La trágica Historia de un Iniciado
Hace exactamente 738 años, en el Reino de Aragón, durante el reinado de Alfonso III, ocurrió uno de esos hechos terribles y olvidados que, sin embargo, quedaron grabados para siempre en el inconsciente colectivo de los Hierofantes. Y esta es su historia:
Al rey Alfonso le nació un hijo al que llamaron Luis de Sicilia. Los libros de historia apenas le dedican unas líneas, pero su paso por el mundo no pasaría desapercibido para nadie. Apenas vino al mundo, el niño parecía envuelto en una luz extraña y brillante; para los sabios del reino, era la señal inequívoca de que se trataba de un ser destinado a cambiar el rumbo de la humanidad. Poseía una sabiduría y una comprensión sorprendentes desde sus primeros años; en cuanto pronunciaba sus primeras palabras, todos a su alrededor se sometían a sus deseos, y nadie se atrevía a contradecirle.
Así creció. Se sintió atraído con pasión por los antiguos textos de alquimia árabe, y viajó hasta el Reino de Granada para apoderarse de ese conocimiento oculto. También recorrió Toledo para adentrarse en los misterios de la Cábala; nada le resultaba difícil de entender. Muchos comenzaron a pensar que el príncipe Luis de Sicilia llegaría a ser el Rey del Mundo, que unificaría todos los reinos divididos bajo una sola verdad y un mismo criterio. Fue incluso el primero en revelar a sus allegados que existían tierras lejanas, habitadas por gentes de costumbres incomprensibles, constructoras de inmensas pirámides como las de Egipto, y profetizó que, dos siglos después, sus propios descendientes reinarían en aquellas tierras remotas.
Pero lo que el príncipe Luis no pudo prever fue su propio destino, un destino trágico y despiadado. Quizás muchos de los caminos de la existencia no están escritos en ninguna tabla sagrada, sino que se desenvuelven por caprichos de un designio cósmico que escapa a toda comprensión humana.
Apenas cumplía los dieciocho años, y ya dominaba las ciencias ocultas con una maestría increíble. Hablaba con soltura el castellano, el árabe, el galo y el hebreo; poseía una mente privilegiada, como si los cielos mismos hubieran derramado sobre él todos sus favores. Pronto conoció a Lucilda, una joven hija de un rico mercader veneciano, de cabellos rojos como el fuego, y se enamoró perdidamente. Su dicha crecía día tras día; todos le admiraban y le querían, era generoso y caritativo, y gentes de todas las creencias le tenían en la más alta estima.
Sin embargo, como ocurre en todas las historias donde la luz brilla con tanta intensidad, pronto apareció un nubarrón oscuro que lo cubriría todo. Al cumplir los veintiún años, un pensamiento prohibido cruzó su mente: “Podré dar con el Elixir de la Eterna Juventud. Mi vida no puede marchitarse ni acabar en la muerte. Mi dicha debe prolongarse al menos mil años”.
Al leer los deseos del príncipe, el Demonio, temeroso de que aquel ser despertara poderes que pondrían en riesgo su dominio, se dijo a sí mismo: “Ha llegado el momento de usar mis artes. La humanidad es parte de mi legado, y haré que este príncipe encuentre la fórmula, solo para que conozca por sí mismo el peso de las estrellas malditas que lo conducirán a la perdición eterna”.
Ideó entonces enviar a un emisario del infierno, disfrazado de sabio alquimista árabe. Y así sucedió: como si fuera obra del azar, cuando el príncipe viajaba hacia Navarra, se encontró con Ibn Magrid, el alquimista venido de las profundidades. Al verlo, Luis sintió de pronto un escalofrío helado que le recorrió todo el cuerpo, una voz interior que le gritaba con fuerza: ¡Cuidado!. Nunca había sentido una sensación tan intensa, y no supo interpretarla. Pero pronto su curiosidad lo venció al escuchar las maravillas que aquel hombre decía conocer. Afirmaba haber nacido incluso antes del profeta Mahoma, y aseguraba poseer el secreto que transformaba lo mortal en inmortal. “Podría ser un farsante”, pensó el príncipe, pero el extraño no le pedía ni monedas ni joyas. Solo le dijo: “Los astros me han enviado hasta ti, Príncipe del Mundo. El Sol mismo desea que vivas eternamente, como yo, el elegido de la inmortalidad”.
Aquel alquimista no era otro que Dantialian, el demonio de las ciencias malditas. Y le reveló: “Mezcla estas sales, la raíz de mandrágora, la belladona, el mercurio y el azufre; pero añade, gota a gota, tu propia sangre y la sangre extraída directamente del corazón de tu amada Lucilda”.
El alma del príncipe se encogió de dolor ante aquella exigencia. Dudó, luchó contra sí mismo, pero al final, cegado por el deseo de no perder su dicha, cumplió al pie de la letra la fórmula. En cuanto bebió la pócima, sintió en lo más hondo de su ser un latido agónico, como si con ese golpe hubiera perdido para siempre lo más puro y valioso de su alma.
Con el paso de los días, el príncipe se volvió más sabio y más poderoso, pero la gente dejó de amarlo. Se transformó en un tirano frío y cruel; su propia familia llegó a aborrecerlo. Su mirada ya no reflejaba luz, sino la frialdad inmóvil de un reptil; se volvió ambicioso, ruin y despiadado. Muchos lo desafiaron en duelos, pero sus heridas se cerraban en cuestión de minutos. Su alma divina, prisionera en aquel cuerpo cambiado, solo podía observar con horror la monstruosidad en la que se había convertido.
Apenas contaba con veintisiete años cuando su degradación tocó límites espantosos. Los rumores se extendían por todo el reino: por las noches, el príncipe se transformaba en una bestia de garras afiladas y piel escamosa, violaba doncellas, devoraba niños, bebía sangre de hombres y animales, y profanaba los lugares sagrados. Muchos se unieron en secreto para poner fin a su vida, pero todos sus intentos fracasaron: el joven era inmortal.
Sin embargo, justo cuando cumplía los veintiocho años, un rayo de luz cegadora cayó sobre el palacio, desatando un fuego que envolvió sus aposentos. Luis ya había probado el fuego muchas veces y sabía que no le hacía daño; no intentó huir, sino que se quedó desafiando a las llamas. Pero aquel fuego tenía un origen celestial, y su efecto fue devastador: no lo mató, pero le cubrió todo el cuerpo de llagas profundas y ulcerantes, tan dolorosas que ni siquiera sus peores hechizos podían sanarlas.
El príncipe comenzó a gritar con desesperación. Al principio, nadie se atrevía a acercarse por miedo a sus poderes, pero poco a poco los aldeanos se reunieron ante el palacio, horrorizados por lo que veían. Ya era casi irreconocible, pero sus ojos delataban quién era; aquellos ojos que antes imponían respeto o miedo, ahora suplicaban piedad. Intentaron acabar con su sufrimiento clavándole dagas en el corazón, pero las heridas se cerraban al instante. Al final, decidieron enterrarlo vivo en los sótanos más profundos y lúgubres del edificio, entre la humedad y la oscuridad. Sellaron la entrada para no escuchar más sus lamentos, y todos los que participaron en el acto murieron poco después, llevándose el secreto a la tumba. El hecho cayó en el olvido de la historia, pero nunca lo olvidamos nosotros, los Hierofantes.
El hermano Luis, aquel príncipe de Aragón que un día fue promesa de luz, sigue allí hasta hoy. Grita, maldice y blasfema, sufriendo el mismo dolor sin fin, con hambre y sed que no se apagan, con la vista acostumbrada solo a la oscuridad absoluta. El palacio se ha derrumbado hace siglos; apenas quedan algunas piedras amontonadas entre la maleza. Pero él sigue ahí, atrapado en su propia elección, recordando con amargura a su amada Lucilda y el error que cambió su destino para siempre.
Quien escribe estas líneas siente a veces compasión infinita por él. Viajo a través de los velos del tiempo y el espacio para humedecerle los labios con agua de manantial y ofrecerle un consuelo que apenas alcanza. Pero soy un ser limitado, y mi ayuda es pequeña comparada con su tormento. Sin embargo, tú, que lees esto, escucha con atención: ¿Puedes oír sus lamentos? Estoy seguro de que sí. Son los lamentos de quien tomó el camino equivocado, los mismos que resuenan en tantas almas atrapadas en su propia prisión de carne y error.
Todos estamos conectados. Algo de nosotros es parte del príncipe Luis, y algo de él sigue vivo en cada uno. Cuanto más te acerques tú a la Gran Luz, más se aliviará su suplicio, hasta que un día también él pueda alcanzar la redención y el descanso eterno.
Alcoseri