Domingo, 7 de febrero de 2010
“Cuando el hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es
su cara y cuál es su careta” Pío Baroja
Ya son muchas, quizás demasiadas, las expresiones de Hugo Chávez
llamando a la oposición a activarle un Referendo Revocatorio en los
términos en que lo pauta el Art. 72 de la Constitución. La consigna
desesperada es objeto, como siempre, de acrítico coro por parte de los
acólitos del oficialismo a guisa de “reto” lanzado al vuelo contra la
disidencia y contra la oposición. Sin embargo las mayorías
democráticas han demostrado mucha madurez política y, a diferencia de
lo que ha ocurrido en otras oportunidades, no han pisado la resbalosa
concha de plátano que se ha dejado caer desde el oficialismo como un
guante manchado en la ruta hacia el rescate de la AN.
Todo el embrollo revela mucho de cómo es que Chávez se ve a sí mismo y
a su permanencia en el poder, pero más allá, revela una clara
estrategia oficial dirigida a sacar el debate político de la senda por
la que debe transitar: la que nos imponen la ciudadanía y nuestras mas
acuciantes necesidades. Aunque al poder le duela, el tema central -
Chávez lo sabe y eso le genera una inmensa ansiedad- no es hoy por hoy
si el presidente se queda o no en el poder. El tema central es
Venezuela. Lo importante no es colocar el foco sobre si conviene o no
activar un Referendo Revocatorio contra Chávez, sino poner el dedo, y
la atención, sobre las terribles llagas que la inseguridad, el
desempleo, la devaluación de la moneda, la prisión política, la falta
de acceso a los servicios básicos, los ataques a la libertad de
expresión y el asesinato de estudiantes -oficialistas y opositores por
demás- en las protestas recientes han dejado en la piel de nuestra
patria y que costará mucho lograr que cicatricen. Esto, aunque a
Chávez le incomode, es lo inmediato, lo puntual, lo significativo.
Y todo eso lo sabe Chávez que, prendado de sí mismo hasta la ceguera
como siempre, lee feliz en la TV cartas de Berlusconi y juega a que
“nada nos pasa” mientras el país se nos va por las cañerías de su cada
vez más olorosa -por no decir hedionda- y patente ineficiencia. Chávez
pretende hacernos creer que “toma medidas concretas” para enmendar el
capote cuando lo cierto -el que tenga ojos, que vea- es que juega a
mover las mismas fichas de siempre en los tableros de lo cotidiano sin
percatarse de que eso sólo demuestra que, al igual que lo hicieron
algunos de los líderes políticos de la mal llamada “IV República”, no
tiene ni idea de qué hacer con los problemas del pueblo. Y también
evidencia que está corto de talentos ya que no ha hecho más que
descabezar a cuánto sucesor pudiera representar una alternativa
distinta, no sólo para él y para su “revolución”, sino además para
carteras ministeriales y oficios públicos en los que son más
necesarias la preparación, las credenciales y la idoneidad que la
simple y obtusa lealtad absoluta. Por eso juega -o intenta jugar- el
único juego en el que, aunque de manera cada vez más débil, lleva
ventaja: el que convierte a todo el país en un desfigurado reflejo de
sí mismo.
No vamos a caer en la trampa “relegitimadora”. A Chávez en su egoísmo
le interesa que la gente deje de pensar en los problemas reales que
todos -oficialistas y opositores- padecemos y que se vuelva la mirada
a la distorsionada visión, que él promueve para sí mismo con
desparpajo, de “víctima” de “oscuras” -y siempre inexistentes-
“fuerzas ocultas”. Allí, como le encanta ser el centro de atención, se
solaza ya que según él, su cargo y el poder que le apareja -el país no
le importa en lo absoluto- están en riesgo merced unos siempre
improbables complots que no pretenden más que desalojarle del puesto.
Por eso, en vez de hacer lo que le toca, que es gobernar, propone que
se decida si debe seguir gobernando o no. La diferencia es sutil, pero
importante. Para él, en su incompetencia, es más fácil quejarse de que
“el mundo está contra él” y echarle la culpa a los demás de todo lo
que nos pasa que trabajar y ocuparse de la solución -que no conoce ni
está interesado en conocer- de nuestras cuitas.
Pero la mueca le sale mal al presidente. Dos cadáveres más de jóvenes
víctimas de la violencia política que él mismo ha creado y defendido
-”mi revolución es pacífica, pero está armada”- le reclaman hoy desde
sus tumbas la felonía. Así, esta intención desesperada de Hugo Chávez
de que se le haga el centro de toda atención -tal y como lo ha hecho
las ya más de 20 veces que ha dicho en los últimos años que “lo
quieren matar”- es lo más parecido a un muy inoportuno “pescueceo” que
hemos visto en años. El país se despedaza y el hombre, lejos de asumir
su responsabilidad -¡qué lejanos están los tiempos de aquel “por
ahora”!- plantea que se discuta, se hable y se decida sólo sobre lo
que a él le interesa y le ha interesado siempre con exclusividad: si
permanece en el poder o no.
Mala movida compañero. La factura electoral, con intereses, deberás
pagarla igual cuando te toque.