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(IVÁN): JESUSCRISTO ESCRIBE EL ESPÍRITU SANTO DE LA LEY EN NUESTROS CORAZONES:

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valarezo

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Aug 1, 2009, 10:05:57 AM8/1/09
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Sábado, 01 de agosto, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica


(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)

(De nuestros corazones: el Pésame santo para las victimas españolas.
Nuestro amor y pésame son para las dos victimas del bombazo
terrorista, el cual sufrió días atrás toda España, en su manera más
cruel y cobarde, llena de fuego, humo y destrozos por doquier en el
lugar del crimen sin sentido, cuando hicieron estallar los pistoleros
a sueldo una bomba donde había niños.

Oramos por sus familiares y amistades y, con la ayuda de nuestro Señor
Jesucristo, pedimos también por la seguridad de sus compañeros de la
Guardia Civil, para que nuestro Padre celestial los proteja
poderosamente de cualquier otro ataque sin valor alguno de honor, ni
honra, ni dignidad Divina de los malvados sin corazón humano en sus
vidas extrañas. Evidentemente se ve que los que causan dolor y muerte
y destrozos por doquier, no conocen nada del amor eterno de nuestro
Padre celestial ni de la gracia infinita de su Jesucristo, porque
actúan con tanta crueldad hacia toda vida humana y sagrada del
Espíritu Santo de los mandamientos gloriosos y de vida eterna para
España y para la humanidad entera. Abandonen ya la maldad. Queremos
que los ataques cobardes paren por completo, en todo lugar, para que
niños y gente inocente, que no tienen nada que ver con su manera de
vivir, no sufran más sus amenazas y males crueles de destrucción a
toda vida sagrada para nuestro Padre celestial y Fundador de nuestro
espíritu humano que está en los cielos.

Damos gracias, como todo amor y respeto, por las vidas de los
fallecidos, porque se levantaron al paraíso para regresar a su hogar
eterno, en el seno de nuestro Padre celestial, de donde salieron en el
día de su creación, para que vivan felices siempre comiendo del fruto
de la vida, ¡nuestro Señor Jesucristo!, para seguir viviendo
infinitamente la vida angelical. Que nuestro Padre celestial los
bendiga grandemente a todos y los libre de todo mal siempre del
enemigo cruel con los poderes sobrenaturales de su Espíritu Santo, en
el nombre glorioso de nuestro Señor Jesucristo, amen. )

JESUSCRISTO ESCRIBE EL ESPÍRITU SANTO DE LA LEY EN NUESTROS
CORAZONES:

Moisés volvió a nacer “como creyente de Jesucristo” en el Espíritu
Santo de los mandamientos sobre el Sinaí, cuando hablaba con el Señor
Jesucristo, como el Cordero de Dios que libera a Israel de Egipto,
para que sea su siervo fiel a él, así como lo fue en su día su padre
Abraham y con su hijo Isaac, por ejemplo. Porque la voluntad eterna de
nuestro Padre celestial era de hacer a cada uno los hebreos tan fiel a
él como su siervo Abraham, quien había vuelto a nacer no del espíritu
de Adán sino del Espíritu Santo de la venida al mundo, de su
prometido, su Hijo Jesucristo, en Isaac mismo y en su día como el
unigénito, por ejemplo.

Por fe, Abraham volvió a nacer en su día, creyendo en Jesucristo,
cuando creyó a la palabra de nuestro Padre celestial que le iba a dar
un hijo del vientre estéril de su esposa Sara, y como le creyó a Dios
de todo corazón, entonces «le fue contado como justicia escrita en su
corazón» con el Espíritu Santo de los mandamientos. En otras palabras,
Abraham se salvó de la condena de todos sus pecados, porque no
solamente le creyó a Dios, cuando le prometió a su Hijo Jesucristo que
nacería en su vida, del vientre muerto y sin vida de Sara su esposa,
como la misma Israel condenada para siempre a la esclavitud cruel de
Egipto y sin salvación en sus hijos.

Visto que, cuando Israel moría día a día entre sus verdugos egipcios,
como Sara mismo y sin hijos, entonces nuestro Padre celestial les
manifestó a su Hijo Jesucristo, quien ya vivía entre ellos
invisiblemente, pero siempre en silencio orando por su liberación como
su sumo sacerdote y, a la vez, como su Cordero de la sangre del pacto
eterno y libertador. Porque para nuestro Padre celestial Sara, la
esposa de Abraham, en sí, era la misma Israel con su vientre estéril
sin poder dar hijos libertadores jamás, porque se encontraba bajo el
poder malvado de Satanás en la esclavitud egipcia para no ser libre ni
menos ver la vida eterna, en la tierra ni menos en el más allá, para
siempre.

Pero como Moisés no solamente vio a Jesucristo, sino que también creyó
en él de todo corazón, así como Abraham con su esposa Sara estéril en
su día creyó grandemente, entonces aquí Moisés nació nuevamente del
Espíritu Santo de los mandamientos como el libertador de Israel de su
cautividad egipcia, pero sólo con la sangre del pacto eterno, ¡nuestro
Salvador Jesucristo! Y nuestro Padre celestial los libera grandemente
primero de Egipto, con milagros y señales, para llevarlos al fondo del
mar Rojo, (rojo como la misma sangre salvadora del Rey Mesías), lo
cual seria simbólicamente el bautismo, derramamiento de la sangre
santa y abundante del Cordero Escogido de Dios que quita el pecado y
su muerte de sus vidas, para siempre.

Y con éste baño de sangre santa, simbólicamente hablando, en las
profundidades del mar no solamente sepultaban sus vidas esclavizadas y
condenas injustamente al infierno, sino que serian tan limpios para
recibir por escrito en sus corazones, como Moisés mismo, el Espíritu
Santo de la Escritura de los mandamientos, para volver a nacer en la
tierra prometida en el tercer día. Y, por ello, luego el Señor dice,
pondré el Espíritu Santo de mis Diez Mandamientos en sus corazones
para que caminen por siempre pensando según mi voluntad santísima para
con todos ellos y sólo así cumplirán con mis decretos, para ponerlos
por obra cada día de sus vidas, por toda la tierra.

Y nuestro Padre celestial les hablaba así a los hebreos
posteriormente, porque tenía en mente introducirlos en una tierra
gloriosa, en la cual, la iba a convertir en un paraíso terrenal, llena
de milagros, maravillas, prodigios y de señales sobrenaturales a cada
hora no sólo para todos ellos sino también para las naciones. En la
medida en que, para vivir sagradamente en estas tierras divinamente
escogidas desde el cielo, entonces el hombre tiene que volver a nacer,
pero no del espíritu rebelde de Adán y Eva, sino del Espíritu Santo de
sus mandamientos, para que vivan en perfecta armonía con él y con su
Hijo Jesucristo, ¡el Árbol de la vida eterna!

Ya que, todos los que viven en el reino de los cielos, con nuestro
Padre celestial y con su árbol de la vida eterna, tienen que tener
desde ya el Espíritu Santo de los mandamientos escritos en sus
corazones por el mismo dedo de Dios, para que piensen por siempre bien
todo lo que van a hacer en sus vidas. Y esto es, sin duda alguna, como
los ángeles mismos en todo lo que hacen día a día en su diario vivir
celestial, para gloria y para honra infinita del nombre muy santo de
nuestro Padre celestial y de su Hijo Jesucristo.

En vista de que, los que están llenos del Espíritu Santo de los
mandamientos ya no andan en contiendas ni en desacuerdos de las cosas
en el cielo o en la tierra, para siempre, porque ya todo lo saben y
todo lo conocen muy bien, gracias a la llenura del Espíritu Santo de
Dios, en sus corazones. En verdad, nuestro Padre celestial quería
tratar inicialmente a todos los hebreos, empezando con el mismo
Moisés, como a sus mismos ángeles santos y fieles del reino angelical,
para que le sirviesen por siempre en el Espíritu y en la verdad
infinita de su Espíritu Santo de los mandamientos gloriosos,
glorificados grandemente sólo en su Hijo Jesucristo, ¡el Libertador de
Israel!

Por cuanto, en su corazón glorioso sólo deseaba verlos felices y gozos
como sus mismos ángeles, querubines, serafines, arcángeles y demás
seres santísimos y especiales del cielo, como nuestro Señor
Jesucristo, su unigénito, por supuesto: Pues ésta felicidad le da más
felicidad a su corazón santísimo en todo momento, para empezar a
bendecir en gran medida todo lo que ama mucho. Pero para que esto sea
una realidad en sus vidas hebreas, entonces los hebreos tenían que
volver a nacer del mismo Espíritu Santo de sus mandamientos, y esto
era sólo posible escribiéndolos en sus corazones, para que sus mentes
estén saturadas en todas sus verdades, glorias y santidades infinitas,
para que todo lo que hagan en sus vidas siempre sea para bien.

Y para escribir en sus corazones, en sus mentes y en su espíritu
humano su bendición, entonces nuestro Padre celestial tenía que darles
primeramente una vida sumamente santísima de entre todos sus hermanos—
una vida tan gloriosa como la de los ángeles o como la de su Hijo
Jesucristo, la cual es como la de él mismo, ¡el Todopoderoso de
Israel! Y ésta vida ejemplar, santa, honrada, gloriosa, no se
encuentra en ningún hombre de toda la tierra, sino sólo en nuestro
Señor Jesucristo; porque nuestro Señor Jesucristo no solamente salió
de nuestro Padre celestial sino también del Espíritu Santo de los
mandamientos, para confiarnos esa vida que necesitamos tener, para
regresar a Dios y a su reino angelical para siempre.

Éste es aquel de quien Moisés habló siempre en Egipto y por todo el
camino a la tierra prometida de Israel, asegurándoles a los hebreos de
que iba a nacer de entre ellos mismos, el Santo de Israel, el
Todopoderoso de nuestro Padre celestial, el Hijo de David, ¡el Cristo!
Y sólo a él tenían que oír pacientemente en todo lo que les enseñaré
en todos los días de sus vidas y hasta aún más allá del fin de todas
las cosas, ya sea en la tierra y hasta en el mismo reino angelical,
para hacer bien siempre todo para gloria y para honra eterna de
nuestro Padre celestial.

Aquí, fue cuando Moisés les declaró abiertamente y sin rodeos a sus
hermanos los hebreos, de que entre ellos mismos uno se levantara que
será como él mismo, delante de nuestro Padre celestial que está en los
cielos, para que los guíe por siempre hacia la vida eterna de La Nueva
Jerusalén santa y gloriosa del cielo. Y éste ser santo seria como «un
Moisés nuevo», pero mucho más lleno del Espíritu Santo de los
mandamientos en su corazón y en todo su ser santísimo, para que vivan
por sus huesos inquebrantables, por su carne santa y por su sangre
salvadora, en la tierra y en la vida infinita de La Nueva Jerusalén
santa y gloriosa del cielo.

Es decir, para que los guíe cada día de sus vidas con su misma vida
impecable por el camino de la verdad y la vida, llena de milagros y de
señales, asimismo como en sus días Moisés guió a todo Israel fuera de
Egipto para que pasase por el bautismo de sangre roja del mar hacia la
tierra prometida. La tierra prometida de Dios a Abraham y sus hijos,
la cual se encontraba en el mismo desierto egipcio, esperando por
ellos desde la fundación del cielo y de la tierra, para que la
poseyeran todos los hijos e hijas de Dios, los que habían vuelto a
nacer del Espíritu Santo de los mandamientos como Moisés mismo, en
toda su humanidad personal.

O como nuestro Señor Jesucristo también, por ejemplo, porque nuestro
Señor Jesucristo nació santo del vientre virgen de la hija de David,
para vivir su vida consagrada grandemente al Espíritu Santo de los
mandamientos, sino que también para entrar desde ya a la vida eterna,
de La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo, en donde todo es
verdad cada día. Además, ésta tierra prometida a todo Israel por
nuestro Padre celestial a Abraham, Isaac y Jacob se alegró grandemente
cuándo vio a Israel cruzar el río para entrar en su seno y, por
cierto, escogida por nuestro Padre celestial primordialmente, para que
su Hijo Jesucristo naciese en ella, así como él mismo se lo había
anunciado a Moisés inicialmente.

Dado que, su Hijo Jesucristo iba a nacer no solamente del vientre
virgen de la hija de Sion, con los huesos inquebrantables, la carne
santa y la sangre del pacto eterno llena de la nueva vida infinita de
La Nueva Jerusalén celestial, sino que también entraría a Israel con
el Espíritu Santo de los mandamientos escrito en su corazón, para
siempre. Es decir, también que nuestro Señor Jesucristo nació en
Israel ya con la Escritura del Espíritu Santo de los mandamientos en
su corazón consagrado, para que, de este modo, cada uno de sus
hermanos hebreos y así también cada hombre, mujer, niño y niña de
todas las naciones también reciba por escrito el Espíritu Santo de los
mandamientos, en su corazón.

De otra manera, nuestro Padre celestial no podía jamás darles a los
hebreos ni a nadie la Escritura del Espíritu Santo de los mandamientos
en su corazón, como se lo había dado inicialmente a Moisés sobre lo
alto del Sinaí, para convertirlo en un nuevo hombre con un nuevo
corazón para él y para su gran obra sobrenatural para todo Israel.
Verdaderamente, fue nuestro Señor Jesucristo a quien Moisés vio cara a
cara sobre el Sinaí, sin duda, para dialogar con él de todo lo que
nuestro Padre celestial deseaba hacer con Israel, y fue él mismo y no
otro quien escribió con su dedo el Espíritu Santo de los mandamientos
en su corazón, para que nazca de nuevo para el reino angelical.

Pues esto siempre fue lo mismo que nuestro Padre celestial deseó hacer
con Adán y Eva sobre todo lo alto del paraíso inicialmente, después de
haberlos creado en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para
que el Espíritu de la Escritura de los mandamientos siempre esté con
ellos en todo momento y así también en sus descendientes, para
siempre. Y, hoy en día, nuestro Padre celestial desea hacer lo mismo
contigo, en líneas generales, y así también con cada uno de todos tus
hermanos, hermanas y parientes, para que no solamente caminen a cada
hora del día de un milagro a otro, sino para que también crezcan
espiritualmente a la estatura de Dios y de su unigénito, ¡nuestro
Salvador Jesucristo!

Porque ésta es la meta de nuestro Padre celestial para con cada uno de
todos los hebreos y así también para con cada hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera, que la Escritura del Espíritu Santo de
los mandamientos sea escrita por su mismo dedo glorioso en sus
corazones, ¡invocando a Jesucristo!, para que sean felices
infinitamente. Además, en ésta tierra escogida por nuestro Padre
celestial para su Gran Rey Mesías, el Hijo de David, iba a ser para
que cada uno de sus hijos e hijas sea llenó grandemente del Espíritu
Santo de sus mandamientos, pero escritos por su mismo dedo santo en
sus corazones y, además, sólo con la sangre bendita del pacto eterno.

De otra manera, nuestro Padre celestial no podía jamás escribir el
Espíritu Santo de sus mandamientos en sus corazones, como se lo había
prometido inicialmente a su profeta Ezequiel, por ejemplo, para que
sus vidas cambiasen, en un momento de fe y de oración, para que ya no
sean rebeldes como Adán y Eva, sino creyentes como sus ángeles del
cielo. Porque cuando nuestro Señor Jesucristo se encontró con Moisés
sobre el Sinaí, después de haber hablado por unos momentos con él,
entonces nuestro Señor Jesucristo escribió el Espíritu Santo de sus
mandamientos en su corazón, para que vuelva a ser un nuevo hombre
delante de Dios y de sus hermanos los hebreos para la gran obra que
tenia que cumplir infinitamente.

Pues éste mismo cambio espiritual, nuestro Padre celestial deseaba
hacer con cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de las
doce tribus de Israel en Egipto, para que dejen de ser rebeldes como
Adán y, por ende, fieles a él y a su Jesucristo, por el desierto
egipcio y ya viviendo en la misma tierra prometida también. Porque si
nuestro Padre celestial lograba escribir el Espíritu Santo de sus
mandamientos gloriosos en sus corazones, con el espíritu de fe y de
gloria de su Hijo amado, el Hijo de David, entonces muy bien nuestro
Padre celestial podía comenzar a convertir a toda la tierra de Israel
en un paraíso glorioso y celestial, de una vez por todas.

Y esto seria, en realidad, una vida totalmente nueva y llena de
grandes milagros y maravillas de amor, paz, gozo, hermandad y
felicidad infinita no sólo para los hebreos sino también para la
humanidad entera, para que ya no haya más conflictos ni problemas de
ninguna naturaleza, como guerras, hambres, sequías, devastaciones,
plagas y muertes de matanzas increíbles, por ejemplo. Milagrosamente,
sólo nuestro Padre celestial puede cambiar todo esto en la tierra,
pero empezando con todo Israel, cuando la Escritura del Espíritu Santo
de los mandamientos sea realmente escrita por su propio dedo en sus
corazones, así como lo hizo inicialmente con Moisés sobre el Sinaí con
Jesucristo para cambiar su vida a una vida nueva y obediente a él
infinitamente.

Visto que, para esto nuestro Padre celestial los sacó inicialmente de
Egipto, para convertir a cada hombre, mujer, niño y niña como Moisés
mismo, lleno del Espíritu Santo de sus mandamientos en su corazón y
sobre todo lo alto del Sinaí, para empezar una nueva vida santa y
eterna, desde ya, para convertir a la tierra en un paraíso sin igual.
En realidad, de entre todas las familias de todo Israel sólo a Moisés
nuestro Padre celestial pudo convertirlo como a su Hijo Jesucristo,
sobre el Sinaí y mucho antes de salir de Egipto también hacia la
tierra prometida, por ejemplo, en tan sólo en un momento de fe y de
obediencia a él por medio de Jesucristo.

Además, nuestro Padre celestial deseaba hacer lo mismo con cada hebreo
y con cada hebrea, para seguir bendiciendo grandemente a las demás
familias de las naciones, pero su rebelión en contra de Moisés y de
nuestro Padre celestial lo impidió todo, desdichadamente, que fuese
así en sus días de vida por el desierto y ya en la misma tierra de
Israel también. Y porque ninguno de ellos se dejó escribir el Espíritu
Santo de los mandamientos en su corazón, así como nuestro Padre
celestial ya lo había escrito en el corazón de Moisés, para cambiar su
vida pecadora y desobediente a él, a una vida santa y obediente a su
palabra y a su nombre santo, entonces se enojó grandemente para
abandonarlos.

Y de tanto tratar con cada uno de ellos y no lograr su objetivo divino
y salvador para con ellos, entonces los abandonó a la voluntad malvada
de sus enemigos, para que sean derrotados y así perdiesen su
protección divina y cada una de sus bendiciones que les había otorgado
durante los días de sus vidas por el desierto egipcio. Ahora, esto no
lo hizo así fácilmente nuestro Padre celestial como si lo quisiese
hacer con mucho gusto, sino que la desobediencia de los hebreos era
tan grande y fuerte que él tenía que alejarse de ellos por algún
tiempo, para poder volver a empezar después una vez más, es decir, si
se arrepentían de su mala conducta para con su Jesucristo. Porque sólo
Moisés era Jesucristo para todo Israel, para perdón, bendición, salud
y salvación eterna, delante de nuestro Padre celestial y del Espíritu
Santo de sus mandamientos.

Entonces cada vez que los hebreos se arrepentían de sus faltas delante
de nuestro Padre celestial, entonces Jesucristo regresaba a ellos
fielmente para escribir su Espíritu Santo en sus corazones con su
mismo dedo que había escrito las primeras tablas de los mandamientos
inicialmente en el corazón de Moisés, para hacerlo un nuevo hombre
para él y para su gran obra salvadora. Pero no pasaba mucho tiempo,
cuando Israel nuevamente se volvía a rebelar en contra de Moisés, lo
cual resultaba en juicios y en castigos terribles de enfermedades y
hasta de muertes espantosas, en manos de las naciones enemigas de su
alrededor; y los hebreos morían desprotegidos, porque les faltaba por
escrito la escritura del Espíritu Santo de los mandamientos en sus
corazones.

En verdad, nuestro Padre celestial no lograba jamás escribir con su
dedo santo su Espíritu Santo de los mandamientos en sus corazones
rebeldes a Moisés (el Jesucristo del desierto egipcio), a pesar de que
habían visto a cada hora sus grandes maravillas, milagros y hasta
señales en los cielos y en la tierra para ellos y no le obedecían
nunca. Para que, de este modo, por fin le obedezcan y se dejen
convertir, de una vez por todas y para siempre, del espíritu rebelde
de Adán y Eva al Espíritu Santo de sus mandamientos, infinitamente
cumplidos y glorificados en su árbol de la vida, nuestro Señor
Jesucristo, el Hijo de David, ¡el Gran Rey Mesías de todos los
tiempos!

Y así pacientemente nuestro Padre celestial siempre trató de escribir
repetidamente el Espíritu Santo de sus mandamientos en sus corazones,
pero los corazones rebeldes de los hebreos y de las hebreas no se lo
permitían nunca; el único que si se dejó escribir el Espíritu Santo de
los mandamientos en su corazón, para convertirse en un nuevo hombre
para él, fue Moisés. Por esta razón, nuestro Padre celestial no
permitió jamás que ninguno de ellos entrase a su tierra prometida,
prometida con mucho amor de Jesucristo a Abraham, Isaac y Jacob, sino
que les dejó que muriesen alrededor de su ídolo fundido en oro al pie
del Sinaí, como el becerro sacrificado que vieron anteriormente en las
manos de Moisés y con su sangre salpicando.

Sólo los hijos e hijas de los que salieron de Egipto entraron a la
tierra prometida para poseerla, poseerla con sus muchas y gloriosas
bendiciones de cada día y sin fin de milagros, maravillas y de señales
en los cielos y en la tierra, en el nombre santísimo de su Gran Rey
Mesías, el Cristo, ¡el Hijo de David! Y cuando la tierra prometida a
Israel entendió que jamás entrarían en ella a los que nuestro Padre
celestial liberó de Egipto inicialmente, entonces se llenó de tristeza
que sus cielos dejaron de llover como antes y sus tierras dejaron de
dar de sus frutos en sus grandes abundancias hasta nuestros días; todo
cambió drásticamente en todo Israel, en aquel día inesperado.

Porque los hebreos que habían entrado en ella, las tierras donde
nuestro Señor Jesucristo nacería del vientre virgen de la hija de
David, viviría su vida consagrada al cumplimiento del Espíritu Santo
de los mandamientos, revelaría sus maravillas para con su pueblo,
moriría por sus pecados para resucitar en el tercer día para la vida
eterna, no conocían a su Salvador aún. Es decir, sin duda, que algo
inesperado sucedió en la tierra de Canaán en aquellos días, porque
dejó de ser como antes, llena de generosas lluvias del cielo y frutos
de sus tierras, para alimentar a sus habitantes y llenar sus almacenes
de sus granos, por ejemplo; su Jesucristo no estaba en los corazones
de los que entraban a Israel, desafortunadamente.

Entonces Israel que nuestro Padre celestial había escogido con tanto
amor de Jesucristo para los hebreos refugiarse de Egipto con sus
ejércitos que llenaban la tierra, pues habían quedado postrados
alrededor del ídolo abominable al pie del Sinaí, ante los ojos de
nuestro Padre celestial, pues sufría grandemente la ausencia de su
Jesucristo en sus corazones, como hasta nuestros días, por ejemplo.
Porque la verdad es que la tierra prometida que nuestro Padre
celestial les había prometido a Abraham, Isaac, Jacob y así también a
cada uno de sus hijos que salían de la cautividad egipcia era, en sí,
un paraíso no solamente lleno de bendiciones sin fin sino también de
legiones de ángeles gloriosos, para el servicio constante de la
humanidad entera.

Porque todos los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás
seres muy santos del reino angelical, sirven a nuestro Padre
celestial, pero también están listos para bendecir y ayudar en todo a
los que serán herederos de la vida eterna (los que tiene el Espíritu
Santo de los mandamientos escritos en sus corazones). Porque la verdad
es que nuestro Padre celestial quería hacer de Israel un paraíso
terrenal, mucho mayor que el mismo paraíso de Adán, lleno de milagros
y de prodigios para los hebreos y para las familias de las naciones
también; lo que tenia nuestro Padre celestial para Israel era de gran
extensión espiritual, si sólo obedecían a Moisés, su Jesucristo
simbólico.

Porque si los hebreos antiguos obedecen a Moisés por todo su camino
por el desierto egipcio, así como lo habían obedecido para desatarse
de su cautiverio egipcio, entonces también hubiesen obedecido
fácilmente a nuestro Señor Jesucristo, su Gran Rey Mesías, cuando lo
vieran a él cara a cara como a Moisés mismo, para cumplir con toda
justicia y verdad celestial en sus vidas. En la medida en que, el
obedecer a nuestro Señor Jesucristo, como nuestro sumo sacerdote, como
nuestro Cordero de la sangre expiatoria, para nuestro Padre celestial
y así también para sus ángeles fieles y gloriosos del reino angelical,
en sí, es obedecer el Espíritu Santo y obediente de los mandamientos,
en la tierra y en el cielo, para siempre.

Pero la historia es otra, como ya la conocemos por la Escritura,
porque los hebreos antiguos jamás obedecieron de buena voluntad a
Moisés en ninguna de sus palabras, y sólo obedecían cuando nuestro
Padre celestial se manifestaba en contra de ellos con sus juicios, por
culpa de sus rebeliones en contra de su voluntad suprema, su siervo
ungido como Jesucristo, ¡Moisés! Y los hebreos antiguos no podían
jamás obedecer a Moisés en ninguna de sus palabras, como Dios manda,
porque ninguno de ellos había recibido en su corazón por escrito de
nuestro Padre celestial el Espíritu Santo de sus mandamientos, es
decir, que Moisés era del Espíritu de Dios cuando los hebreos seguían
siendo del espíritu de error de Adán y Eva.

Y esto generaba un gran conflicto en todo lo que se decía o hacia en
la presencia de nuestro Padre celestial y de su Hijo Jesucristo, su
Ángel sagrado, con Moisés y con los hebreos, sin duda alguna, lo cual
causaba que su ira santísima se encendiera grandemente en contra de
todo Israel para abandonarlos a la voluntad malvada de sus enemigos.
En verdad, si los hebreos antiguos hubiesen tenido un poco de fe para
obedecer a la palabra de nuestro Padre celestial, en la boca de
Moisés, entonces ellos perfectamente hubiesen nacido del Espíritu
Santo de los mandamientos, para no seguir ofendiéndole (a Moisés/
Jesucristo), sin duda alguna, y hasta por fin así entrar de lleno a la
tierra prometida, sin problemas.

Es decir, también de que si los hebreos antiguos obedecen fielmente a
la palabra de nuestro Padre celestial de la boca de Moisés, entonces
ellos hubiesen recibido la Escritura del Espíritu Santo de los
mandamientos en sus corazones, para no solo entrar a la tierra
prometida sino también para ver inmediatamente al Hijo de Dios y sin
tropiezo alguno. Porque si todos los hebreos reciben por escrito del
dedo de Dios el Espíritu Santo de los mandamientos, así como Moisés lo
recibió inicialmente de nuestro Señor Jesucristo en su corazón sobre
todo lo alto del Sinaí, entonces nuestro Padre celestial, sin demora,
les hubiese otorgado a su Hijo Jesucristo en persona por el vientre
virgen de una de sus hijas.

Porque esto era algo glorioso, por lo cual nuestro Padre celestial lo
hubiese hecho con todo Israel prematuramente, pero si tan sólo les
hubiesen sido fieles a su siervo Moisés, quien no solamente era el
ejemplo devoto de Jesucristo sobre el Sinaí y en Egipto, sino que
también seria así mismo como nuestro Señor Jesucristo literalmente
paso a paso por todo Israel posteriormente. En otras palabras, nuestro
Padre celestial hizo tan similar la vida de Moisés a la de nuestro
Señor Jesucristo no sólo en todo Egipto días antes de su escape, sino
que también lo fue así por todo el camino del desierto, porque el
Espíritu Santo de los mandamientos estaba escrito en su corazón desde
el Sinaí, por la mano de Dios mismo. Pues es el Espíritu Santo de los
mandamientos escritos en su corazón lo que cambia al hombre pecador
para que sea como Jesucristo—esto fue lo que le sucedió a Moisés sobre
el Sinaí, sin duda alguna: el nuevo nacimiento espiritual y salvador
de Dios, para el alma viviente del hombre.

Y nuestro Padre celestial transformó el corazón de Moisés para que sea
como el de su Hijo Jesucristo desde el primer día del encuentro
histórico sobre el Sinaí, fue para que todos los hebreos también sean
convertidos como él mismo, como su Jesucristo, para que salieran de
Egipto y entrasen en tres días a la tierra prometida, pero libre de
problemas. No obstante, esto jamás sucedió, como lo revela la
Escritura, porque ninguno de ellos no solamente no recibió por escrito
del dedo de Dios el Espíritu Santo de los mandamientos, sino que
tampoco le fue fiel como Moisés a nuestro Padre celestial por todo el
camino a la tierra prometida a todo Israel, el Israel de todos los
tiempos.

Además, por culpa de los hebreos antiguos, cuando Moisés muy bien
podía entrar a la tierra prometida a sus padres, ya que en su corazón
estaba escrito el Espíritu Santo de los mandamientos, nuestro Padre
celestial no lo dejó entrar tampoco, sino que murió a las puertas de
la misma para unirse a sus padres posteriormente, en el más allá. Y
nuestro Padre celestial no dejó jamás a Moisés entrar a la tierra
prometida, aunque él estaba limpio del espíritu abominable, del
becerro fundido en oro al pie del Sinaí, fue para que los hijos e
hijas de los hebreos no lo convirtiesen a él en uno de sus ídolos
abominables y de tropiezo después de muerto.

Y así la tierra de Israel no se contaminaría jamás con su muerte y las
adoraciones subsiguientes de todos los hebreos hacia él y su tumba;
porque la tierra de Israel fue dada a los hebreos para que nazca entre
ellos su Hijo amado, por el poder sobrenatural de su Espíritu Santo,
del vientre virgen de la hija de Sion. Y éste Hijo de la hija de David
tenia que nacer en una tierra santa y libre de toda clase de adoración
a ídolos, tumbas e imágenes, de patriarcas o de hombres de renombre
del pasado, para que así no haya ningún tipo de contaminación alguna
hacia el sacrificio santo y supremo sobre el monte santo de Jerusalén
y su resurrección sobrenatural.

Dado que, el sacrifico santo y glorioso sobre la cima del monte santo
de Jerusalén tenia que ser libre de toda contaminación de Satanás y de
sus ídolos, tumbas e imágenes de siempre, para que el Espíritu Santo
de los mandamientos y de su sangre santísima fluya para todo Israel y
así también para todas las naciones su resurrección inmortal. Y,
además, para mantener éste sacrificio santo y glorioso de su Hijo
amado sobre el monte santo de Jerusalén, en todo Israel, entonces los
hebreos juntos con sus hijos e hijas tenían que ser llenos del
Espíritu Santo de los mandamientos, infinitamente cumplidos y
glorificados por el Hijo de David, ¡el Cristo!

Pero como los hebreos antiguos no solamente rehusaron servirle a
nuestro Padre celestial alrededor del sacrificio santo y glorioso de
su Hijo Jesucristo, quien había muerto por sus pecados y, a la vez,
resucitado en el tercer día para vida eterna, entonces tampoco pudo
escribir su Espíritu Santo en sus corazones, como lo había hecho con
Moisés inicialmente sobre el Sinaí. Porque todo aquel que creé en su
corazón y así confiesa con sus labios el nombre santo del Hijo de
Dios, nuestro Señor Jesucristo, entonces su nombre no solamente es
escrito en el libro de la vida en el cielo, sino que en su corazón
nuestro Padre celestial escribe con su dedo el Espíritu Santo de los
mandamientos para jamás borrarlo.

Considerando que, así como Moisés recibió en su corazón la Escritura
del Espíritu Santo de los mandamientos sobre todo lo alto del Sinaí,
pues así también cada hombre, mujer, niño y niña de Israel y de las
naciones de toda la tierra, sin duda, tiene que recibir en su corazón
la Escritura eterna del mismo Espíritu Santo de los mandamientos
glorificados. Por esta razón, el sacrificio santo de nuestro Señor
Jesucristo, como el sumo sacerdote de Dios y, a la vez, como el
Cordero Escogido de la sangre reparadora del pacto eterno, sobre los
árboles clavados de Adán y Eva, tenia que permanecer santo y libre de
toda contaminación de ídolos, tumbas, imágenes de hombres de renombre
del pasado hebraico.

Para que de esta manera no solamente siempre le sirviesen a nuestro
Padre celestial alrededor de su sacrificio de sangre santa y salvadora
sino también cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de
las naciones del mundo entero, para fin del pecado y el comienzo de
una vida nueva y eterna, llena de milagros y de maravillas sin fin.
Entonces desde los días de la antigüedad y hasta nuestros días han
sido las mentiras usuales y crueles de los malvados de Satanás, los
que no solamente han mantenido a todo Israel lejos de su sacrificio
santo y eterno y de su resurrección salvadora del tercer día, sino que
también a todos los demás hombres en todas las familias de las
naciones.

Realmente, siempre ha sido Satanás con sus malvados de siempre que ha
oscurecido no solamente el gran escape de Israel del cautiverio
egipcio, sino que también ha oscurecido la vida de nuestro Señor
Jesucristo entre todos ellos como el Ángel del SEÑOR, como el Salvador
y gran Rey Mesías de Israel y de la humanidad entera, para matar el
evangelio celestial. Y esto es también que nuestro Señor Jesucristo
luego siguió viviendo entre todos los hebreos antiguos, como el sumo
sacerdote y Cordero de Dios que quita el pecado y sana sus vidas de
todos los males de cada día de sus vidas por el desierto y hasta en
sus mismas nuevas vidas encontradas al fin, en la tierra del evangelio
eterno, Israel.

Desdichadamente, todos estos males terribles que le sucedieron a los
hebreos antiguos, simplemente fue porque no recibieron por escrito en
sus corazones el Espíritu Santo de los mandamientos, así como Moisés
lo recibió inicialmente del SEÑOR sobre el Sinaí para nacer nuevamente
y así ser una persona nueva, para Dios y para su gran obra
sobrenatural de creer en Jesucristo siempre. Porque para creer en
nuestro Padre celestial por medio de su Hijo Jesucristo, nosotros
tenemos que tan solamente invocar su nombre santo y milagroso con
nuestros labios, creyendo en nuestros corazones de que él es el Hijo
de Dios, el evangelio antiguo y todopoderoso, para perdón de nuestros
pecados y bendiciones infinitas para todas las cosas que necesitemos
de él cada día.

Y, después de todo, Satanás quería aún destruir por completo la obra
de nuestro Padre celestial no solamente con Moisés y los hebreos
antiguos sino también con sus hijos y nuestro Señor Jesucristo en toda
su nueva vida santa y gloriosa en todo Israel, y esto lo lograría
Satanás contaminándolo todo con mentiras y mucho más mentiras crueles
que antes. Y esto es de contaminar completamente el nacimiento santo y
virgen de nuestro Señor Jesucristo y su vida consagrada al Espíritu
Santo de los mandamientos en todo Israel y, sobre todo, contaminar el
sacrificio de la sangre expiatoria y del pacto eterno del evangelio,
para que el pecado no termine jamás ni menos sus violencias infernales
en contra de la humanidad entera.

Pero antes que todo esto sucediese, entonces Satanás no solamente los
iba a mantener alejados a los hebreos del sacrificio santo y glorioso
de nuestro Señor Jesucristo, sobre el monte santo de Jerusalén, sino
que también los iba a crucificar a cada uno de ellos para así
oscurecer con sus muertes la muerte y resurrección gloriosa de nuestro
Señor Jesucristo. Porque si Satanás lograba crucificar a cada hombre,
mujer, niño y niña de todos los hebreos en todo Israel, entonces quién
iba a poder señalar cuál era el verdadero sacrificio y sangre santa y
salvadora de nuestro Señor Jesucristo delante de todas las naciones de
la tierra, para que sean redimidas de sus pecados al fin, como dice la
Escritura.

Además, Satanás tenia a los romanos listos para crucificar a cada uno
de los hebreos, si se daba la hora para hacerlo así, pues asimismo
como lo habían hecho muchas veces con sus hermanos, incluyendo a
Jesucristo, pues lo harían con el resto de Israel también, sin demora,
para que la gran obra redentora de Dios muriese en un gran holocausto
infernal. Porque la verdad es que si Satanás no pudo acabar con el
Hijo de Dios con sus mentiras crueles, como lo había intentado varias
veces por el desierto y sobre lo alto del templo de Jerusalén, pues
ahora sólo le quedaba destruir con todo intento de Dios de salvar a
Israel y a la humanidad entera, en un gran holocausto endiablado.

Porque la verdad es también que para Satanás oscurecer la verdad en la
historia de la tierra, de Israel y así también en la mente de cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, era entonces
simplemente crucificar a los hebreos en todo Israel y así por fin
oscurecer para siempre éste gran sacrificio Salvador del Hijo de Dios.
Porque si ya no existe Israel, entonces Satanás podía borrar para
siempre su nombre y los nombres de sus hijos de debajo del cielo y de
sobre toda la tierra también, para que jamás se vuelvan a mencionar su
historia muy leída, ni mucho menos invocar cada día, el nombre bendito
y salvador de su Hijo amado, ¡nuestro Libertador Jesucristo!

Porque si Israel ya no existe sobre toda la tierra, entonces tampoco
se podría hablar jamás a la humanidad entera del árbol de la vida,
nuestro Señor Jesucristo, para perdón de pecados y bendiciones sin fin
de sanidades milagrosas, de todas las enfermedades y de sus muertes
terribles en la tierra, en el infierno y el lago de fuego, por
ejemplo. Así, Satanás hubiese acabado con la gran historia de Abraham,
Isaac, Jacob y sus descendientes en toda la tierra, para que el
evangelio eterno no se vuelva a mencionar jamás ni menos el nombre
glorioso y sobrenatural de nuestro Salvador Jesucristo, como el Hijo
de Dios y único Gran Rey Mesías posible para Israel y para la
humanidad entera.

(Sin duda, seria como el Holocausto europeo, cuando Satanás con sus
malvados asesinó millones de judíos y gentiles, por igual, con el fin
de exterminar de sobre toda la tierra no sólo a Israel sino también al
evangelio eterno de nuestro Padre celestial; y después de consumado
todo diabólicamente, entonces negarlo cada día y hasta que la gente lo
olvide todo. Porque todos los ataques terribles que toda la humanidad
israelí ha sufrido a través de los tiempos y, especialmente en nuestra
era, en si, como en Europa, ha sido para no sólo acabar con ellos sino
con el evangelio del perdón y de la salvación infinita del sacrificio
del Hijo de Dios, para perdón y salvación eterna del alma viviente del
hombre.

Porque es ésta salvación eterna, de modo definitivo, la que escribe
cada día el Espíritu Santo de los mandamientos obedecidos, cumplidos y
glorificados grandemente por nuestro Salvador Jesucristo en el corazón
del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de Israel y de toda la
tierra para siempre, para gloria y para honra infinita de nuestro
Padre celestial. Por esta razón, Satanás quiso destruir a Israel en
Egipto, por el desierto y así también al Hijo de David en la misma
tierra de Israel con sus mentiras de siempre, para que la Escritura
del Espíritu Santo de los mandamientos del plan de salvación de
nuestro Padre celestial no llegue jamás a los corazones de todas las
familias de las naciones.)

Pero nuestro Padre celestial fue mucho más sabio que Satanás y, una
vez más, los sacó con sus manos santas a los hebreos a vivir en otras
naciones, para esconderlos, para que Satanás no contaminase el
sacrificio santo y salvador de nuestro Señor Jesucristo con la
crucifixión de cada uno de sus hermanos y de sus hermanas en todo
Israel. Aquí, nuestro Padre celestial volvió a liberar a Israel de una
muerte segura, para que sigan viviendo y hasta el fin no solamente de
toda vida humana en la tierra sino también del nuevo milenio venidero,
en el cual Dios mismo dejará que su Jesucristo viva con ellos a su
lado, como lo deseó hacer así inicialmente en Israel, después de
Egipto.

Entonces hasta el fin de volver a encontrarse con su hermano
Jesucristo, en vida o en visión, quien no solamente nació santo del
vientre virgen de la hija de David, sino que vivió su vida consagrada
para obedecer infinitamente el Espíritu Santo de los mandamientos,
para que al fin sea escrito en sus corazones con tan sólo invocar su
nombre todopoderoso. Porque el mandato de nuestro Padre celestial
hacia su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, como Rey Mesías de todo
Israel y de las naciones, es que no solamente él tiene que escribir su
Espíritu Santo de los mandamientos en los corazones de sus hermanos
sino también de todos los demás hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera.

Porque, de una manera u otra, nuestro Padre celestial volverá a Israel
en paz, en cautiverio o en hostilidades, para que de sus ruinas volver
a llevar acabo lo que siempre soñó hacer con Israel y sus habitantes,
desde el comienzo de todas las cosas en Egipto: un paraíso terrenal,
para gloria de su nombre santo sobre todas las naciones de la tierra.
Y así, al fin, vivir cada día feliz como con sus ángeles fieles con
cada hombre, mujer, niño y niña de Israel y de las naciones de la
humanidad entera, con el Espíritu Santo de sus mandamientos escrito en
sus corazones eternos, los cuales fueron grandemente glorificados,
obedecidos y exaltados en todo lo alto de Israel, ¡gracias a nuestro
Salvador Jesucristo!

Ahora, todos a leer cada día el Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos delante de nuestro Padre celestial, para que permanezca
escrito en nuestros corazones, como él quiere desde siempre: y así nos
bendiga a cada hora con sus milagros, maravillas y prodigios gloriosos
al creer en nuestros corazones e invocar con nuestros labios a su
Jesucristo. Porque el creer en el corazón e invocar con nuestro labios
al Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, en sí, es cumplir para
siempre con toda verdad, justicia y santidad infinita de nuestro Padre
celestial guardada en el Espíritu Santo de sus mandamientos de
bendiciones sin fin y de vida eterna sin igual para Israel y para las
naciones por igual.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.

LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):

“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!

SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.

SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.

CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.

QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.

SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.

SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.

OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.

NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.

DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin más demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.


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http://radioalerta.com

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