Nada Nadie Las Voces Del Temblor Pdf Download

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Kuldip Mansager

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Jul 15, 2024, 5:13:39 PM7/15/24
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En lo personal, durante varios años me fue imposible leer Nada, nadie. Las voces del temblor, el libro que Elena Poniatowska -prácticamente- se vio obligada a escribir. Cada vez que yo comenzaba a leerlo, desde las primeras páginas encontraba el palpitar de los días del terremoto y los recuerdos volvían con una intensidad abrumadora.

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Fue Carlos Monsiváis quien prácticamente la empujó a las calles para que hiciera eso que la había distinguido en su carrera periodística: recoger las voces de la gente. Lo que siguió fue una serie de impactantes crónicas publicadas en el diario La Jornada.

El temblor golpeó directamente a miles de personas y cambió para siempre la vida de millones, pero también fue una experiencia con múltiples lecciones que aún hoy siguen vigentes (para quienes quieran entenderlas). Nada, nadie es un conmovedor relato coral de esa tragedia pero, sobre todo, es una lectura imprescindible para nuestro presente, para nuestro futuro.

Her major investigative works include La noche de Tlatelolco (Massacre in Mexico) (1971), Fuerte es el silencio (Strong is Silence) (1975) and Nada nadie. Las voces del temblor (Nothing No one: The Voices of the Earthquake) (1988).[9] The best known of these is La noche de Tlatelolco about the 1968 repression of student protests in Mexico City.[2][7] She found out about the massacre on the evening of October 2, 1968, when her son was only four months old.[5] Afterwards, Poniatowska went out on the streets in the neighborhood and began interviewing people while there was still blood on the streets and shoes strewn about and women searching for the children who had not come home. The book contains interviews with informants, eyewitnesses, former prisoners which are interspersed with poems by Octavio Paz and Rosario Castellanos, excerpts from pre Hispanic texts and newspaper, as well as political slogans.[2][5][7] Massacre in Mexico was the only book published on the subject for twenty years, contradicting the government's account of the events and the number dead. The government offered her the Xavier Villaurrutia Award in 1970 for the work but she refused it.[2][5]

She did the same after the 1985 Mexico City earthquake. Her book about this event Nada, nadie, las voces del temblor was a compilation of eyewitness accounts not only to the destruction of the earthquake, but also to the incompetence and corruption of the government afterwards.[2][5]

She joined the ranks of Mexico's leading contemporary writers with the publication of Hasta no verte, Jesús mío (1969), a fictional narrative based on the oral history of Josefina Bórquez, a washerwoman who participated in the Mexican Revolution and then struggled to survive in the shantytowns of Mexico City. Poniatowska refused the Mexican literary Prize Xavier Villaurrutia for La noche de Tlatelolco (1971), an oral-history collage of the 1968 student movement and its brutal repression, because, as she said, "who will award the dead?" Her many writings include Nada, nadie: Las voces del temblor (1988), a testimonial narrative of the 1985 Mexico City earthquake; Tinísima (1992), a fictionalized biography of photographer Tina Modotti, on which she worked for ten years; Todo México, a compilation in several volumes of her interviews; and El tren pasa primero (2005), a novel.

En el auditorio se escuchó el silencio y la voz de la cronista resaltó en esos momentos. Citó el caso del edificio Nuevo León de Tlatelolco, hay voces acusatorias tan indignadas, dolidas hasta la médula, dispuestas a llegar a lo último, aunque nunca pudieron llegar a lo último porque nadie les hizo caso. Gloria Guerrero decía qué más me pueden hacer si ya perdí a mi hija de 5 años.

Are you ready to delve into history and culture? Uncover the works of Mexican journalist Elena Poniatowska, born in Europe but raised in Mexico. We highly recommend her book, Nothing, Nobody: The Voices Of the Mexico City Earthquake (Nada, nadie. Las voces del temblor) to understand the depth of trauma of the 1985 disaster.

Dudó al principio sosteniendo el índice entre los labios y balanceándose de un lado al otro, pero no le di oportunidad a la desconfianza y mostré mi mejor sonrisa. Extendí hacia su rostro la muñeca, hermoso anzuelo que me ayudó a recordarle que podría ser suya si venía conmigo. Su sonrisa y la chispa de sus ojos me alentaron. Pagué los cincuenta dólares. La tomé de la mano y me la llevé. Caminamos lento por unos segundos. Volteé, a los dos lados, dos veces y nadie apareció. De nuevo me agaché y le entregué la muñeca. Es tuya, le dije. La niña la abrazó y yo abracé a la niña. Me la llevé. Sentí mis mejillas encendidas. Una vez fuera de la vista del vendedor, ojos de gato, me abrí paso entre la multitud. Corrí colina abajo hacia el auto. Le prometí que jugaríamos y le dije que pronto vería a su mamá, había comenzado a preguntar. Para entonces mi corazón palpitaba tan fuerte que me zumbaba en los oídos. El pulso me provocó temblor en las manos. La adrenalina me subía desde la planta de los pies hasta la cabeza y de algún modo me daba fuerzas. En ese instante un millón de imágenes pasaron por mi mente. Tener un hijo me asustaba, pero en aquel momento esa criatura hermosa estaba en mi auto bajo mi responsabilidad total, una niña a quien cuidar y algo, un sentimiento que nunca antes creí sentir, brotó desde lo más hondo del corazón como un recluso que saborea la libertad. Jugamos con la muñeca y su risa me cautivó, jugamos también con los co-llares que había comprado. Saqué mi celular y me atreví a tomar algunas fotos de nuestros rostros felices, felicidad que duró sólo unos minutos. Inventé una galaxia diferente para mí y para ella. Encendí la radio para sentirnos a gusto. El auto se convirtió en la casa de su muñeca nueva, yo me convertí en su madre y ella, una desconocida de quien yo me había apoderado, en mi hija.

La vida me tenía en sus manos viviendo sin el trazo respectivo del destino y en ese momento era yo la única encargada de escribirlo. La niña dejó la muñeca y asustada me abrazó pidiéndome ver a su madre. Entonces tomé mi celular y llamé a Claudio. El sonido del teléfono me devolvía, poco a poco, a la realidad, mientras un sudor frío corría por mi piel. Contestó el buzón de mensajes y colgué sin decir nada. Tampoco sabía qué decir. Tenía a la pequeña llorando abrazada de mí y yo empapada en sudor. El teléfono se me resbalaba de las manos. Sentí mis dientes rechinar de ansiedad. Sonó mi celular. Me devolvía la llamada. Contesté y su voz en calma me advirtió lo que yo ya sabía. Una niña de tres añitos estaba desaparecida y la policía apenas había iniciado las investigaciones. Sospechaban que la pequeña todavía estaba dentro de la carpa porque nadie vio salir a una niña sola. Mi esposo estaba en su día de descanso y no quería involucrarse en cuestiones de trabajo, pero no le di la oportunidad y en seco le dije:

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