Obra ganadora de Óperas
Primas del Rojas 2012
Formó parte de la cartelera de
Panorama Sur 2012
Festival de Operas
primas Santa Fe 2012
Grandes actuaciones en una historia
familiar
A dónde van los corazones
rotos. / Dramaturgia y dirección:Cynthia Edul.
/ Intérpretes: Mónica Raiola, Celina
Font, Violeta Urtizberea, Julián Krakov. /
Nuestra opinión: muy buena
Un grupo familiar, integrado por la madre y
sus tres hijos, mayores, deciden regresar a una playa en la que solían pasar sus
vacaciones hace años, cuando aún vivía el padre. La tarde va cayendo y sólo
ellos y un grupo de jóvenes que juega al fútbol ocupan ese espacio. Lo que en un
comienzo asoma como una mera reunión familiar, en la que van apareciendo algunos
datos de cada uno de los integrantes del grupo, poco a poco va adquiriendo
ciertas aristas inquietantes. La desaparición del padre es una carga aún pesada
para la madre; la relación entre los hermanos no siempre expone el afecto
esperado. Los años han cambiado a cada uno de esos personajes y ya la asistencia
en conjunto a esa playa sólo propone un encuentro con la nostalgia y con la
pérdida.
Cynthia Edul construye un texto básicamente
de situaciones, en el que algunas circunstancias se repiten y esto le posibilita
potenciar cierto juego dramático: la espera de alguien que no llega, la
recurrencia a los recuerdos, las discusiones por cuestiones muy cotidianas.
Desde la dirección ella sabe que sus actores le aportarán una segura carnalidad
a esas criaturas que ha diseñado y, apoyándose en ellos, logra construir con una
rica vitalidad esa escena que adquiere, de a poco, una oscuridad
inusitada.
Lo que en un comienzo parecía revivir
momentos felices no hace más que dejar en claro que en ese núcleo familiar ya
poco se mantiene en pie: sólo una pobre historia, que está algo
resquebrajada.
Mónica Raiola es una intérprete exquisita
que desde que se planta en el escenario demuestra seguridad y una gran
disposición a la hora de entregarse a una acción que, como esta, por momentos
expresa cierta sinuosidad, guía esa trama con una naturalidad notable. La madre
que construye carga cierto dolor y, a la vez, debe compatibilizar su realidad
con la de sus hijos en un intercambio nada sencillo. Lo hace con notable
capacidad y es así que va interactuando con el resto de los intérpretes - Celina
Font, Violeta Urtizberea, Julián Krakov de manera muy fluida y extrayendo de
cada momento con ellos cuestiones muy sensibles y movilizadoras para el
espectador.
A dónde van los corazones
rotos resulta una experiencia que hace eje,
fundamentalmente, en el trabajo de los actores, y ellos aproximan unas
construcciones muy definitorias a la hora de afirmar la
teatralidad.
Jueves, 30 de agosto de
2012
Informe: María Luz Carmona
TEATRO › A DONDE
VAN LOS CORAZONES ROTOS, CON DRAMATURGIA Y DIRECCION DE CYNTHIA
EDUL
Como un duelo puesto en
imágenes
La
puesta teatral y poética montada en la sala El Extranjero invita a viajar por
los recuerdos de una familia marcada por una ausencia. El espacio de
representación elegido es la playa, “que aúna en la memoria los sentidos de ese
pasado añorado”.
Una madre y sus tres hijos
regresan luego de muchos años al mismo lugar en el que solían pasar sus
vacaciones. Allí ven pasar la tarde, ven caer el sol. El cielo comienza a
nublarse, corre viento frío y crece la marea. Sin embargo, en el presente, uno
de los integrantes de esa familia ya no está. Y los vínculos de los que quedan
fueron transformándose. Ese cambio es lo que empiezan a percibir ahora: ya no
son los mismos de antes. En esa atmósfera se desarrolla A dónde van los
corazones rotos (jueves a las 20.30 en El Extranjero, Valentín Gómez 3378), una
puesta teatral y poética con dramaturgia y dirección de Cynthia Edul. Se trata
de una obra que pone en evidencia la incertidumbre que genera en una familia la
pérdida del padre. “Me resultaba interesante ver cómo son y quiénes son ellos
ahora que esa persona no está. Quería transitar las ausencias desde ese lugar,
no desde la evocación, sino desde la incertidumbre”, cuenta Edul a Página/12.
“Quise ver cómo la desaparición de la figura paterna puede generar la puesta en
evidencia de los vínculos primarios”, completa la idea.
La playa es el espacio de
representación elegido por Edul para desarrollar su historia. Pero en realidad
es mucho más que eso. “Es una imagen metafórica. Es el espacio que aúna en la
memoria los sentidos de ese pasado añorado, es en el presente un lugar que se
encuentra de cierta manera vacío”, cuenta la joven dramaturga, quien también es
narradora y licenciada en Letras. En ese lugar, que contiene al pasado que ellos
reconocen como “feliz”, pasarán varias horas esperando la llegada de un familiar
que prometió encontrarlos y nunca llega. Tiene sólo una certeza: ese lugar en el
que fueron felices no está más, y no se puede volver el tiempo atrás. Nada
volverá a ser como era antes.
Protagonizada por Mónica
Raiola, Violeta Urtizberea, Celina Font y Julián Krakov, la puesta invita a
viajar por las memorias de esta familia, a la vez que permite al espectador
llenar de sentido con su propia experiencia. “Ellos permanecen en la playa. Pasa
lo que se ve y eso hace que el espectador se conecte con un lugar personal, de
la vida de cada uno. No hay un gran argumento para develar. Eso, quizá,
tranquiliza al espectador y hasta puede resultar familiar”, interpreta Raiola,
la actriz que asume el rol de la madre.
–¿Por qué pensó en la playa
como espacio para contar una historia?
Cynthia
Edul: –Inicialmente
estaba trabajando con un proyecto sobre la memoria. Leyendo distintos autores
pensé en la playa como un espacio de “pantalla en blanco”, como dice Alan Pauls.
Tiene que ver con el espacio de la imaginación, donde uno proyecta las ideas. Al
mismo tiempo, me pareció interesante pensar en la playa como el espacio más
ancestral que hay, porque guarda todos los restos del pasado. Me pareció que era
ideal para situar la obra. Y en esta historia se vuelve un lugar muy inhóspito,
en el que la felicidad no se puede encontrar.
–¿Qué representa la playa
para esta familia?
Mónica
Raiola: –Hay lugares
en donde uno puede juntar a la familia y que quedan en la memoria. Eso sucede en
los cumpleaños y en la playa. Son lugares en los que la familia pasa más tiempo
unida.
C.
E.: –Es un espacio de
reunión. Ellos se vuelven a reunir ahí, pero claramente uno ve que los vínculos
ya no son los mismos. Y lo que se pone en juego es esa tensión porque quieren
despegar del recuerdo y no pueden.
M.
R.: –Es un lugar
habitado en común. Allí la familia permanece. Por ahí pasan las horas y no pasa
nada. Uno resiste el tiempo compartido con otros. No hay otro espacio en el que
pase eso.
C.
E.: –La playa tiene
imágenes de lo intangible, lo que se borra. Todo en la arena se borra, la espuma
desaparece, son elementos de lo inmediato y lo pasajero y al mismo tiempo de
algo que está ahí y que resiste.
–¿Por qué le interesó
indagar en el pasado y los recuerdos?
C.
E.: –Me parecía
interesante pensar en la familia después de la pérdida de uno de los
integrantes. Quise ver qué pasaba con la reunión y con esos vínculos una vez que
un referente que daba tanto sentido no está más. Y qué pasa con lo vincular. Los
vínculos se vuelven a poner en cuestión. Hay algo de esa estructura familiar que
se modificó. Por momentos se sienten como desconocidos. Ellos están ahí
presenciando la caída del sol y la aparición de la primera estrella. La
melancolía pasa por el ocaso. Hay como una transposición puesta en la
naturaleza. Lo sentimental y lo emocional está en consonancia con las
manifestaciones de la naturaleza, con las que los personajes se conectan o se
defienden. Y lo más desgarrador es cuando dicen “cayó el
sol”.
–En definitiva, es una obra
sobre la ausencia de la figura paterna...
C.
E.: –En un punto sí.
Pero no sobre la ausencia en sí, sino sobre el reconocimiento de que esa persona
no está más. Es como una especie de duelo puesto en imágenes. En ese sentido,
había una clara intencionalidad de manifestar el duelo, pero no desde el lugar
de la exasperación, sino del momento en que algo de lo concreto dice que “esto
es así”.
M.
R.: –Lo que angustia
es no saber qué va a pasar de aquí en más. No sabemos bien cómo eran antes estos
personajes, pero lo que menos sabemos es cómo van a ser de acá en
más.
27 de Agosto - 13:25hs
Fragmentos de la escena familiar en "A dónde van los
corazones rotos"
Por Pedro Fernández Mouján
La dramaturga y directora teatral Cynthia Edul está
presentando todos los jueves en la sala porteña El Extranjero, "A dónde van los
corazones rotos", una obra de su autoría que deja vislumbrar fragmentos de la
escena familiar en una tarde de playa, sobre el fondo omnipresente de la Costa
Atlántica y en el marco de una ausencia.
"A dónde van los corazones rotos" fue ganadora del
proyecto Operas Primas del Centro Cultural Rojas y en ese marco tuvo una primera
puesta en la sala Batato Barea, con un elenco casi igual al que reestrenó dos
semanas atrás en El Extranjero, con el reemplazo de Celina Font por Ana
Celentano.
Obra de tensiones larvadas, de acción dramática contenida
y de inmovilidad aparente, la pieza se sitúa en el marco escénico de la espera,
en el tiempo de los que aguardan lo que (casi por definición) no
llegará.
Ese tránsito estático, en una propuesta dramática que no
atiende a la progresión sino que se reinicia cada tanto agregando nuevas capas
de profundidad, es el espacio en el que los personajes van clausurando todo
camino posible hacia la novedad para abdicar ante la repetición de la escena
familiar que permanece, insatisfactoria, inalterable.
Una madre y sus tres hijos (una adolescente, un
postadolescente y una joven) vuelven al balneario familiar pero sin la figura
del padre (aparentemente fallecido) y dejan morir la tarde frente al mar a la
espera de la llegada de un tío que prometió (o la madre dice que prometió) pasar
a visitarlos.
El lamento por la pérdida, encarnado por la madre, pero
antes que nada la insatisfacción de sus vidas o por el modo en que quedaron
tejidas unas determinadas relaciones familiares, es el universo que investiga
Edul, en un trabajo de minuciosa sensibilidad que es una apuesta por el
desmontaje de unas vidas huérfanas de sentido o que naufragan sus intenciones en
la cápsula del núcleo familiar.
Con una escenografía eficaz, inteligente y de alto nivel
resolutivo pero no tan bella, debida a Federico Mayol, en la que tres inmensos
pufs simulan médanos, "A dónde van los corazones rotos" cuenta también con
actuaciones sólidas, convincentes, con una muy buena Mónica Raiola como la madre
quejosa y triste, que deja caer su insatisfacción pero evita la aparición del
conflicto.
Es ajustada también la fresca personificación de Violeta
Urtizberea como una adolescente molesta y aislada, el papel de Julián Krakov
como un joven que no despega de la adolescencia y no encuentra su lugar en el
universo femenino al que fue reducido esa familia, y el de Celina Font como
alguien que entra y sale del conflicto sin decidirse tampoco a tomar cartas en
el asunto.
Todo parece, desde la escritura y la dirección, haber
sido planeado al detalle, más aún porque la pieza desarrolla climas y
subterfugios más que acciones, con un particular marco sonoro, que sobre la
calma del mar de pronto estalla ante un incidente que se repite (la caída de una
pelota de unos jóvenes que juegan alejados) y que sirve para volver al punto
madre del relato e intensificar los conflictos, siempre
callados.
"A dónde van los corazones rotos", que transcurre sin
puntos fallidos y se desarrolla con buen ritmo actoral y narrativo, se puede ver
los jueves a las 20.30 en la sala de Valentín Gómez 3378.