Las Piedras del Templo

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Alcoseri Vicente

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Las Piedras del Templo
En Logia, sabemos que el Templo no es sólo  de piedra, sino que el templo es el propio ser humano. El Gran Arquitecto del Universo no creó al ser humano como una obra concluida, sino como una obra inacabada, con el derecho y el deber de labrarse a sí mismo. Esta es la clave de todo misterio masónico: la transformación interior, el ascenso gradual y el desvelamiento de la Luz oculta en cada uno.
El Ser Humano, el Mayor De Los Prodigios
Desde la sabiduría antigua, se reconoce al ser humano como el mayor de los prodigios, pero su grandeza no reside sólo  en ser vínculo entre mundos o intérprete de la naturaleza, sino en su condición única: el G.A.D.U., tras ordenar el universo como un templo sagrado, no le asignó forma fija ni lugar definido.
Lo colocó en el centro de la Creación y le otorgó libertad absoluta: no está limitado por leyes inmutables, sino que es artífice de sí mismo. Como enseñó Eliphas Lévi, el hombre posee el poder de transformar su realidad interior: puede descender hacia la condición de los seres inferiores o elevarse hasta la esfera de los ángeles y lo divino, según cultive sus facultades. Papus añade que esta libertad es el sello de nuestra divinidad latente; Blavatsky confirma que somos microcosmos que reflejan el macrocosmos, dueños de su propio destino. Dion Fortune nos recuerda que nuestra esencia es fluida, como el agua, capaz de adaptarse o elevarse; incluso Aleister Crowley señala que el hombre es una estrella libre, creador de su propio camino.
Esta naturaleza transformable —simbolizada por Prometeo, Proteo o el Fuego Sagrado— implica un deber: usar con rectitud su libre albedrío, aspirar a la sabiduría y la virtud, y realizar su verdadera dignidad, tal como dice la enseñanza: “son dioses, hijos todos del Altísimo”.
Debemos dejar de lado lo material y lo pasajero para aspirar a la esfera divina, imitando la condición de los Serafines (amor), Querubines (sabiduría) y Tronos (equilibrio).
Pero la senda no es recta ni visible a los ojos profanos: es la Escalera de Jacob, que en masonería se representa como escalera de caracol, tal como aparece en el Templo de Salomón. Gira en espiral, sube despacio, oculta la cima hasta que se avanza, y representa el ciclo de purificación: para subir, primero hay que profundizar en uno mismo. Sólo  quien limpia “pies y manos del alma” —instintos y pasiones— puede recorrerla sin profanarla.
El ascenso sigue tres grados iniciáticos eternos:
• Moral: ordena los impulsos, pule la “piedra bruta”.
• Dialéctica: ilumina la razón, da forma y equilibrio.
• Teología: abre la contemplación de la verdad suprema.
Es pasar de la multiplicidad confusa a la unidad armónica. El fin último es la paz interior perfecta, donde el alma se convierte en morada digna de lo divino.
Moisés y las tradiciones antiguas enseñan este itinerario: primero purificar, luego instruir, finalmente iluminar. Coincide con los preceptos universales: “nada con exceso”, “conócete a ti mismo”, “todo en su medida”.
Como explicaba Eliphas Lévi, la iniciación es “muerte y resurrección”: el viejo hombre muere para renacer en luz. Papus precisa que no hay saltos: cada grado asienta el anterior. Blavatsky compara este proceso con la alquimia: convertir el plomo de nuestras pasiones en el oro de la sabiduría. Dion Fortune lo ve como despertar la consciencia superior; Crowley lo resume: “haz tu voluntad, pero que sea la voluntad de tu esencia divina”.
Sólo  tras esta preparación, el masón accede a los misterios profundos, se libera de lo material y se une a la Luz Eterna.
El Cuento de la Piedra
Había una vez una pequeña piedra en el suelo del bosque. Se sentía pesada, oscura y sin forma. Un día escuchó una voz que le dijo: “No eres piedra imperfecta  para siempre; puedes labrarte”.
Empezó a frotarse contra las rocas duras: dolía, pero quitó sus asperezas. Luego aprendió a reflejar la luz del sol. Después subió, paso a paso, una escalera de caracol entre los árboles. Al llegar arriba, ya no era la misma: se había convertido en una pieza perfecta para el gran Templo del Cielo.
Moraleja: Lo que somos depende del trabajo que hagamos sobre nosotros mismos.
El secreto no está en el cielo ni en la tierra, sino en ti mismo: eres el arquitecto, la herramienta y la obra. Subir o descender depende sólo  de tu voluntad. Cuando termines de labrarte, descubrirás que el Templo que buscabas construir… siempre has sido tú.
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