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La Puerta sin Cerradura Hace algunos años, en el silencio reverente de una logia tras la ceremonia de iniciación de un nuevo hermano, un masón experimentado solicitó la palabra. Con voz serena habló de la profunda significación de tocar a las puertas del templo para convertirse en masón. Luego añadió algo que me dejó pensativo, algo en lo que nunca había reparado a pesar de considerarme un observador atento: en ninguna representación pictórica de Jesucristo tocando una puerta aparece jamás una cerradura. Dejó la idea suspendida en el aire, como una nota que resuena sin resolverse, dirigida especialmente al recién iniciado, pero también a todos los presentes, invitándonos a reflexionar y a buscar por nosotros mismos. En aquella época no existía internet, y acceder a imágenes religiosas exigía esfuerzo y paciencia. Olvidé el comentario durante años, pero recientemente volvió a mi mente con fuerza renovada. Decidí investigar si, en efecto, aquellas célebres imágenes de Cristo llamando a la puerta carecían de cerradura. Y así era: ninguna la tiene. No es mera curiosidad; es algo profundamente conmovedor. Tras esa ausencia debe ocultarse un mensaje esencial. Continué indagando hasta dar con la clave. Existe un relato breve y hermoso que ilumina el simbolismo: Un pintor célebre presentó su nueva obra ante una multitud expectante: autoridades, periodistas, fotógrafos y, como suele ocurrir, algún masón discreto entre el público. Cuando retiró el velo que cubría el lienzo, un aplauso cálido llenó la sala. Era una imagen conmovedora de Jesús golpeando suavemente a una puerta rústica, con el oído inclinado, como aguardando respuesta. Todos alababan la belleza y la emoción de la escena. Sin embargo, un espectador atento notó algo extraño y se acercó al artista. —Maestro —dijo—, la puerta no tiene cerradura ni picaporte. ¿Cómo podría abrirse? El pintor sonrió con calma y respondió: —Exactamente. Esta puerta simboliza el corazón humano. sólo puede abrirse desde dentro. A continuación citó un pasaje bíblico que muchos conocemos: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.» (Apocalipsis 3:20) La psicología moderna ha explorado esta misma verdad desde distintos ángulos. Carl Rogers, padre de la terapia centrada en la persona, afirmaba que el crecimiento auténtico sólo ocurre cuando la persona se acepta plenamente y se abre voluntariamente a la experiencia, pues nadie puede ser forzado a cambiar desde fuera. Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración y fundador de la logoterapia, insistía en que incluso en las circunstancias más adversas, el ser humano conserva la última libertad: la de elegir su actitud interior y abrir (o cerrar) las puertas de su espíritu. Abraham Maslow, al describir la autorrealización, señalaba que el impulso hacia la plenitud nace siempre desde el interior, nunca impuesto. Aplicado a la Masonería, el simbolismo adquiere una belleza particular. La Orden llama suavemente a nuestra puerta, como el Divino Arquitecto del Universo. Ofrece herramientas, luz y fraternidad, pero no puede entrar si no somos nosotros quienes, desde lo más hondo de nuestro ser, giramos el pomo invisible del corazón. La iniciación no es un acto mágico externo; es el reconocimiento de que ya llevamos dentro la chispa que buscamos. sólo nosotros podemos permitir que la Masonería florezca en nuestro interior y transforme nuestra vida. Porque, en verdad, todas las puertas importantes carecen de cerradura exterior. La del conocimiento, la de la compasión, la de la sabiduría: sólo se abren cuando decidimos, con libertad y coraje, invitar a la luz a entrar. Un pequeño cuento masónico para niños Érase una vez un niño llamado Lucas que soñaba con construir el castillo más hermoso del mundo. Un día, un anciano albañil de mirada bondadosa se acercó a la puerta de su casa y llamó suavemente. —Pequeño Lucas —dijo el anciano—, tengo herramientas maravillosas y planos llenos de estrellas. ¿Me dejas entrar para construir juntos tu castillo? Lucas miró la puerta desde dentro. No había cerradura ni candado por fuera; sólo un pequeño picaporte dorado en el lado interior. —Mamá dice que no abra a desconocidos —respondió el niño. El anciano sonrió con paciencia. —Yo no soy un desconocido. Soy alguien que ya vive en tu corazón, esperando que me reconozcas. Cuando estés listo, sólo tienes que girar ese picaporte dorado que sólo tú puedes mover. Lucas pensó mucho tiempo. Recordó sus sueños, sus ganas de aprender y de hacer cosas grandes y buenas. Finalmente, con manos temblorosas de emoción, giró el picaporte desde dentro. La puerta se abrió. El anciano entró trayendo luz, compases, escuadras y un montón de estrellas. Juntos comenzaron a construir, no sólo un castillo de piedra, sino uno mucho más grande: el castillo del corazón de Lucas, lleno de amistad, sabiduría y amor. Y desde aquel día, Lucas comprendió que las puertas más importantes del mundo sólo se abren desde dentro, cuando uno decide decir: «¡Bienvenido!». Alcoseri