Reportaje de Mona Moncalvillo
Fotografías de Carlos Bosch y Andrée Girard
Revista Hum® - Febrero 1983
La distancia que va de Buenos Aires a París nos separó durante el reportaje,
pero no fue obstáculo -larguísima charla telefónica mediante- para poder
tener una imagen clara y actualizada de este escritor y periodista argentino
que un día, como tantos (y van...), preparó su valijita y partió. Fue a
principios del 76; primero a Bruselas y luego a París, donde ya lleva cinco
años de un exilio que se quebrará a fines de marzo. Vuelve.
El "gordo" Soriano (40 años), pese a su ausencia, no abandonó ninguno de sus
hábitos; sigue apasionado por el fútbol (añorando a San Lorenzo de Almagro),
la vida nocturna (charlas, amigos, trabajos), las caminatas y, en fin, todo
lo que muestra dolorosamente a flor de piel el desarraigo de este argentino
que no renuncia a serlo por ninguna razón o conveniencia.
Sus novelas "Triste, solitario y final" (1973), "No habrá más penas ni
olvido"-escrita en 1974 y conocida recién el año pasado- y "Cuarteles de
invierno" (única escrita en el exilio y que aparecerá este mes), conocidas
en todo el mundo y traducidas a más de diez idiomas, constituyen su
auténtica identidad y el pasaporte para su retorno:
El meticuloso desfile de sus dolores, sus alegrías, sus opiniones -y hasta
la historia de sus gatos-, no oculta su angustia de escritor trasplantado
que piensa y siente en argentino, aún rodeado de cosas que no le pertenecen
porque tampoco las quiere. Sabe que "es" Osvaldo Soriano solamente aquí, en
su país, más allá del éxito en el exterior. Por eso la compulsión de este
regreso inevitable.
- ¿Irte del país produjo cambios en tus actividades?
- Mirá si habrá habido cambios, que hasta 1981 ningún diario o revista
aceptaba publicar nada mío... Incluso, mi nombre era cuidadosamente
extirpado de los artículos o comentarios sobre la literatura argentina de
los años setenta. Hubo cosas muy graciosas. Fijate que en un diario salió
una nota sobre la novela policial, con una foto de la tapa de "Triste,
solitario y final"; pero en el artículo ni se lo mencionaba... En una
revista el director tachó las líneas que un redactor le había dedicado a ese
libro en el balance de una década de literatura argentina. "Convicción" me
acusaba de ser, junto a mis amigos Julio Cortázar e Hipólito Solari
Yrigoyen, un paladín de la "campaña antiargentina" en el exterior. En fin,
te podría citar mil ejemplos de censura o agresión ejecutados por gente que
hoy se dice más democrática que los que escribieron la Constitución. Eso
duró hasta que "Humor" y "Superhumor" hicieron frente a la caza de brujas y
me pidieron colaboraciones y comentaron mis libros.
En medio del silencio, esas revistas mostraron lo que tiene que ser el
periodismo, sobre todo cuando una dictadura pretende borrar del mapa a los
opositores. Vos sabés que mis dos últimos libros estuvieron en la lista
negra y no pudieron venderse en la Argentina hasta noviembre pasado, cuando
por fin "No habrá más penas ni olvido" se editó en Buenos Aires.
- ¿Por qué te fuiste? ¿No te bancaste quedarte aquí?
- Hay que tener cuidado con la palabra "bancarse", como con otras cosas que
andan sueltas por ahí. Porque el exilio también hay que "bancárselo". Se
terminaron los exilios dorados... Digo que hay que tener cuidado con esa
palabrita porque implica en sí misma un cuestionamiento, un reproche. Ya
sabemos cómo se "bancaron" muchos estos años terribles en el país... Basta
leer sus artículos y reportajes en los años 76 al 80 (yo los tengo pegados
en el baño, frente al inodoro) en los que la calumnia, la delación y el
chauvinismo fueron como una ola de ignominia que invadía los medios de
comunicación y lavaba el cerebro del país. ¿Había obligación de "bancarse"
todo eso, tragarse los sapos de los desaparecidos, la corrupción, la carrera
desenfrenada que hizo de la clase media (es una manera de llamarla) la
campeona mundial de la especulación financiera y moral? Porque había maneras
y maneras de estar en el país, además de estar preso; la dignidad de los
Roberto Cossa, de la gente que creó "Teatro Abierto", de los muchachos que
hacían de "Goles" la más honorable de las revistas que circulaban entonces,
los que estudiaban y se juntaban para prepararse para ese futuro que hoy
empieza a tentarnos. Los otros, los que pasaban por París y se cargaban de
artefactos eléctricos y sacos de piel y te decían que las madres de Plaza de
Mayo eran cuatro chifladas que desprestigiaban el país, o los que cruzaban a
la otra vereda cuando te veían... Bueno, a ésos ya los conocemos, son los
que miden democracia y dictadura según las ventajas e que pueden sacar de
civiles o militares. No se trata de quién se quedó o quién se fue, sino más
bien para qué irse o quedarse. Porque ojo, que muchos de los que se fueron
no tenían otra posibilidad, era cuestión de vida o de muerte, de tortura o
de desarraigo y otros precios que se pagan por vivir fuera de tu tierra.
Siempre hay que desconfiar del que ataca al jodido, al exiliado, al preso,
al prohibido...
- De acuerdo, hubo de todo dentro y fuera del país; pero concretamente, ¿vos
por qué te fuiste?
- Yo empecé a irme a principios del 76; hice un viaje periodístico a
Tailandia, Italia y Bélgica y allí me agarró el golpe de Estado. El
juramento de Videla, Massera y Agosti lo vi por la televisión de Bruselas.
Los belgas se morían de risa viendo la cara de constipado que ponía Videla.
No podían imaginarse la que se venía... A los europeos esos tres tipos
parados ahí, almidonados, junto a la bandera, les parecían tres
dictadorzuelos de república bananera y se morían de risa... La tragedia ya
había empezado cuando Isabel impuso el estado de sitio, pero eso era un
chiste al lado de lo que pasó después. No obstante, volví al país en mayo y
estaba en Buenos Aires cuando lo "desaparecieron" a Haroldo Conti; cuando
Sábato, Borges y Castellani fueron a comer con Videla, que después reconoció
Upa como su libro de cabecera... Entonces ya había decidido irme por unos
meses a Bruselas, donde tenía amigos, a vivir un tiempito en una democracia,
cosa de ver de qué se trataba. Después, a medida que la masacre se cargaba a
lo mejor de nuestra generación... qué querés que te diga... no me "banqué"
la vuelta. Me pareció que en Europa sería más útil que allá, a como
periodista, como escritor... Había que gritar, decir lo que allí no podía
decirse, hablar por los que no podían hacerlo y me escribían contándome en
detalle a las atrocidades que yo leía en los despachos de prensa. Me
exponía, como tantos otros, a un riesgo calculado: iban a decir que
formábamos parte de una "campaña antiargentina". Porque para muchos
alcauciles en ese momento la verdadera Argentina eran los militares
"purificadores" y la política económica de Martínez de Hoz.
- Más allá de la información que recibís de la Argentina, ¿qué idea tenés
sobre nuestra realidad política, social y cultural?
- No seré muy original en lo que voy a decirte, pero... El país atraviesa el
más enorme drama de toda su historia. Después de tanto horror, después de
esta violación colectiva que ha sufrido la Nación a manos de sus propios
hijos de uniforme y de tantos otros que les sostenían la espada, ¿cómo será
la criatura que va a parir la historia? ¿Será un monstruo, el último, que va
a acabar con la noción misma de "patria" devorándonos a todos? ¿O por el
contrario, la Nación vejada va a parir un futuro donde la memoria fresca,
intacta, nos permitirá acabar de una vez y para siempre con la bestia
inmunda de la que hablaba Brecht? Te soy sincero, no lo sé, no hay
experiencia anterior con la que comparar semejante depravación. De lo que sí
estoy seguro es de que nadie mata impunemente sin sembrar, al mismo tiempo,
la semilla de su propia destrucción. Mirá, los argentinos nos hemos tragado
más de una vez el sapo de la corrupción, nos hemos comido la mentira, nos
hemos borrado cuando había que defender las reglas de convivencia que impone
la Constitución, hemos cometido pecados terribles, pero lo que nunca
soportamos es la matanza sistematizada, la orgía de sangre en medio del
saqueo. Eso no, eso estoy seguro de que el pueblo no lo perdona. Aquí ya no
se trata de un grupo de piolas que metieron la mano en la lata, se trata de
un ejército al que alimentamos para que nos "desapareciera", para que nos
embarcara en una guerra delirante que agregó más muertos a la lista de NN.
No, hay algo que no pega en esa dicotomía de pibes que dieron "la vida por
la patria" con generales que compran campos y vacas y se pasean por las
bancos de Suiza. Quiero decir que si hay culpables (y los hay, con pruebas
al canto) tiene que haber castigo. Si no hay justicia va a haber odio y
entonces sí nos esperan días todavía más a lúgubres...
- Días de revancha...
- Mirá, si el cuerpo sano de la sociedad, que cada día que pasa se
manifiesta en las calles, en las fábricas, entre los intelectuales, y sobre
todo entre los pibes, se une y junta sus fuerzas, vamos a tener justicia. No
se trata de sublimar las elecciones, de soñar con que una urna va a arreglar
todos los problemas. Ese es el primer paso, pero después de las urnas el
gobierno constitucional tendrá que hacer frente a todas y a cada una de sus
responsabilidades frente al pueblo y frente a la Historia. Todo el mundo
sabe que arreglar el desastre económico va a llevar años de esfuerzo, pero
no hay esfuerzo posible si los responsables de lo que pasó siguen ahí,
amenazando con las armas, disfrutando el festín, tragándose el cincuenta por
ciento de los ingresos que durante siete años les quitaron a los
trabajadores.
- ¿Creés que los intelectuales deben comprometerse con los partidos
políticos?
- Me parece muy bien que la gente se pronuncie. Es algo nuevo en la
Argentina la adhesión pública de intelectuales que está recogiendo Alfonsín,
por ejemplo. Los peronistas, como siguen divididos y todavía no tienen
candidato, están un poco a la expectativa. Ahora bien, no hay que regalar
nada a los candidatos, son ellos los que necesitan de nosotros y hay que
pedirles, a cambio de esa adhesión pública (que no es otra cosa que
publicidad, a la manera norteamericana), compromisos en firme. Lo que se
hace en Francia me parece un buen ejemplo a seguir. Cada categoría
social -asociación de inquilinos, ligas feministas, ex combatientes,
intelectuales- escriben a los candidatos para preguntarles cuál es el
programa para ese sector específico que, en general, escapa a las grandes
líneas de un programa de gobierno. Y el candidato responde, por escrito,
comprometiéndose a hacer esto o aquello. Entonces sí, frente a ese
compromiso, ese sector lo apoya públicamente. Es lo que hay que hacer con
Alfonsín, con Luder o quien sea. Un programa para el país, pero
específicamente, ¿qué programa para los intelectuales?, ¿cómo va a ser la
televisión?, ¿cómo se ayudará a la creación cinematográfica? ¿Y la edición?
¿Las bibliotecas públicas? ¿EI teatro? Y todo lo demás, todo lo que hace a
un programa cultural para el pueblo, por escrito, firmado clarito, para que
mañana no haya confusiones ni agachadas.
- ¿Qué perdiste al irte y qué adquiriste?
- Perdí, y espero que transitoriamente, lo más esencial, la tierra que me
formó, que me hizo lo que soy, con lo mejor y lo peor. El contacto cotidiano
con mi gente, con los personajes de mis novelas. Esas cosas indefinibles que
son olores, sabores, luces, café, atardeceres, tribunas, gestos en común.
Pero como tengo muchos buenos amigos y soy un empedernido escritor de
cartas, nunca rompí el contacto con los míos. Lo que se pierde no se puede
explicar en pocas palabras. Son más bien susurros, sobreentendidos, espacios
comunes. Mi mujer es francesa, pero no tengo amigos franceses, en la
acepción del término que empleamos los argentinos. Ellos tienen códigos
diferentes y el cartesianismo veda todo lo irracional que tiene una amistad.
Sin embargo, valía la pena vivir en Francia para ver de cerca cuántos
buzones nos vendieron, y nos siguen vendiendo a los intelectuales desde
París. Seguramente habrá quien siga comprando, pero yo no soy candidato...
Ya conozco la cocina por dentro... Ahora bien, después de casi cinco años en
París, te puedo decir que hay mucho que aprender de ellos en lo que hace a
la convivencia democrática. Aquí la cosa es en serio, nada de salidas
típicamente argentinas como "es verdad porque te lo digo yo", o "mirá viejo
que tengo la justa". En Francia o en Italia, que son los países que conozco
mejor, cada uno tiene su opinión y el derecho a expresarla y a ser
escuchado. Las discusiones en los diarios o en la televisión son durísimas.
La gente mama eso todos los días, una idea frente a otra y, salvo el
fascismo todo lo demás merece respeto. Algunos dicen que las libertades son
lujos de ricos; yo diría que más bien son el y producto de años y años de
luchas, de guerras ganadas y perdidas, de espacios la conquistados palmo a
palmo. La libertad no la regalan, hay que conquistarla... Basta ver los
progresos que se han hecho en Francia desde la llegada de Mitterrand y los
socialistas al poder. Y bien, esa victoria tardó 25 años en llegar y no es
espectacular, pero es un paso adelante. Un partido progresista está en el
poder. Un poco de todo eso, que no es despreciable, me lo enseñó Francia.
Hay otra cara de la Argentina que, es cierto, se ve mejor desde lejos. Sólo
que no hay que abusar, porque entonces te convertís en un simple
espectador...
- ¿Cómo es tu vida en París? ¿Tenés contactos con otros escritores, con los
latinoamericanos?
- Mirá, en París como antes en Buenos Aires, yo vivo bastante alejado del
mundillo intelectual. Además, como tengo costumbre de vivir de noche, igual
que los gatos, me acuesto a las seis de la mañana y me levanto a las tres de
la tarde; así que me evito esa institución francesa de las relaciones
públicas que es el almuerzo. Por eso me hacían reír algunos artículos de
ciertos diarios de Buenos Aires, diciendo que me paseaba por Ios pasillos
del parlamento francés para chamuyar a los diputados e influenciarlos contra
la dictadura argentina... Como me decía un amigo que vino a visitarme: "vos,
gordo no te levantás a las siete de la mañana ni por la patria". Y es
cierto, así que mis salidas se limitan a cenar con amigos argentinos como
los muchachos del Cuarteto Cedrón, Carlos Gabetta, Solari Yrigoyen, Julio
Cortázar, Castiñeira de Dios y otros pocos latinoamericanos. Pero vivo en
Francia y muchas veces nos reunimos en casa de amigos parisinos y hablamos
casi siempre de política, de la de acá y de la de allá. Te aseguro que no
hay nada más difícil en este mundo, que explicar en francés lo que es el
peronismo, por ejemplo. Ni hablar de contarle a un escritor nativo el drama
del descenso de San Lorenzo o la alegría del ascenso...
- ¿Fue difícil insertarte allá?
- No hay que exagerar, pero fue difícil aprender bien la lengua, las nuevas
reglas del juego. Los argentinos tenemos siempre el resto de intolerancia y
de soberbia, que nos ha ganado la fama que todos conocemos. Entrar
brutalmente a la libertad es fascinante, pero no es cómodo. En el 78 ó 79 yo
iba en el metro leyendo un libro y de pronto me daba cuenta de que en mi
país exhibir ese mismo libro podía significar cana o algo peor y me daban
ganas de llorar... Llegar a una democracia desde un país que casi nunca la
ha practicado es una manera de aprender a valorizar lo que nos falta, lo que
no supimos conseguir. Insertarse, no es solamente encontrar un trabajo o una
manera de realización personal, significa también incorporar cotidianamente
una manera de vivir que cuestiona nuestra intolerancia. Nuestro nivel de
machismo, de racismo, de chauvinismo, esa manía argentina de creerse los mas
piolas, los mas inteligentes. Para ver todo lo piolas que somos basta con
echar un vistazo al país... Eso hace que mucha gente se inserte
definitivamente en una nueva sociedad, que la "elija" para rehacer su vida y
no piense volver al país. Otros como yo no se integran, pero viven con los
ojos abiertos y las orejas paradas para saber qué hay que aprender y que hay
que pasar por alto porque son específicas de la sociedad europea, o francesa
en particular. Aquí hay tiempo para vivir, para pensar; uno puede leer, ver
y estudiar lo que quiera sin miedo y eso es útil, muy útil, para saber que
no son lujos, sino derechos adquiridos por una sociedad que sufrió mucho. A
medida que te metés en la realidad del país de adopción, vas acompañando sus
peripecias, sus alegrías y sus broncas. No puedo dejar de interesarme en la
vida política del país; como la mayoría de los franceses detesté a Giscard
d'Estaing y me alegró el triunfo de los socialistas, que ampliaron aún mas
las libertades y los derechos de los trabajadores. Cuando Mitterrand ganó
las elecciones no te diré que fue como en mayo del 73 en la Argentina, pero
es cierto que abrí una botella de champagne y salí a gritar al balcón. Lo
cotidiano, en cambio, es más difícil, porque yo nunca dejé de sentirme
extranjero en Francia y eso es una realidad muy dura. La extranjería es
jodida, En 1976 el Negro Guerrero Marthineitz me mandó un par de cassettes
del Show del Minuto dedicados a mí sólo y allí hablaba durante dos horas de
la extranjería, de la condición del extranjero, de su experiencia de peruano
y negro en Buenos Aires, de lo que había tenido que pelear para que lo
aceptaran (y ya vemos que aún hoy no lo aguantan) y lo que él decía se fue
cumpliendo día a día, dolorosamente... Claro que no me quejo, yo soy
escritor en un país en el que se respeta el oficio. Viajo por toda Europa a
mesas redondas, congresos, charlas y he conocido gente que me hubiera sido
difícil conocer en Buenos Aires. Me hice amigo de unos cuantos escritores
que allá me parecían intocables, como buen provinciano que soy. Mis novelas
se han traducido en casi toda Europa y me doy cuenta de que aquí valoran a
los latinoamericanos más de lo que nosotros lo hacemos en casa. Estoy seguro
de que Daniel Moyano, Di Benedetto, David Viñas, Juan Gelman, Juan José Saer
son, si no más conocidos, mejor apreciados en Europa que en Argentina.
- ¿Cuántos libros tenés editados y qué transformaciones ha sufrido tu
literatura a partir del 76?
- Editados están los tres: Triste, solitario y final, No habrá mas penas ni
olvido y Cuarteles de invierno. Como te decía están traducidos a nueve o
diez idiomas y los dos últimos, como estaban prohibidos en la Argentina,
salieron antes en países tan disímiles como Polonia, Italia, Alemania y
Francia. De Cuarteles de invierno se está preparando una película en
coproducción franco-alemana que va a dirigir Peter Lilienthal, creo que con
Michel Piccoli y Nathalie Baye. También publiqué a unos pocos cuentos, que
no son mi fuerte, y uno de ellos, que difundió en Buenos Aires "Superhumor",
fue recogido por Le Monde en su antología anual. Muchos críticos argentinos
se equivocan al creer que No habrá más penas ni olvido fue escrita en el
exilio cuando, en realidad, la hice en Buenos Aires en 1974. Pero ya en esa
época los editores no quisieron saber nada con la idea de que López Rega se
enojara, así que recién apareció en 1980 en España y en noviembre pasado en
Argentina. Del exilio, en Cuarteles de Invierno sí hay una transformación,
espero, de más madurez, más precisión narrativa. La idea sin duda, de
acercarme a mi país a través de esos personajes y de ese pueblito de Colonia
Vela, en la medida que yo me encuentro a diez mil kilómetros de distancia.
Mi preocupación literaria tiene que ver con mi memoria, con mis orígenes. Y
si no tengo un pelo de nacionalismo barato, tengo, en cambio, un amor loco
por mi gente. Mi pasaporte son mis novelas. Envidio a aquellos que, como
Cortázar, han podido vérselas con personajes franceses o cubanos o chilenos
y lo hacen tan bien. Para mí, y ésa es mi limitación, el mundo es mi aldea.
Claro, no es fácil describir mi "aldea" estando tanto tiempo fuera, pero
como esa aldea se ha trasladado masivamente al extranjero, hoy es posible
describir -y escribir sobre ello- el drama del desarraigo y el exilio.
Muchos de mis personajes están hoy en el exilio, me parece...
- Italo Calvino en la contratapa de tu libro "No habrá más penas ni olvido"
te califica de Hemingway heroicómico...
- Creo que tiene que ver con el tipo de escritura seca y directa, sin mucho
adjetivo, y nada de psicologismos, que yo intento. Heroicómico por la
tradición del héroe que constantemente se mete en despelotes que, más acá de
la tragedia, provocan risa. Una risa amarga, claro... En el fondo, mal que
les pese a ciertos críticos, ésa es una constante de nuestro país. Aquello
de que "sólo me duele cuando me río". Esa novela es la que más le gustó a
Calvino y tuvo la infinita bondad de decirlo. Los argentinos, en cambio,
somos competitivos y feroces. Ni bien nos tomamos un poco en serio ya no
mencionamos a ningún contemporáneo. Nos paramos en Sarmiento, en Gutiérrez,
en Lugones, en Arlt y, si somos generosos, vamos hasta Horacio Quiroga. Me
contaron de uno de los nuestros que, en un infinito gesto de bondad, dijo de
otro (que es mejor escritor que él, por supuesto): "yo a ése lo respeto
bastante..."
-¿Qué te diferencia de otros autores latinoamericanos? ¿EI humor, acaso.
- Cada uno de nosotros es diferente, por suerte, y eso no quiere decir que
éste sea mejor que aquél. Lo que me diferencia de otros latinoamericanos,
dentro de una riqueza que ninguna obra literaria tiene, en su conjunto, son
las cosas obvias como el humor, la sátira, y el estilo que, como el hígado,
no se puede transferir. Una constante de la mala crítica es andar buscando
siempre ancestros. Todos los tenemos, porque no hemos surgido por generación
espontánea, pero cada uno a su tiempo los va enterrando... Si yo le debo
mucho a Chandler, a Hammett, a Hemingway, también le debo a Arlt, a Quiroga
y a los narradores anónimos de Cipolletti, Neuquén y Tandil, que contaban
cuentos y no podían darse el lujo de que la atención del que escuchaba
decayera un instante. El tipo contaba y vos te quedabas con la boca abierta,
con la respiración cortada, ¡cómo no admirarlos! Si mis libros tienen la
virtud de no caerse de las manos, se lo debo a un tipo que se llamaba
Santos, de Cipolletti, a Juan Campagnolle, de Tandil, que eran capaces de
tenerme en vilo toda la noche frente a un vaso de vino. Ahora bien, no
quiero hacer populismo barato; sin haber leído a los grandes, sin haber
hecho buen periodismo, ése que me enseñaron Timerman, Troiani, Tomás Eloy
Martínez, Gelman, Juárez, yo no me habría puesto a hacer literatura. A mí me
gusta más el fútbol que la literatura; y no es un chiste, cualquier amigo
mío lo puede certificar. Eso sí, no voy a andar fingiendo modestia. Cuando
sé qué es lo que quiero escribir, busco la "forma" más adecuada, el estilo
más preciso, eso que algunos llaman "técnica literaria" y que no es otra
cosa que un instinto; como el de los gatos, que saben cuál es el lugar más
seguro y confortable para dormir y el lugar más adecuado para dar combate.
-¿Qué opinás de la literatura bastardista, populachera como objeto de
consumo?
- Ese es un asunto complejo. Los argentinos tenemos una inclinación notoria
al populismo. Que no haya partidos de derecha declarados, ni de verdadera
izquierda con gran arrastre, es un síntoma de lo que somos. Dentro del
peronismo está, como en una bolsa de gatos, lo mejor y lo peor. El
radicalismo con su Alfonsín, su Solari Yrigoyen, pero también su Contín y su
De la Rúa, no se aparta de la tradición... El populismo es un fenómeno
difícil de analizar en pocas palabras y si bien se extiende por toda América
latina, en la Argentina es un caso especial. Evidentemente, en la literatura
tenía que tener una correspondencia natural. Una de sus constantes es la
ambigüedad: "te digo pero no te digo, denuncio pero no tanto, tiro bosta con
un ventilador pero que a todo el mundo le caiga la misma cantidad" y así de
seguido. La literatura populista usa un lenguaje que pretende ser el de
todos, o al que todos accederemos alguna vez (el caso de Gardel como figura
unificadora más allá de cualquier conflicto social es significativa, ¿no?).
Ese lenguaje, en realidad, no hace más que "mimar" un lenguaje que todos
creemos usar y que, al fin de cuentas, no usa nadie. Salvo que uno sea un
imbécil y crea a muerte en el "realismo" o el "naturalismo", sabe que un
texto no es la imagen exacta de la realidad, ni siguiera su espejo, sino una
interpretación, aún a través de las formas más alejadas de lo real.
Entonces, cuando un escritor traza un diálogo "justo", no es que lo haya
copiado de la realidad, del "rioba" como cree Minguito, sino que lo ha
elaborado con un trabajo de mil diablos, para obtener lo que un poco
ingenuamente podríamos llamar (para citar a Chandler) la "ilusión" de la
realidad. No hay más que leer a los clásicos franceses, de Balzac a Zola,
para darse cuenta. Pero bueno, la literatura populista ha hecho una
excelente carrera en la Argentina y todavía queda cuerda para rato, porque
explota lo peor de una sociedad sin interpretarla, como hacía, en cambio, el
gran Roberto Arlt. No es tan complicado, machismo exacerbado, tortura
descripta regodeándose en lo más escabroso, la traición elevada a la
categoría de valor en un momento histórico en el que la traición es, en
efecto, una sucia manera de sobrevivir. Creo que esa literatura "critica" lo
que complace en describir en la trampa final. Pero ya te digo, ese tipo de
escritura, que parece al alcance de cualquier iniciado de barrio, está lejos
de agotarse por lo que veo en muchos escritores debutantes. Es una
literatura dañina, porque asimila lumpenaje con proletariado, pobre infeliz
con victima, pero no es su culpa. La sociedad argentina, y ésa es parte de
su tragedia, confunde los naipes desde el fondo de la historia. Acá el
vicepresidente de un "gobierno popular" era el conservador Solano Lima y el
médico de campo Arturo Illia era acusado de gorila por los sindicatos que, a
su vez, pregonaban el anticomunismo y el antisocialismo. Esto que te digo es
esquemático, pero intenta explicar un poco el fenómeno del populismo en la
literatura. Que, al fin de cuentas, esa literatura se proponga "matar",
"hacer guita", "pisar la cabeza de los otros", es consecuente con su propia
ideología.
- ¿Qué te parece haber estado encabezando la lista de los "bestsellers",
aquí, con tu última novela?
- Mira, lo que más alegría me dio es que el libro pudiera salir por fin en
la Argentina. Te confieso que fue una de las alegrías más grandes de mi
vida. Yo me enteré una semana después de que el
libro hubiera salido. El editor no se tomó el trabajo de avisarme y lo
publicó con las películas de la edición española, lo que hizo que apareciera
ese prólogo que yo había escrito para el lector extranjero, que si no, no
hubiera entendido por qué los peronistas se peleaban entre ellos. Que
saliera el libro me hizo muy feliz y que apareciera con ese prólogo me
preocupó mucho, porque condicionaba la lectura y yo sabía que muchos iban a
comentar tanto el prólogo como la novela, así que pedí que lo sacaran en las
próximas ediciones. Que el libro estuviera primero en la lista de "best
sellers" me sorprendió y lo atribuyo a que el problema planteado por la
novela, escrita hace siete años, seguía candente y se había agudizado con lo
que pasó en Atlanta. Además, ya Triste, solitario y final había vendido qué
sé yo cuántas ediciones. Pero el asunto no dejó de conmoverme, porque cuando
uno está lejos y tiene muy pocos puntos de expresión abiertos cree que la
gente lo ha olvidado. Te aseguro que me conmueve desde el alma hasta las
tripas saber que, tanto tiempo después, con todo lo que pasó, me reencuentro
con los lectores y tengo otros nuevos. Me da un gran gusto que el libro se
lea tanto pero la verdad es que soy bastante tímido y no estoy hecho para el
"bestsellerato" que requiere relaciones públicas, franeleos y fotos en la
Plaza Francia. Fue una gran alegría recibir cartas de un preso, de lectores
que no conozco, pero de alguna manera me sentí muy solo en París, pensando
que una parte mía estaba allá, expuesta, y yo aquí, contándoselo a mi gato.
- ¿De qué vivís en París?
- De varias cosas que tienen siempre que ver con la máquina de escribir.
Derechos de autor de los países donde los libros andan bien, anticipos sobre
nuevas ediciones, artículos para la prensa española, venezolana y de vez en
cuando francesa. Hubo épocas en que la pasé feo, pero bueno, no vivo en un
barrio caro, ni me gusta el lujo, y encima soy muy descuidado con las
pilchas (en eso me viene bien París, donde nadie le da bola a cómo te vestís
y hasta los ministros andan en jeans), así que no tengo gustos caros. Viajo
mucho, pero en general son invitaciones, así que voy estirando los derechos
de autor hasta que vienen otros...
- ¿Tus novelas se venden bien en el exterior?
- Según los países... Donde más se venden, sin duda, es en Italia. También
en Polonia, donde tiran 40 mil ejemplares de cada edición. Hay esas cosas
inexplicables. Por ejemplo en Noruega, "Triste, solitario y final" se vende
una barbaridad, pero en Suecia muy poco. "Cuarteles de invierno", que fue
libro del año en Italia en 1981, se vendió mucho más que "Triste..." y en
cambio en Francia el que más se vende es "No habrá más penas ni olvidó". Eso
no lo entiende nadie. "No habrá más penas ni olvido" vendió 80 mil
ejemplares en polaco, que debe ser el "record" de mis libros después de
"Triste..." en castellano. En cambio en Brasil debe haber hundido al editor
porque no creo que haya pasado los mil ejemplares y en Alemania no llegó a
los tres mil. Si conozco más o menos estas cifras, es por lo que te decía
antes de que los derechos de autor son, con toda la inseguridad que
representan, mi único medio de vida, junto al periodismo ocasional.
- ¿Cómo evalúas la literatura argentina actual?
- Me parece que si hubo una forma de arte a la altura de las circunstancias
en estos años trágicos, fue el teatro. El nombre de Roberto Cossa quedará
asociado al de la resistencia cultural, no sólo por su actitud, sino también
porque no todos los años se escriben obras de la calidad de La Nona o de
Nadie recuerda a Frederik Chopin, pero sobre todo, de su enorme El viejo
criado. Como te imaginarás no las vi, pero las leí. También leí cosas muy
buenas de Somigliana, de Halac, de Griselda Gambaro, de Gorostiza, de
Pávlovsky y habrá seguramente otras que no conozco. Si te hablo primero del
teatro es porque dio la cara en momentos en que la literatura, quizá a causa
de los editores que se autocensuraban, no mostraba gran cosa. El que rompió
el silencio fue Ricardo Piglia con ese libro importantísimo que es
Respiración Artificial, del que se hablará por mucho tiempo, porque toca una
serie de ideas preconcebidas sobre la novela, cuestiona nuestros orígenes
culturales y, sobre todo, porque es un libro que muestra valentía
intelectual en un medio timorato. Después surgieron otros a tener en cuenta.
Conozco la obra de Alberto Laiseca, que no se parece a ninguna otra, que ha
dado un salto enorme respecto a su primer libro, Su turno para morir (que en
realidad se llamaba "Su turno", a secas, y Corregidor para vender más, le
agregó el "para morir"), con Aventuras de novelista otoñal y Matando enanos
a garrotazos. Está Antonio Dal Masetto, que reeditó su excelente El ojo de
la perdiz y me dice que pronto va a publicar una nueva novela. Muchos
habían, injustamente, olvidado a Dal Masetto. Otro libro de gran riqueza
narrativa es La reina de las nieves, siete cuentos y "nouvelles" que todo el
mundo debería leer. También José Pablo Feinmann está haciendo algo distinto,
tenso, dramático, con la novela policial y la parábola social. Rodolfo
Rabanal, un escritor que crea climas, construye personajes y sondea destinos
con un estilo muy cuidado. Belgrano Rawson es muy bueno. Jorge Di Paola,
Miguel Briante y Marcelo Pichon Riviére que nos harían mucho bien si
publicaran más seguido. Vlady Kociancich que se largó con una novela, La
octava maravilla, de un género a medias costumbrista y fantástico que
parecía no tener continuadores después de Bioy Casares. Por supuesto no he
leído sino a unos pocos y sé que hay otros nuevos, muy valiosos. De los
muchos que viven fuera del país hay que tener en cuenta a Juan Carlos
Martini al que acaban de prohibirle en Buenos Aires La vida entera, Juan
José Saer sin duda uno de los más importantes escritores de hoy, y claro,
Manuel Puig, que aunque parece estar perdiendo la mano con sus últimas
novelas, sigue siendo el autor de esos clásicos que son Boquitas Pintadas y
La traición de Rita Hayworth. Y está todo lo publicado en el extranjero, que
hay que pelear para que se conozca en el país, Cuerpo a cuerpo, de David
Viñas; Lugar común la muerte, de Tomás Eloy Martínez, un curso magistral de
periodismo y narración; los ensayos de León Rozichner; las investigaciones
históricas de Osvaldo Bayer que sacó el último tomo de Los Vengadores de la
Patagonia trágica; los ensayos de Miguel Angel García; Carlos Gabetta;
Rodolfo Terragno y tantos más...
- ¿Creés que existe la literatura del exilio?
- Lo importante es luchar contra la idea de que hay dos literaturas
argentinas, la de adentro y la del exilio. Dejémonos de tonterías. Hay una
literatura común, como tenemos un país en común. La sola diferencia es que
algunos pueden publicar y otros siguen en las listas negras. Con estos
libros y autores que te nombro hablo de mis preferencias, pero hay que hacer
lo posible para que todo pueda publicarse; porque nuestra literatura es una
de las más ricas y eso te lo dirá cualquier crítico italiano, francés o
latinoamericano, aunque seguramente lo cuestione un argentino.
- ¿Qué te pareció el otorgamiento del Premio Nobel a García Márquez?
- Y... si alguien merecía ese premio, desde hace mucho, era García Márquez.
Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del
patriarca, Crónica de una muerte anunciada son obras maestras y es tonto
discutir si otros lo merecían tanto como él. Pero como la mejor literatura
del mundo se hace hoy en América latina, la Academia tendría que pasarse
diez años seguidos dando premios para hacer justicia con Onetti, Roa Bastos,
Rulfo, Cortázar, Vargas Llosa, Borges; y ni hablar de los poetas...
- ¿Qué responsabilidades asumís como escritor y como periodista?
- La responsabilidad dé escribir libros que sean tan buenos como me sea
posible, aunque nunca serán tan buenos como yo quisiera. Obras que, surgidas
de mi propia experiencia como argentino, tengan un contenido que trascienda
nuestro encierro, nuestro provincialismo. En estos años, el mundo ha
contemplado con horror lo que ocurre en la Argentina, porque nuestro país ha
demostrado tristemente que la barbarie puede desatarse en el seno de una
sociedad moderna, industrialista, culta, orgullosa. Una de las
responsabilidades del escritor es intentar comprender los fenómenos del
tiempo, escribir sobre o desde ellos. El mundo escucha a los intelectuales y
nuestro deber es decir lo que otros no pueden, en el momento justo. Las
dictaduras necesitan acallar a los escritores de coraje, por eso en nuestro
país desaparecieron Haroldo Conti, Rodolfo Walsh y tantos otros... Con los
periodistas -entre los que hubo más de cien victimas- pasa algo similar.
¿Para qué sirve un periodista si no escribe la verdad, lo que sabe? Para
nada, o más bien sí, sirve como propagandista. En cuanto un periodista no
puede o no quiere escribir, cuando la censura lo silencia, se convierte en
un publicista, en un transcriptor de comunicados oficiales. El periodista es
consciente de eso y asume o no asume su responsabilidad, que es mayor que la
de un obrero de la construcción o un vendedor de chorizos, por el rol que la
sociedad le ha confiado. Fijate, durante la guerra de las Malvinas, el
frenesí de mentiras y estupideces que se dijeron para confundir al pueblo y
te vas a dar cuenta de todo lo que no hay que hacer si se quiere que la
gente respete el oficio.
- ¿Qué trabajos periodísticos has hecho?
- En estos años colaboré en varios periódicos del exilio junto con otros
periodistas y escritores. ¿Cómo no hacerlo, si la dictadura había lanzado
una campaña comprando periodistas y escribas en Europa para dar una imagen
celestial de la "guerra sucia"? Hicieron publicar libros y artículos en los
que pretendían falsear la realidad y aparecían como salvadores de la patria,
con una política económica eficaz y valiente, de la que todos sabíamos en el
exterior cuáles iban a ser los resultados. Decían que habían ganado una
guerra. ¿Qué guerra? Para que haya guerra, que yo sepa, tiene que haber un
enfrentamiento entre fuerzas más o menos equilibradas, con bajas
proporcionales en los bandos adversos. Y la verdad es que la guerrilla había
sido vencida ya a fines de 1975 y sólo se producían, luego, actos de
terrorismo desesperado. Había, entonces, que trabajar por la verdad, y hubo
mucha gente que lo hizo en el exilio, en México, en Venezuela, en España, en
Francia, en Estados Unidos y en casi todo el mundo. Sin duda también en la
Argentina, aunque no precisamente en los medios oficiales, oficiosos u
oportunistas, donde se practicaban la delación y la desinformación
sistemática.
- ¿Cómo fue tu infancia? ¿Vos sos de Mar del Plata?
- Sí, pero de Mar del Plata no tengo ningún recuerdo porque sólo viví allí
hasta los tres años: Mi padre era empleado en Obras Sanitarias y lo
trasladaban de un lugar a otro, asi que recorrí varias provincias antes de
irme a Buenos Aires. Mi primera infancia la pasé en San Luis, hasta los
nueve años; después viví en Río Cuarto hasta los once. De esos años tengo en
la cabeza unos pocos "flashes", picardías con los amigos, el fútbol en el
baldío, los juegos prohibidos con unas nenas del vecindario, en fin, nada en
especial. Mis padres me daban mucha libertad y yo volvía a casa tarde sin
tener que contar dónde había estado y sin miedo a que me retaran. Luego vino
Cipolletti, en Río Negro, y la escuela en Neuquén.
- ¿Allí te pasaron cosas más importantes?
- Nada de extraordinario tampoco. La primera novia, el sexo, las matinés de
cine, siempre el fútbol y jamás un libro, porque en aquella época el Valle
del Río Negro era como el "far-west", no había librerías y los diarios de
Buenos Arres llegaban con tres días de atraso... Vivía en una casa con un
enorme terreno y mi preocupación era, si no recuerdo mal, aprender a darle
de zurda a la pelota porque jugaba de "centrofóbal" y como era goleador,
quería perfeccionarme. Me pasaba tardes enteras pegándole con la zurda
contra la pared, hasta que, sin darme cuenta, empecé a manejar esa pierna
mejor que la otra y terminé mi carrera en Tandil, siempre como goleador. Era
un jugador torpe pero práctico, con olfato, tipo Sanfilippo, salvando las
distancias. A los 21 ó 22 años largué, porque en Tandil me encontré con
intelectuales que tenían un grupo de teatro y un cine club y para ellos era
un papelón que yo jugara al fútbol.., Así empecé a leer los primeros libros
y aunque creo que el fútbol no perdió nada yo siempre me arrepentí de no
haber seguido... Fijate que llegué a ser "internacional", con el juvenil
rionegrino que fue a Chile. Ahí sí, me acuerdo que hice cuatro goles en un
partido que ganamos 5 a 4 en Temuco, un partido antológico donde todo el
mundo pegaba como si fuera la guerra del Beagle. Bueno, te contaba que en
Tandil entré en un cine club que después nos cerró la dictadura de Onganía,
acusándonos -siempre la misma cantinela-de bolches. Hasta entonces era el
gobierno de Illia y nos quejábamos de que no pasaba nada (es decir, de que
la cana no caía nunca y nos dejaban pasar las películas que queríamos).
Entonces vino Onganía, otro salvador de la patria, y nos prohibió, pero
hicimos un lío tal que en Tandil todavía se acuerdan...
- ¿Cuáles fueron los comienzos en el periodismo?
- En ese tiempo trabajaba en la metalúrgica que hacía motores de autos. Era
laburante, doce horas por día, porque había obligación de hacer extras.
Estaba muy podrido y cuando un amigo me dijo que en El eco de Tandil
necesitaban un cronista deportivo, me prendí y así comenzó mi carrera en el
periodismo. Después trabajé en Actividades, que era un diario de la tarde,
pero en 1969, a los 26 años, decidí irme a Buenos Aires. Era la gran
aventura... Algunos fueron y se quedaron, como Facundo Cabral y Víctor
Laplace, que puede atestiguar lo lamentable que era yo como actor. Bueno,
conseguí colaborar en Primera Plana haciendo una nota burlesca sobre la
Semana Santa en Tandil. Era la gran época del periodismo argentino. En
"Primera Plana" estaban Tomás Eloy Martínez, Casasbellas, Troiani, Gambini,
los Algañaraz, Félix Samoilovich, Aída Bortnik, Francisco Juárez, Julián
Delgado y tantos otros que hoy están desparramados por ahí. La cosa es que a
mí me daban dos o tres cositas por mes, hasta que despidieron a todos los
colaboradores y me quedé en la calle. Entonces ganaba ocho mil mangos por
mes y pagaba doce mil la pensión en el hotel Tandil, en una piecita que
estaba en la terraza frente a la Avenida de Mayo. Decidí que no me iban a
echar. Fui y me instalé en una silla en la redacción a leer los diarios y
tomar café. Como todos los periodistas eran "vedettes", nadie quería ir, por
ejemplo, a hacer una nota a La Plata o a Balcarce, así que terminaban
mandándome a mí, que estaba en un rincón, esperando la oportunidad, como el
jugador que está en el banco. El negro Juárez me llevaba a comer y otros me
firmaban vales porque estaba en la mishiadura total. Ahí cayó otra vez el
insigne general Onganía y cerró la revista. En ese momento la Editorial
Abril iba a lanzar una revista berreta que se llamaba Semana gráfica y
buscaba redactores jóvenes y baratos. Fuimos los tres más nuevos de Primera
Plana y conseguí por fin un empleo estable. Pocos meses después, Panorama se
llevó a varios de los mejores redactores de "Primera Plana" y Tomás Eloy
Martínez me pidió para integrar el equipo. En esa revista lo pasamos muy
bien. Yo viajaba al interior todo el tiempo y te podría contar mil
anécdotas... La caída de Onganía al que entrevisté en las sierras de
Córdoba; el rosariazo; una desopilante entrevista con Levingston en
Bariloche, qué sé yo... AI fin, en el 71, cuando Timerman iba a sacar La
Opinión, me contrataron junto a un montón de amigos. Esa es historia
reciente, pero las marchas y contramarchas del diario, hasta que me echaron
en 1974, darían para un artículo de cincuenta carillas. En "La Opinión" hice
deportes primero, integré el suplemento cultural después, fui enviado
especial, trabajé para casi todas las secciones y las últimas notas que hice
fueron para cubrir la muerte de Perón: Después un tal Jara, que era
subdirector, me quiso obligar a escribir notas a favor del lopezreguismo y
como me negué, me echó. El tal Jara fue después en cana con Timerman y
denunció a todo el mundo por subversivo... Luego trabajé un tiempo en
Mengano, hice guiones de cine con Aída Bortnik y estuve en el Cronista
Comercial unos meses antes de venirme a Europa.
- Entre tanto publicaste "Triste, solitario y final"...
- Sí. Salió en junio del 73. Lo había escrito un año antes, después de
muchas dudas y vacilaciones. Quizá nunca lo hubiera terminado si Jorge Di
Paola, que lo iba leyendo a medida que yo lo escribía y sabe más que yo
sobre ese libro, no me hubiera alentado, no me hubiera convencido de que
valía la pena. Después, Marcelo Pichon Riviére lo hizo publicar en
Corregidor y enseguida se empezó a traducir a otros idiomas.
- ¿Cómo se te ocurrió integrar a Laurel y Hardy con Philip Marlowe y qué
importancia tuvo ese gato negro, del que vos hablás siempre y que figura en
todos tus libros?
- En ese tiempo yo tenía la obsesión de Laurel y Hardy, esos cómicos que me
habían divertido tanto durante mi infancia y que habían terminado en la
miseria, olvidados por la industria del cine. Por otra parte, había leído a
Chandler y estaba enamorado, como todo el mundo, del personaje duro y
romántico de Marlowe. Quería escribir algo sobre Laurel y Hardy, pero no
sabía cómo, por dónde agarrarlos, cómo entrar en la historia. No se me
ocurría que tuvieran algo que ver con Marlowe. Por otra parte yo tuve gatos
toda mi vida, son mis hermanos, me siguen por la calle, nos comunicamos muy
fácilmente, quizá porque como ellos yo vivo de noche y como ellos soy muy
vago... En ese tiempo vivía en un dos ambientes en la calle Mario Bravo y
estaba muy deprimido porque no le encontraba la vuelta al tema de Laurel y
Hardy. Vivía solo. No tenía gato por primera vez en mi vida. Una noche
estaba tirado en la cama a las tres de la mañana, en pleno verano, casi
convencido de que nunca iba a escribir la historia del Gordo y el Flaco,
sintiéndome un pobre infeliz, cuando oigo un ruido en la cocina. Un ruido de
cacerolas, algo que se caía al suelo. Me levanto, voy a ver, despacito, y me
encuentro con un enorme gato negro que había entrado por la ventana abierta
y estaba parado entre las ollas. Yo sólo había prendido la luz del velador
así que estábamos en la penumbra de la cocina y el gato me miraba fijo. Le
hablé, me acerqué un poco y saltó a la ventana, desde donde se quedó
mirándome un rato, como diciendo: "¿qué hacés, boludo, no te das cuenta de
que la cosa es evidente?" Una vez que me avivé que era el gato negro (o la
gata negra, más bien) de Chandler, que venía a decirme que el único tipo
capaz de investigar la historia de Laurel y Hardy era un detective
profesional como Philíp Marlowe, dio un salto y se fue. Ahí nomás saqué la
máquina y empecé a escribir el encuentro de Soriano y Marlowe en el
cementerio de Forest Lawn. Después no paré hasta que terminé la novela. Esto
puede parecer un chiste para quien no entiende el lenguaje de los gatos,
para el que no sepa que son mediums; teléfonos, como dice Cortázar, pero yo
sé muy bien que si Triste, solitario y final existe, es gracias a aquel
gato... El que tengo ahora se llama Negro Vení y tiene su historia... Los
italianos, que son enamorados de los gatos, me piden siempre algún cuento
con sus peripecias. Todo lo que quieras saber sobre gatos preguntámelo a mí;
pero no me pidas que revele sus secretos...
- ¿Pensás volver al país?
- Claro que pienso volver... Me han invitado a ir a la Feria del Libro, en
abril, y además tengo que ver a San Lorenzo en primera... Pero sobre todo
quiero reencontrarme con mis amigos, con mi vieja, con todo lo que hace que
haya valido la pena esperar estos largos años. Tengo ganas, como tantos
otros, de escuchar a la gente, sobre todo a los pibes, y de preguntar en qué
puedo ser útil, yo que viví siete años en democracia. Por ahora voy a ir de
paso, porque tengo una pila de compromisos en Europa, sobretodo la película
de "Cuarteles de invierno" que en una de ésas, si no tiran gamexane, se
filma en la Argentina.
- ¿Qué proyectos tenés para concretar en Buenos Aires?
- ¿Quién puede darse el lujo de tener un proyecto individual en la Argentina
actual? Creo que todos deberíamos asumir hoy un solo y único proyecto,
construir la democracia, la verdadera. Porque después de las urnas empieza
el trabajo más duro. Esta vez sin rótulos de "reconstrucción", "potencia",
"reorganización". Hay que parar el delirio y ser modestos, hacernos
justicia, darnos libertades, terminar con la prepotencia, respetar a las que
ganen las elecciones y exigirles que respeten a los que serán oposición y
restituirles a los trabajadores lo que les robaron en estos años. Es una
empresa gigantesca, porque la coyuntura internacional nos es desfavorable y
hay demasiadas heridas abiertas. Pero si desarmamos el aparato represivo y
terminamos con los privilegios, es posible que la gente gane confianza y
salgamos adelante.
- ¿"No habrá más penas ni olvido" y "Cuarteles de invierno" son parábolas de
ese país que hay que cambiar?
- Claro. Son libros que despiertan polémica, que irritan o suscitan
adhesiones porque no son complacientes. Hablan del país, aún cuando no
pretenden ser la exacta parábola de una realidad que es infinitamente más
compleja que las desventuras de Ignacio el delegado, de Galván el cantor, de
Rocha el boxeador. Yo sufrí y me divertí con esos personajes. Ahora les toca
enfrentarse al lector argentino, a sus compatriotas, que sufrieron la misma
suerte que ellos... Si esas novelas sirven para conocernos un poco mejor,
para no olvidar este tiempo infame, yo seré feliz. Cuando un escritor se
enfrenta a su época siempre corre un riesgo, pero ésa es parte de su
responsabilidad. Por eso el poder nos odia tanto...