La Logia Masónica el Edén Alegorizado
Restaurado el cabalístico Árbol de la Vida en el Corazón del Templo Masónico
Cada vez que cerramos las puertas de la Logia, estamos diciendo adiós al mundo profano exterior y traspasando umbrales que nos devuelven, alegóricamente, al jardín del Edén. Así como el Edén fue morada de luz y armonía antes de que el hombre conociera los contrarios, la Logia Masónica se concibe como un espacio sagrado apartado del bullicio profano: un intento deliberado por reconstruir, aquí y ahora, aquel paraíso primordial donde la unidad aún no se había roto en dualidad. En su centro se alza, invisible y real a la vez, el Árbol de la Vida: eje del mundo, médula espiritual del iniciado, símbolo vivo de la presencia del Gran Arquitecto del Universo entre sus hijos. Y es que, en verdad, el recinto masónico no es sino el Edén recreado.
En el libro del Génesis se nos dice que Yavé-Elohim hizo brotar de la tierra todo árbol hermoso a la vista y bueno para el alimento, y que en medio del jardín estaba el Árbol de la Vida, y también el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Sólo del segundo se prohibió comer: “el día que de él comas, morirás”. Pero los textos sagrados apenas insinúan su ubicación, como si su misterio debiera ser descubierto no con los ojos, sino con el espíritu.
Al consumar el acto prohibido, la Divinidad pronunció palabras que han resonado a lo largo de milenios: “He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal. No sea que extienda su mano, tome también del Árbol de la Vida, coma y viva para siempre”. Hay aquí algo profundo: el hombre no se convirtió en un dios aparte, sino en semejante a la pluralidad divina que el nombre Elohim revela —uno y múltiple a la vez—, capaz de crear, de discernir y de elegir.
Sabemos hoy que las antiguas escritas guardan capas tras capas de sentido. Isaac Newton consagró gran parte de su vida al descifrar códigos ocultos en los textos sagrados del Libro de la Ley; los cabalistas, mucho antes que él, recorrieron el mismo sendero. Y nosotros, masones, hacemos lo propio: leemos el Libro de la Ley con la mirada dispuesta a descubrir lo que permanece velado. En este empeño, las enseñanzas Masónicas nos ofrecen una luz valiosa: que el sentido más hondo no está siempre en la letra, sino en lo que ella despierta dentro de nosotros.
Volvamos entonces al jardín. El relato del Génesis fue escrito hace milenios en Caldea y recogido luego por el pueblo judío; lleva en sí una sabiduría que apenas comenzamos a comprender. Surge entonces una pregunta que nos lleva más allá de la letra: ¿realmente la fruta causaba la muerte, o acaso la prohibición era en sí misma una prueba? Se ha dicho que las semillas de la manzana contienen trazas de cianuro, y que solo por comerlas en gran cantidad se corre riesgo; quizá la muerte no provenía del fruto, sino de haber perdido la inmortalidad que se gozaba en comunión con el Árbol de la Vida. Al temer que el hombre alcanzara también esa plenitud, se le expulsó del jardín.
Hay otra interpretación, más luminosa y masónica por esencia: que los frutos del Árbol eran luz y conocimiento vivo. Quien de ellos comiera, no necesitaría escuelas ni universidades; sabría por dentro, como sabe el árbol cómo dar sombra y fruto. ¿No es esto lo que anhela todo iniciado? Que la verdad se nos revele, no como algo aprendido, sino como algo que siempre hemos llevado en el alma.
Sobre qué árbol fue, la tradición ha vacilado: unos dicen manzano, otros higuera, granado u otro árbol de la región. Pero la manzana como símbolo es tardío en el Medio Oriente; el granado, en cambio, es originario de esas tierras antiguas —la zona del actual Irán e Irak, donde se cree estuvo el paraíso— y su estructura, llena de granos unidos en una sola unidad, es imagen perfecta de la diversidad dentro de la Unidad. Las manzanas doradas que aparecen en leyendas y en la alquimia tampoco se refieren a un fruto material: son símbolo de la incorruptibilidad, de aquello que no conoce decadencia y que todo iniciado debe conquistar.
El relato bíblico nos dice que el hombre eligió el conocimiento antes que la vida eterna, cuando ambas cosas estaban a su alcance. La duda —la capacidad de cuestionar— es el origen de todo saber. Desde entonces, el ser humano vive en el mundo de los contrarios: luz y oscuridad, frío y calor, bien y mal. Solo podemos conocer algo por contraste; si todo fuera luz pura, no distinguiríamos nada. Por eso se dice que Dios separó la luz de las tinieblas, y en ese mundo de pares opuestos nació también el Árbol de la Ciencia: la Diada, el número dos, base de toda manifestación.
La Logia el regreso al Edén
Aquí se revela la alegoría central de nuestra Logia: así como en el Edén hubo dos árboles, en nuestro Templo se alzan dos columnas: J y B. Una representa el Árbol de la Vida —la unidad, la esencia divina en nosotros—; la otra, el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal —el mundo de los contrarios, el conocimiento que se conquista a través de la experiencia y la prueba. Sobre sus capiteles brillan las granadas, símbolo de la unidad hecha diversidad, de la sabiduría que se revela poco a poco. El piso de damero blanco y negro nos recuerda que vivimos siempre entre luz y sombra, y que nuestra tarea es aprender a equilibrarlos.
Algunos sabios han visto en el Edén también imagen del vientre materno: estancia de paz y unidad, de donde somos expulsados al nacer hacia el mundo de los contrastes. La iniciación masónica es, en este sentido, el regreso consciente al seno de la Gran Madre: la Logia, para volver a acercarnos al Árbol y comer de sus frutos luminosos, pero ya con ojos abiertos y voluntad forjada. Porque en el origen no había ni bueno ni malo: esa distinción nació con la conciencia humana. La prohibición, comprendemos hoy, fue también una prueba: para que el conocimiento no se reciba como regalo, sino como conquista.
En la antigua cosmogonía sumeria, se cuenta que fue un dios, no un hombre, quien comió del árbol sagrado y debió sufrir consecuencias. El relato nos enseña algo profundo: comer del fruto es participar de la naturaleza misma del Árbol. Su poder está en la vida que transmite, en la capacidad de regeneración que guarda en sí.
Por eso, al final de todo, comprendemos que no hay una única respuesta definitiva. Los mitos —al igual que nuestra Logia— no existen para darnos una conclusión cerrada, sino para hacernos crecer en la búsqueda. La verdad absoluta no se encierra en dogma alguno; quienes más han sabido, también han errado. La Masonería es como un mar donde mil olas se cruzan y se separan: cada hermano navega según su luz, y eso es precisamente hacer Masonería.
¿Árbol de la vida o árbol de Acacia? Una pregunta a analizar
Enseñanzas orientales y masónicas coinciden: el Yin y el Yang, la Escuadra y el Compás, las dos columnas... todo lo que existe lleva en sí su contrario. El sabio aprende a armonizar ambos, reconociendo que provienen de una misma Fuente. La Logia es, por tanto, el Edén reconstruido: aquel espacio sagrado donde, entre las dos columnas y bajo la luz de los Tres Grandes Luceros, aprendemos a reconocer que el Árbol de la Vida no está afuera, sino en lo más profundo de nosotros mismos. Y que al aprender a unir los contrarios, nos preparamos para volver a él, y comer, y vivir por siempre.
Alcoseri
