--- On Wed, 11/28/12, Graciela Tapia <gra_ta...@hotmail.com> wrote:
From: Graciela Tapia <gra_ta...@hotmail.com> Subject: FW: GALEANO ...Derechos de los trabajadores To: Date: Wednesday, November 28, 2012, 8:26 PM
Date: Mon, 26 Nov 2012 12:50:46 -0800 From: Subject: GALEANO ...Derechos de los trabajadores To: Estimadas
compañeras:
Les
hacemos llegar la Charla de Eduardo Galeno en el evento que realizó CLACSO, el
pasado 9 de Noviembre en la Ciudad de México.
Saludos
cordiales,
Rosa
Barranco
REDGE
Los
derechos de los trabajadores: ¿un tema para arqueólogos?
El escritor
uruguayo convocó a cientos de estudiantes, que fueron hasta nueve horas antes
de que hablara para conseguir entrar. El tema era uno “que ya no suele
tocarse”, el del trabajo “y el del miedo que tenemos todos de
quedarnos sin trabajo”. Fue escuchado en un silencio profundo y
aclamado al final.
Este mosaico ha sido armado con unos pocos textos míos,
publicados en libros y revistas en los últimos años. Sin querer queriendo,
yendo y viniendo entre el pasado y el presente y entre temas diversos, todos
los textos se refieren, de alguna manera, directa o indirectamente, a los
derechos de los trabajadores, derechos despedazados por el huracán de la
crisis: esta crisis feroz, que castiga el trabajo y recompensa la
especulación y está arrojando al tacho de la basura más de dos siglos de
conquistas obreras.
La
tarántula universal
Ocurrió en Chicago, en 1886.
El 1º de mayo, cuando la huelga obrera paralizó Chicago y otras
ciudades, el diario Philadelphia Tribune diagnosticó: El elemento laboral ha
sido picado por una especie de tarántula universal, y se ha vuelto loco de
remate.
Locos de remate estaban los obreros que luchaban por la jornada
de trabajo de ocho horas y por el derecho a la organización sindical.
Al año siguiente, cuatro dirigentes obreros, acusados de asesinato,
fueron sentenciados sin pruebas en un juicio mamarracho. Georg Engel, Adolf
Fischer, Albert Parsons y Auguste Spies marcharon a
la horca. El quinto
condenado, Louis Linng, se había volado la cabeza en su celda.
Cada 1º de mayo, el mundo entero los recuerda.
Con el paso del tiempo, las convenciones internacionales, las
constituciones y las leyes les han dado la razón.
Sin embargo, las empresas más exitosas siguen sin enterarse.
Prohíben los sindicatos obreros y miden la jornada de trabajo con aquellos relojes
derretidos que pintó Salvador Dalí.
Una
enfermedad llamada trabajo
En 1714 murió Bernardino Ramazzini.
El era un médico raro, que empezaba preguntando:
A nadie se le había ocurrido que eso podía tener alguna
importancia.
Su experiencia le permitió escribir el primer tratado de
medicina del trabajo, donde describió, una por una, las enfermedades
frecuentes en más de cincuenta oficios. Y comprobó que había pocas esperanzas
de curación para los obreros que comían hambre, sin sol y sin descanso, en
talleres cerrados, irrespirables y mugrientos.
Mientras Ramazzini moría en Padua, en Londres nacía Percivall
Pott.
Siguiendo las huellas del maestro italiano, este médico inglés
investigó la vida y la muerte de los obreros pobres. Entre otros hallazgos,
Pott descubrió por qué era tan breve la vida de los niños deshollinadores.
Los niños se deslizaban, desnudos, por las chimeneas, de casa en casa, y en
su difícil tarea de limpieza respiraban mucho hollín. El hollín era su
verdugo.
Desechables
Más de noventa millones de clientes acuden, cada semana, a las
tiendas Wal-Mart. Sus más de novecientos mil empleados tienen prohibida la
afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa
a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los
derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de
asociación. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibió en 1992, la Medalla
de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de los Estados Unidos.
Uno de cada cuatro adultos norteamericanos, y nueve de cada diez
niños, engullen en McDonald’s la comida plástica que los engorda. Los
trabajadores de McDonald’s son tan desechables como la comida que
sirven: los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de
sindicalizarse.
En Malasia, donde los sindicatos obreros todavía existen y
actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett Packard
lograron evitar esa molestia. El gobierno de Malasia declaró union free,
libre de sindicatos, el sector electrónico.
Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las ciento
noventa obreras que murieron quemadas en Tailandia, en 1993, en el galpón
trancado por fuera donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart
Simpson y Los Muppets.
En sus campañas electorales del año 2000, los candidatos Bush y
Gore coincidieron en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo
norteamericano de relaciones laborales. “Nuestro estilo de
trabajo”, como ambos lo llamaron, es el que está marcando el paso de la
globalización que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más
remotos rincones del planeta.
La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que
un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar cien mil años para ganar lo
que gana en un año un ejecutivo de Nike en los Estados Unidos.
Es la continuación de la época colonial, en una escala jamás
conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional:
proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan
muñecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnología
además de producir, como antes, caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas
malditas por el mercado
mundial.
Desde 1919, se han firmado 183 convenios internacionales que
regulan las relaciones de trabajo en el mundo. Según
la Organización
Internacional del Trabajo, de esos 183 acuerdos, Francia
ratificó 115, Noruega 106, Alemania 76 y los Estados Unidos... catorce. El
país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias
órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones,
lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios
que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este
país que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley es el que
ahora dice que no habrá más remedio que incluir “cláusulas
sociales” y de “protección ambiental” en los acuerdos de
libre comercio. ¿Qué sería de la realidad sin la publicidad que la enmascara?
Esas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud
con cargo al rubro relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos
obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos abogados del salario de
hambre, el horario de goma y el despido libre. Desde que Ernesto Zedillo dejó
la presidencia de México, pasó a integrar los directorios de
la Union Pacific
Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera
en 140 países. Además, encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde
sus pensamientos en la
revista Forbes : en idioma tecnocratés, se indigna contra
“la imposición de estándares laborales homogéneos en los nuevos
acuerdos comerciales”. Traducido, eso significa: olvidemos de una buena
vez toda la legislación internacional que todavía protege a los trabajadores.
El presidente
jubilado cobra por predicar
la esclavitud. Pero el principal director
ejecutivo de General Electric lo dice más claro: “Para competir, hay
que exprimir los limones”. Y no es necesario aclarar que él no trabaja
de limón en el reality show del mundo de nuestro tiempo.
Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las
manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no está
concentrado. Así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada. Los
contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota. De cada
cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de
la empresa. De los 81
obreros de Petrobras muertos en accidentes de trabajo a fines del siglo XX,
66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de
seguridad. A través de trescientas empresas contratistas, China produce la
mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo. En China sí hay
sindicatos, pero obedecen a un estado que en nombre del socialismo se ocupa
de la disciplina de la mano de obra: “Nosotros combatimos la agitación
obrera y la inestabilidad social, para asegurar un clima favorable a los
inversores”, explicó Bo Xilai, alto dirigente del Partido Comunista
chino.
El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los
países y las personas compiten en lo que pueden: a ver quién ofrece más a
cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de
la mitad. A la vera del
camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por tantos años
de dolor y de lucha.
Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe,
que por algo se llaman “sweat shops”, talleres del sudor, crecen
a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada
diez nuevos empleos en la Argentina están “en negro”, sin ninguna
protección legal. Nueve de cada diez nuevos empleos en toda América latina
corresponden al “sector informal”, un eufemismo para decir que
los trabajadores están librados a la buena de Dios. La estabilidad laboral y
los demás derechos de los trabajadores, ¿serán de aquí a poco un tema para
arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?
En el mundo al revés, la libertad oprime: la libertad del dinero
exige trabajadores presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de
todas las cárceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe
cualquier trabajador, en cualquier lugar. El miedo al desempleo, que sirve a
los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la
productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia más universal. ¿Quién
está a salvo del pánico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan
trabajo? ¿Quién no teme convertirse en un “obstáculo interno”,
para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que explicó el
despido de miles de trabajadores diciendo que “hemos eliminado los
obstáculos internos”?
Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del
dinero, que divide al mundo en domadores y domados, ¿se podrá
internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.
Un raro
acto de cordura
En 1998, Francia dictó la ley que redujo a treinta y cinco horas
semanales el horario de trabajo.
Trabajar menos, vivir más: Tomás Moro lo había soñado, en su
Utopía, pero hubo que esperar cinco siglos para que por fin una nación se
atreviera a cometer semejante acto de sentido común.
Al fin y al cabo, ¿para qué sirven las máquinas, si no es para
reducir el tiempo de trabajo y ampliar nuestros espacios de libertad? ¿Por
qué el progreso tecnológico tiene que regalarnos desempleo y angustia?
Por una vez, al menos, hubo un país que se atrevió a desafiar
tanta sinrazón.
Pero poco duró la
cordura. La ley de las treinta y cinco horas murió a los
diez años.
Este
inseguro mundo
Hoy, abril 28, Día de la Seguridad en el Trabajo, vale la pena
advertir que no hay nada más inseguro que el trabajo. Cada vez son más y más
los trabajadores que despiertan, cada día, preguntando:
–¿Cuántos sobraremos? ¿Quién me comprará?
Muchos pierden el trabajo y muchos pierden, trabajando, la vida:
cada quince segundos muere un obrero, asesinado por eso que llaman accidentes
de trabajo.
La inseguridad pública es el tema preferido de los políticos que
desatan la histeria colectiva para ganar elecciones. Peligro, peligro,
proclaman: en cada esquina acecha un ladrón, un violador, un asesino. Pero
esos políticos jamás denuncian que trabajar es peligroso, y es peligroso
cruzar la calle, porque cada veinticinco segundos muere un peatón, asesinado
por eso que llaman accidente de tránsito; y es peligroso comer, porque quien
está a salvo del hambre puede sucumbir envenenado por la comida química; y es
peligroso respirar, porque en las ciudades el aire puro es, como el silencio,
un artículo de lujo; y también es peligroso nacer, porque cada tres segundos
muere un niño que no ha llegado vivo a los cinco años de edad.
Historia de
Maruja
Hoy, 30 de marzo, Día del Servicio Doméstico, no viene mal
contar la breve historia de una trabajadora de uno de los oficios más
ninguneados del mundo.
De sus años de antes, nada decía. De sus años de después, nada
esperaba.
No era linda,
ni fea, ni más o menos.
Caminaba arrastrando los pies, empuñando el plumero, o la
escoba, o el cucharón.
Despierta, hundía la cabeza entre los hombros.
Dormida, hundía la cabeza entre las rodillas.
Cuando le hablaban, miraba el suelo, como quien cuenta hormigas.
Había trabajado en casas ajenas desde que tenía memoria.
Nunca había salido de la ciudad de Lima.
Mucho trajinó, de casa en casa, y en ninguna se hallaba. Por
fin, encontró un lugar donde fue tratada como si fuera persona.
A los pocos días, se fue.
Desaparecidos
Agosto 30, Día de los Desaparecidos:
las mujeres y los hombres que el terror tragó,
los bebés que son o han sido botín de guerra.
las estrellas en la noche de las ciudades,
las cartas escritas a mano,
los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo,
las jubilaciones seguras,
las puertas sin cerradura,
El origen
del mundo
Hacía pocos años que había terminado la guerra española y la
cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República.
Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la
cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra.
No había trabajo para
un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros, le daban
la espalda. Con nadie
se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba.
Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los
reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño
pequeño, le recitaba el catecismo.
Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero
maldito, me lo contó.
Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio.
Me lo contó: él era un niño desesperado, que quería salvar a su
padre de la condenación eterna, pero el muy ateo, el muy tozudo, no entendía
razones.
–Pero papá –preguntó Josep, llorando–. Si Dios
no existe, ¿quién hizo el mundo?
Y el obrero, cabizbajo, casi en secreto, dijo:
–Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.
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