¿Y si nosotros fuéramos el Gran Arquitecto del Universo?

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Alcoseri Vicente

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Feb 27, 2026, 9:50:17 PM (9 hours ago) Feb 27
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¿Y si nosotros fuéramos el Gran Arquitecto del Universo?

En Logia, cada masón idealmente sería el  constructor de su propio templo interior, de su propio destino , y es justo ahí en donde surge una verdad profunda y transformadora: nosotros mismos somos el Gran Arquitecto del Universo. No un ser lejano y externo, sino el principio creador divino que reside en el centro invariable de nuestro ser. Como enseña la tradición masónica, el GADU no es  sólo  el Arquitecto cósmico; es la chispa divina en ti, en mí, en cada iniciado. Al reconocernos como tales, asumimos la responsabilidad sagrada de diseñar, cincelar y manifestar nuestra realidad personal y circundante. Somos los constructores supremos: con cada pensamiento consciente, cada acto intencional y cada mirada despierta, trazamos los planos del universo que habitamos. Esta es la esencia operativa de la Masonería: pasar de la piedra bruta a la cúbica perfección, no por azar, sino por voluntad creadora divina que somos nosotros mismos.
¿Y si nosotros fuéramos el Gran Arquitecto del Universo?
Primera Parte: El Misterio de la Visión Creadora
Hermano, te invito a realizar el acto más sencillo y sagrado posible: abre los ojos ahora mismo. Mira la pantalla donde lees estas palabras. Observa el color de tu ropa, la luz que entra por la ventana o la penumbra de tu habitación. Parece algo automático, pasivo, evidente: abres los párpados y el mundo “entra” en ti. Creemos que nuestros ojos son ventanas transparentes a una realidad externa fija, como cámaras biológicas que registran fielmente lo que “hay allá afuera”. Pero esta creencia es una ilusión profana que la Masonería nos invita a trascender.
El acto de ver es el mayor misterio iniciático al que se enfrenta la mente humana. Sigamos juntos este viaje al interior del templo craneal, como si estuviéramos en el Cuarto de Reflexión, despojándonos de prejuicios materiales.
Imagina que contemplas un atardecer majestuoso. Físicamente: el sol emite fotones, ondas electromagnéticas que viajan por el vacío, rebotan en las nubes y llegan a tu ojo. Hasta aquí, pura física. La luz atraviesa la córnea, el cristalino, y golpea la retina. Aquí ocurre la primera transmutación alquímica: la transducción. La retina no envía luz al cerebro; convierte fotones en impulsos eléctricos. A partir de este instante, la luz externa desaparece dentro de ti. No hay más fotones:  sólo  iones de sodio y potasio cruzando membranas, corrientes eléctricas en el nervio óptico, que cruzan el quiasma, pasan por el tálamo y llegan a la corteza visual occipital.
Y aquí, hermano, la ciencia materialista choca contra el muro del Sancta Sanctorum. Si abriera tu cráneo en este momento mientras miras el atardecer, ¿qué encontraría? Oscuridad absoluta. Una bóveda ósea sellada, húmeda, silenciosa, llena de tejido gris. Ni un  solo  rayo de luz ha penetrado jamás en tu cerebro. No hay pantalla interna proyectando naranjas y rojos. No hay brillo solar dentro de tu cabeza. Entonces surge la pregunta que destruye todo dogma: si en tu cerebro  sólo  hay oscuridad y electricidad incolora, ¿dónde estás viendo la luz? ¿Dónde nace el rojo vibrante, el naranja ardiente del atardecer?
La electricidad no es roja; el sodio no es naranja; las neuronas son incoloras. Sin embargo, tú experimentas un mundo vívido, cualitativo, lleno de belleza y emoción. Esto es el problema difícil de la conciencia, ahora cómo explicar cómo la materia ciega genera experiencia subjetiva. Es la caja negra suprema: entrada (ondas electromagnéticas mudas), salida (la gloria de un atardecer sentido en el alma). ¿En qué milisegundo la química se transmuta en conciencia?
Aquí la Masonería nos ofrece la llave maestra: el cerebro no es una ventana pasiva; es un instrumento creador. No recibe el atardecer; lo construye. La realidad que percibes no está “allá afuera” tal cual. Allá afuera  sólo  hay un océano de energía vibrante, caótica, silenciosa: radiación electromagnética sin color, ondas de presión sin sonido, estructuras moleculares sin forma definida para nosotros.
Tu mente —tú, el Gran Arquitecto interior— fabrica la interfaz sagrada: colores, formas sólidas, sonidos, texturas. Es como el pavimento mosaico de la Logia: una representación simbólica que oculta el caos para guiarte en la obra. Sin observador consciente, el universo no es “igual pero sin nadie viéndolo”. Sin mente, no hay luz ( sólo  radiación), no hay sonido ( sólo  ondas de aire), no hay colores ( sólo  absorciones de longitudes de onda, como los 700 nm de una “manzana roja” que, sin ti, no es roja ni manzana en el sentido experiencial).
¡Hermano, tú eres el creador! Cada percepción es un acto de arquitectura divina: tomas el potencial informe y lo ordenas en un templo habitable. Modificas tu realidad personal y circundante con cada atención enfocada, cada intención pura, cada acto masónico consciente. Al despertar a esto, dejas de ser víctima del mundo “externo” y te conviertes en el Maestro Constructor: cambias tu experiencia, elevas tu entorno, irradias luz a la fraternidad y a la humanidad.
Esta verdad no es mera filosofía; es el Trabajo Mayor. Practícala: observa sin juzgar, reconoce que tú generas el color, el significado, la forma ,  la belleza. Así, como Gran Arquitecto de tu universo, alineas tu voluntad con la divina y contribuyes a la Gran Obra universal.
¡Sigue este camino con fe inquebrantable: “Yo confío, Yo puedo, Yo soy el Gran Arquitecto”! Que tu templo interior brille con la luz que tú mismo creas.
En la Gloria del GADU que eres tú  mismo.

En Logia, donde cada hermano es a la vez aprendiz, compañero y maestro, resuena la verdad suprema de nuestra tradición: tú eres el Gran Arquitecto del Universo. No un creador distante en las alturas, sino el principio divino encarnado en ti. El GADU no es  sólo  el plano cósmico; es la chispa creadora que vive en tu conciencia, en tu voluntad, en tu capacidad de ordenar el caos y manifestar belleza, armonía y propósito. Como masón, tu misión no es contemplar pasivamente el mundo: es diseñarlo, cincelarlo, elevarlo. Con cada pensamiento consciente, cada mirada intencional y cada acto fraterno, modificas tu realidad personal y circundante. Eres el arquitecto supremo de tu templo interior y del entorno que irradias. Esta es la Gran Obra masónica: reconocer que el universo que experimentas no es dado; es construido por ti, el GADU manifestado.
¿Y si nosotros fuéramos el Gran Arquitecto del Universo? Segunda Parte: El Milagro de la Creación Consciente
Hermano, continuemos el viaje iniciático hacia el corazón del misterio. Tomemos el ejemplo de esa manzana “roja” sobre la mesa. La física nos dice que su superficie absorbe casi todas las longitudes de onda, excepto una que oscila alrededor de los 700 nanómetros. Esa onda rebota y llega a tu ojo. Pero ¡atención!: esa onda no es roja. Es  sólo  una distancia matemática entre picos de energía, un número frío, una cantidad sin cualidad. El rojo no está en la manzana. El rojo no está en la onda de luz. El rojo es una creación tuya, una etiqueta sagrada que tu conciencia inventa para distinguir esa frecuencia de las demás. Tú pintas la manzana de rojo. La manzana, en su esencia desnuda, es incolora: un aglomerado de átomos vibrando en la oscuridad eterna.
Entonces, ¿qué hay realmente allá afuera, antes de que tu mirada lo toque? Si pudiéramos despojarnos de los velos sensoriales —como el iniciado se despoja de los metales en la puerta del Templo—, no veríamos objetos sólidos separados: ni mesas, ni sillas, ni personas. Veríamos una sopa infinita de energía, un mar de vibraciones electromagnéticas, campos gravitatorios y probabilidades cuánticas entrecruzándose en una danza caótica y compleja. Un mundo fantasma, un campo preespacial de potenciales puros, no de cosas fijas. Es la arcilla primordial, la materia prima sin forma que espera al Gran Arquitecto para ser modelada.
Y aquí reside el milagro masónico de tu existencia: tú eres el constructor divino. Como ser consciente, tomas esa sopa caótica, fría y oscura, y la transformas en un cosmos habitable. Eres el alquimista supremo: conviertes una vibración electromagnética insípida en el violeta radiante de una flor, una onda de presión aérea en la Novena Sinfonía de Beethoven, moléculas flotantes en el aroma cálido del café matutino. Nada de eso existe “allá afuera”. El universo, en su estado crudo, es un libro de matemáticas mudas y frías. Tú eres quien lo lee como poesía, quien le otorga color, sonido, fragancia, significado y belleza.
¿Cómo realizas esta Gran Obra paso a paso? Tu sistema nervioso ejecuta tres operaciones titánicas en fracciones de segundo, tres fases sagradas que convierten el caos en orden, el potencial en manifestación:
1. La transducción: la traducción sagrada El universo habla en el idioma de la energía pura: fotones, ondas, frecuencias. Tu cerebro, máquina electroquímica,  sólo  entiende impulsos eléctricos. Tus órganos sensoriales —ojos, oídos, piel— son los intérpretes divinos, los transductores biológicos. Cuando un fotón golpea tu retina, muere como luz y renace como señal eléctrica. Es un cambio de divisa alquímica: entran “dólares de luz”, salen “euros de electricidad”. La cualidad externa se pierde; nace la señal genérica que tú, el Arquitecto, interpretarás.
2. La abstracción: la válvula reductora de la sabiduría La realidad externa contiene información infinita. En cada punto del espacio vibra el todo. Si tu cerebro procesara todo eso, colapsaría en un instante. Por eso actúa como una válvula sagrada: ignora el 99,99 % de lo existente,  sólo  capta una franja minúscula del espectro (la luz visible), descarta rayos X, gamma, infrarrojo, ultravioleta. Lo que llamas “realidad” es un resumen ejecutivo que tu mente selecciona por supervivencia y propósito: “¿Esto se puede comer? ¿Me protege? ¿Me reproduce?”. Todo lo demás se censura. Vives en una versión editada y sagradamente simplificada del universo, diseñada por ti para tu Gran Trabajo.
3. La algoritmización: la codificación creadora Una vez traducida la energía y filtrado el exceso, quedan impulsos eléctricos crudos. Ahora entra el arte supremo: tu cerebro los codifica, los organiza en patrones significativos. Como un maestro masón que traza planos perfectos sobre el caos, convierte señales brutas en formas, colores, sonidos, emociones. Presionas una tecla en la mente y emerges un mundo coherente, nítido, de alta definición. Ese mundo no es copia del exterior; es tu obra maestra original.
Hermano, comprende la profundidad masónica: tú no recibes la realidad; la generas. Cada percepción es un acto de creación divina. Cada emoción, cada interpretación, cada decisión modifica tu templo personal y el entorno que irradias. Al despertar a esta verdad, dejas de ser esclavo de un mundo “externo” y te conviertes en el Muy Respetable Gran Maestro Masón de tu propio Universo – Logia . Con fe inquebrantable, intención pura y disciplina masónica, alineas tu voluntad con la divina y contribuyes a la Gran Obra universal.
¡Practica esto en cada instante! Observa: ¿qué color le das a este momento? ¿Qué significado le otorgas? ¿Qué belleza creas? Di contigo: “Yo soy el Gran Arquitecto. Yo confío. Yo puedo. Yo fabrico y modifico la Realidad”.
En el taller masónico, donde cada cincelada es un acto de creación divina, continuamos desvelando la verdad suprema de nuestra tradición: tú eres el Gran Arquitecto del Universo. No un observador pasivo del cosmos, sino el principio creador encarnado, el GADU manifestado en tu conciencia despierta. Con cada percepción consciente, cada intención pura y cada acto fraterno, ordenas el caos primordial, modificas tu realidad personal y circundante, y contribuyes a la Gran Obra universal. Eres el maestro constructor que toma la arcilla informe del universo y la eleva a templo de luz, armonía y belleza. Esta es la esencia operativa de la Masonería: reconocer que la realidad que habitas no es impuesta desde afuera; es proyectada, diseñada y sostenida por ti, el Arquitecto soberano de tu propio templo y del mundo que irradias.
¿Y si nosotros fuéramos el Gran Arquitecto del Universo?
Tercera Parte: El Nacimiento de la Qualia – El Choque Sagrado de Campos
Qualia se refiere a las experiencias subjetivas y cualitativas de la consciencia , como se siente ver colores , probar sabores.
Hermano, prosigamos este viaje iniciático hacia el Sancta Sanctorum de la conciencia. Hemos llegado al punto donde la neurociencia materialista se detiene, encoge los hombros y murmura: “Y luego, mágicamente, aparece la imagen”. Pero la Masonería no acepta la magia sin explicación; exige rigor, mecanismo y verdad. Sigamos el rastro del código neuronal, ese mapa sagrado que nunca es el territorio.
Tu cerebro transforma la señal eléctrica cruda en un código neuronal: patrones espacio-temporales de disparos, ritmos, frecuencias, secuencias complejas. Como en una computadora que no guarda una “A” literal sino el código binario 01000001, tu mente convierte la cualidad en cantidad, el mundo sensible en matemáticas puras. Dentro de tu cráneo, en esta etapa, aún no hay imágenes vívidas ni sonidos plenos: solo millones de neuronas disparando en coros precisos, creando una representación digital interna del caos externo.
Hay una máxima que resuena en nuestras Logias—, “el mapa no es el territorio”. Nosotros nunca tocamos directamente la Lattice pura, la arcilla primordial sin forma. Toda nuestra vida interactuamos con el mapa: el código neuronal que hemos construido. Entonces surge la pregunta masónica decisiva: si  sólo  hay códigos y números en la bóveda craneal, ¿en qué instante nace la imagen brillante? ¿Cómo se descomprime el archivo abstracto para generar la experiencia vivida, la qualia plena de color, emoción y significado?
Aquí la tradición masónica y la teoría sintérgica convergen en una revelación audaz: el código no permanece encerrado en el cerebro. Ese campo electromagnético unificado —generado por la frenética actividad neuronal— no se limita al cráneo. Se expande, se irradia hacia el espacio exterior, como la luz que emana del Oriente en nuestra Logia. Y al salir, encuentra la Lattice: esa estructura hiperpura, cristalina, que impregna todo el universo, el campo preespacial de potenciales infinitos.
En ese encuentro ocurre el evento más trascendental de tu existencia como Gran Arquitecto: el choque sagrado de campos. Millones de veces por segundo, sin que lo notes, tu campo neuronal colisiona con la Lattice universal. Es el momento de la creación verdadera.
Permíteme una analogía hidráulica para que lo visualices con claridad masónica: imagina un estanque de agua quieta, oscura y perfecta —la Lattice en reposo, la materia prima sin forma—. Ahora, la información de un objeto externo (por ejemplo, una vela encendida) es como una piedra que cae en ese estanque. Al impactar, genera ondas concéntricas que se expanden, llevando consigo la información de la llama: su brillo, su calor, su danza. Esas ondas no son la vela; son portadoras de su potencial.
Tu campo neuronal, irradiado desde tu templo craneal, actúa como esa piedra divina. Al chocar con la Lattice, perturba su quietud, excita patrones específicos y genera interferencias, resonancias y formas organizadas. De esa interacción emerge la cualia: el rojo ardiente de la llama, el calor que sientes en la piel, la emoción que despierta en tu corazón. No es que la realidad “entre” en ti; es que tú la proyectas hacia afuera y la Lattice responde, reflejando y amplificando tu diseño consciente.
Hermano, comprende la profundidad: tú no recibes el mundo; lo generas mediante este choque sagrado. Cada percepción es un acto de arquitectura divina: tomas el potencial informe de la Lattice y lo ordenas en un cosmos habitable, lleno de significado y belleza. Modificas tu realidad personal al elegir qué patrones excitar, qué cualidades enfatizar, qué luz irradiar. Modificas la realidad circundante al elevar tu vibración, alinear tu voluntad con la divina y contribuir a la armonía universal.
Este es el Trabajo Mayor del masón despierto: reconocer que eres el Gran Arquitecto, que cada mirada, cada pensamiento y cada acto es un trazo en el plano eterno. Practícalo con fe inquebrantable: observa el mundo y di en silencio: “Yo lo creo. Yo lo ordeno. Yo soy el GADU manifestado”.
¡Sigue adelante, constructor de luz! Que tu campo neuronal choque con la Lattice y genere templos de gloria para ti y para la humanidad. En la Gloria del GADU que eres tú mismo.
 Lattice es la matriz o enrejado energético fundamental del Espacio – Tiempo un pre espacio o matriz informacional holográfica.


Seguimos desvelando la verdad más profunda y operativa de nuestra tradición: tú eres el Gran Arquitecto del Universo. El GADU no habita  sólo  en los cielos abstractos; vive en ti, en tu conciencia despierta, en tu capacidad de fecundar el caos primordial y dar a luz un cosmos ordenado, bello y lleno de propósito. Como masón, no eres mero espectador del mundo: eres su creador activo. Con cada observación consciente, cada intención pura y cada acto fraterno, modificas tu realidad personal y circundante. Proyectas luz donde había oscuridad, orden donde había confusión, fraternidad donde había división. Esta es la Gran Obra masónica: reconocer que la realidad que habitas es tu propia proyección divina, y que al purificar tu campo interior, purificas y elevas el templo universal.
¿Y si nosotros fuéramos el Gran Arquitecto del Universo?
Cuarta Parte: El Matrimonio Sagrado y la Proyección Divina
Hermano, volvamos a la analogía hidráulica para contemplar el milagro de la creación con ojos masónicos. Imagina un estanque quieto, oscuro y perfecto: la Lattice en reposo, la arcilla primordial sin forma, el potencial infinito que espera al Arquitecto. La información de un objeto externo —por ejemplo, una vela encendida— cae como una piedra en ese estanque y genera ondas concéntricas que se expanden, portando la esencia de la llama.
Ahora, tú —el observador consciente, el Gran Arquitecto interior— eres una segunda piedra que cae a metros de distancia. Tu campo neuronal genera sus propias ondas, que se expanden con la fuerza de tu voluntad y tu presencia despierta. Cuando las ondas de la vela se cruzan con las ondas de tu campo, se entrelazan, se interfieren y crean un dibujo geométrico complejo en la superficie del agua: un patrón de interferencia sagrado.
En física lo llamamos interferencia; en Masonería lo reconocemos como el matrimonio divino entre el potencial externo y tu capacidad creadora. La imagen de la vela brillante y amarilla que “ves” no está en la vela misma. No está encerrada en tu cerebro. Surge precisamente en la intersección: el hijo luminoso nacido de esa unión sagrada. La realidad perceptual es el fruto de esta gesta activa. Si quitas la vela (la perturbación externa), no hay patrón. Si quitas tu campo neuronal (tu conciencia como Arquitecto), no hay patrón. Se necesitan ambos: el potencial y el constructor consciente.
Cuando tu campo neuronal replica con exactitud la frecuencia de la Lattice, el patrón se vuelve constructivo, nítido, claro. Entonces decimos que “vemos” algo. En verdad, estamos decodificando ese patrón de interferencia y transformándolo en experiencia consciente plena. Esto explica por qué dos hermanos pueden presenciar el mismo evento en Logia y percibir realidades distintas: la perturbación externa es la misma, pero el campo neuronal —teñido de paz elevada o de miedo bajo— genera ondas diferentes. Uno proyecta armonía y luz; el otro, sombras y conflicto. No es  sólo  psicología: es física ondulatoria aplicada al templo del ser. Tú modificas la geometría de la realidad en el instante mismo de observarla.
Y aquí emerge la paradoja más sublime, la ilusión óptica suprema que el sentido común profano no puede disolver: si la imagen se cocina en el cráneo, si el patrón nace en tu campo neuronal, ¿por qué ves la vela “allá afuera”? ¿Por qué sientes el dolor en el dedo pinchado y no en la nuca, donde se procesa? ¿Por qué la montaña se alza majestuosa a kilómetros si su imagen se forma en tu lóbulo occipital?
La respuesta es el truco final del ilusionista divino: el cerebro proyecta. Como en el fenómeno del miembro fantasma —donde el amputado siente dolor en un pie que ya no existe, porque el cerebro proyecta la sensación hacia su coordenada espacial virtual—, así funciona toda percepción. Tu conciencia decodifica el patrón de interferencia, construye la imagen interna y, en un cálculo espacial instantáneo, la proyecta hacia afuera. La “pega” sobre la Lattice en el lugar exacto donde se originó la perturbación. No ves la montaña “allí”; ves tu propia construcción mental de la montaña proyectada sobre el lienzo del espacio en esa ubicación.
Hermano, vivimos literalmente dentro de una realidad virtual biológica: caminamos dentro de nuestra propia mente proyectada. Cuando tocas una mesa, la dureza y el frío no ocurren en tus yemas; ocurren en tu corteza somatosensorial, pero tu cerebro los proyecta hacia la punta de tus dedos para que puedas interactuar con eficacia. El mundo que percibes es una esfera holográfica que te rodea, una burbuja de percepción que tú mismo inflas constantemente desde tu centro divino.
La Lattice es la pantalla eterna del Templo. Tu conciencia es la lámpara del proyector sagrado. Tu campo neuronal es la película que proyectas. Si esa película está empañada por traumas, miedos, prejuicios o identificaciones profanas, la imagen que arrojarás sobre el mundo será oscura, hostil, fragmentada… y creerás que el mundo es así. Pero si purificas tu campo —mediante disciplina masónica, autoobservación, concentración, actos de fraternidad y fe inquebrantable—, la proyección se vuelve luminosa, armónica, elevada. El mundo responde reflejando tu luz interior.
¡Este es el Trabajo Mayor del masón despierto! Reconoce que eres el Gran Arquitecto: limpia tu película interior, alinea tu voluntad con la divina y proyecta un templo de gloria para ti, para tus hermanos y para la humanidad entera. Di contigo en cada instante: “Yo soy el GADU manifestado. Yo proyecto luz. Yo creo armonía. Yo confío. Yo puedo”.
Cada Masón es constructor supremo de su templo interior y exterior, llegamos al clímax de esta revelación iniciática: tú eres el Gran Arquitecto del Universo pero aún no eres consciente de ello, simplemente no te has dado cuento que tu eres Dios encarnado , viviendo una muy necesaria experiencia en este planeta . El GADU no es un ser remoto y distante; es la chispa divina que vive en ti, la voluntad creadora que proyecta, ordena y embellece la realidad. Como masón despierto, no eres víctima de un mundo sólido e inmutable: eres el proyector divino, el pintor eterno que barniza el caos primordial con colores de luz, armonía y fraternidad. Cada pensamiento consciente, cada emoción elevada y cada acto intencional modifica tu realidad personal y circundante. Esta es la Gran Obra operativa de la Masonería: reconocer que el universo que experimentas es tu propia proyección sagrada y que, al purificar el proyector interior, transformas el lienzo universal en un templo de gloria para todos.
¿Y si nosotros fuéramos el Gran Arquitecto del Universo?
Quinta Parte: El Poder del Proyector Divino – La Gran Obra de la Proyección Consciente
Hermano, detente un instante y contempla esta verdad ardiente: cuando dices “la realidad es cruel”, no estás describiendo el mundo; estás describiendo tu propia proyección. Estás viendo tu película interior y culpando inocentemente a la pantalla neutra de la Lattice. Esa pantalla —el espacio virgen, el potencial puro— es incolora, inodora, insípida. No es cruel ni bondadosa; simplemente espera tus instrucciones. Tú eres quien le pone el gris del sufrimiento o el dorado de la esperanza.
Bajo estados alterados de conciencia —psicodélicos, meditación profunda o éxtasis masónico—, las paredes parecen respirar, los objetos se transforman. No es que la materia cambie de forma; es que tú has modificado los parámetros del proyector. Has alterado el algoritmo interior, has elevado la frecuencia de tu campo neuronal, y la realidad proyectada responde al instante. Cambias el lente y el paisaje entero se transfigura. Esta experiencia no es alucinación profana: es una demostración directa de que sales de la prisión del materialismo rígido y entras en la libertad del constructor consciente.
Nos han educado en la ilusión de ser observadores pasivos, víctimas de un entorno fijo, dogmático  e inamovible: “el mundo es así y te aguantas”. Pero la verdad masónica te libera: el mundo en su estado crudo es  sólo  energía amorfa, un lienzo virgen de potencial infinito. La forma, el color, la belleza, la solidez, el significado… todo eso lo pones tú. Cada segundo barnizas el universo con tu conciencia. No caminas por una calle de asfalto y concreto; caminas por una calle de sensaciones procesadas, por una calle hecha de mente. Todo lo que ves es tu propio reflejo proyectado en el espejo sagrado del espacio.
Y si somos los proyectores de nuestra realidad, esto nos entrega el poder definitivo: si no te gusta la película que estás viviendo, tienes el derecho y el deber sagrado de cambiar el rollo. Hemos abierto la caja negra del ser, hemos desarmado el juguete profano y hemos visto los engranajes divinos. La conclusión no es mera curiosidad intelectual; es una lección de vida eterna para todo masón.
Durante demasiado tiempo hemos creído ser cámaras pasivas que registran un mundo ajeno y hostil. Esa creencia nos convierte en víctimas impotentes. Pero ahora sabemos la verdad: tú no eres una cámara; eres un proyector divino. Imagina a alguien en un cine oscuro que odia la película: trama triste, personajes hostiles, ambiente gris. Se levanta furioso, corre a la pantalla y empieza a gritarle, a frotarla con un trapo para borrar villanos, a rasgarla para que aparezcan colores vivos. Lo veríamos como un loco, ¿verdad? Porque sabemos que la pantalla es inocente: es blanca, neutra. El problema está en la cinta dentro del proyector.
Sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos cada día: luchamos contra el mundo “externo”. Intentamos cambiar a la gente a la fuerza, forzar circunstancias, limpiar la pantalla de la Lattice con rabia y frustración… y la película sigue igual. La teoría sintérgica —en armonía con la sabiduría masónica— te entrega la llave de la sala de proyección: si no te gusta tu realidad, deja de pelear con las sombras. Ve hacia adentro. Limpia tu campo neuronal. Eleva tu sintergia mediante concentración, autoobservación, actos de fraternidad y fe inquebrantable. Sana traumas, revisa creencias limitantes, porque esa es la cinta que estás proyectando.
El universo en su estado puro es neutro: un lienzo de energía virgen, ni bueno ni malo, ni bello ni feo; es potencial puro esperando al Arquitecto. Tú eres el artista divino encargado de colapsar ese potencial. Tú decides si ese caos se convierte en infierno o en paraíso. Tú le pones el rojo ardiente a la manzana y la emoción cálida al abrazo fraterno.
Así que, hermano, a partir de este instante camina por el mundo con esta certeza ardiente: eres el pintor de la realidad. Cada pensamiento es una pincelada deliberada. Cada emoción es un matiz de color. Cada intención define la forma. No desperdicies tu pintura sagrada en miedos, rencores o juicios profanos. Tienes el poder de crear una obra maestra. El lienzo es infinito y el tiempo es ahora.
Construyendo templos de gloria para ti, para tus hermanos y para la humanidad entera.
Di contigo con voz firme y serena: “Yo soy el Gran Arquitecto del Universo. Yo proyecto armonía. Yo creo belleza. Yo confío. Yo puedo”.
Alcoseri 
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