El despojo de los metales en Masonería 

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Orlando Palacios

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3:05 PM (8 hours ago) 3:05 PM
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 El despojo de los metales en Masonería 

Sic Transit Gloria Mundi:
 
Cuando en el umbral de la iniciación se alza la voz y se pronuncia «Así pasa la gloria del mundo», no es sólo una lección sobre lo efímero: es el primer golpe de cincel sobre la piedra tosca de nuestro ser. Es el aviso sagrado de que debemos despojarnos de cuanto pesa, de cuanto brilla sin calor, de cuanto nos ata al polvo —para hacer espacio a lo que verdaderamente permanece.

«Sic transit gloria mundi» significa literalmente: «Así pasa la gloria del mundo».
 
Es un recordatorio de que la fama, el poder, las riquezas y los profanos honores terrenales son temporales y se desvanecen, mientras que sólo lo espiritual y lo eterno permanece. En la iniciación masónica nos enseña a no confundir el brillo pasajero de lo material con la Luz verdadera del Gran Arquitecto del Universo 
 
La Masónica llama que quema lo superfluo
 
Esta frase «Así pasa la gloria del mundo» ha resonado en exaltaciones a la maestría Masónica y en rituales Masónicos durante siglos: al quemar un puñado de lino ante el Masón, se recuerda que el poder terrenal se desvanece como esa ceniza. Pero, así en nuestra Logia, su sentido es más profundo, cabalístico: la llama que ilumina el Templo no viene a destruirnos, sino a separar lo esencial de lo accidentalmente pasajero.
 
Como nos enseña la Biblia ,el Libro de la Ley: «No es bueno buscar la propia gloria», pues quien se llena de honores mundanos se vacía de la Luz que viene del Único. El error antiguo no fue el deseo de saber, sino el querer poseer el saber para engrandecerse uno mismo: confundir el brillo del metal con el resplandor del Espíritu. Regresar al Edén no es volver a un lugar geográfico, sino recuperar la pureza original: dejar de adorar lo que pasa, para reconocer lo que siempre es.
 
El Masónico despojo de los metales, no es solamente durante el proceso de la iniciación, sino de una constante lucha metafísica del masón en contra de lo profundamente mundano
 
En el plano metafísico masónico, esos "metales" que llevamos dentro —el orgullo, la ambición desmedida, la sed de reconocimiento, el apego a riquezas o títulos— son impurezas que nublan nuestra visión. La iniciación comienza en la oscuridad precisamente para que aprendamos a no confiar en lo que vemos a simple vista. Cuando se retira la venda y se nos revela la Gran Luz, escuchamos nuevamente «Sic transit gloria mundi»: toda esa gloria que creíamos importante, todo ese brillo que nos distraía, se desvanece ante la sola presencia del Gran Arquitecto del universo.
 
No se trata de despreciar el mundo, sino de no confundir el andamio con el Templo. El oro y la plata sirven para la obra, pero no son la obra. El verdadero Templo no se levanta con piedras externas, sino en el silencio de la consciencia: es allí donde debemos fundir y purificar nuestros metales, hasta que sólo quede la sustancia capaz de reflejar la Luz sin deformarla.
 
La zarza ardiente nos muestra el camino: el fuego divino no consume lo que es puro, sólo disuelve lo que es pasajero. Las luces del mundo se apagan como velas; la Luz que buscamos es la que sostiene todo lo creado. Por eso ni el guerrero más valiente ni el sabio más erudito alcanzan la meta si siguen cargando con su propia gloria: sólo quien se vacía, puede ser llenado.
 
La luz que ya habita siempre en nosotros
 
Nadie puede dar lo que no lleva dentro. La Luz Masónica no es algo que se nos entrega desde fuera: es algo que se despierta, que se limpia, que se libera de capas y capas de olvido. Por eso el trabajo del Aprendiz no es inventar nada nuevo, sino quitar lo sobrante: despojarse de cuanto le impide reconocer que siempre fue hijo de la Luz.
 
La Cadena de Unión que formamos en Logia no es un mero gesto: es la confirmación de que el plano metafísico no es un sueño lejano, sino una realidad que construimos juntos. Cuando trabajamos sobre nosotros mismos, ayudamos a nuestros hermanos a hacer lo mismo; y al purificar nuestro propio ser, hacemos que el Templo espiritual se alce un poco más alto. No podemos obligar a nadie a ver, pero sí podemos mantener encendida la llama para que quien busca, encuentre el camino.
 

 
La gloria del mundo pasa, sí —como el relámpago que ilumina y desaparece. Pero la Gloria del Gran Arquitecto del Universo cruza el tiempo sin cambiar, y mora en el centro de todo ser que se atreve a despojarse de sí mismo. Ser masón es aprender a preferir la luz que no se ve pero que permanece, sobre todo brillo que se acaba. Es saber que el verdadero triunfo no está en ser reconocido, sino en ser digno de la Luz que nos fue confiada, para que un día, al fin, no digamos más «así pasa», sino «así permanece la Luz en nosotros».
 
Alcoseri 




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