Sobre la cojudez
Manfredo Kempff Suárez*
Detesto lo ordinario
tanto como ser irreverente con los lectores, pero,
por la situación actual en
el país, me parece oportuno rememorar un libro
del humorista peruano ya
fallecido, Sofocleto, titulado "Los Cojudos". ¿Y
qué tiene que ver Sofocleto
con los bolivianos? Sofocleto, la verdad que
nada, pero los cojudos, sí, y
mucho. Lo que sucede es que el humorista
hace una afirmación tan cierta que
espanta: dice Sofocleto que la cojudez
es contagiosa. Si una persona mira a
los ojos a un cojudo, se vuelve
cojudo. Si uno le da la mano a un cojudo, la
cojudez se transmite. Si uno
cruza palabra con un cojudo, habla también
cojudeces. Si oye discursear a
un cojudo, la cojudez ataca como el cáncer más
agresivo. En suma, los
cojudos encojudecen a toda una sociedad, a toda una
nación. Y es así que
el que se relaciona con un cojudo, viste, camina, come,
baila, hace el
amor, como cojudo. Pero, además, piensa como cojudo. Y ahí
está el quid de
la cuestión.
Los bolivianos nos estamos pasando de
cojudos. No sabemos cuál habrá sido
el primer cojudo que nos contagió, pero
de que lo hubo no hay duda. Y
nuestra sociedad se ha encojudecido. ¿O no son
cojudos los que todos los
días salen a ociosear por las calles paralizando la
ciudad? ¿No son
cojudos los que se declaran en huelga de hambre y se tiran al
suelo bajo
una manta para comer salteñas a escondidas? ¿Y los que se
crucifican
atados a una madera y con relevo? ¿Y los bellacos que piden
exhumar
cadáveres enterrados hace un año? He ahí algunas de las muchas formas
de
plena cojudez, propia, nuestra, auténtica.
Pero lleguemos a lo que
es la suprema cojudez. Esa es el que tiene una
fortuna bajo la cama y
prefiere morirse de hambre. Y prefiere morirse de
hambre porque no la quiere
compartir con nadie. Esa es la cojudez que está
pasando con el gas. Es la
cojudez gasífera plebiscitaria y la cojudez
molecular que tanto daño nos está
causando. Sólo los cojudos, muertos de
hambre, pueden descubrir un
emporio de riqueza gasífera y ponerse a pelear
sobre si el gas se vende o no.
Sólo los cojudos pueden dejarse convencer
de exportar ese gas por la ruta más
cara e inviable. Sólo los cojudos
pueden pensar que Bolivia no necesita de
nadie y que las empresas se
pueden ir muy campantes abandonando su inversión.
Sólo los cojudos pueden
discutir sobre una ley corta o una ley larga mientras
nos arrebatan los
mercados. Sólo los cojudos pueden perder regalías
departamentales al
fósforo. Sólo los cojudos pueden esperar tanto y
arriesgarse -como sucedió
antes- hasta que los territorios ricos se los
lleven otros.
*Manfredo Kempff Suárez
es escritor y
diplomático