El Eterno Viaje Iniciático Masónico
Para la ciencia materialista, lo que llamamos “paranormal” es simple pseudociencia, fantasía o desvarío de mentes poco rigurosas; y desde hace siglos repite ese señalamiento contra nuestras Logias Masónicas, porque su método sólo admite lo que se pesa, se mide y se toca. Para la Masonería, en cambio, lo llamado paranormal no es más que lo natural, en planos de la existencia que la razón física aún no alcanza a comprender. Enseñamos desde el umbral mismo de la iniciación que tiempo y espacio no son leyes absolutas, sino velos, límites puestos a nuestros sentidos para que aprendamos poco a poco. Quien trabaja con perseverancia sobre su piedra bruta, purifica su voluntad y guarda el sagrado silencio, llega a comprender que existen planos interdimensionales donde el pasado, el presente y el futuro conviven a un tiempo, y donde la distancia no separa a los espíritus afines. Atravesar esos umbrales no es hechicería: es la consecuencia natural de elevar la propia vibración. A eso llamamos los viajes iniciáticos: no son fantasía, son la ciencia del alma, que la Orden ha guardado celosamente desde tiempos inmemoriales.
Esta es la historia de uno de esos viajeros, el hermano Kadyr, uno de los Siete Masones del Tiempo, a quienes se concede caminar por las edades para recoger la sabiduría que une a todos los pueblos bajo un solo Gran Arquitecto del Universo.
El viaje a Sáakun, el nombre que revela el misterio
Tras cruzar largos corredores de luz y sombra, saltando capas de la existencia que el común de los hombres ni siquiera sospecha, Kadyr descendió en el año 1822 sobre Sáakun, aldea maya en el corazón de las tierras cálidas, húmedas y verdes. Allí la vida giraba en torno al maíz y a la cría de puercos; la influencia del hombre blanco aún no había borrado las antiguas formas de pensar. El hermano adoptó el ropaje y el habla de la región —en los planos interdimensionales las barreras de idioma se desvanecen con facilidad— y solo un ligero acento delataba que venía de muy lejos, del norte de lo que hoy es México.
Preguntó por dónde hallar abrigo y alimento, y un vecino, rascándose la cabeza, le respondió:
—No tenemos posada aquí, pero ve con Zamná. Él recibirá a quien busca refugio. Su nombre significa, en nuestra lengua, El Señor del Conocimiento.
Antes de llegar a su humilde choza de palma, un grupo de ancianos que fumaban tabaco en rústica le confirmó: Zamná era el más sabio de toda la comarca, dueño de más de mil cabezas de ganado porcino, y sin embargo vivía en la más estrecha sencillez. La riqueza no le había atado, ni cambiado su corazón. Cuando Kadyr entró, fue recibido con la hospitalidad que sólo conocen quienes han entendido que servir es el primer deber del que sabe. Su mujer y sus hijas atendieron al viajero con lo mejor que tenían, y al despedirse, tras varios días de convivencia, le cargaron provisiones para el camino y Zamná le dijo, con una mirada que parecía ver más allá de la carne y del tiempo:
—Da gracias al Gran Arquitecto del Universo por el don que llevas dentro. Y recuerda siempre: no te dejes engañar por las apariencias… porque ESTO TAMBIÉN PASARÁ.
Kadyr regresó a su punto de partida, doscientos años adelante, al año 2026, pero esas palabras no se le salieron del pecho. Sabía por la enseñanza de la Orden que nada se dice por azar; toda frase, todo encuentro, todo suceso en los viajes trae una lección envuelta en velos. Se sentó bajo la sombra frondosa de un árbol, cerró los sentidos externos y se sumergió en el silencio, tal como nos enseñan: no hay que correr tras la verdad; ella llega cuando el alma está lista para recibirla. Pasaron cinco años más de travesías: estuvo en la época en que se redactaron los Vedas en la India, caminó por Egipto cuando las pirámides eran nuevas, recorrió épocas venideras que aún no han llegado a manifestarse en este plano. Siempre en silencio, siempre observando, siempre aprendiendo. Porque el Eterno Viaje Iniciático no consiste en mover el cuerpo de un lugar a otro, ni de un siglo a otro: es el movimiento perpetuo del espíritu hacia la Luz, atravesando estados, pruebas, altibajos y dimensiones, sin detenerse jamás, hasta fundirse por completo en la Verdad. Los saltos en el tiempo y el espacio son solo su reflejo externo.
La rueda que no se detiene
Volvió dos siglos atrás, a Sáakun. Preguntó por Zamná y le dijeron:
—Está a diez leguas, sirviendo en la hacienda del hacendado.
Kadyr corrió hasta allá y lo encontró encorvado por los años, vestido de andrajos. Una gran inundación se había llevado todo: mil cerdos, su choza, sus bienes, todo lo que el mundo llama riqueza. Ahora trabajaba de sol a sol para un hombre rico y duro de corazón. Y sin embargo, su sonrisa, su paz y su bondad no habían cambiado ni un ápice. Al despedirse de nuevo, ante la compasión del viajero, Zamná solo repitió, tranquilo:
—Esto también pasará.
Siete años más tarde, el tiempo lo trajo de vuelta. El hacendado había muerto sin descendencia, y por su fidelidad y virtud, había legado toda su fortuna y la hacienda entera a Zamná. Otra vez dueño de todo, otra vez viviendo con la misma austeridad de siempre. Y al partir Kadyr rumbo a uno de los viajes más sagrados de su existencia —estar presente en Londres, la noche del 24 de junio de 1717, cuando cuatro logias se reunieron en la taberna del Ganso y la Parrilla para dar nacimiento oficial a la Masonería Especulativa, cita que cumplen invariablemente los Siete Masones del Tiempo—, volvió a escuchar la misma frase, dicha con la misma calma:
—Esto también pasará.
Kadyr comprendió entonces que Zamná también era un iniciado, un guardián de los misterios mayas, que conocía por propia experiencia la Ley del Ritmo: todo sube, todo baja; todo nace, todo muere; todo florece, todo se seca. Nada en el mundo de las formas es para siempre.
Pasaron los años y el viajero regresó una vez más a Sáakun. Ya no estaba Zamná entre los vivos. Lo condujeron hasta una tumba humilde en medio de la selva lacandona, tallada en piedra: ESTO TAMBIÉN PASARÁ. El francmasón Kadyr reflexionó: las riquezas van y vienen, la salud y la enfermedad se turnan, la vida y la muerte se dan la mano… ¿pero cómo puede pasar también la tumba, el último recuerdo material?
El tiempo le dio la respuesta. Años después, un huracán poderoso sacudió la región, las aguas crecieron y se lo llevaron todo: el panteón, la lápida, hasta el mismo nombre del lugar casi se borró de la memoria de los hombres. Ya no había rastro físico de su amigo. Kadyr permaneció horas de pie entre el lodo y los escombros, con el corazón apretado, hasta que del verde profundo del bosque alzó el vuelo un quetzal resplandeciente, con su pecho rojo como el fuego sagrado y su cola larga y verde como la esperanza. Cruzó el cielo lento y majestuoso, y en ese instante todo encajó en su lugar. El hermano inclinó la cabeza y dijo en voz baja, comprendiendo por fin todo el sentido:
—Esto también pasará.
Incluso la muerte. Incluso la piedra. Incluso el dolor de la ausencia. Porque todo lo que pertenece a los planos manifestados, a las formas y a las dimensiones temporales, está sujeto al cambio. Solo la Esencia, la Luz, el Amor y la Sabiduría del Gran Arquitecto permanecen fuera de la rueda.
El anillo que encierra una verdad universal
Ya muy anciano, el francmasón Kadyr fijó su morada a las faldas del Cerro de la Silla, en Nuevo León México, y allí pasaba sus días instruyendo a los hermanos más jóvenes y a todo aquel que buscaba luz. Su fama llegó a oídos de un masón joyero, que anhelaba forjar el anillo más perfecto jamás creado: uno que, al mirarlo, diera fuerza en la adversidad, templanza en la prosperidad, y mantuviera el espíritu anclado en la realidad eterna, no en la pasajera.
—¿Qué grabar en él? —le preguntó.
El Masón Kadyr respondió:
—Pon la Escuadra y el Compás, símbolos de nuestra Orden: la primera para medir nuestros actos con rectitud sobre la tierra; el segundo para elevar nuestros pensamientos y circunscribirlos dentro de los límites de la sabiduría divina. Y en el centro, en letras pequeñas pero profundas: ESTO TAMBIÉN PASARÁ.
Así quedó hecho. Esa frase no es resignación, ni indiferencia: es la Ley del Ritmo, que rige todo lo creado. Cuando estás en lo más alto de la rueda, te recuerda que no te aferres, porque nada es eterno aquí abajo. Cuando estás en lo más hondo de la prueba, te asegura que esa oscuridad también se moverá, y volverá a salir el sol. Sufrimos menos y aprendemos más cuando comprendemos que el cambio es la ley de este mundo, y que el autoconocimiento —la gran obra que la Masonería enseña a edificar dentro de cada uno— es la única herramienta para cruzar la rueda sin ser arrastrado por ella.
Lo que el mundo llama paranormal, para nosotros es simplemente despertar a la realidad completa. Los viajes entre dimensiones, el conocimiento del tiempo que no es línea recta, la comunicación entre espíritus que la carne separa pero que la hermandad une para siempre… nada de eso es milagro ni truco: es consecuencia de haber pulido suficiente la propia alma para ver más allá del velo de la materia.
El Eterno Viaje Iniciático no termina nunca, ni siquiera al dejar este plano físico: seguimos avanzando, aprendiendo, despidiéndonos de formas que ya cumplieron su ciclo, comprendiendo siempre que esto también pasará, hasta que ya no haya nada que cambiar, nada que ganar ni perder, nada que viajar… porque nos habremos convertido por fin, pura y simplemente, en LUZ.
Que el Gran Arquitecto del Universo ilumine siempre sus caminos, hermanos Masones y no Masones.
Alcoseri😊😊😊😊😊😊
