El negocio del servicio público

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Carlos Th

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Aug 6, 2001, 11:19:09 AM8/6/01
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Tiendo a inclinarme más por la postura del alcalde Antanas Mockus que
por la del gremio de transportadores de Bogotá y la razón no es sólo el
resentimiento de un gremio que ha paralizado a mi ciudad sino que viene
además de los argumentos que las partes: el gremio, el alcalde, los
ciudadanos, etc. han expresado en estos días.

Escribo esto mientras observo a la carrera 15 bastante despejada. En
parte tal vez porque hoy es día de puente, de los puentes reales y no de
los lunes festivos que hemos optado por llamar puentes. Ayer fue
domingo y mañana es festivo: la conmemoración de los 182 años de la
batalla del Puente de Boyacá. Además celebramos hoy los 463 años de
fundación de nuestra ciudad. Pero la principal razón por la cual hay
pocos automóviles, camiones y busetas por la usualmente congestionada
carrera 15 es por el paro de transportadores.

En Bogotá sobran buses y taxis para cubrir la demanda de transporte
público. En gran medida esto se da porque en Bogotá el transporte
público ha sido siempre un negocio: un buen negocio para algunos, un mal
negocio para muchos, pero, al fin y al cabo, un negocio.

Los taxis han sido una solución al desempleo. No importa que no se
necesiten y que, por lo tanto, la cantidad de vehículos amarillos y de
personas empleadas en este negocio se canibalicen mutuamente. Ahora que
hay una propuesta para que se organicen simplemente se asustan con el
cambio y exigen que no les quiten sus puestos de trabajo.

Y esto es porque el esquema del negocio no está diseñado para ofrecer
empleo sino para copar, con algo, los huecos del sistema de transporte.
No importa si somos más los ciudadanos que en búsqueda de una calidad de
vida, necesitamos un medio de transporte eficiente, el trancón
permanente es necesario para que unos pocos tengan empleo.

Y todos los argumentos de los transportadores, de los taxistas
principalmente, están centrados en un esquema de negocios que es hasta
absurdo... y lo peor, un esquema de negocios que en últimas va a ser
favorecido por la medida de la alcaldía, si es que internamente no logra
autoajustarse.

Más complejo es el tema de los buses y busetas. Más complejo porque es
un problema de fondo pero que en últimas está basado en un concepto de
negocio para algo que debe ser un serivicio público. Y es que no hay
nada de malo en obtener ganancias de un servicio público como lo haría
una eficiente empresa de teléfonos, energía o agua potable: el problema
es el enfoque.

Cómo el transporte público de Bogotá ha sido enfocado como un negocio,
no hay ningún tipo de ingeniería de transporte para crear nuevas rutas.
El recorrido promedio de una buseta es absurdamente largo y complicado
pero es la forma en que puede atravezar una ciudad tan grande como
Bogotá exprimiendo las rutas secundarias y aprovechando tramos de varias
vías principales. Para el usuario la alternativa sería tomar varios
tramos con varios transportadores y desplazarse rápido pagando tres o
más pasajes o pagar un sólo pasaje para un sightsing de los trancones de
Bogotá.

La así llamada guerra del centavo parte de un negocio mal estructurado,
donde cada conductor tiene que conseguir al máximo número de usuarios a
costa de los demás conductores y de los usuarios mismos. Una señora de
edad que necesita medio minuto en desencaramarse de lo alto de un chasís
de camión con carrocería de bus es un mal negocio para el conductor
quien no ve inconveniente en arrancar antes de que la señora termine de
bajarse. Ese medio minuto es precioso para el conductor que necesita ir
a la siguiente cuadra a recoger a otro sufrido usuario.

Pero cuando les montan una competencia que está pensada como un
serivicio, y aún así es rentable, la opción de estos transportadores no
es la de organizarse para prestar un buen servicio sino que, enfocados
en un esquema de negocios que se ve amenazado, se canibalizan mutuemente
prestando un peor servicio que buscan defender a toda costa... y cuando
se ven amenazados por una nueva legislación buscan paralizar la ciudad
como una medida de fuerza para que las cosas sigan siendo como antes:
como cuando el usuario importaba un pito.

-- Carlos Th

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