Por el Sendero Masónico de las Pruebas

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Alcoseri Vicente

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Dec 30, 2025, 10:51:21 PM (2 days ago) 12/30/25
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Por el Sendero Masónico de las Pruebas
En el corazón de la tradición masónica, el sendero probatorio iniciático representa un viaje simbólico hacia la luz interior, un proceso de transformación profunda que el candidato emprende bajo la guía de la Fraternidad. Este camino, marcado por las ceremonias rituales, no es mero formalismo, sino una alegoría esotérica de la muerte del profano y el renacimiento del iniciado, donde la Masonería actúa como guardiana de antiguos misterios, transmitiendo sabiduría perenne a través de símbolos eternos.
El trayecto ceremonial de la iniciación masónica había sido precedido por un descanso meditativo, una estancia contemplativa ubicada alegóricamente en las profundidades de la tierra: este elemento, el menos móvil y dinámico de los cuatro, simboliza la estabilidad primordial, la matriz de donde todo surge.
¡Qué extrañeza, entonces!
El «viaje del aire», aunque el más vital y «natural» para nosotros —pues con él emitimos nuestro primer grito al nacer—, resulta el más turbulento y ruidoso, con un camino accidentado en comparación con los demás. No es poca paradoja que las dificultades disminuyan a medida que los elementos se tornan menos «naturales» y más formidables para el no iniciado: el agua nos afecta peor que a los peces, y el fuego provoca repulsión instintiva al quemarnos. Así, se nos revela una verdad profunda del viaje esotérico: partir, emprender la aventura espiritual cuyo destino y culminación son imprevisibles, es lo más arduo. Como bien expresa Martin Heidegger: «El camino del pensar es un sendero que guía serenamente el paso a través de la amplitud, recogiendo lo que tiene su ser en torno a él». En la Masonería, este sendero probatorio nos invita a hollar caminos de bosque (Holzwege), donde el ser se desvela en su autenticidad, lejos de la cotidianidad profana.
Las perturbaciones en el camino del aire, siniestro y contrario al sentido dextrógiro de los movimientos posteriores en la logia (como los del agua y el fuego), enseñan sobre el mundo que abandonamos: la apasionada esclavitud de las pasiones terrenas, de la que nadie escapa. Los santos lo sabían: San Agustín, antes de su conversión, o ermitaños como San Antonio, torturados por alucinaciones eróticas en el desierto. ¡Qué paz cuando cesa el clamor! Pronto, en días o semanas, ¡qué transformación en el carácter! Sostenido por la poderosa fuerza de la Fraternidad Masónica, el iniciado afronta con serenidad las ráfagas habituales o las tormentas violentas de la vida.
En cuanto al viaje por el agua, recordemos las palabras de Victor Hugo en Los trabajadores del mar: «La navegación es educación. El mar es la escuela sólida. El viajero Ulises trabaja más que el guerrero Aquiles. El mar templa al hombre; el soldado es sólo hierro, el marinero es acero». La aventura marítima forja a los emprendedores, pero el agua actúa como institutriz de la sensualidad y educadora de la sensibilidad. El «cuarto húmedo» permite recrearse tras los encuentros, cultivando afinidades fraternales. De los cuatro elementos, el agua se asocia más al Deseo en su amplia gama, desde lo sexual hasta la sed del alma.
Sigmund Freud, al explorar el inconsciente, nos ilumina: «La mente es como un iceberg, flota con una séptima parte de su volumen sobre el agua», recordándonos que las profundidades acuosas esconden lo reprimido, y «el objetivo de toda vida es la muerte», sugiriendo una pulsión hacia la disolución que precede al renacimiento. El agua significa feminidad y maternidad: su presencia en la cámara de reflexión evoca lo uterino, o quizá el cántaro alivia la gran sed de la muerte en mitologías antiguas. En el Evangelio de Juan, Jesús dice a Nicodemo: «Nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu», aludiendo a la conjunción de materia y espíritu, a un nuevo nacimiento mediante disolución purificadora —un bautismo que implica muerte iniciática para acceder a una nueva vida.
El diluvio cósmico conlleva el mismo significado: aguas que transportan el Arca de Noé, como la barca de Caronte en la Laguna Estigia o las barcazas funerarias egipcias. Gaston Bachelard intuye que el ataúd es «el primer barco»: la muerte no es el último viaje, sino el primero. El héroe del mar es héroe de la muerte; Moisés, salvado de las aguas, se convierte en ser milagroso.
En el sendero masónico esotérico, como masón reflexiono: este viaje del agua nos endurece para labrar la piedra bruta, enfrentando peligros femeninos como Ulises (Circe, Calipso, Sirenas). Revela aspectos femeninos de nosotros mismos, bajo la influencia lunar. El ánimus conquista su ánima; el agua, maternal, coincide con el Inconsciente como matriz de la conciencia. La herramienta del Segundo Vigilante indica el flujo vertical hacia las profundidades: debemos cavar nuestro pozo, superar el miedo a los abismos e introspeccionarnos para hallar nuestras fuentes primordiales. La herramienta principal del Segundo Vigilante en Masonería es la Plomada, que simboliza la rectitud, la atracción hacia lo alto y la justicia, guiando al masón en su perfeccionamiento vertical, mientras que el Primer Vigilante usa el Nivel (horizontalidad) y juntos equilibran las enseñanzas para los aprendices, ayudándoles a construir su templo interior con sabiduría y moralidad.
En la tradición masónica, estos senderos probatorios —tierra, aire, agua, fuego— constituyen pruebas iniciáticas que purifican el alma, alineando al candidato con los misterios eternos de la Fraternidad.
Cuento iniciático “Las Pruebas del Aspirante”
Érase un aspirante que, vendados los ojos, fue conducido a la cámara de reflexión, en las profundidades de la tierra, para meditar sobre su vanidad profana. Allí, enfrentó la quietud inmóvil del elemento primordial.
Luego, el viaje del aire: vientos turbulentos lo azotaron, evocando pasiones mundanas, gritos de nacimiento y tormentas de la vida cotidiana. Tropezó, cayó, y se levantó de nuevo,  pero aprendió que partir es lo más difícil.
En el agua, sumergido en olas emocionales, sintió la disolución: miedos maternales, deseos reprimidos lo envolvieron como un vientre oscuro. Casi ahogado en sus abismos inconscientes, halló purificación y renacimiento, emergiendo templado como acero.
Finalmente, el fuego lo probó con su ardor: quemó impurezas, revelando la luz interior.
Al superar las cuatro pruebas, guiado por la Fraternidad, el aspirante se despojó de lo viejo y nació a la luz masónica, labrando su piedra con sabiduría eterna.
Siguiente tema la prueba del fuego, la veremos en la próxima publicación  
 Alcoseri 
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