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Mi Encuentro con un ser de las Sombras En los finales de los años 70, en el corazón de Monterrey, México —una ciudad que ya entonces bullía con leyendas urbanas de lugares y casas embrujadas como la infame Casa de los Tubos, donde se dice que almas atormentadas susurran maldiciones a través de sus pasillos abandonados, o la Casa de Aramberri, escenario de un brutal asesinato que dejó ecos de gritos eternos, y últimamente la curva de la Pastora — y fue en aquel entonces que , un grupo de nosotros, jóvenes apasionados por el misterio y lo oculto, recibimos una invitación críptica. No nos dieron detalles; sólo nos citaron en una vieja casona en el Centro Histórico, un barrio donde las sombras de los cerros cercanos parecen devorar la luz al atardecer. Yo, con apenas 17 años, era el más joven del círculo, atraído por el velo del esoterismo como una polilla a la llama. No cuestioné el porqué de esa casa en particular —sabía que hacerlo irritaría a mi guía espiritual, un hombre chaman muy estricto de 75 años que me enseñaba no sólo a escribir relatos, sino a navegar los abismos del alma. Él era un erudito de la cábala, devorador del Zohar en su versión francesa, con una biblioteca de miles de volúmenes que olían a polvo antiguo y secretos prohibidos. Me fascinaban sus cientos de historias paranormales, pero ahora, con el paso de los años, comprendo que su verdadera maestría radicaba en la brujería mexicana: esa oscura tradición del norte de México, similar a las visiones chamánicas de Carlos Castaneda en sus encuentros con don Juan, donde nahuales se transforman en animales para acechar en la noche, o brujas que surcan los cielos como bolas de fuego algo parecido a Foo Fighters, chupando la vida de los inocentes, tal como se relata en folclore de pueblos como Huichapan o Tlaxcala. Llegamos al atardecer, cuando el sol se hundía tras el Cerro de la Silla, tiñendo el cielo de un rojo sanguinolento que presagiaba tormenta. La casa no parecía embrujada a primera vista: una fachada colonial agrietada, con ventanas como ojos ciegos. No sentí nada al cruzar el umbral —ni el escalofrío que uno espera en lugares malditos—, pero la dueña, una abuela mexicana clásica con rebozo raído y ojos hundidos por el insomnio, exudaba una perturbación palpable. "Aquí habita el demonio", nos espetó con voz temblorosa, exagerando quizás, pero sus hijos y nietos, que merodeaban en silencio por los pasillos, evitaban el tema como si pronunciarlo invocara la oscuridad. Estaban atentos a cada palabra nuestra, con miradas que delataban un secreto familiar enterrado, similar a las historias de la "Tía Nathy" en Tabasco, una bruja legendaria que maldecía a sus enemigos con rituales que atraían entidades devoradoras de almas. Mi guía, con su bastón tallado en madera de mezquite —un símbolo de su linaje chamánico—, inició el ritual en la sala principal, un cuarto polvoriento con muebles victorianos cubiertos de telarañas que danzaban como fantasmas en la brisa invisible. Éramos unos diez: curiosos, escépticos y devotos, sentados en círculo alrededor de velas negras que proyectaban sombras alargadas en las paredes agrietadas. Comenzó con oraciones sincréticas, invocaciones al estilo de la brujería norteña: mezclas de rezos católicos con conjuros prehispánicos, pidiendo a los espíritus guardianes que abrieran las puertas del más allá. Todo transcurría con normalidad ritual —el humo del copal elevándose en espirales, el murmullo de mantras en náhuatl y hebreo antiguo—, hasta que el aire se volvió denso, opresivo, como si el oxígeno huyera de la habitación. Un olor nauseabundo invadió el espacio: a azufre podrido y carne quemada, reminiscentes de las descripciones en relatos de la Casa de la calle Aramberri, donde testigos juran oler la putrefacción de víctimas pasadas durante las noches de luna llena. De un rincón poco iluminado, donde la oscuridad parecía coagularse como sangre espesa, emergió una figura: al principio, un borrón etéreo, luego los contornos de un niño de unos 4 años, con ropas raídas y piel pálida como la luna muerta. Pensé que era un nieto de la abuela, un bromista infantil, pero una de las hijas gritó ahogadamente, retrocediendo como si el suelo ardiera. El espectro avanzó hacia la luz de las velas, revelando su forma completa: un niño común, con rizos negros y mejillas sucias, pero sus ojos... oh, esos ojos eran pozos infinitos de negrura, sin pupila ni iris, sólo un vacío que absorbía la luz y devolvía ecos de tormento eterno. Era emocionante al máximo, un pulso acelerado de adrenalina y terror primitivo, pero cuando fijó su mirada en mí, sentí un tirón invisible: como si hilos de sombra se enredaran en mi alma, susurrando secretos prohibidos en un idioma gutural, similar a las invocaciones de nahuales en las leyendas de Nuevo León, donde entidades como el "hombre pájaro" acechan a los curiosos para robar su esencia vital. Nuestras miradas se cruzaron por un instante eterno: en ese abismo vi fragmentos de horrores —niños sacrificados en rituales antiguos, almas atrapadas en el limbo de la Casa de los Tubos, donde un padre enloquecido por la brujería selló a su familia en las paredes para "protegerlos" del mal—. Quise gritar, pero mi voz se ahogó en un silencio asfixiante. Mi guía se interpuso, su silueta imponente como un chamán tolteca. "¡Ciérrate!", me ordenó con voz de trueno, rompiendo el trance. Encaró al ente, invocando fórmulas cabalísticas del Zohar —palabras que vibraban como fuego sagrado—. Una luz violeta surgió de sus manos, envolviendo al espectro como una llama transmutadora, esa "llama violeta" de la metafísica esotérica, popularizada por Saint Germain en tradiciones como la de la Gran Hermandad Blanca, capaz de disipar energías negativas y elevar vibraciones atrapadas. El niño gritó —un alarido que rasgó el velo de la realidad, como los lamentos en la Clínica 25 de Monterrey, donde "La Planchada" (una enfermera fantasma) arrastra cadenas invisibles—. La luz creció hasta un estallido cegador de blanco puro, y el ente se disolvió en partículas de oscuridad que huyeron como ratas ante el amanecer. Los días siguientes, conversamos del suceso en la biblioteca de mi guía, rodeados de tomos amarillentos sobre brujería mexicana y cábala. Sentí un bienestar profundo, como si un peso ancestral se hubiera aligerado de mi pecho —quizás el residuo de una maldición familiar, similar a las "herencias embrujadas" en relatos de Apodaca, donde maldiciones de brujas como la de Shala condenan generaciones enteras a visiones de horror—. Con los años, comprendo que todo forma parte de un tapiz cósmico: no podemos excluir la oscuridad, pues es el contrapunto de la luz. Ese ser maligno, liberado en un destello, se reencontró con la Gran Luz, elevando su esencia atrapada. Y debo recalcar: esa oscuridad era tangible, la palpaba como niebla fría; la luz violeta, visible como un fuego físico, ardiendo en el aire con un crepitar etéreo. Sé que muchos lectores han vivido algo similar —encuentros con nahuales en los cerros de Nuevo León, o bolas de fuego cruzando el cielo como en las historias de brujas de Catemaco—, y han atestiguado esa llama violeta que transmuta el terror en redención. Pero el verdadero escalofrío vino después: en sueños recurrentes, el niño regresa, no como amenaza, sino como mensajero. Susurra que la casa en Monterrey era un portal, un "nudo" en el velo entre mundos, similar a los descritos en leyendas de la Posada del Sol en CDMX, donde entidades devoran curiosos. Mi guía, antes de morir, confesó: "No lo expulsamos; lo despertamos. Ahora, la luz violeta te sigue... y con ella, las sombras que anhela consumir". Cada luna llena, siento su pulso: ¿soy el cazador... o la presa? —En búsquedas sobre brujería regiomontana, relatos como los de la "Casa Maldita de Apodaca" hablan de niños espectrales que fijan miradas hipnóticas para robar almas, y la luz violeta evoca prácticas chamánicas fusionadas con cábala, donde se usa para "quemar" karmas oscuros. Pasaron los años y di con la historia de Magdalena Solís aquella bruja asesina de Nuevo León y Tamaulipas . una historia repleta de chamanismo y cosas peores. Alcoseri