¿Puede La Iniciación Masónica Hacernos Recordar Algo Guardado En El Alma?

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Alcoseri Vicente

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Jul 27, 2026, 8:52:03 PM (8 days ago) Jul 27
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¿Puede La Iniciación Masónica Hacernos Recordar Algo Guardado En El Alma?
La Masonería no es una doctrina que se impone, ni una verdad que se entrega llave en mano: es el arte de recordar lo que el alma ya conoce , de hacer provocar la reminiscencia de quienes somos en realidad. Sus ritos, símbolos y grados no son meras ceremonias: son llaves que abren puertas que estuvieron cerradas por el olvido, invitándonos a recorrer un camino donde cada paso es un encuentro más profundo con nosotros mismos y con el Gran Arquitecto del Universo.

¿Qué tanto impacta la iniciación masónica en la psique de quien la experimenta?
El cambio no llega de golpe, como un relámpago: se va tejiendo poco a poco, en cada ritual masónico , en cada símbolo, en cada palabra que resuena en lo más hondo del ser. Quien persevera en el camino iniciático empieza a percibir que lo que le sucede no es algo nuevo que recibe: es algo antiguo que se reactiva. Como se enseñaba en los antiguos colegios de misterios iniciáticos, el ser humano vive la mayor parte de su vida en un estado de “sueño mecánico”, arrastrado por hábitos y creencias ajenas a su verdadera esencia; la iniciación es el primer sacudimiento que nos invita a despertar  , y se añadía que no somos un sólo “yo”, sino una multitud de voces desordenadas en la mente: el recorrido masónico nos ayuda a ordenarlas, a encontrar ese centro real que hemos olvidado.
Porque la verdadera atracción hacia la logia no nace de razones intelectuales ni de emociones pasajeras: responde a una afinidad grabada en el alma inmortal. El aspirante no busca aprender algo ajeno: busca recordar quién es en verdad, y hallar hermanos que le ayuden a recuperar esa memoria perdida. Cada grado, cada ceremonia, es una luz que se enciende tras otra: no revelan secretos ocultos a los demás, sino que devuelven al neófito aquello que siempre le perteneció, pero que el ruido del mundo había borrado.
No obstante, no todos viven esta experiencia de la misma manera. Hay quienes cruzan el umbral del templo sólo en cuerpo: ven en la masonería un grupo de amigos, una red de contactos o un simple trámite social, y por más años que permanezcan en ella, nada cambia en su interior. Otros perciben apenas un destello, una curiosidad por lo insólito o por lo que llamamos “paranormal”, y se quedan en la superficie. Todo depende de la resonancia que el rito encuentre en su alma: como decían los maestros, el ritual no actúa por sí mismo —ex opere operato—, como los sacramentos que suponen dar gracia independientemente de quien los recibe. Los ritos masónicos son una invitación, no una imposición: funcionan ex opere operantis, es decir, según la apertura, el trabajo y la voluntad de quien los vive. Ex opere operato y ex opere operantis son dos expresiones en latín que explican cómo actúan y se reciben los sacramentos en la teología cristiana. La primera significa "por el hecho mismo de que la acción es realizada" y la segunda significa "por la obra del que actúa".
La iniciación no es un acto mágico que transforma a nadie en un ser superior en unas horas; tampoco es un sacramento que otorga salvación por imposición externa. Nadie puede hacer por ti el trabajo que corresponde a ti mismo: la logia te brinda la guía, la fraternidad y las herramientas, pero es tu esfuerzo, tu estudio y tu examen de conciencia lo que te hará avanzar. Se trata de un “psicodrama” sagrado donde el neófito asume simbólicamente el camino de figuras como Hiram o el Rey Salomón: reviviendo sus pruebas, sus pérdidas y sus victorias, empieza a transformar su propia existencia.
Con los años, quien avanza con sinceridad descubre que el método masónico despierta facultades que estaban latentes: no se trata de poderes sobrenaturales, sino de una inteligencia más profunda, una mirada más clara sobre sí mismo y sobre el mundo. Aquí se conecta con la antigua corriente gnóstica, esotérica y alquímica que ha recorrido todas las culturas: los misterios de Egipto, las escuelas de la India, la sabiduría de los pueblos originarios de América, la senda de los sufíes… todas coinciden en una misma verdad: el ser humano puede trascender su estado ordinario, pero sólo si trabaja en su propia piedra bruta.
Llegar al título de Maestro Masón es relativamente sencillo; vivir el espíritu sublime de ese grado es una tarea de toda la vida. Va más allá de los muros de la logia o de los pergaminos: es el momento en que la masonería imprime un carácter indeleble en el ser, empujándonos a rebasar los límites del ego individual para acceder a estados superiores de conciencia. Y esto no se logra en soledad: la cadena iniciática se mantiene viva gracias a la fraternidad, transmitiendo sin interrupción una sabiduría que viene de lejos y nos conecta con algo mucho más grande que nosotros mismos.
La iniciación es, como su nombre lo indica, el comienzo: el primer paso de un viaje sin fin hacia la luz. Nunca seremos perfectos, pero siempre podremos ser mejores; nunca sabremos todas las respuestas, pero aprenderemos a hacer las preguntas justas.

Una anécdota en el templo
Cuentan que hace décadas, en una logia mexicana, un hermano masón que llevaba veinte años ocupando su plaza en su respectiva columna confesó  a sus QQHH que jamás había sentido nada especial en los ritos: para él, todo no eran más que palabras y gestos repetidos. Una noche de tenida, al terminar la ceremonia de exaltación al grado de Maestro de un QH de su Tall, se quedó sólo un instante ante el Ara Sagrada, con la luz de la vela del medio reflejándose en la escuadra y el compás. En ese silencio, recordó de golpe una tarde de su infancia: cuando su abuelo —a quien nunca supo que había sido masón— le tomó de la mano y le dijo, mirando al cielo estrellado: “Lo más secreto no está lejos: está en lo más tuyo”. En ese instante comprendió que todos esos años no habían sido en vano: el rito sólo había estado esperando a que él estuviera listo para escuchar. Y entonces supo: la iniciación no es lo que la logia hace por ti. Es lo que tú, al fin, te atreves a reconocer en ti mismo.
El pan y el recuerdo de lo que siempre fuimos
Hubo una mujer con amnesia   que perdió hasta su propio nombre: vagaba sin pasado, sin raíces, sin saber quién era realmente. Hasta que un día, al probar un trozo de pan —sencillo, humilde, hecho con la misma harina, los  mismos ingredientes  y el mismo sistema de cocción a  fuego lento que su madre usaba en su infancia— al probar apenas un pequeño trozo de pan   todo volvió de golpe. El sabor no le enseñó nada nuevo: le devolvió lo que el tiempo y el olvido habían ocultado. Reconoció su nombre, su hogar, su historia, porque ese pan no era alimento extraño: era el eco de algo que llevaba grabado en el alma desde siempre.
La iniciación masónica es exactamente así.
No es un acto donde se nos entrega una sabiduría que no nos pertenece, ni una verdad que alguien más nos dicta desde fuera. Es ese primer bocado al pan sagrado de la fraternidad, ese primer cruce del umbral que hace despertar lo que el ruido del mundo había dormido en nosotros. Al igual que aquella mujer, el neófito no aprende quién es: empieza a recordarlo.
De pronto, símbolos que antes parecían simples dibujos o gestos vacíos resuenan en lo más profundo del ser, como si los hubiera visto y vivido en vidas y tiempos que ya no recordaba. Verdades sobre la libertad, la justicia, la fraternidad y el Gran Arquitecto no se le imponen como lecciones escolares: afloran de su interior, como un manantial que siempre estuvo allí, tapado sólo por el olvido y la confusión de la vida cotidiana. Todo un cúmulo de conocimientos, de afinidades, de caminos recorridos en otras épocas y otras sendas, se despiertan de golpe, ordenándose poco a poco bajo la luz de la Logia.
Gurdjieff el maestro del Recuerdo de si (de recodar quienes somos en realidad) nos decía que la mayoría vivimos en un sueño profundo, creyendo ser quienes no somos, arrastrados por hábitos ajenos a nuestra esencia. Ouspensky añadía que ignoramos nuestra propia naturaleza verdadera, atrapados en una versión pequeña y limitada de nosotros mismos. La iniciación es el sacudimiento suave pero firme que nos devuelve la memoria: al tocar la escuadra y el compás, al escuchar las palabras rituales, al compartir el trabajo con los hermanos, comprendemos que todo lo que buscamos ya lo llevábamos dentro.
El pan de la iniciación no nos transforma en alguien distinto: nos devuelve a quien realmente fuimos, somos y seremos. Y en ese recuerdo, todas las piezas del rompecabezas empiezan a encajar: conocimientos, experiencias y sabidurías que parecían dispersas o perdidas, recuperan su sentido, porque al fin volvemos a reconocernos a nosotros mismos.
Alcoseri 

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