¿Son los Seres Humanos diseñados por Dioses Extraterrestres?

4 views
Skip to first unread message

Alcoseri Vicente

unread,
May 7, 2026, 9:05:01 PM (3 days ago) May 7
to secreto-...@googlegroups.com
¿Son los Seres Humanos diseñados por Dioses Extraterrestres?

Hace muchísimo tiempo, cuando las estrellas aún se contaban como historias y el cielo era una puerta que se abría y cerraba a voluntad de quienes venían de lejos, sucedió algo que cambió para siempre el destino de este mundo. Llegaron seres de otro sistema solar, procedentes de un planeta que recorre una órbita muy alargada y que sólo se deja ver cada miles de años. Eran los Anunnaki: altos, de porte majestuoso, poseedores de una ciencia y una sabiduría que para los ojos de los primeros habitantes parecían magia. Venían buscando recursos valiosos, minerales raros que necesitaban para mantener su civilización y su longevidad, pues su vida se medía en milenios, no en años como la nuestra.
Al principio, el trabajo pesado lo hacían ellos mismos, pero pronto se cansaron. Era una tarea dura, agotadora y poco agradable. Entonces, uno de sus líderes, el sabio Enki, el señor de las aguas profundas y de los conocimientos ocultos, propuso una solución: modificar genéticamente a los seres primitivos que habitaban la Tierra para convertirlos en trabajadores capaces de cumplir esas tareas. Así nacieron los primeros seres humanos: creados en laboratorios, sin capacidad de reproducirse por sí mismos, con una vida limitada a unos treinta años terrestres —el tiempo justo para aprovechar su fuerza física al máximo— y sin una conciencia desarrollada. Eran, en palabras de las antiguas crónicas, como herramientas vivientes: obedientes, fuertes, pero sin preguntas ni voluntad propia. Cuando ya no servían, simplemente se les dejaba a un lado.
Pero nada permanece igual para siempre. Con el paso del tiempo, a Enki le cansó también tener que crear nuevos seres una y otra vez, utilizando la genética compleja y los cuerpos de las mujeres de su propia raza como matrices experimentales. Además, había comenzado a encariñarse con sus creaciones. Vio que tenían potencial, que en su interior había una chispa que sólo necesitaba ser avivada. Así que tomó una decisión que cambiaría todo: alteró el código genético de los humanos, les abrió el acceso a una pequeña parte de su capacidad mental —apenas un tres por ciento, pero suficiente para empezar a pensar y a sentir—, separó los sexos para que pudieran reproducirse sólos y les enseñó todo lo que sabía: cómo sembrar, cómo criar ganado, cómo construir herramientas y cómo usar las energías sutiles del cuerpo.
Fue entonces cuando nació el sentimiento de veneración. Al ver a Enki, que bajaba del cielo, que les daba alimento, protección y sabiduría, los humanos empezaron a amarlo y a verlo como un padre, como una divinidad bondadosa. También adoraron a la gran diosa Ninhursag, a la que llamaban cariñosamente «Mami», la madre de todos los seres. Pero no todos los líderes extraterrestres compartían esa visión. Enlil, el señor del cielo y del orden estricto, hermano de Enki y su eterno rival, miró con furia y celos esa relación. Para él, los humanos no eran más que instrumentos, y que se atrevieran a amar y venerar a otro dios que no fuera él era una ofensa imperdonable.
Enlil decidió acabar con ellos. Desató sequías, plagas y hambrunas terribles, y ordenó usar armas poderosas que arrasaron cosechas y poblaciones enteras. Quería borrar esa creación de la faz de la Tierra. Sin embargo, Enki, siempre astuto y atento, se enteró de los planes con antelación gracias a sus espías y ocultó grandes reservas de alimentos en lugares secretos. Cuando el desastre llegó, pudo salvar a un pequeño grupo, que se convirtió en el germen de la humanidad futura. La jugada le salió mal a Enlil: incluso las bases espaciales que estaban instaladas en la Luna —su centro de mando— sufrieron escasez de provisiones, y tuvo que aceptar un trato con su hermano: permitiría la existencia de los humanos a cambio de que produjeran los alimentos y los recursos que él necesitaba.
Así comenzó la gran dualidad que ha marcado nuestra historia desde entonces. Los humanos aprendieron a distinguir entre dos tipos de poderes: por un lado, el dios que da vida, que enseña y protege; por el otro, el dios lejano, que nunca baja a la Tierra, que envía rayos y fuego desde el cielo y que usa a sus guerreros —los llamados «ángeles», que en realidad eran soldados equipados con tecnología avanzada— para castigar y aterrorizar. Pero la semilla estaba echada: los humanos se multiplicaron, empezaron a explorar el mundo y a descubrir los placeres y los dolores de la existencia. Al separar los sexos y desarrollar sus emociones, empezaron a generar una energía sutil y poderosa que recorría todo su ser y que, sin saberlo, atraía la atención de sus creadores.
Al ver que la población crecía sin control y que ya no podían ser contenidos como antes, Enlil ordenó expulsarlos de los recintos protegidos donde habían vivido hasta entonces. Los dejó a su suerte, obligándolos a valerse por sí mismos, a organizarse, a formar tribus, aldeas y ciudades, guiados sólo por los conocimientos que Enki les había transmitido en secreto. Fue el comienzo de la gran dispersión, y también de la gran prueba: sin saberlo, los humanos empezaron a repetir los patrones de conducta de quienes los habían creado, pues era lo único que conocían. Y aunque estaban sólos en apariencia, siempre hubo ojos vigilantes sobre ellos: hijos de Enki y de Enlil que bajaban disfrazados, que se mezclaban con ellos y que, poco a poco, empezaron a reclamar el poder.
Llegamos así a la tercera gran etapa. Los hijos de los dioses se repartieron las tribus y los pueblos, se proclamaron sus gobernantes y exigieron ser adorados como divinidades. Algunos usaban el amor y la generosidad para ganarse a las gentes, como la hermosa Inanna; otros preferían el terror y la fuerza, como el imponente Marduk. Se inventaron leyes extrañas, normas arbitrarias y rituales complicados, más para divertir el aburrimiento de esos seres casi inmortales que para beneficio de los humanos. Al fin y al cabo, cuando se vive millones de años, cualquier juego se vuelve interesante.
Pero su diversión no se quedó sólo en las leyes. Muchos de estos seres se enamoraron —o simplemente sintieron deseo— de los hombres y mujeres humanos, que poseían una belleza y una intensidad que ellos ya habían perdido en gran parte. Algunos venían de mundos lejanos: Selene, Taygeta, Aspero, Merope… y no todos tenían forma humana. Algunos tenían rasgos extraños, pieles de colores distintos, sangre azul, ojos que brillaban en la oscuridad. De esas uniones nacieron seres híbridos: mitad humanos, mitad extraterrestres, que combinaban la fuerza y la sabiduría de sus padres con la capacidad de sentir y de amar de los humanos. A esos seres se les entregó el poder sobre la Tierra: nacía así la realeza, una casta que gobernaba con la autoridad de la sangre divina y que servía de intermediaria entre el cielo y la tierra.
También inventaron los juegos de guerra. Para los dioses, ver a los humanos luchar y matarse entre sí era un entretenimiento fascinante, y siempre establecían reglas para asegurarse de que el resultado los favoreciera o simplemente les pareciera divertido. Pero todo cambió cuando Marduk se alzó como el líder supremo y tomó el control del planeta. Los dioses que vivían en las bases espaciales se marcharon, y los que vivían en la Tierra se refugiaron en profundas ciudades subterráneas o en reinos ocultos, conocidos como la tierra de la Gente Dragón o la Gente Serpiente. Dejaron a la humanidad desamparada, pero pronto aparecieron quienes aprovecharon el vacío: hombres astutos que se proclamaron intermediarios, que decían hablar en nombre de los dioses ausentes y que crearon el sacerdocio. Así quedaron establecidas las dos grandes castas que han gobernado el mundo desde entonces: la realeza, descendiente de los dioses, y el clero, guardián de las supuestas verdades divinas.
Pero hubo un evento que marcó un antes y un después. La Federación Galáctica —una organización que agrupaba a civilizaciones de todo el universo— observaba con creciente preocupación lo que sucedía en la Tierra. Para ellos, los humanos eran seres muy primitivos, con una conciencia apenas desarrollada, comparables a como nosotros vemos hoy a los simios. No se les consideraba importantes ni dignos de mucho respeto. Sin embargo, decidieron intervenir para detener el abuso de poder de Marduk y su gente: colocaron una especie de red o barrera energética alrededor del planeta, invisible para los ojos humanos, que impedía que la energía cósmica, la energía pura del Creador, llegara con toda su fuerza. Esto debilitó los poderes de los Anunnaki, pero también afectó gravemente a los seres humanos, que sólo recibían una pequeña parte de esa energía vital. Quedamos, por así decirlo, aislados, en una especie de jaula invisible.
Privados de su fuente de energía principal, los Anunnaki tuvieron que buscar nuevas formas de alimentarse y de mantener su poder. Descubrieron entonces algo fascinante y terrible: las emociones humanas densas y negativas —el miedo, la ira, la codicia, la envidia, el odio, la desesperación— generaban una energía de baja frecuencia que les resultaba perfecta para subsistir. Comprendieron que, si lograban mantener a la humanidad en un estado de ignorancia, de sufrimiento y de conflicto constante, podrían alimentarse indefinidamente de esa energía. Y así empezó el gran plan: construyeron una estructura inmensa de creencias, normas, religiones, leyes, sistemas económicos y sociales diseñados precisamente para provocar esos estados emocionales en nosotros.
Como cuenta el famoso relato recogido en el libro El Retorno de los Brujos, de Louis Pauwels y Jacques Bergier, existen fuerzas ocultas que manipulan la historia humana desde las sombras, que saben verdades antiguas y que trabajan para mantenernos dormidos y confundidos. Algo muy parecido a lo que ocurrió aquí: Marduk y sus aliados crearon todo un escenario para mantenernos bajo control. Incluso reclutaron a un grupo especial: seres procedentes de un mundo llamado Sion, que habían destruido su propio planeta debido a sus guerras y a su avaricia. Estos seres se mezclaron con la tribu de Judá, que ya adoraba a Enlil bajo el nombre de Yahvé, y se convirtieron en los ejecutores terrenales de ese plan. Se les prometió riquezas incalculables y un poder superior al de reyes y sacerdotes, y aceptaron el trato. Son los antecesores de lo que hoy conocemos como los Iluminati, uno de los pilares del llamado Gobierno Secreto Mundial.
Desde entonces, han manejado los hilos de la historia. Han creado religiones, gobiernos, sistemas económicos, instituciones educativas y culturales, todo diseñado para mantenernos distraídos, asustados o simplemente ocupados en sobrevivir. Nos hicieron creer que el dinero es el dios supremo, que el éxito es tener más cosas, que la seguridad es obedecer y que la verdad está escrita en libros sagrados o en leyes humanas. Nos han hipnotizado, tal como hacía el mago del cuento antiguo que se ha transmitido de generación en generación:
Había un mago muy rico que tenía muchas ovejas, pero era tacaño y no quería contratar pastores ni levantar cercas. Las ovejas solían escaparse, porque sabían que él sólo quería su lana y su carne. Hasta que un día, el mago encontró la solución: hipnotizó a todo el rebaño. Les hizo creer que eran inmortales, que ser esquiladas o sacrificadas era algo bueno y agradable. Les convenció de que él era el mejor de los amos, que las amaba y que siempre velaba por ellas. También les dijo que el peligro nunca era ahora, sino en un futuro lejano, así que no debían preocuparse. Y para terminar de confundirlas, les dijo que no eran ovejas: a unas les dijo que eran leones, a otras águilas, a otras hombres, e incluso a algunas les dijo que eran magos poderosos. Después de eso, las ovejas dejaron de escaparse y esperaban tranquilas el día en que el mago viniera a buscar su carne y su lana.
¿No es esta nuestra historia? Nos han hecho creer que somos libres, que somos inteligentes, que somos importantes… y sin embargo, vivimos atrapados en una red invisible de miedos, deseos, creencias y obligaciones que no hemos elegido nosotros mismos. Vivimos como sonámbulos, como bien decía el filósofo y maestro Gurdjieff: nos movemos, hablamos, trabajamos y sufrimos, pero en realidad estamos dormidos ante la verdad de nuestra existencia. Somos las ovejas hipnotizadas del mago poderoso.
El Gobierno Secreto, esa inmensa estructura con mil tentáculos —desde los bancos mundiales hasta las logias masónicas invisibles, desde las grandes corporaciones hasta las organizaciones internacionales— obedece a estos intereses ocultos. Provocan guerras, hambrunas, crisis económicas y conflictos religiosos sabiendo exactamente lo que hacen: cada vez que sentimos miedo, ira o dolor, estamos generando la energía que ellos necesitan para mantenerse y para seguir controlando el mundo.
Pero no todo está perdido. A lo largo de la historia, han existido y existen todavía escuelas iniciáticas, sociedades secretas y grupos de buscadores de la verdad que conocen esta historia y que trabajan para despertar a la humanidad. La Masonería Azul, por ejemplo, siempre ha estado interesada en estos temas: estudia las leyendas antiguas, los misterios del origen del hombre y la posibilidad de que hayamos recibido visitas y enseñanzas de seres de otros mundos. Muchos de sus símbolos y enseñanzas hablan claramente de esto: de la caída, del olvido y de la necesidad de despertar y recuperar nuestra verdadera naturaleza. Ellos saben que el conflicto real no es entre naciones ni religiones, sino entre fuerzas cósmicas opuestas, y que la Tierra es sólo el campo de batalla donde se libra esta guerra milenaria.
El mayor temor de quienes nos controlan es que despertemos. Porque si algún día somos capaces de quitarnos la venda de los ojos, si logramos romper la hipnosis y darnos cuenta de quiénes somos realmente, de cuál es nuestra historia y cuál es nuestro poder, todo su edificio de mentiras se derrumbará. Y esto es lo que nos dicen las voces que vienen desde lejos, desde el Gran Oriente Azul: «Despierten, hermanos. Miren más allá de las apariencias. Dejen de creer en cuentos de hadas y busquen la verdad. El universo es infinito, y ustedes son parte de él mucho más de lo que imaginan».
¿Seguiremos siendo ovejas hipnotizadas esperando nuestro turno, o nos atreveremos a despertar, a recordar y a reclamar nuestro lugar bajo las estrellas? Esa es la pregunta que cada uno debe responderse hoy, ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Alcoseri 

image.png

Libre de virus.www.avast.com
Reply all
Reply to author
Forward
0 new messages