El Béisbol un Invento Masónico
Un Templo Sagrado sobre el Diamante
Hermanos masones y no masones, hay quienes dicen que el llamado “Rey de los Deportes” no es un simple juego de pelota: es todo un ritual iniciático al aire libre, un templo trazado en el pasto que lleva la marca inconfundible de nuestra Orden Masónica. Muchos señalan que su verdadero origen se vincula al masón Abner Doubleday, figura que también pisó tierras mexicanas en la Batalla de Monterrey (1846), combatió en San Jerónimo y el Fortín de la Federación, y dejó huella en la historia militar y espiritual de su tiempo. Aunque la tradición sitúa el primer esquema del diamante en Cooperstown, Nueva York, en 1839 —reconocido por la Comisión Mills de 1907—, lo cierto es que cada línea, cada número y cada movimiento en el campo responden a una lógica simbólica que trasciende el entretenimiento.
El Campo : Emblema Viviente de la Masonería
Lo primero que salta a la vista es el diamante: forma cuadrada que se abre hacia el círculo de los jardines, uniendo la rectitud terrenal con la perfección celestial —como la Escuadra y el Compás que llevamos en el corazón. El plato de home es la piedra bruta: el punto donde iniciamos el camino, el lugar desde donde cada uno debe luchar para avanzar, pulirse y llegar a la luz. Las tres bases representan los tres grados simbólicos: el aprendiz que da sus primeros pasos, el compañero que profundiza su saber, el maestro que consolida su obra.
Los números no son casualidad
- El 3, número sagrado para nosotros, aparece en los tres strikes, los tres outs, las tres partes del uniforme, los tres elementos de protección del receptor. Es el triángulo del equilibrio: nacimiento, vida y muerte; libertad, igualdad, fraternidad.
- El 4 marca las direcciones, los lados del cuadrado, las cuatro bolas que abren el camino.
- El 5 se refleja en la forma pentagonal del plato, en los días de descanso del lanzador, en la cuenta máxima de tres bolas y dos strikes.
- El 7, número de perfección hermética, en la estructura de la pelota, en la distancia del montículo al plato, en los partidos necesarios para ganar la Serie Mundial.
- El 9, cifra de plenitud y culminación, en los jugadores defensivos, las entradas reglamentarias, los 27 outs que completan el ciclo —donde 2+7 vuelve a darnos el nueve, el “Gran Número” que encierra todo lo posible.
Incluso las señas entre lanzador y receptor, los códigos desde la caja de entrenadores, son un lenguaje silencioso, igual que el nuestro: solo quien conoce el camino entiende el mensaje.
El Masón Doubleday, además de militar destacado —estuvo en el primer disparo de Fort Sumter, luchó en Gettysburg y mandó tropas en Texas y México—, fue presidente de la Sociedad Teosófica estadounidense, hombre interesado en los misterios y el orden universal. Su tumba en Arlington lleva un obelisco: señal de que su obra apuntaba hacia lo alto, más allá de la tierra.
Por eso no es extraño que el béisbol se parezca tanto a nuestra búsqueda: aquí no se gana solo con fuerza, sino con estrategia, paciencia, superación de errores y trabajo conjunto. Cada partido es una alegoría de la vida iniciática: salir de la piedra bruta, vencer obstáculos, recorrer el camino con rectitud y regresar al hogar transformado.
El béisbol, hermanos masones y no masones, no es sólo un deporte: es una lección de orden y evolución escrita en símbolos. Nos enseña que todos partimos del mismo punto, que debemos respetar las reglas que nos unen, que cada avance requiere esfuerzo y que la verdadera victoria no es solo cruzar la meta, sino cómo nos hemos convertido al recorrer el camino. Así como en la Logia, en el diamante aprendemos que lo que parece simple a simple vista guarda profundidades infinitas: todo lo que vemos es reflejo de lo que llevamos dentro.
Alcoseri