¿Constituyen las ideas de Gurdjieff algo importante para la Masonería?

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Alcoseri Vicente

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¿Constituyen las ideas de Gurdjieff algo importante para la Masonería?
—¿Gurdjieff?... ¿Quién es Gurdjieff?—¿Gurdjieff? ¡Ah, sí! ¿No enseñaba esas danzas de los derviches?—Sí, he oído hablar de él... pero ¿qué tiene que ver con la masonería?
Estas son las respuestas que suelen escucharse en muchas logias cuando se menciona el nombre de Georgeo Ivánovich Gurdjieff. Con demasiada frecuencia, nuestra actitud ante sus enseñanzas es de rechazo, sin haberlas estudiado siquiera. Esta falta de conocimiento y la información errónea que circula sobre él y su obra resultan sorprendentes, sobre todo si recordamos que se nos exhorta en Logias Masónicas a practicar el estudio ecléctico y comparado de la religión, el esoterismo, la filosofía, la política  y la ciencia.
La resistencia generalizada hacia su pensamiento se vuelve aún más extraña cuando advertimos que sus discípulos más destacados mantuvieron estrechos vínculos con movimientos esotéricos y tradiciones iniciáticas, incluida la nuestra. Por ejemplo, Piotr  Demiánovich Ouspensky, el célebre matemático y filósofo ruso, autor de la obra fundamental En busca de lo milagroso —Fragmentos de una enseñanza desconocida—, era muy conocido en los círculos masónicos de Moscú y San Petersburgo, donde su pensamiento despertaba gran interés y respeto. Por su parte, A. R. Orage, figura imprescindible de la literatura de los años veinte y principal difusor de las ideas de Gurdjieff en Estados Unidos, fue un conferencista reconocido en las logias de Inglaterra, donde sus exposiciones sobre tradiciones antiguas y desarrollo interior atraían a numerosos hermanos.
Si examinamos con imparcialidad la vida y las enseñanzas de Gurdjieff, descubrimos que guardan paralelos profundos con la masonería. De hecho, puede decirse que una es la continuación y el desarrollo práctico de la otra. Mientras nuestra Orden recuperó para Occidente la gran enseñanza cósmica sobre la verdadera naturaleza del ser humano y del universo, Gurdjieff reveló el aspecto práctico que corresponde poner en obra a cada persona: reavivó, para los hombres y mujeres de su tiempo, la enseñanza sobre el despertar que se encuentra en el Libro de La Santa ley , pero que había sido tergiversada y olvidada a lo largo de los siglos.
¿De dónde nace, entonces, la desconfianza que muchos masones sienten hacia él? Quizás se deba a su franqueza y a la dureza con que nos recordaba que la evolución interior exige trabajo constante y esfuerzo deliberado. La gente suele huir de lo que no quiere escuchar, y nosotros, como seres humanos, no somos una excepción. A menudo nos engañamos a nosotros mismos creyendo que basta con conocer los principios de la Orden, que con sólo estudiar sus símbolos y asistir a los rituales en las Tenidas Masónicas  ya hemos cumplido con nuestra parte. Olvidamos con demasiada facilidad que la masonería no es sólo un cuerpo de conocimientos, sino un camino de transformación.
Como bien señalaba Ouspensky, una de las funciones más nobles de la masonería ha sido siempre la de guardiana del secreto esotérico. A lo largo de los siglos, ha conservado y transmitido conocimientos que no pueden expresarse completamente con palabras, verdades que sólo se revelan a quienes están preparados para recibirlas y dispuestos a trabajar por ellas. Sin embargo, estas enseñanzas profundas, que se encuentran ocultas en nuestras liturgias, seguirán siendo incomprensibles mientras no logremos limpiar nuestra mente de los prejuicios, las costumbres automáticas y las ideas recibidas que acumulamos durante generaciones. Por eso, todo depende, en última instancia, de la forma en que recibamos y vivamos el ritual del Tercer Grado: en él se encierra la clave para comprender lo que la Orden realmente nos pide.
Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de juzgar por sí mismo: ¿son las ideas de Gurdjieff la enseñanza práctica que subyace en nuestras liturgias? Debemos tener presente que, como ocurre con toda enseñanza esotérica, lo que se escribe no es más que la cáscara; lo más valioso, lo esencial, se transmite de forma oral, de maestro a discípulo, de hermano masón  mayor a hermano masón menor, para que pueda ser comprendido según la madurez y la preparación de cada uno.
Quienes conocen nuestras enseñanzas saben que la Sabiduría Antigua sostiene que cada alma —una chispa del Gran Arquitecto del Universo— debe recorrer un camino obligatorio a través de incontables ciclos, guiado por leyes cósmicas inmutables. Durante este viaje, el ser humano se transforma, va puliendo su "piedra bruta" hasta convertirla en obra acabada. Aquí es donde las enseñanzas de Gurdjieff cobran un valor insustituible. Aunque la masonería enseña que la evolución se alcanza mediante el propio esfuerzo, muchas veces damos por hecho que ocurrirá automáticamente, sin darnos cuenta de que seguimos viviendo en la ilusión, creyendo que ya estamos despiertos cuando, en realidad, seguimos dormidos.
Gurdjieff nos llamó a salir de ese sueño, y su enseñanza se conoció precisamente como El Trabajo. Nos pidió que empezáramos por observarnos a nosotros mismos con sinceridad y sin prejuicios, durante mucho tiempo, y que examináramos con rigor el estado de nuestra conciencia. Nos propuso un modelo que divide la experiencia humana en cuatro niveles cualitativamente distintos, y nos invitó a verificar por nosotros mismos la diferencia entre ellos.
Según él, la mayor parte de nuestras vidas transcurre sólo en los dos niveles inferiores: el sueño físico y lo que llamamos "conciencia de vigilia", que en realidad no es más que un estado de muerte psicológica. En él nos movemos, hablamos y actuamos, pero no estamos verdaderamente despiertos ni vivimos con plena intensidad. Sin embargo, existen otros dos niveles superiores. El más elevado es la consciencia objetiva, ese estado de iluminación que los místicos de todas las épocas han descrito y que muchos esperamos alcanzar algún día. Pero es el tercer nivel —la autoconciencia o conciencia de sí— el que constituye la clave de su enseñanza práctica. Es nuestro estado legítimo, el que nos corresponde por naturaleza, y al entrar en él experimentamos el mundo de una forma mucho más rica, profunda y verdadera. Sólo desde ahí podemos aspirar a alcanzar el cuarto nivel, la iluminación plena. Y es precisamente en la capacidad de permanecer en estos dos niveles superiores donde se produce la cristalización de los cuerpos sutiles, de los que tanto hablan las tradiciones esotéricas, incluida nuestra  masonería , y es donde el verdadero poder hace su aparición, y podemos utilizarlo .
Es natural preguntarse: si este estado de conciencia de sí es nuestro estado natural, ¿por qué no vivimos en él? La respuesta se encuentra en una suposición equivocada que todos hacemos: creemos que ya somos conscientes, que ya estamos despiertos, y por eso no nos esforzamos por llegar a serlo realmente. Necesitamos que se nos demuestre lo contrario, que se nos muestre lo que significa estar verdaderamente despierto, para que podamos comprobar por nosotros mismos que, en la mayor parte del tiempo, no lo estamos.
La conciencia de sí puede definirse brevemente como la capacidad de incluir la experiencia de uno mismo en el centro de nuestra atención, junto con todo lo que ocurre a nuestro alrededor en cada instante. Esta experiencia de estar presente, de ser conscientes de que somos conscientes, puede cultivarse mediante determinadas prácticas que Gurdjieff enseñó. Él daba gran importancia al uso del cuerpo físico como puerta de entrada hacia una comprensión más completa de todo nuestro ser, pues sabía que cuerpo, mente y emoción forman una unidad indisoluble.
Una vez que hemos experimentado este estado y hemos comprobado la inmensa diferencia que existe entre él y nuestro estado habitual de vigilia, ya no podemos seguir creyendo que estamos despiertos. Entonces surge una nueva pregunta: si es nuestro derecho natural, ¿por qué requiere tanto esfuerzo alcanzarlo? La respuesta está en nuestra educación y en el condicionamiento que recibimos desde la infancia: todo nos enseña a identificarnos con las cosas, con los pensamientos, con las emociones, con las opiniones, hasta el punto de confundirnos con ellas.
Cuando empezamos a observarnos con imparcialidad, como Gurdjieff nos recomendaba, descubrimos que nos identificamos con todo: con lo que decimos, con lo que pensamos, con lo que imaginamos y, lo que es más peligroso, con nuestras emociones negativas. Cuando esto ocurre, quedamos totalmente absorbidos por aquello con lo que nos identificamos, y ya no queda espacio ni energía para ser conscientes de nosotros mismos. Simplemente, desaparecemos en la experiencia, como si nos perdiéramos en un sueño.
Al trabajar sobre nosotros mismos siguiendo estas indicaciones, descubrimos una verdad de inmensa importancia: la identificación es el enemigo principal de la conciencia de sí. Y comprendemos que esta conciencia es la puerta que nos conduce hacia el mundo real, el mundo tal como es, más allá de nuestras ilusiones y prejuicios. Esta es la gran contribución de Gurdjieff a la masonería: mostrarnos cómo pasar de la teoría a la práctica, cómo trabajar sobre nosotros mismos para ver quiénes somos realmente y, luego, liberarnos de las ataduras que nos esclavizan y nos impiden experimentar ese Yo Superior que es la meta de nuestra evolución.
Gurdjieff también nos enseñó que este trabajo no puede hacerse en soledad. Excepto casos muy excepcionales, una persona sola no tiene la fuerza ni la claridad necesarias para mantener el esfuerzo constante que se requiere. Nuestro condicionamiento es tan fuerte y profundo que, en cuanto nos descuidamos, olvidamos todo lo aprendido y volvemos a caer en nuestro estado habitual de somnolencia. La "hipnosis de la vida cotidiana", con todas sus preocupaciones, hábitos y automatismos, está diseñada precisamente para mantenernos alejados de la verdadera realidad a la que tenemos derecho.
Entonces, ¿qué debemos hacer? Si queremos vivir las enseñanzas masónicas y no sólo hablar de ellas, necesitamos encontrar a otros que también comprendan la necesidad de trabajar sobre sí mismos. Con suerte, habrá personas así incluso en nuestras propias logias: hermanos que sepan que el estudio por sí sólo no basta, que es necesario poner en práctica lo aprendido.
Como grupo de masones , podemos olvidar los grados masónicos como algo que obtenemos  y que por si mismos nos harán evolucionar automáticamente y  mecánicamente, y ahí es que podemos ayudarnos mutuamente a despertar. Podemos ser, como decía Gurdjieff, "despertadores" los unos para los otros, sacándonos del sueño causado por la identificación. Y si tenemos aún más suerte, encontraremos a alguien que ya ha avanzado en este camino, cuya conciencia está más despierta que la nuestra, y que pueda guiarnos y enseñarnos por su propio ejemplo.
Es un axioma de toda enseñanza esotérica que el universo responde a la búsqueda sincera. Cuando empecemos a buscar de verdad, con el corazón y con la voluntad, la enseñanza que necesitamos y las personas que pueden ayudarnos a encontrarla aparecerán, sin falta, en nuestro camino.
Para que este mensaje llegue al corazón de quienes forman parte de nuestra Orden Masónica, quisiera proponerles algunas reflexiones que unen el pensamiento de Gurdjieff con nuestra tradición, teniendo en cuenta también las ideas de Ouspensky:
La enseñanza oculta y la función de la masonería
Como señalaba Ouspensky, la masonería ha sido a lo largo de la historia la guardiana de conocimientos que no pueden ser transmitidos públicamente ni entendidos por cualquiera. Estos conocimientos no se encuentran en los libros ni en las explicaciones teóricas, sino en la forma en que vivimos lo que hemos aprendido. Gurdjieff no trajo nada nuevo que no estuviera ya presente en nuestra enseñanza masónica, pero nos mostró cómo acceder a esa parte oculta, cómo pasar de la forma al contenido, de la apariencia a la realidad.
El trabajo sobre sí mismo como cumplimiento del deber masónico
A menudo pensamos que ser masón consiste en cumplir con ciertos deberes externos: asistir a las tenidas, aprender los rituales, practicar la caridad... Todo esto es importante, pero no es suficiente. La enseñanza de Gurdjieff nos recuerda que el verdadero deber empieza dentro de nosotros mismos: observarnos, corregirnos, despertar. Este es el trabajo que realmente nos transforma y que nos permite cumplir con el fin más alto de la Orden: la construcción del templo interior.
La necesidad de la comunidad
Tanto Gurdjieff como Ouspensky insistían en que nadie puede avanzar solo. La logia, como comunidad de búsqueda, tiene precisamente esta función: ser el lugar donde nos ayudamos mutuamente a ver lo que no podemos ver por nosotros mismos, donde nos animamos a seguir trabajando cuando nos cansamos o nos olvidamos. Sin este apoyo mutuo, el camino se vuelve demasiado difícil y el sueño vuelve a apoderarse de nosotros.
La ilusión de saber y la humildad necesaria
Uno de los obstáculos más grandes para el masón es creer que ya lo sabe todo, que por haber recibido los grados ya ha alcanzado la sabiduría y el poder de forma automática. Gurdjieff nos enseña que esto es sólo una ilusión, y que el primer paso para aprender es admitir que no sabemos, que no estamos despiertos y que necesitamos esforzarnos para cambiar. Esta humildad es, paradójicamente, la verdadera señal de que empezamos a comprender.
Al integrar estas ideas, descubrimos que el pensamiento de Gurdjieff no es algo ajeno ni extraño a nuestra Orden, sino una forma de expresar, con un lenguaje adaptado a los tiempos modernos, lo que siempre ha sido la enseñanza masónica: el camino hacia el despertar, hacia la libertad y hacia la unión con el Principio Creador
Alcoseri 
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