muchedumbre, llena de fe, grita a la madre, desesperada y llorosa: "¡El resu-
citará a tu hija!" El sacerdote, perplejo, mira y frunce el ceño. De pronto,
un grito agudo y penetrante sacude los más duros corazones: es la madre, que
echándose a sus plantas, implora con exaltación: "¡Si eres Tú, devuélveme a mi
hija! ¡Resucítala!" Y tiende hacia El sus brazos suplicantes. Se detiene el
cortejo, dejan sobre las losas el blanco féretro: El lo contempla unos ins-
tantes, lleno de piedad, y sus labios pronuncian otra vez, con sobrehumana
dulzura, aquellas sublimes palabras: "Talitha koum". Y se levantó la muchacha.
La muertecita se incorpora, se sienta y mira en su derredor, sonriendo exta-
siada: tiene en la mano el ramo de blancas rosas que depositaron en el féretro,
mientras la multitud, confusa y emocionada, grita y llora... En aquel solemne
instante aparecen el cardenal, el gran inquisidor, anciano casi nonagenario,
alto, de cara enjuta y hundidos ojos, en los que aún brilla un vivo fulgor.
No loadornan las fastuosas vestiduras con las que ayer se paseaba ufano delan-
te del pueblo, mientras ardían los enemigos de la iglesia romana; viste ahora
el burdo sayal del fraile. Sus torvos auxiliares y la guardia del Santo Oficio
lo siguen a respetuosa distancia. Se detiene no lejos de la muchedumbre y
desde allí observa. Todo lo ha visto: el ataúd, colocado sobre las losas,
delante de El; la resurección de la tierna criatura, la emoción del pueblo...
Frunce sus espesas cejas y sus ojos brillan con resplandor siniestro; se
ensombrece su rostro, alza la mano y lo señala, ordenando a sus guardias que
lo prendan. Es tan grande el poder del inquisidor; tan acostumbrado está el
pueblo a someterse, a obedecerlo, temblando, que la muchedumbre, en medio de
un silencio de muerte, se aparta apresurada, dando paso a los esbirros; éstos
lo arrestan y se lo llevan. El pueblo todo, como un solo hombre, se inclina,
dobla la espalda hasta el suelo ante el viejo inquisidor, que lo bendice en
silencio y sigue su camino. Llevan el prisionero al ruinoso y sombrío edifi-
cio del Santo Oficio y lo encierran en estrecha y abovedada celda. Muere el
día sobre la ciudad y avanza la noche, una noche cálida y asfixiante, perfu-
mada por los laureles, los naranjos y limoneros. Se abre la férrea puerta
del calabozo, rasgando las profundas tinieblas de la mazmorra, y aparece la
figura del gran inquisidor, con una antorcha en la mano. Viene solo; tras él
la maciza puerta vuelve a cerrarse. Se detiene, y durante largo rato contempla,
silencioso, la Santa Faz. Por fín, se acerca, deja sobre la mesa la antorcha
y le dice: "¿Eres tú? ¿Tú? Y, como no recibiera respuesta alguna, añade rá-
pidamente: "¡nada digas, cállate!" Además ¿qué podrías decir? ¡Harto lo sé!
No tienes derecho a añadir ni una palabra a las que en otros tiempos pronun-
ciaste. ¿Por qué has venido a perturbarnos? Nos perturbas, sí, bien lo sabes.
¿Sabes también lo que sucederá mañana? Ignoro si eres Tú o solo su apariencia;
mañana te condenaré, serás abrasado como el peor de los herejes y ese mismo
pueblo que hoy te besa los pies, mañana, a una señal mía, se apresurará a
alimentar, gozoso, la hoguera en la que has de perecer. ¿Lo sabes? Sí, tal vez
lo sepas", añade el anciano, pensativo y fijando sus hundidos ojos en los de
su Prisionero....

(Continuará)

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