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¿Cuándo Se Revelará El Secreto Masónico? Osamn era un hombre joven que llevaba en el alma una sed insaciable de conocimiento. Durante años recorrió tierras lejanas, consultó libros antiguos, conversó con sabios y exploró corrientes de pensamiento de todo tipo, siempre en busca de esa verdad profunda y oculta que, según se decía, sólo poseían unos pocos. Pero por mucho que se esforzara, nunca encontraba lo que buscaba: respuestas que le parecían superficiales, enseñanzas que no llegaban al fondo de las cosas, promesas que nunca se cumplían. Hasta que un día, el destino lo llevó hasta la puerta de una logia masónica. Con el corazón acelerado y la esperanza renacida, entró pensando que allí, por fin, hallaría lo que había estado persiguiendo toda su vida. Se puso de rodillas en silencio y suplicó al Gran Arquitecto del Universo que le revelara el gran secreto que, según se decía, guardaba la orden desde tiempos inmemoriales. Pero lo que encontró en el interior de la Masonería lo decepcionó profundamente: le pareció que todo eran ceremonias sin sentido, palabras repetidas mecánicamente, símbolos que no entendía y actividades que le resultaban triviales. Lo único que le hizo permanecer allí un poco más fue una frase que escuchó una y otra vez: "El secreto masónico se revelará en los años venideros". —¿Pero cuándo serán esos años venideros? —preguntó un día, impaciente y algo irritado. Un masón de edad avanzada, con la mirada serena y la voz pausada, le respondió con firmeza:—Seguro, hermano. El gran secreto se revelará en los años venideros. Entonces, en la mente de Osamn nació una idea que le pareció brillante: "Si tengo que esperar años, ¿por qué no ir directamente a ellos?". Sabía que existía alguien que había construido una máquina capaz de viajar a través del tiempo, y sin perder tiempo, fue a buscarlo. Tras convencerlo de que le permitiera usarla, se subió al aparato y programó el recorrido: trescientos años hacia el futuro. Según sus cálculos, ese tiempo sería más que suficiente para que todo lo que estaba oculto hubiera salido a la luz. Cuando llegó al futuro, el mundo había cambiado mucho: las calles, las costumbres, las formas de vivir... pero Osamn no se detuvo a observar nada de eso. Corrió hacia donde sabía que se encontraba la logia masónica de esa época, y al entrar, su sorpresa fue inmensa. Allí, frente a él, había otro hermano aprendiz, joven e inquieto, que hacía exactamente la misma pregunta que él había hecho tres siglos antes:—¿Cuándo se nos revelará por fin el gran secreto masónico? Y recibió la misma respuesta que él había escuchado:—Se revelará en los años venideros. Osamn sintió que la ira le subía por el pecho. Se acercó al grupo y exclamó con voz fuerte:—¡Qué gran mentira es esta! Yo he viajado trescientos años hacia el futuro, pensando que aquí encontraría la verdad que busco desde hace tanto tiempo. Pero veo que todo sigue igual. ¡El secreto sigue sin revelarse a nadie! Entonces, uno de los masones más antiguos de esa época se le acercó, le puso una mano en el hombro y le dijo con dulzura, pero con autoridad:—Hermano, lo que no has entendido es que no se trata de esperar a que pasen los años, ni de viajar hacia el futuro para que alguien te entregue el secreto en una bandeja. Cuando te dijeron que se revelaría en los años venideros, no se referían al paso del tiempo en el mundo exterior. Se referían a los años de crecimiento interior, de trabajo paciente, de esfuerzo constante por pulir la piedra bruta de tu propio carácter, de reflexión profunda y de entrega sincera a los ideales que profesamos. El secreto no es algo que se encuentra fuera de ti, sino algo que se va revelando poco a poco dentro de tu corazón, según vas mereciéndolo, según vas siendo capaz de comprenderlo y vivirlo. No es un conocimiento que se da, sino una verdad que se descubre, y sólo puede ser descubierta por quien ha recorrido el camino, paso a paso, año tras año. Esta historia ilustra a la perfección lo que el famoso masón y escritor Giacomo Casanova afirmaba hace siglos: "Hay un secreto masónico, pero es tan inviolable que nunca se ha dicho ni confiado a nadie. Quienes se quedan en la superficie creen que el secreto está en las palabras, en las señales o en alcanzar el grado más alto. Se equivocan. El que llega a conocerlo, lo hace sólo gracias a la reflexión, al razonamiento, a la comparación y al estudio profundo. Y aunque lo descubra, no se lo dirá ni a su mejor amigo, porque sabe que si ese amigo no lo ha encontrado por sí mismo, no podría entenderlo ni aprovecharlo". Para Casanova, el secreto masónico no era algo que se escondía por maldad o por deseo de poder, sino algo que se protegía porque sólo tiene sentido para quien ha preparado su mente y su espíritu para recibirlo. Él mismo afirmaba: "Todo lo que se hace en una logia debe ser secreto; pero quienes han revelado lo que ocurre en su interior no han podido revelar lo esencial, porque no lo conocían. Y si lo hubieran conocido, jamás habrían desvelado el misterio de nuestras ceremonias". Esta idea ha sido confirmada por muchos estudiosos y hermanos a lo largo de la historia. Como señalan varios historiadores de la masonería, el secreto nunca ha sido un fin en sí mismo, sino un medio para proteger una enseñanza que requiere preparación y madurez. No se trata de ocultar algo malo, sino de preservar algo valioso: una verdad que sólo puede ser comprendida por quien está dispuesto a transformarse a sí mismo en el proceso de buscarla. Ideas para llegar al corazón de todos los masones Para transmitir este mensaje de manera que resuene en todos los hermanos, sin importar dónde estén ni cuánto tiempo lleven en la orden, creo que debemos centrarnos en estos puntos: El secreto es una invitación, no una prohibición Debemos explicar que no guardamos secretos para excluir a nadie, sino para invitar a todos a emprender un camino. El hecho de que ciertas cosas no se revelen a cualquiera no significa que sean peligrosas o malas, sino que requieren de quien las recibe una disposición especial, al igual que no se le enseña matemáticas avanzadas a quien aún no sabe sumar. El secreto nos dice: "Si quieres saber, tienes que caminar". El secreto es un reflejo de nuestra propia naturaleza Cada uno de nosotros tiene cosas que sólo compartimos con quienes nos conocen bien: pensamientos, sentimientos, sueños que no contamos a todo el mundo. Esto no es hipocresía, sino respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás. Lo mismo ocurre con la masonería: su secreto es la expresión colectiva de esa misma verdad. No podemos revelar lo que somos en lo más profundo a quien no ha aprendido a mirar con el corazón. El secreto es una herencia viva Lo que guardamos no es sólo nuestro: pertenece a todos los hermanos que nos antecedieron, que sufrieron persecuciones, que arriesgaron su libertad o incluso su vida para que esta enseñanza no se perdiera. Guardar el secreto es honrar su memoria y cumplir con la responsabilidad que ellos nos entregaron. Es decirles: "Lo que ustedes cuidaron con tanto esmero, nosotros lo seguiremos cuidando con el mismo amor". El secreto del sendero Había una vez un joven llamado Julián, que se consideraba a sí mismo un buscador incansable de la verdad. Había leído todos los libros que pudo encontrar, había escuchado a todos los maestros que se cruzaron en su camino y había viajado por muchos lugares, pero siempre sentía que algo le faltaba. Un día, oyó hablar de un anciano que vivía en lo más profundo de las montañas, al que llamaban "el guardián del secreto", y se decía que poseía conocimientos que nadie más tenía. Sin dudarlo, Julián emprendió el viaje. Caminó durante días, atravesó bosques espesos, cruzó ríos caudalosos y subió por senderos empinados, hasta que finalmente llegó a una pequeña cueva donde vivía el anciano. Lo encontró sentado sobre una piedra, mirando hacia el horizonte con una calma que le impresionó profundamente. —Maestro —dijo Julián, sin perder tiempo—, he venido desde muy lejos para pedirte que me reveles el gran secreto que guardas. He buscado toda mi vida y no he encontrado nada que me satisfaga. Sé que tú tienes la respuesta que busco. El anciano lo miró con ojos profundos y sonrió levemente.—¿Estás seguro de que quieres saberlo? —preguntó con voz suave, pero que resonó en todo el cuerpo del joven.—¡Claro que sí! —respondió Julián con entusiasmo—. He recorrido miles de kilómetros, he sufrido fatiga y hambre, he puesto en peligro mi vida sólo por llegar hasta aquí. Nada me detendrá. El anciano se levantó y le indicó que lo siguiera. Lo llevó hasta el borde de un precipicio, desde donde se veía un sendero estrecho que bajaba hacia un valle profundo, cubierto de niebla.—Mira ese camino —le dijo—. Ese es el camino que lleva al lugar donde se encuentra el secreto. Pero hay una condición: sólo se puede recorrer de noche, sin luz alguna, y sin que nadie te guíe. Tienes que hacerlo sólo, guiado sólo por tu propia intuición y tu propia fuerza. Si logras llegar al final, te revelaré lo que buscas. Julián no dudó ni un instante. Esa misma noche, cuando la oscuridad cubrió todo el paisaje, comenzó a caminar. Al principio se sentía valiente y seguro, pero pronto se dio cuenta de lo difícil que era. No veía nada a su alrededor, no sabía dónde poner los pies, escuchaba ruidos que le causaban miedo y sentía que en cualquier momento podía caer al vacío. Varias veces quiso volver atrás, pero el deseo de conocer el secreto era más fuerte que su miedo. Caminó durante horas, tropezando, deteniéndose, avanzando poco a poco, hasta que por fin vio una pequeña luz al final del camino. Corrió hacia ella y encontró al anciano, que lo esperaba sentado en una piedra. —Lo logré, maestro —dijo Julián, jadeante y con el cuerpo cansado, pero con el corazón lleno de orgullo—. He recorrido todo el camino. Ahora, dime cuál es el secreto. El anciano lo miró fijamente y le preguntó:—¿Qué sentiste mientras caminabas por la oscuridad?—Sentí miedo —respondió el joven—, sentí duda, sentí que me perdía, sentí ganas de abandonar. Pero también sentí fuerza, sentí determinación, sentí que había algo dentro de mí que me empujaba a seguir adelante.—¿Y qué aprendiste? —insistió el anciano.—Aprendí a confiar en mí mismo —dijo Julián—, aprendí a escuchar mi propia voz, aprendí que puedo superar mis miedos y mis debilidades. Aprendí que el camino es más importante que el destino. Entonces, el anciano sonrió y le dijo:—Eso es el secreto, hijo mío. El secreto no es algo que se encuentra al final del camino, sino lo que se aprende y lo que se llega a ser al recorrerlo. Si te hubiera dicho lo que sé antes de que caminaras por la oscuridad, no habrías entendido nada, ni te habría servido de nada. El secreto sólo se revela a quien se ha transformado a sí mismo en el proceso de buscarlo. Y una vez que lo has descubierto, te das cuenta de que siempre estuvo dentro de ti, esperando el momento adecuado para salir a la luz. Julián comprendió entonces por qué el secreto se guardaba con tanto cuidado: no para ocultarlo, sino para que sólo quien estuviera dispuesto a pagar el precio del esfuerzo, la paciencia y la transformación pudiera conocerlo y, sobre todo, vivirlo. Alcoseri