Subiendo la masónica escalera de caracol

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Alcoseri Vicente

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Jun 18, 2026, 1:56:54 AM (14 days ago) Jun 18
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Subiendo la masónica escalera de caracol

La entrada edificio material de aquella Logia Masónica yacía sumida en una oscuridad muy densa, casi tangible, como si las sombras mismas custodiaran los secretos que allí se guardaban, y la verdad me era difícil respirar. Me acerqué despacio hasta la puerta, y sólo  un tenue resplandor se filtraba a través del ojo de la cerradura, una luz que no parecía provenir de ninguna fuente terrenal, sino más bien como un suspiro de conocimiento antiguo que esperaba ser

 

 

descubierto. Sentí una atracción irresistible por mirar a través de ese pequeño orificio: era una puerta de madera maciza, desgastada por el paso de los siglos, sin duda una construcción centenaria, testigo silencioso de más de doscientos años de trabajos, ceremonias y revelaciones que se habían desarrollado sin interrupción entre sus muros. Pero, en el instante mismo en que iba a acercar la mirada, la puerta se abrió de par en par, sin que yo hubiera tocado ni llamado de la forma acostumbrada; se movió por sí sola, impulsada por una fuerza invisible, una presencia que no se veía pero se sentía en cada latido, como si el propio espíritu de la Logia me concediera el acceso.

Al cruzar el dintel, atravesé un pasillo largo y estrecho, cuyas paredes parecían resonar con ecos de palabras dichas hace generaciones. Cada paso que daba me llevaba más lejos del mundo exterior, hacia lo que los antiguos llamaban “los pasos perdidos”, ese espacio intermedio donde lo material se desvanece y lo espiritual empieza a revelarse.

No pasó más de un minuto cuando llegué ante la entrada del Templo Interior, el corazón sagrado de la Logia. La puerta estaba entreabierta, como una invitación silenciosa. En su interior, todo estaba envuelto en penumbras; apenas podía distinguir el suelo ajedrezado, ese símbolo eterno de las dualidades de la existencia —la luz y la oscuridad, el bien y el mal, el conocimiento y la ignorancia— que debía recorrer para llegar hasta el centro de la estancia. Allí se alzaba, imponente y misteriosa, una escalera de caracol, construida no sólo  de piedra o madera, sino también de significados ocultos y grados de sabiduría. Empecé a subirla escalón a escalón, y ocurrió algo maravilloso: conforme ponía el pie en cada peldaño, una luz suave y dorada se iba extendiendo por todo el recinto, disipando las sombras, como si mi propio avance fuera lo que despertaba la verdad oculta en ese lugar.

Apenas había subido cuatro escalones, cuando una voz femenina, profunda y cargada de una tristeza antigua, resonó desde lo alto. Levanté la vista y la vi: estaba sentada en los peldaños superiores, envuelta en un manto oscuro que le cubría todo el cuerpo, como si fuera parte de las sombras mismas. Al sentir mis pasos acercándose, despertó de un letargo que parecía haber durado siglos, y lo hizo sólo  para expresar su dolor. Sus palabras fueron breves, pero penetrantes, dichas con un suspiro que parecía salir de lo más profundo del alma: —“Oh, mi Señor, yo lloro por mi esposo fallecido”.

Al principio no supe cómo responder. Comprendí entonces que se trataba de la Viuda, símbolo eterno de la pérdida, de la memoria y de la sabiduría que queda cuando se va quien porta el conocimiento. De pronto, extendió su mano pálida y fina hacia mí, como buscando un lazo que se había roto hacía mucho tiempo. Me apresuré a subir dos o tres escalones más para alcanzarla, y en el momento en que mis dedos tocaron los suyos, su expresión cambió por completo, y me dijo con voz llena de ternura y reconocimiento: —“Hijo mío, has regresado”.

Se incorporó lentamente, se acercó hasta mí y me dio un ósculo en la frente, un gesto que traía consigo la fuerza de todas las generaciones pasadas, y añadió: —“Qué bueno es que hayas vuelto, hijo. Al verte, todo mi dolor se ha desvanecido por completo”.

Entonces me tomó de la mano, con una suavidad que a la vez me daba fuerza, y me invitó a seguir subiendo. Ella iba delante, guiándome, y cada paso que dábamos juntos se sentía como un avance hacia algo más grande, más vasto. En un momento, le pregunté: —¿Hasta dónde llega esta escalera? —Y ella me respondió con una sonrisa que guardaba todos los secretos del universo: —Llega hasta más allá del Cielo.

Sus palabras despertaron en mí una infinidad de preguntas que resonaron en mi mente como ecos en una cámara vacía: ¿Qué hay más allá del Cielo? ¿Es el Absoluto, esa realidad sin forma ni límite que todo lo abarca? ¿Es la Nada, ese vacío lleno de todo lo que existe en potencia? ¿O es Dios mismo, en su plenitud infinita, sin velos ni misterios ocultos?

Mientras escribo estas líneas, sigo subiendo, escalón tras escalón, siempre de la mano de mi Madre, la Virgen Viuda, guardiana de los misterios y portadora de la luz que no se apaga. Pero hay algo más que descubro en este camino: no estoy sólo . A medida que asciendo, veo a muchos otros que se me unen, todos caminando con el mismo propósito, todos avanzando hacia la misma meta.

Alcanzar la propia esencia, llegar a ser nuestro Ser en toda su plenitud, es el fin último de todo masón. Y esta escalada no termina con el final de la vida física, pues la muerte es sólo  un umbral más, un escalón que se cruza para seguir ascendiendo, sin fin, hasta que se logre la unión total con la verdad y la luz eternas.

 

Alcoseri 

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