LA CÁBALA JUDÍA Y SU HUELLA EN LA MASONERÍA  

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Orlando Palacios

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Jul 29, 2026, 6:42:51 PM (6 days ago) Jul 29
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LA CÁBALA JUDÍA Y SU HUELLA EN LA MASONERÍA
 
Quienes transitamos el camino iniciático sabemos que nuestra Orden nunca ha sido ajena a las grandes fuentes de sabiduría antigua. Desde los primeros tiempos, los masones hemos reconocido en la Cábala hebrea una hermana en la búsqueda: un lenguaje simbólico que habla de la manifestación de lo Uno en lo múltiple, del descenso de la Luz a la materia y del ascenso del hombre hacia su perfección. Muchos de nuestros símbolos, nuestros pilares y nuestra misma visión del Templo esconden ecos de esta antiquísima tradición que ha recorrido milenios sin perder su misterio.
 
 
 
EL ORIGEN DE ESTA SABIDURÍA
 
Existen leyendas que cuentan que estos conocimientos fueron traídos a la tierra por seres celestiales; la tradición hebrea, en cambio, sostiene que cuando Moisés recibió las Tablas en el Sinaí, el Gran Arquitecto le transmitió también una enseñanza oral, reservada solo a quienes estuvieran preparados para comprenderla. Hay quienes ven en ella el saber que se usó en la desaparecida Atlántida; otros rastrean sus raíces en Egipto y Babilonia, donde se vinculó con la observación de los astros.
 
Lo que la historia confirma es que, aunque sus orígenes se pierden en la noche de los tiempos, la primera recopilación formal que conservamos se produjo al comenzar la era cristiana. Sus textos fundamentales son el Sefer Yetzirah o Libro de la Formación, el Zohar o Libro de los Esplendores, el Sefer Sephiroth y el Ash Metzareph. Se divide en tres grandes ramas: la especulativa o dogmática, la práctica u operativa —que incluye astrología y símbolos— y la literal, que descifra el sentido oculto de las letras y los números.
 
Su fin último no es otro que descubrir el significado secreto de las Escrituras, comprender cómo surgió el universo y acercarse al conocimiento de la Divinidad. Y aquí ya vemos la mano que nos une con la Masonería: la convicción de que lo que está escrito es solo el velo, y que la verdad hay que desentrañarla trabajando sobre uno mismo.
 
 
 
LAS DIEZ ESFERAS Y EL ÁRBOL DE LA VIDA
 
Su eje central es el Árbol de la Vida, formado por diez esferas o Sefirot y veintidós caminos que las unen. No son meros números, sino las formas mismas en que lo Infinito se hace presente. Antes de toda manifestación solo existe el Ein Sof: lo Sin Fin, la Luz sin nombre que nadie puede abarcar. De allí surgen las tres primeras esferas:
 
- Kether (La Corona): el punto de partida, la voluntad que todo lo contiene.
- Chokmah (Sabiduría): el modelo, el plan eterno.
- Binah (Entendimiento): la capacidad de dar forma a lo que está concebido.
 
A esta tríada le siguen las esferas que construyen el mundo:
 
- Chesed (Misericordia): la fuerza que da y sostiene.
- Geburah (Severidad): la medida, el límite y la justicia.
- Tiphareth (Belleza): el equilibrio que armoniza todo.
- Netzach (Victoria): la fuerza del sentimiento y la perseverancia.
- Hod (Esplendor): la claridad de la razón y la palabra.
- Yesod (Fundamento): el puente que une lo alto con lo bajo.
- Malkuth (Reino): el mundo material, la culminación de la obra.
 
Y en el centro, entre ellas, está Daath: el conocimiento que no se cuenta, porque es la unión misma de todas las cosas.
 
La Cábala reconoce cuatro planos de existencia: el de los arquetipos puros, el de las inteligencias superiores, el de los seres celestiales y finalmente el mundo de la materia. Nos enseña también que todo está conectado: lo que ocurre arriba resuena abajo, y el hombre es un universo en pequeño —el microcosmos que refleja al macrocosmos.
 
Aquí ya se nos revela la coincidencia con nuestra enseñanza: cuando decimos que debemos construir el Templo en nuestro interior, no hablamos de piedra, sino de alinear nuestras propias fuerzas con ese orden perfecto. Nuestros tres pilares —Sabiduría, Fuerza y Belleza— son el eco directo de esa tríada suprema. Y los pilares que Hiram colocó en el pórtico del Templo, Jaquín y Booz, no son otra cosa que la misma dualidad: Misericordia y Severidad, que solo cobran sentido cuando se equilibran en el centro.
 
 
 
CORRESPONDENCIAS Y LENGUAJE OCULTO
 
La Cábala nos enseña a leer más allá de lo obvio. Con la Gematría descubrimos que cada letra tiene su valor numérico, y que palabras que suman lo mismo guardan un vínculo secreto: así, por ejemplo, la palabra hebrea Shin —que significa alma— equivale a Ruach Elohim —espíritu de Dios—, pues ambas suman trescientos. Con el Notariqón vemos que cada letra puede ser el comienzo de otra palabra, y que una sola frase puede contener toda una revelación.
 
Esta misma lógica recorre el Tarot, donde cada arcano se corresponde con una esfera y un camino del Árbol, y con la numerología que nos habla del ritmo que ordena la vida. Incluso el famoso esquema 3-6-9 que recorre toda la tradición viene de aquí: el tres como lo espiritual, el seis como lo anímico y el nueve como lo material, recordándonos siempre el camino de retorno: desde Malkuth hasta Kether.
 
 
 
LA CÁBALA Y LA MASONERÍA
 
A lo largo de los siglos, hermanos de todas las logias han bebido de esta fuente. En la Edad Media, cuando la sabiduría antigua parecía perderse, fueron los cabalistas quienes la preservaron, y muchos de ellos pasaron a formar parte de nuestras filas, llevando consigo estas enseñanzas. No es casualidad que tantos grados y tantos rituales repitan su estructura: el descenso a la oscuridad, la prueba, el hallazgo de la Luz y la reconstrucción del orden perdido.
 
Como bien se ha señalado en estudios como el de Fraternal Review, lo que nos une es la convicción de que la verdad no se recibe como un regalo cerrado, sino que se conquista trabajando. La palabra misma Cábala significa «recibir», pero no recibir pasivamente, sino ganarse el saber con la propia obra. Y esa es, en esencia, la promesa iniciática: que el hombre no se salva por creencias ajenas, sino por construir en sí mismo el equilibrio, la justicia y la misericordia que vemos en el Árbol de la Vida.
 
La leyenda cuenta que Set, hijo de Adán, depositó en la boca de su padre tres granos que se convirtieron en ese árbol que Moisés encontró luego como zarza ardiente y que sirvió de vara para los prodigios. Para nosotros, esos tres granos siguen siendo los mismos: la Sabiduría para concebir, la Fuerza para sostener y la Belleza para adornar. Y el árbol sigue creciendo, en cada uno de nosotros, mientras aprendamos a recorrer sus caminos, subiendo desde la tierra hasta la Fuente de toda Luz.
 
 Alcoseri


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