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La Masonería Guardiana del Tiempo Sagrado El tiempo masónico sagrado es intemporal, y esta verdad es el secreto mejor guardado, el fundamento invisible que sostiene toda la obra de la Orden. Para quien no ha cruzado el umbral del Templo, el tiempo es sólo una línea que corre, se escapa y se agota: minutos, horas, años que se desvanecen como arena entre los dedos. Pero para el iniciado, la realidad es muy distinta: aquí el tiempo se detiene, se curva, se vuelve circular y eterno. Aquí no envejecemos, sino que despertamos. La iniciación masónica no es un fin, sino un verdadero nacimiento espiritual: es el momento preciso en que rompemos definitivamente con el mundo profano, con todo lo que es pasajero, superficial o limitado. Es cortar con la "ciencia inferior", esa que sólo ve la forma y no la esencia, lo exterior y no lo profundo. El rito, las palabras, los símbolos y los gestos son la llave que abre la puerta hacia nuestro interior, hacia ese reino que por naturaleza permanece cerrado e invisible para quien no ha sido iniciado. Esta verdad es tan absoluta que aparece en cada liturgia, en cada apertura de trabajos. Desde su cátedra en el Oriente —el lugar de la luz y el origen—, el Maestro de la Logia hace siempre las mismas preguntas, que resuenan como ecos de tiempos inmemoriales: —¿A qué hora los masones operativos constructores de las grandes catedrales comenzaban sus faenas?—Al primer canto del gallo —se responde.—¿Y qué hora es esa?—Maestro: Justo al Alba. No es una hora en el reloj, ni una fecha en el calendario. Es el instante mismo en que la luz vence a la oscuridad, el momento en que todo comienza de nuevo, siempre igual, siempre nuevo, eterno. El francmasón que ha vivido la iniciación —esa pequeña muerte simbólica y su gloriosa resurrección— habita ahora en dos realidades temporales. Una es la de todos: el tiempo terrestre, que corre, que nos mide, que nos limita. La otra, la más importante, la nuestra: el tiempo sagrado, que es un eterno presente. No es algo que pasó ni algo que vendrá: es, siempre está aquí, siempre accesible, siempre recuperable. Es circular, regresa una y otra vez, y mediante los Misterios, nosotros entramos en él, lo hacemos nuestro y lo vivimos plenamente. Como enseñó el filósofo y pensador P.D. Ouspensky —quien profundizó en estas verdades eternas—: "Nosotros vivimos sólo en una línea de tiempo, pero la realidad tiene tres dimensiones temporales. El tiempo no es sólo lo que pasa, sino también lo que regresa y lo que permanece. La eternidad no está lejos, después de la muerte; está justo aquí, oculta dentro de cada instante, esperando que aprendamos a verla". Para él, el ser humano común vive "dormido", arrastrado por el tiempo que pasa; el iniciado, en cambio, aprende a detener el tiempo, a expandirlo, a habitar la eternidad ya aquí, ya ahora. Y eso es exactamente lo que hacemos en la Logia: convertirnos en dueños del tiempo, dejar de ser sus esclavos. Basta escuchar la frase: "Se abre la Logia, comienzan los Trabajos". En ese instante, se traza una línea invisible: quien está fuera sigue viviendo en el tiempo que se agota; quien entra, entra en lo intemporal. Aquí las cosas no ocurren al azar ni arrastradas por el destino: nosotros hacemos que sucedan a voluntad, con conciencia y con propósito. Poco a poco, el masón se adueña de ese espacio-tiempo único, donde nada se pierde, todo se transforma y todo permanece. Muchas personas, sin saber por qué, han sentido ese instante mágico: cuando todo se detuvo, todo fue perfecto, todo pareció eterno, y dijeron: "Ojalá este momento nunca termine". Lo sintieron, pero no supieron retenerlo. El francmasón aprende a evocarlo, a llamarlo y a vivirlo cuando quiera, porque sabe que ese "instante eterno" es su verdadera patria, y que los ritos son las herramientas precisas para entrar en él cada vez que lo desee. Esta verdad coincide perfectamente con lo que se revela en mismo Libro de La Ley en el Apocalipsis, capítulo 10, versículo 6: "Y juró por el que vive por los siglos de los siglos... que el tiempo no será más; sino que en los días de la voz del séptimo ángel... el Secreto de Dios se consumará". Aquí se anuncia claramente el fin del tiempo profano, ese tiempo que nos esclaviza, nos mide y nos limita. Cuando el Secreto se revele, cuando el hombre despierte totalmente, ya no habrá días ni horas: todo será Eternidad. Y la Masonería, desde hace siglos, ha sido y sigue siendo la gran guardiana de este secreto: la que mantiene viva la llama, la que enseña el camino, la que nos recuerda que vivimos entre dos mundos, y que nuestra verdadera naturaleza no está sujeta al paso de las horas, sino que pertenece a lo que nunca cambia ni termina. Ouspensky lo expresó con una claridad que llega directo al corazón: "El tiempo es la mayor ilusión en la que vivimos. Creemos que somos cuerpos que pasan, pero somos espíritus que permanecen. La Masonería es la escuela donde aprendemos a despertar de ese sueño, a romper la ilusión, y a recuperar nuestra herencia: vivir conscientemente en la Eternidad, aquí y ahora". Por eso somos constructores: no sólo levantamos templos de piedra, sino que construimos en nosotros mismos ese espacio sagrado, ese tiempo sin fin, donde el Gran Arquitecto del Universo habita con nosotros. Y cada vez que abrimos trabajos, cada vez que pronunciamos las palabras antiguas, estamos repitiendo el acto sagrado de decir: ¡El tiempo profano ha terminado! ¡Ha comenzado la Eternidad! ¿No es este el motivo profundo por el que tu Alma Inmortal te hizo ingresar en la Orden? ¿No sentiste, al cruzar el umbral, que algo en ti se detuvo, que algo se hizo eterno? Eso es lo que guardamos, lo que transmitimos, lo que somos: guardianes del Tiempo Sagrado, arquitectos de la Eternidad. Alcoseri